domingo, 17 de abril de 2016

Cazadora de estrellas



Se despertó preocupada. Muchas cosas que hacer en el día, ordenar un poco, preparar las clases de baile. Se había quedado despierta ayer hasta casi la madrugada y hoy se había levantado tarde.  Costaba dormir, a veces por trabajo, a veces pensando cosas del corazón, nunca era fácil. Organizó su agenda mientras tomaba un té saborizado, no hubieran estado mal unas facturas para acompañarlo pero no podía permitirse el gasto se conformaba con elegir tés de diferentes sabores, eran su único lujo. Ahora a comenzar el día: Primero que nada revisar el mail para verificar si había llegado alguna propuesta de trabajo, su cv estaba en todas partes pero no la llamaban y el alquiler estaba por vencer.  El té tuvo gusto amargo, demasiadas cosas en su mente para disfrutarlo. Tenía una entrevista esta mañana, un puesto en un call center. Odiaba ese trabajo antes siquiera de comenzar; aún antes de ir a verlo ya que tenía miedo que afectara a su voz —aunque mucha gente que hizo ese trabajo le aseguraba que no—, pero era una oportunidad, y en las crisis..., ya se sabe lo que se dice de las crisis y las oportunidades.
Sus sueños de ser una cantante de rock metal aprovechando su perfecta voz de soprano segunda era cada vez más lejana, ni siquiera estaba tomando clases.
Se cambió, se miró al espejo. Cualquiera le hubiera dicho que era bellísima, con un cielo en sus ojos pero ella no se veía bien. Se pintó los labios casi con desgana, sus sueños no estaban en un trabajo como ese. Salió, tomó el colectivo, sintió las miradas: sabía que atraía la atención, su pelo, su figura. Pero no se sentía atractiva. Preocupaciones, desamor, presión por lograr el dinero que necesitaba para tener la vida tranquila que deseaba; ya el yoga no era bastante para calmarla.  Llegó a la entrevista, se presentó formalmente y sonrió. Su sonrisa iluminó una larga oficina gris hasta el último rincón. A su alrededor, tenues sonrisas se perfilaron en las caras de los que la vieron, aún en el severo rostro de la agria recepcionista. El entrevistador la observó con una mirada evaluativa para hacer las preguntas de rigor. Las respuestas formales, sin animosidad y sin intención. Luego, la típica charla, el revisar de las pocas referencias, el infaltable aséptico y desinteresado: — No te preocupes, nosotros te llamamos.
Volvió en el mismo colectivo, se cambió de ropa a algo más cómodo y se fue a dar clases de zumba en el gimnasio. Por ahora tenía algo de medio tiempo y el grupo se esforzaba. No tenían ni idea de lo que hacían pero se esforzaban. Ella se movía con gracia y una perenne sonrisa, daban ganas de asistir más por ella que por la clase en sí. Pero no le alcanzaban las pocas horas, necesitaba algo de turno completo, y con un contrato, para así ella también poder pagar el alquiler y realizar el nuevo alquiler. Terminó la clase, regresó caminando. El otoño había vuelto gris a la ciudad pero el viento había despejado las nubes. Hoy probablemente fuera posible.
Llegó, se duchó y puso música. Acompañando a la música se puso a cantar, aún cantando se asomó a la ventana: sí, la noche estaba despejada. Cantando y sin dejar de mirar las estrellas empezó a hacerlas brillar, a llamarlas y ordenarlas en las constelaciones correctas, evitar que se cayeran dándoles su propia luz. Estuvo varias horas con eso, hasta que la noche fue perfecta. Era una de las pocas personas que tenían el corazón tan puro como para permitírsele ordenar el universo, y lograr que siguiera girando. Pero terminó cansada y tarde otra vez. Muchas estrellas descarriadas después de algunos días nublados, hicieron que le costara completar el trabajo. Prefería el verano, más noches despejadas. Mañana esperaba tener un mejor día.
Lo merecía.

Entes sueltos por Buenos Aires 5: La cazadora de estrellas

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