La máquina de escribir Olivetti resonaba en el pequeño departamento de San Telmo como el latido mecánico de un corazón artificial. Ricardo Menéndez golpeaba las teclas con la furia de quien sabe que cada palabra es un intento más de escapar del anonimato. El papel, amarillento y barato, recibía el impacto de sus dedos como una sentencia: otro relato que probablemente terminaría en el cajón de los rechazos.
La pila de manuscritos devueltos crecía en una esquina de su escritorio, cada uno con una nota cortés pero demoledora: "No se ajusta a nuestra línea editorial", "Gracias, pero no gracias", "Tal vez en otra ocasión". Buenos Aires, esa ciudad que había dado origen a tantos grandes escritores, parecía haberle cerrado todas las puertas.
Fue entonces cuando comenzó su obsesión. Todo empezó una tarde de otoño en la Biblioteca Nacional, mientras hojeaba viejos periódicos en busca de inspiración. Un artículo amarillento sobre un supuesto tesoro pirata en la costa argentina captó su atención. Pronto, Ricardo se encontró sumergido en un mundo de leyendas olvidadas: historias de fuentes de juventud eterna en la Patagonia, relatos de meteoritos con formas de vida alienígena en el Chaco, crónicas de espadas coloniales con poderes místicos.
Investigó cada historia con la meticulosidad de un arqueólogo y la pasión de un creyente. Viajó a pueblos remotos, entrevistó a ancianos que guardaban secretos en sus memorias agrietadas, se perdió en archivos polvorientos. Pero cada pista lo llevaba a un callejón sin salida, cada leyenda se desvanecía como niebla bajo el sol de la verdad.
La frustración se acumulaba en su interior como un veneno lento. Hasta que una noche, sentado en el Café Tortoni, mientras observaba el reflejo distorsionado de los transeúntes en los espejos centenarios, tuvo una epifanía: si no podía encontrar leyendas verdaderas, las crearía él mismo.
Comenzó sutilmente. Un grafiti enigmático en una pared de La Boca, una historia susurrada en un bar de Palermo sobre un hombre sin rostro que aparecía en la calle Defensa a la medianoche. Luego vinieron más: el taxista que sólo llevaba pasajeros al cementerio de la Chacarita, siempre por el mismo recorrido, siempre llegando al amanecer; el vagón fantasma de la línea A del subte, que aparecía entre estaciones con pasajeros de otra época.
Ricardo escribía sus leyendas en blogs anónimos, las compartía en foros oscuros de internet, las susurraba en bares a desconocidos que parecían dispuestos a escuchar. Usaba diferentes pseudónimos: El Cronista Nocturno, J.L. Borges Jr., El Testigo. Sus historias comenzaron a circular, primero como rumores, luego como leyendas urbanas que la gente compartía como secretos valiosos.
Viajó a otras ciudades, sembrando historias como un jardinero macabro: en Rosario, habló de un puerto donde los barcos llegaban con tripulaciones que habían muerto hacía décadas; en Córdoba, inventó la historia de una iglesia donde las estatuas cambiaban de posición cada vez que alguien rezaba; en Mendoza, creó la leyenda de un viñedo que producía vino que hacía ver el futuro.
Poco a poco, sus historias comenzaron a ser publicadas. Primero en pequeños blogs literarios, luego en revistas especializadas, finalmente en antologías de terror y misterio. La gente comenzó a buscar al misterioso autor que parecía conocer todos los secretos oscuros de Argentina.
Pero había algo que Ricardo no sabía. Entre todas las leyendas que había investigado al principio de su búsqueda, una era verdadera. En un viejo manuscrito azteca que había encontrado en el Museo Etnográfico, había leído sobre una maldición que caía sobre aquellos que se convertían en "tejedores de historias": estaban condenados a vivir eternamente, presenciando cómo sus propias creaciones cobraban vida.
Y así, Ricardo Menéndez se convirtió en su propia leyenda. Los años pasaban, pero él no envejecía. Veía cómo sus historias se transformaban en la nueva mitología de la ciudad: madres que advertían a sus hijos sobre el hombre sin rostro, taxistas que se persignaban al pasar frente al cementerio, pasajeros del subte que cambiaban de vagón si viajaban solos tarde en la noche.
Algunos dicen que lo han visto en el Café Tortoni, otros juran que frecuenta los bares de San Telmo. Siempre solo, siempre escribiendo. Y si prestas atención, podrías notar que su reflejo en los espejos antiguos es apenas una sombra, como si él mismo se estuviera convirtiendo en una de sus historias, ahora con su notebook, un hombre siempre joven, siempre creando nuevas historias.
Si te sientas junto a él, tal vez te cuente una leyenda. Pero ten cuidado, ahora está maldito, y la leyenda que te cuente podría ser la tuya.