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martes, 16 de septiembre de 2025

El Cementerio de Puerto Lobos

 


Le habían hablado de un viejo cementerio abandonado a la orilla del mar en las inmediaciones de Puerto Lobos, y se fue hasta allí para escapar de sí mismo.

Hacía tres meses que no podía dormir. Las pesadillas lo perseguían cada vez que cerraba los ojos: Muchos dias se sentía perseguido, en otros perseguía él mismo a alguien. Un par de veces soñó una figura de mujer vestida de negro, con dos huecos donde deberían estar los ojos, que se acercaba a su cama susurrando su nombre. Siempre despertaba jadeando, empapado en sudor, con el eco de una voz fantasmal resonando en sus oídos. No dormia, se despertaba cada hora. Los médicos de Buenos Aires no encontraban explicación; los ansiolíticos no funcionaban. Solo el café y las aspirinas lo mantenían despierto, pero su cuerpo ya no resistía más el sueño.

Una amiga le había sugerido que se alejara de la ciudad, que buscara un lugar tranquilo donde descansar. "Andá a la Patagonia", le dijo, "el aire puro te va a hacer bien". Él sabía que no era el aire lo que necesitaba, sino respuestas. Y algo le decía que las encontraría en ese cementerio del que le había hablado un viejo pescador en el bar de Madryn, en el que había parado en el camino:

Había llegado a Puerto Madryn al atardecer, después de manejar todo el día sin parar. El cansancio le pesaba en los párpados, pero tenía miedo de dormir. Entró al primer bar que encontró abierto, un lugar sórdido con olor a fritanga y tabaco. Pidió un café doble y se sentó en un rincón, tratando de ignorar las miradas curiosas de los lugareños.

El pescador se acercó sin que él lo invitara. Era un hombre mayor, de barba gris y manos curtidas por el mar, con ojos que parecían haber visto demasiado. Se sentó frente a él sin ceremonia y le clavó una mirada penetrante.

—Vos no sos de acá —le dijo. No era una pregunta.

—No. Vengo de Buenos Aires.

—¿Y qué andás buscando tan lejos de casa?

Él dudó. No sabía qué, pero algo en la voz del viejo lo asustaba tanto como lo tranquilizaba, como si fuera alguien conocido. Le contó sobre las pesadillas, sobre la mujer de negro, sobre las noches sin dormir. El pescador lo escuchó en silencio, asintiendo de vez en cuando como si no fuera la primera vez que oía esa historia.

—Hay un lugar —le dijo finalmente el viejo—. Un cementerio viejo, abandonado, cerca de Puerto Lobos. Dicen que ahí la gente encuentra respuestas aunque no siempre son las que uno espera.

—¿Cómo llego?

El pescador le dibujó un mapa rudimentario en una servilleta, marcando el camino con trazos temblorosos. Mientras lo hacía, murmuró algo entre dientes, palabras que él no pudo entender completamente.

—Tené cuidado —le dijo al terminar—. La gente que regresa de allí ya no es la misma.

Se levantó para irse, pero antes de alejarse, dijo:

—Por cierto —le dijo con una sonrisa extraña—, espero que se terminen sus pesadillas.

Durmió esa noche allí mismo en el auto, unas pocas horas, entre pesadillas.

El viaje hasta Puerto Lobos fue una tortura de sueño, ruta 1 y ripio, sosteniéndose con café y cigarrillos. Cuando llegó al pueblo abandonado el silencio lo golpeó como una bofetada. No ladraba un solo perro. Las casas deshabitadas y derruidas lo miraban con ventanas vacías, como cuencas sin ojos. Era extraño: ni siquiera el viento patagónico aullaba como él sabía que ocurría en la zona en tardes de verano.

Caminó unos cientos de metros hacia el noreste, siguiendo las indicaciones del pescador. Entre la vegetación achaparrada y ya con el rugido del océano cerca, encontró lo que quedaba del cementerio. No tenía cercos ni señalización; solo tumbas aisladas, derruidas, con nombres borrados por la arena y el salitre. Algunas cruces de hierro se alzaban torcidas, como dedos artríticos señalando el cielo gris. Algunas tumbas estaban cercadas.

Pero algo estaba mal. Muy mal.

Varias de las tumbas estaban abiertas. De par en par, como bocas hambrientas. Se acercó a la primera con el corazón martilleándole el pecho: vacía. La segunda, igual. Una tras otra, cinco sepulturas parecían haber sido profanadas, sin rastro de los muertos que alguna vez albergaron. En el borde del camino de arena y cantos rodados algo brillante atrajo su atención: Un anillo de oro. Lo tomó.

En el centro del cementerio se alzaba una cruz mayor en la tumba que estaba cercada con hierros viejos y oxidados, con una vela negra encendida a sus pies. Imposible: ¿Quién había encendido esa vela? no había nadie en kilómetros a la redonda, él había tomado el la ruta provincial 1 para llegar al pueblo abandonado y no había visto a nadie. Además, estaba en un descampado, con un viento constante soplando. Se acercó para examinarla y entonces vio que bajo la cruz, dentro del cerco, estaba una lápida diferente a las demás: limpia pese a ser claramente la mas antigua, con una inscripción que el tiempo no había logrado borrar completamente.

"Aquí yace Dolores Mendoza - 1923-1946 - Que descanse en paz quien no tuvo paz en vida"

Un escalofrío le recorrió la espalda. Dolores. El mismo nombre que se susurraba en sus pesadillas. Pero eso era imposible, una coincidencia macabra. Se inclinó para leer de nuevo la inscripción cuando escuchó algo que le heló la sangre: el inconfundible llanto de una mujer.

Se irguió de golpe y miró alrededor. El llanto venía de todas partes y de ninguna, como si el mismo viento lo trajera desde el mar, pero entonces la vio a unos metros de distancia inclinada sobre una tumba abierta: Una figura de mujer vestida de negro, exactamente igual a la de sus pesadillas.

Quiso correr, pero sus piernas no le respondían. La figura levantó lentamente la cabeza y lo miró directamente. No tenía ojos, solo dos huecos negros que parecían absorber la luz del día. Abrió la boca y con una voz que sonaba como el susurro del viento entre las piedras, dijo:

—Te estaba esperando.

Él retrocedió, resbalando con las redondeadas piedras sueltas. La mujer se incorporó con movimientos imposiblemente fluidos y comenzó a caminar hacia él. A cada paso que daba, a su alrededor las tumbas abiertas se iban cerrando solas, como si la tierra misma las sellara.

—No podés escapar —siguió diciendo—. Esta es la tercera vez que me ves. Ya no hay vuelta atrás.

La tercera vez. Era cierto. La primera pesadilla había sido hace tres meses, la segunda la semana pasada, y ahora... esto no era un sueño. Nunca había sido un sueño.

—¿Qué querés de mí? —logró articular con voz quebrada.

La mujer sonrió, y su sonrisa era un tajo negro en su rostro de invierno.

—Vine a buscarte, mi amor. Vine a llevarte conmigo.

En ese momento él recordó y entendió. La lápida. El nombre. La fecha de muerte: 1946. Setenta y siete años esperando. Setenta y siete años buscándolo. Retrocedió hasta que sintió la cruz mayor contra su espalda. La vela seguía ardiendo, imposible e impasible.

—No te reconocés, ¿verdad? —La voz de Dolores ahora sonaba dulce, casi tierna—. Pero yo sí. Te he estado buscando desde que me mataste.

Las imágenes llegaron como un torrente: otra vida, otro tiempo. Buenos Aires, barrio de Retiro, 1946. Él tenía otro nombre entonces: Ramón, y ella era su novia. La había matado en un ataque de celos, la había estrangulado con sus propias manos. Después había huido hacia el sur, había cambiado de nombre, había tratado de empezar de nuevo. Pero había muerto solo y lleno de culpa en este mismo cementerio en 1952.

—Las almas en pena no descansan —susurró Dolores, ya muy cerca—. Y los asesinos tampoco. Hemos estado reencarnando una y otra vez, buscándonos. Esta vida, la anterior, la anterior a esa... siempre el mismo final. Tres veces. Las tres veces que me viste.

Él cayó de rodillas. Ahora recordaba todo: todas las vidas, todas las muertes, todas las veces que se habian encontrado. Un ciclo eterno de culpa y venganza.

—Esta vez es diferente —dijo Dolores, extendiendo una mano translúcida—. La tercera es la vencida dicen. Esta vez vamos a descansar juntos.

Él tomó su mano y sintió un frío espectral que lo atravesó hasta los huesos. Las tumbas se abrieron de nuevo, todas a la vez, y de ellas emergieron los otros: todas las versiones anteriores de sí mismo y de ella, todos los encuentros pasados, todas las muertes. Un ejército de espectros que los rodeó en silencio.

Cuando la policía encontró su cuerpo días después, estaba tirado junto a la cruz mayor, con una sonrisa extraña en los labios. El forense no pudo determinar la causa de muerte: simplemente había dejado de vivir.

Enterraron su cuerpo lejos, en el cementerio de Madryn —aunque su alma descansa donde cayó—, y aunque nadie va a visitarla los lugareños dicen que su tumba siempre amanece con una vela encendida. Y que si se presta atención en las noches de viento, se pueden escuchar dos voces que susurran palabras de perdón, finalmente en paz.

Pero nadie en las historias menciona al pescador del bar que le había indicado el cementerio. Si la policia hubiera investigado, hubieran descubierto que ese hombre tuvo por nombre Ramón.







jueves, 19 de junio de 2025

Día de descubrir un castillo siniestro

 


Ayer a última hora estaba leyendo sobre una leyenda de terror, aunque al continuar descubrí que era real, así que decidí investigar un poco y escribir sobre esto y hoy ya con las imágenes correspondientes los invito a conocer una historia, porque hoy es dia de... ¡descubrir un castillo siniestro!:

Hay lugares donde uno no debería caminar ni de día. No porque pase algo, sino porque pasó algo. Porque lo que pasó dejó una huella, una marca en el aire, en la tierra, en los huesos. Uno de esos lugares queda al norte de Bohemia —lo que hoy sería la República Checa— y tiene un nombre que parece inventado para una novela gótica: Houska.

El castillo de Houska no está donde debería estar. No protege nada, no defiende ninguna frontera ni ningún paso comercial, no corona una colina de forma estratégica ni le sirve a un rey para mirar desde lo alto una ciudad o un reino, sintiéndose importante. No. Está en el medio del bosque. En la nada misma. Como si alguien lo hubiera puesto ahí con la única intención de... tapar algo. 

Y, bueno, parece que eso es exactamente lo que hicieron.

Antes de que hubiese siquiera cimientos, ya el lugar tenía mala fama. No por leyendas de viejas, sino por hechos. Los pastores evitaban pastar por ahí. Los animales, decían, desaparecían. Había una grieta. Un agujero que grita. No una cueva ni un pozo: una grieta en la tierra, como si la corteza hubiese cedido y se abriera a otro mundo. Y de ahí salían cosas, no visibles, pero se oían: voces que no hablaban en lenguas humanas, el batir de alas grandes, pesadas, como de criaturas que no tenían por qué estar acá. Arrojaban piedras y no se oía el golpe en el fondo. Como si el mundo tuviera en ese lugar una herida que nunca terminó de cerrar.

Los lugareños le pusieron un nombre sin eufemismos: “el agujero del infierno”. Y todos sabían que, al caer el sol, había que evitar esa zona. Porque lo que estaba abajo... salía. A veces.

Allá por 1253, el rey Ottokar II de Bohemia decidió intervenir pero no como uno esperaría: No lo tapó con tierra, no lo selló con cemento y piedras. No. Mandó a levantar un castillo directamente encima. Y lo primero que construyó fue una capilla justo sobre el agujero. Como si la única forma de contener lo que sea que vivía ahí abajo fuera aplacarlo con rezos. Lo más curioso es cómo se construyó. Las defensas no apuntaban hacia afuera, sino hacia adentro. Construyó ventanas falsas, escaleras que no llevaban a ningún lado, puertas tapiadas, torres que terminaban abruptamente. Como si más que un castillo fuera una tapa, una protección... y una trampa.

Durante siglos hubo quienes vivieron ahí, vivieron para rezar. Monjes, ermitaños, tipos de fe inquebrantable... al menos al principio. Porque algunos se fueron quebrando. Otros desaparecieron... y hay documentos de esto. En uno de ellos del siglo XIV se cuenta un experimento. Un prisionero, condenado a muerte aceptó bajar al agujero a cambio de su libertad, bajó colgado de una cuerda. Duró menos de cinco minutos: Cuando lo izaron, había encanecido. Murió a los tres días, murmurando incoherencias sobre “los que esperan abajo”.

Pasaron los siglos. El castillo fue quedando como esas cosas que están ahí pero que nadie quiere tocar. Hasta que llegaron los nazis. Lo ocuparon en plena Segunda Guerra Mundial pero no por razones militares obviamente: vinieron buscando “energías especiales”. Nadie sabe exactamente qué hicieron ahí adentro, pero los lugareños hablaban de luces extrañas en el cielo y en las vantanas, en las oscuras noches, cuantan de símbolos tallados, de rituales. Cuando los aliados llegaron, el lugar estaba vacío pero intacto. Y lo que dejaron los alemanes... no lo comentaron. O no lo supieron explicar.

Pero vamos al presente (porque el castillo sigue ahí): Hoy Houska se puede visitar. Podés ir, sacar una entrada, hacer la recorrida guiada. Pero no todos se animan y lo hacen, y de los que lo hacen no siempre completan el recorrido: Algunos turistas se desmayan. Otros sienten frío en pleno verano. Hay quienes dicen haber oído pasos donde no había nadie. Y la capilla, claro, sigue ahí. Justo encima del agujero. Abierto.

Se han hecho excavaciones. Aparecieron huesos humanos extraños, deformados. Algunos trabajadores juraron haber visto sombras moverse por los pasillos aunque no hubiera luz que proyectarlas.

Podés pensar que todo esto es mito, superstición medieval con un toque de horror muy turístico. Pero hay preguntas que no tienen respuesta fácil. ¿Por qué un castillo sin función militar? ¿Por qué diseñar trampas interiores? ¿Por qué, después de ocho siglos, sigue habiendo gente que no se anima a pasar por ahí de noche? Ni hablar de quedarse a dormir.

Y una pregunta más importante aún: ¿qué sucedería si, después de tantos siglos de contención, alguien decidiera levantar esa tapa, si no estuviera la capilla, el castillo mismo?

En los bosques silenciosos del norte de Bohemia, el Castillo de Houska sigue montando guardia sobre su secreto enterrado. Y bajo sus cimientos, en la oscuridad que no conoce el tiempo, algo que no debería existir continúa esperando pacientemente el momento de su liberación.





martes, 18 de marzo de 2025

El inventor de leyendas

 


La máquina de escribir Olivetti resonaba en el pequeño departamento de San Telmo como el latido mecánico de un corazón artificial. Ricardo Menéndez golpeaba las teclas con la furia de quien sabe que cada palabra es un intento más de escapar del anonimato. El papel, amarillento y barato, recibía el impacto de sus dedos como una sentencia: otro relato que probablemente terminaría en el cajón de los rechazos.

La pila de manuscritos devueltos crecía en una esquina de su escritorio, cada uno con una nota cortés pero demoledora: "No se ajusta a nuestra línea editorial", "Gracias, pero no gracias", "Tal vez en otra ocasión". Buenos Aires, esa ciudad que había dado origen a tantos grandes escritores, parecía haberle cerrado todas las puertas.

Fue entonces cuando comenzó su obsesión. Todo empezó una tarde de otoño en la Biblioteca Nacional, mientras hojeaba viejos periódicos en busca de inspiración. Un artículo amarillento sobre un supuesto tesoro pirata en la costa argentina captó su atención. Pronto, Ricardo se encontró sumergido en un mundo de leyendas olvidadas: historias de fuentes de juventud eterna en la Patagonia, relatos de meteoritos con formas de vida alienígena en el Chaco, crónicas de espadas coloniales con poderes místicos.

Investigó cada historia con la meticulosidad de un arqueólogo y la pasión de un creyente. Viajó a pueblos remotos, entrevistó a ancianos que guardaban secretos en sus memorias agrietadas, se perdió en archivos polvorientos. Pero cada pista lo llevaba a un callejón sin salida, cada leyenda se desvanecía como niebla bajo el sol de la verdad.

La frustración se acumulaba en su interior como un veneno lento. Hasta que una noche, sentado en el Café Tortoni, mientras observaba el reflejo distorsionado de los transeúntes en los espejos centenarios, tuvo una epifanía: si no podía encontrar leyendas verdaderas, las crearía él mismo.

Comenzó sutilmente. Un grafiti enigmático en una pared de La Boca, una historia susurrada en un bar de Palermo sobre un hombre sin rostro que aparecía en la calle Defensa a la medianoche. Luego vinieron más: el taxista que sólo llevaba pasajeros al cementerio de la Chacarita, siempre por el mismo recorrido, siempre llegando al amanecer; el vagón fantasma de la línea A del subte, que aparecía entre estaciones con pasajeros de otra época.

Ricardo escribía sus leyendas en blogs anónimos, las compartía en foros oscuros de internet, las susurraba en bares a desconocidos que parecían dispuestos a escuchar. Usaba diferentes pseudónimos: El Cronista Nocturno, J.L. Borges Jr., El Testigo. Sus historias comenzaron a circular, primero como rumores, luego como leyendas urbanas que la gente compartía como secretos valiosos.

Viajó a otras ciudades, sembrando historias como un jardinero macabro: en Rosario, habló de un puerto donde los barcos llegaban con tripulaciones que habían muerto hacía décadas; en Córdoba, inventó la historia de una iglesia donde las estatuas cambiaban de posición cada vez que alguien rezaba; en Mendoza, creó la leyenda de un viñedo que producía vino que hacía ver el futuro.

Poco a poco, sus historias comenzaron a ser publicadas. Primero en pequeños blogs literarios, luego en revistas especializadas, finalmente en antologías de terror y misterio. La gente comenzó a buscar al misterioso autor que parecía conocer todos los secretos oscuros de Argentina.

Pero había algo que Ricardo no sabía. Entre todas las leyendas que había investigado al principio de su búsqueda, una era verdadera. En un viejo manuscrito azteca que había encontrado en el Museo Etnográfico, había leído sobre una maldición que caía sobre aquellos que se convertían en "tejedores de historias": estaban condenados a vivir eternamente, presenciando cómo sus propias creaciones cobraban vida.

Y así, Ricardo Menéndez se convirtió en su propia leyenda. Los años pasaban, pero él no envejecía. Veía cómo sus historias se transformaban en la nueva mitología de la ciudad: madres que advertían a sus hijos sobre el hombre sin rostro, taxistas que se persignaban al pasar frente al cementerio, pasajeros del subte que cambiaban de vagón si viajaban solos tarde en la noche.

Algunos dicen que lo han visto en el Café Tortoni, otros juran que frecuenta los bares de San Telmo. Siempre solo, siempre escribiendo. Y si prestas atención, podrías notar que su reflejo en los espejos antiguos es apenas una sombra, como si él mismo se estuviera convirtiendo en una de sus historias, ahora con su notebook, un hombre siempre joven, siempre creando nuevas historias. 

Si te sientas junto a él, tal vez te cuente una leyenda. Pero ten cuidado, ahora está maldito, y la leyenda que te cuente podría ser la tuya.



jueves, 12 de septiembre de 2024

La piedra que traba la puerta

 


En la noche sin luna, tras un llamado mortal,

La anciana se fue, dejando un legado oscuro,

Una piedra en la cocina, secreto ancestral,

Atrae a la joven hacia un destino fatal.


El viento aullaba con furia a través de las desvencijadas ventanas de un departamento de un barrio bajo en las afueras de Londres. Elena terminaba de tomar un baño después de llegar de su aburrida oficina. El mensaje de whatsapp sonó con un tono agudo y breve: Su abuela. Un mensaje con una sola palabra: Ven.

Elena descendió del autobús con una maleta en la mano y el corazón pesado. La estación de Blackmoor, apenas más que un mojón en la ruta, se alzaba solitaria bajo el cielo plomizo. El conductor cerró las puertas con un siseo y el vehículo se alejó, dejándola sola en la penumbra del atardecer.

El pueblo se extendía ante ella como una mancha gris e indefinida. Casas victorianas, antaño elegantes, ahora se inclinaban unas sobre otras como ancianos cansados. Las calles empedradas y húmedas por la persistente llovizna, reflejaban la escasa luz de farolas oxidadas.

No deseaba ir a verla. Había intentado llamar de inmediato a su abuela, pero no respondió ni audios, ni llamados, ni mensajes. En cierta forma lo esperaba: después de la muerte de sus padres el año pasado había intentado acercarse a ella y la había visitado algunas veces, pero su carácter hostil y taciturno pronto había frustrado sus esfuerzos y su interés. Más de una vez al visitarla se había sorprendido pensando “vieja loca” sobre algunos de los comentarios de la anciana. Pero esperaba que estuviera bien, aunque las circunstancias no ayudaban a darle tranquilidad: después del llamado escueto que había recibido los mensajes posteriores habían quedado sin respuesta, sin ser leídos. Peor que eso, sus mensajes no habían llegado al teléfono de la abuela como si estuviera apagado o sin señal.

Elena ajustó el cuello de su abrigo y comenzó a caminar, sus pasos resonando en el silencio plomizo del pueblo. A medida que avanzaba notó que las pocas personas en la calle evitaban su mirada. Un anciano que barría la acera frente a una tienda de antigüedades detuvo su tarea al verla, sus ojos siguiéndola con una mezcla de curiosidad y recelo.

El aire mismo parecía cargado de secretos, denso con el peso de historias no contadas. Elena sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con el frío. Recordó las pocas veces que había visitado a su abuela en los últimos años, de cómo siempre había sentido una urgencia inexplicable por marcharse lo antes posible.

A medida que se acercaba a la colina donde se alzaba la casa de su abuela, las casas se espaciaban más, dando paso a jardines ahora más descuidados y cercas rotas. El viento parecía susurrar palabras en un idioma olvidado entre los árboles desnudos.

Finalmente, la casa de su abuela apareció ante ella. La estructura victoriana se recortaba contra el cielo cada vez más oscuro. Elena se detuvo un momento al pie de la colina, una sensación de aprensión creciendo en su pecho al ver que no había luz entre las ventanas entreabiertas. Con un suspiro, Elena comenzó a subir el sendero que llevaba a la entrada. Al llegar a la puerta, sacó la llave de su bolsillo. El metal estaba frío al tacto.

Elena insertó la llave en la cerradura siempre oxidada y, tras un chasquido, la llave giró. La puerta se abrió con un chirrido ominoso, como si la casa misma protestara por la intrusión.

El interior de la casa estaba sumido en una penumbra opresiva, que desapareció apenas pulsó el interruptor. La luz de tubos fluorescentes se extendió con una claridad perfecta y fría por la gran cocina antigua, en la que destacaba una pesada mesa de roble marcada por los años, y el pequeño televisor led en el que la anciana veía las noticias. Elena llamó a gritos a su abuela, sin respuesta, y comenzó la tarea de revisar las habitaciones de la casa, sin embargo, a medida que abría puertas un patrón inquietante emergió: todos los cuartos estaban vacíos. Difícil que, con ese clima y a esa hora, su abuela hubiera salido. Tomó su celular y habló con dos vecinos cercanos, aunque la casa estaba bastante alejada, pero pronto le confirmaron que no se encontraba con ellos. Al tiempo que los llamaba, miró a su alrededor con más cuidado y vio que faltaban los cuadros y las fotos sobre los muebles, como si alguien hubiera borrado meticulosamente toda evidencia de la vida de la anciana.

Frustrada y desconcertada, Elena se sentó en el suelo de la espaciosa cocina —algo que hacía desde niña cuando estaba alterada—, apoyando la espalda contra una puerta baja de la que nunca se había preocupado antes. La puerta de la leñera. Fue entonces cuando sintió algo duro presionando contra su columna. Al girarse, vio una piedra peculiar trabando la puerta sin picaporte.

Con curiosidad, Elena tomó la piedra en sus manos. La piedra, de un peso desconcertante, irradiaba un calor que desafiaba toda lógica. Su superficie pulida estaba cubierta de relieves extraños como glifos que parecían cambiar y retorcerse ante sus ojos. Con asombro y golpeándola con un anillo se percató que la piedra era en realidad de metal y comprendió que sostenía un aerolito, un fragmento de estrellas.

Elena se agachó a la altura de la puerta y con la piedra en su mano la abrió. Un hedor a humedad ascendió de unos viejos troncos, haciéndola retroceder. Moho, putrefacción. Esos troncos tenían muchos años humedeciéndose allí al costado, cubiertos por telarañas, pegados a una pared con humedad pintada de oscuro, más oscura porque obviamente no había luz en la pequeña habitación. Encendió la linterna de su celular y regresó a revisar. 

No había nada entre los troncos, mas allá de algunos insectos. Recordaba cuando de niña venía a ver a su abuela y jugaba con bichos de la humedad en el jardín. Eso la hizo recordar también como una vez en la cocina había descubierto esa pequeña puerta y había intentado abrirla. Su abuela la había reprendido y se había ido a jugar afuera, con los insectos… y así se completó el recuerdo.

Le llamó la atención que, así como la leña estaba sobre una pared descascarada, la pared del fondo de la pequeña leñera no tenía ninguna mancha de humedad, al contrario, estaba en perfecto estado. Observándola en silencio fue que escuchó un zumbido bajo que parecía resonar en sus huesos. Bajo la vista y al iluminar con cuidado descubrió una parte del piso que parecía diferente. Con el tacto encontró una rendija mínima, siguiéndola encontró una traba. Levantó la traba y así pudo levantar una disimulada escotilla en el suelo, de la que descendía una escalera estrecha. El corazón de Elena latía con fuerza en su pecho, mientras un sudor frío empapaba su frente. Cada fibra de su ser gritaba que huyera, que cerrara esa puerta y nunca volviera. Sin embargo, una curiosidad morbosa, casi sobrenatural, la empujaba hacia las profundidades de aquel abismo. Elena no dudó: Miró la carga del celular —suficiente 72%— y con la luz de la linterna del smarphone encendida en una mano y el aerolito como pesada arma en la otra, se adentró en la oscuridad.

Lo que encontró en ese sótano oculto desafió toda su comprensión. Antiguos tomos encuadernados en piel fina y suave cubrían las paredes. En el centro de la habitación, una mesa grande sostenía entre otras cosas una piedra negra —como la que tenía ahora en su mano—, manchada con sustancias que Elena prefirió no identificar. Y también sobre la mesa, un tomo enorme —la palabra grimorio pasó rauda por su mente— se revelaba abierto mostrando ilustraciones de entidades, de tamaño inconcebible, que parecían devorar galaxias enteras con fauces que eran a la vez vacíos y plenitudes. Y en los márgenes, símbolos y ecuaciones pulsaban con un conocimiento tan vasto y ajeno que amenazaba con desgarrar la fina tela de la realidad que Elena había conocido toda su vida.

La piedra de la mesa brilló de pronto, una luz oscura que se extendió como una llama de claridad negra en la habitación y que reverberó en la superficie bruñida de la piedra que tenía en su mano, iluminándola y llevándola a un nuevo nivel de conciencia. Elena comprendió con horror que su abuela había sido mucho más que una anciana solitaria. Había sido la guardiana de secretos cósmicos, la última línea de defensa contra horrores innombrables que acechaban más allá de las estrellas.

Regresó, con un nuevo conocimiento.

Mientras leía las páginas del grimorio Elena sintió que su mente se expandía dolorosamente, abriéndose a verdades que ningún ser humano debería conocer. Sus ojos recorrían las páginas con avidez enfermiza, incapaces de detenerse a pesar del dolor punzante que se extendía desde sus sienes. Un sabor metálico inundó su boca, su piel se erizó y un sudor frío empapó su espalda, pero Elena apenas lo notó mientras fragmentos de conocimiento cósmico se grababan a fuego en su consciencia, transformándola irrevocablemente. El zumbido en sus oídos se intensificó, y las paredes del sótano parecieron palpitar con vida propia.

Supo que su abuela había desaparecido, y que era venerada por entes que no lograba comprender, y era olvidada por el planeta en que la había albergado y al que una vez más había logrado defender con una victoria para ella misma pírrica.

En ese momento, Elena comprendió que había heredado mucho más que una casa vacía en recuerdos. Había heredado un legado de oscuridad, un deber ancestral de mantener a raya las fuerzas del caos. Y mientras en la pulida superficie del aerolito comenzaban a brillar oscuros símbolos con una luz enfermiza, supo que su vida nunca volvería a ser la misma.

Elena, con manos temblorosas, cerró el grimorio. El peso del conocimiento recién adquirido amenazaba con aplastar su cordura. Mientras subía las escaleras, cada paso la alejaba más de la inocente joven que había llegado a la antigua mansión. El aerolito en su mano palpitaba al ritmo de un corazón alien, un recordatorio constante de que ahora era parte de algo mucho más grande y terrible que ella misma. En las sombras de la casa creyó escuchar el eco de la risa cascada de su abuela dándole la bienvenida a una herencia de pesadilla eterna.

Porque en Blackmoor, los secretos nunca mueren. Solo esperan, pacientes, a que una nueva guardiana tome su lugar en la eterna vigilia contra lo innombrable.



Basado en esta nota: https://www.diariouno.com.ar/sociedad/el-descubrimiento-una-piedra-millonaria-que-era-utilizada-trabar-una-puerta-n1349671 






lunes, 11 de septiembre de 2023

Un cuchillo por una moneda

 


Hace ya varios inviernos en estos pagos en una localidad pequeña de Buenos Aires situada al límite de la pampa profunda, vivía un hábil orfebre y talabartero llamado Estanislao. Estanislao era conocido en todo el pueblo por sus magníficos cuchillos de hojas afiladas y filigranas intrincadas que adornaban los mangos de hueso y madera, así como por sus adornadas rastras tan deseadas en dias de fiesta. Sumado a su destreza en el arte, el hombre era una persona generosa.

Conocedor de la superstición que comentaban en fogones y pulperías de que no se deben regalar cuchillos, y siendo la confección de los mismos buena parte de su trabajo, nunca realizaba su tarea gratis. Pero cierto día, Estanislao fabricó un cuchillo con tanto arte y de hoja tan templada que decidió compartir su destreza y regalar este cuchillo a uno de sus amigos cercanos. No siendo supersticioso creyó que su amistad era lo suficientemente fuerte como para resistir cualquier mal augurio.

Cuando llegó el onomástico de su amigo de toda la vida, Martín, un apasionado cazador, metió el cuchillo en una repujada funda y rumbeó para la vivienda. Eran mediados de noviembre y se sabía que su amigo salía a cazar durante largas noches del verano, por lo que un cuchillo era una herramienta insubstituible. Martín estaba encantado con el hermoso cuchillo y agradeció a Estanislao con efusión. Sin embargo, días después cuando salió a cazar por los pajonales, Martín pisó una vizcachera cuchillo en mano y al caer con el tobillo roto se cortó gravemente. En la noche, solo y en medio del campo, le costó regresar y casi no la cuenta. Y aunque Martín sobrevivió, la herida dejó una marca permanente y esa noche a la intemperie, herido y casi desangrado cambió su personalidad de manera extraña, volviéndolo más irritable y distante. Sobre todo, distante a Estanislao.

Estanislao se sintió preocupado, pero aun así decidió que sólo se trataba de una casualidad y cuando su sobrino Diego, un joven agricultor, vino a comprarle un cuchillo, y habiendo justamente terminado un largo facón de mango de hueso perfectamente trabajado, se lo regaló con una sonrisa. Pero el destino jugó una última y cruel broma. Regresando Diego a su estancia usó el facón en varias tareas y habiéndolo recibido sin funda, lo dejó clavado en un tocón al borde de los sembrados. Esa noche al inicio de una feroz tormenta eléctrica, con el aire cargado y antes de caer una gota de agua, un rayo golpeó sobre el propio cuchillo y provocó un incendio. Aunque Diego logró escapar ileso y no se dañó el rancho, la cosecha fue destruida por las llamas. Luego llegó la lluvia y pasó el peligro, aunque a la mañana siguiente se encontró el cuchillo con el mango quebrado y carbonizado y el metal derretido en el campo quemado.

Convencido ahora por las desgracias que habían caído sobre sus amigos y familiares, Estanislao finalmente comenzó a creer que las antiguas supersticiones tenían un fundamento de verdad. Lamentablemente, el peso de su culpa y la creencia en las consecuencias funestas lo atormentaron a lo largo de su vida.

La historia de Estanislao se convirtió en una advertencia y leyenda en el pueblo, contada de pulpería a posta y llegando a pueblos vecinos, recordando a todos que los cuchillos eran objetos poderosos y que debían tratarse con respeto y precaución. La gente del pueblo ya nunca dudó de la superstición a regalar un cuchillo sin intercambiarlo por una moneda o algún otro objeto de valor, temiendo las consecuencias funestas que podrían caer sobre ellos sí desafiaban la tradición.




lunes, 19 de septiembre de 2022

Sirenas

 


Cuenta la leyenda —más allá de los cantos de Homero— que cuando los héroes regresaban a su hogar, después incluso de haber descendido al propio Hades, cruzaron el estrecho paso entre islas y encontraron a las sirenas, y pese a lo que recitó el poeta ciego, Odiseo y sus marineros permitieron que el barco se acercara un poco a las rocas, acaso por curiosidad. Los héroes marineros se ataron a los mástiles para evitar caer en los brazos de los monstruos de los que ya habían sido prevenidos, pero no fue un monstruo el que subió a la cubierta del victorioso navío, sino una semidiosa más bella que cualquier mujer humana. La sirena subió cantando las más dulces y embriagadoras promesas que pudiera pronunciar una dulce ninfa, acaso igual en su apariencia a lo que alguna vez hubiera soñado ser la más bella mujer humana. Agláope se acercó con su canto y su encanto, los ojos como brillantes aguamarinas, los cabellos que la envolvían como lazos de fuego y oro, y mientras los marineros desviaban la mirada para no sucumbir ante ese doble hechizo de música y belleza que algunos llamarían amor y otros deseo, la sirena viendo a los hombres así amarrados se acercó a ellos rozando apenas con las yemas de sus largos dedos las fuertes sogas y cabos marineros que los sujetaban y redoblo sus melodiosas súplicas de amor y de soledad, especialmente a uno de los marinos del que se había enamorado apenas verlo. Pero notando las amarras y sintiéndose rechazada, decidió irse y asimismo alejar a sus hermanas, que cantaban así también sus historias de soledad y promesas de un amor puro. El marino y sus compañeros cuando contaron ese encuentro dijeron —envueltos en desdicha y pena— que la mujer que había abordado era en realidad un monstruo, pariente de las arpías que antes los habían atacado. Nunca revelaron la verdad quizás por no poder soportar perderla, por tratar de olvidarla. Pero ella sí recordó a esos hombres extraños que creyendo defender su libertad se ataban a sí mismos para ser sus propios cautivos, sin entender acaso que a menudo los seres humanos fingimos despreciar aquello que secretamente anhelamos y que sabemos inalcanzable.



domingo, 6 de febrero de 2022

La inundación del Biesbosch

 

Overstroming van de Biesbosch in 1421 (La inundación del Biesbosch en 1421) (1856).
Autor: Lourens Alma Tadema.


Cuenta la leyenda que a finales de 1421 en Holanda (por algo conocido como Paises bajos) se produjo una terrible inundación que dejó miles de muertos e importantes daños. Los que pudieron huyeron y esperaron a que las aguas bajaran, pero en un pueblo cercano a un rio (hoy parque nacional) los sobrevivientes vieron en las aguas una cuna, con un gato encima. Les sorprendió ver que el gato caminaba por los bordes de la cuna, y cuando esta amenazaba zozobrar saltaba para equilibrarla. A acercarse a la orilla varios se acercaron para traerla a tierra y se sorprendieron al encontrar que dentro de la cuna, y protegido ferozmente por el gato empapado y agotado, había un bebé profundamente dormido. El gato había logrado mantener la cuna a flote pese a la terrible inundación, con tanto éxito que las sábanas ni se habían mojado.

A ese rescate felino se lo conmemora en la pintura que encabeza este texto.



martes, 26 de octubre de 2021

A veces los ángeles son impuntuales

 


Llegó como decía siempre, a 'dar una mano'. Las tareas de los ángeles guardianes eran siempre variadas e impredecibles, y lo importante era saber interpretar la plegaria. No se puede resucitar el perrito de la niña que lo pide desde el alma, pero sin dudas se puede deslizar una dibujo de la niña y su perrito o una foto de ambos en la billetera de uno de los padres cuando la abre cerca de una veterinaria. O hacer que estos encuentren una caja con cachorritos sin hogar en la calle en su camino al regreso del trabajo. O acaso hacer que un gato perdido muy curioso se asome por la ventana de la niña una noche cualquiera. Algunos milagros son imposibles aún para los ángeles. Pero otros... bueno, a veces requiere sólo de imaginación y buena voluntad. Y en ocasiones ni siquiera es necesario el ser un ángel.

En todo caso, en el reino celestial había reglas y aunque hay famosas excepciones, la idea imperante era: Menor cambio, mayor resultado. Es probable que hubieran demasiados contadores en el Paraíso, sí lo pensamos seriamente.

El tema es que los ángeles de la guarda — y acaso en contra de lo que se supone— no alcanzan para acompañar cada uno a una persona. La mayoría de los bebés y niños pequeños sí, tienen uno asignado las 24 horas del día, pero a medida que la gente crece rige cada vez en mayor medida el asunto del libre albedrío y entonces varias personas comparten el mismo ángel. No alcanzan para todos. Las almas que llegan a calificar como ángeles de la guarda son seres que tienen nobles virtudes... y requieren un largo entrenamiento. Ser bueno no alcanza, es necesario saber entender  lo que hay que hacer.

Sariel volvía aprisa luego de ver un partido de fútbol. Partido de barrio, un grupo de preadolecentes se había jugado 'la cancha' contra un equipo rival de chicos mayores que buscaban arrebatarles el terrenito en el cual jugaban felices todas las tardes, y la verdad sea dicha, no tenían chances. 

En pro de la justicia había observado un rato el partido desde una rama convertido en gorrión antes de intervenir, excepto al momento del inicio que mientras se charlaban a los gritos las condiciones en que se declararía cual equipo se quedaría con la cancha, deslizó en un divino suspiro —que se mezcló con el viento—  una consigna en los oídos de los bravucones: Si era empate o si se suspendía el partido pactado a 90 minutos, el resultado era nulo y los chicos se quedaban con la canchita. En el suspiro mezclo un poco de esencia del Verbo con el que llenó las orejas sucias, y gracias a esto todos quedaron conformes y convencidos. Se quedó viendo el partido estipulado a una hora, pero a los 23 minutos los chicos ya iban 5 a 0 abajo en el marcador. Aún como gorrión cortó una ramita con espinas y la dejó caer cuando la pelota estaba saltando cerca para que se pinchara: 10 minutos más tarde no se podía jugar. Las quejas, los enojos, el preguntar si alguien había traído otra pelota —no—, si alguno tenía un inflador —tampoco—, y luego la consiguiente suspensión del encuentro y la alegría de Lucas que atajaba ese día, y que esa mañana temprano había rezado por el partido. Los chicos conservarían su terreno de juego. Misión cumplida.

Así que... a otro tema. Consultó su lista de plegarias: hoy había sido una jornada ocupada. En un vistazo encontró lo que buscaba y voló a su siguiente ruego sabiendo que el llamado había ocurrido ya hacía casi media hora y que podía no llegar a tiempo. En todo caso, no parecía un problema serio: otro corazón adolescente roto. En la mayoría de las ocasiones tenía que ayudarlos a ambos luego de una separación. En este caso particular él se llamaba Julián, pero el ruego lo había hecho ella. Y Rita pedía que él pudiera olvidarla. Alcanzó a ver que la muchacha — rubia, bajita, de arqueadas pestañas y sugerente figura adolescente, buena chica, 16 años— acababa de llegar a una fiesta y estaba bailando con un joven morocho, alto y de sonrisa de estrella de cine. Bueno, claramente aquí no era necesaria su ayuda. Eran las 19:30, anochecía. Voló a la casa de Julián a tiempo para escuchar a la hermanita menor decirle a la madre que había salido hacía media hora.  Camino al puente del río. 

Sariel agitó las alas y sacó su tablet de información (sí, con el tiempo los ángeles se modernizan. Sí, también hay muchos informáticos en el Paraíso): Julián, 17 años, estudioso, con pocos pero buenos amigos, buena familia. Aún con el sueño de ser piloto de aviones de combate. Difícil que fuera a tomar una decisión drástica, pero cualquier ángel guardián sabe que el primer desengaño amoroso es devastador. Y Julián tenía temperamento romántico y le gustaban demasiado las novelas de aventuras y tragedias. Eso complicaba un poco el panorama.

Decidido, Sariel se convirtió en colibrí como camuflaje. Era uno de sus preferidos, rápido y discreto cuando quería, y cuando no los niños que lo veían siempre sonreían. Otros ángeles hablaban de 'la Gloria de Dios', o 'La Fuerza Divina' y se transformaban en leones o águilas.  A Sariel siempre le parecieron poco modestos, pero cada quien tenía su pequeño defecto aún entre los ángeles. Él no era el indicado para juzgar, y más ahora sabiéndose impuntual. Apuró el vuelo, un relámpago tornasolado en el último rayo del atardecer. 

Llegó al puente, usó un poco de su oído celestial para escuchar, porque los colibríes no eran buenos para eso: Estaba atento a escuchar ruido de agua, algo cayendo, o gritos quizás. Bordeando el río había un camino de árboles ya oscuro por la caída del sol: eucaliptos, sauces llorones, y algunos otros que no reconocía porque su fuerte no era la botánica. Limitaciones de ángeles, todo no se puede. Una camino rivereño algo desolado, paseo para personas tristes o enamorados, incluso seguramente ambos. No se veía a nadie. 

El puente de madera con su pasamanos bajo y gastado cruzaba las aguas que corrían tranquilas pero profundas de su cauce. No recordó sí en el legajo de Julian decía que supiera nadar, no hubiera estado de más haber revisado eso con tiempo. Si hubiera llegado antes a la casa de él después del ruego hubiera hecho caer un libro de la enorme biblioteca de Julian que expresara su situación, acaso el Corsario Negro. Tanto a Sariel como al chico les encantaba ese libro. O acaso hubiera hecho aparecer un emoji en el teléfono de un amigo para que lo llamara, o..., bueno, ya era tarde para pensar en eso. Y ahora en tanto miraba alrededor, no lo podía encontrar: el río era un sudario negro que corría en silencio entre las orillas sombreadas de árboles, el silencio sólo roto por grillos, y un ladrido. Dos ladridos. Una risa. Dos carcajadas. 

Del otro lado del río, medio oculto por la espesa arboleda estaba Julián. Delante de él un perro le hacía fiestas. Lucía, su dueña, festejaba que él hubiera podido alcanzar a su cachorro que había escapado corriendo y cruzando el puente. Fito caminaba de árbol a árbol, ahora firmemente sujeto de su correa por Julián, que sonreía y hablaba con Lucía como si se conocieran de años. Raro. Sacó rápido su tablet: Amor verdadero, se leía con letras multicolores. Sorprendente.

Los vio acercarse aún en su forma de colibrí, hablando de mascotas y proyectos: Julián siempre había querido un perro, ella también quería ser piloto. Al pasar a su lado Lucía lo miró posado en la rama, y como si lo reconociera, le guiñó un ojo.

A veces los ángeles son impuntuales. 

Otras no.


lunes, 25 de octubre de 2021

El Diablo una vez se enamoró

 


Las historias cuentan que el Diablo una vez se enamoró.

Embelezado se acercó a ella y al tocarla sintió que su piel ardía como ardían las almas que él torturaba, sintió en sí mismo la tortura del deseo de besos negados, de deseos imposibles. Cuentan que volvió a ser un ángel para alcanzarla, que sufrió el propio infierno por los labios de una mortal, que le devolvió el amor dentro de su lujuria, que le devolvió el anhelo sin deseo, y le recordó la mortalidad a su ser eterno. Cuentan que lo vieron caminar calles vacías en el silencio de la melancolía, del dolor insondable de una pérdida irreparable. Cuentan que el propio Diablo lloró en un recuerdo.



martes, 19 de octubre de 2021

Leyendas Urbanas


 

01.- Pisás una baldos floja: Hoy va a ser un mal día.

02.- Un pájaro canta cuando pasás bajo el árbol donde está: Un ángel te vigila.

03.- Te sorprende una lluvia sin paraguas: Habrá frío en tu alma.

04.- Un rayo de sol se escapa para alcanzarte en un dia nublado: Los amigos estarán cuando los necesites.

05.- Olvidas ponerle azúcar al café: Momentos de amargura se avecinan.

06.- Se rompió el saquito de té en el desayuno: Algo que se rompió no puede arreglarse.

07.- La leche hierve y se derrama: Recibirás un llamado muy esperado.

08.- Despertás un minuto antes de la alarma del despertador: Los pensamientos te perseguirán todo el día.

09.- Se quemó la lamparita: El mundo en tu corazón pierde color.

10.- El mar borra su nombre en la arena: Le extrañaré por siempre.



viernes, 5 de febrero de 2021

El agujero negro consciente


 

Continuo con los cuentos del Estadio de Urbys.

http://axxon.com.ar/

http://axxon.com.ar/c-ciudad-mabg38.htm


Leyendas del vestuario

Mientras los jugadores se cambian luego de un entrenamiento y llega el utilero con los mates, se suelen comentar historias sobre sucesos asombrosos, jugadas imposibles y extrañas apariciones que van más allá de la realidad de las leyes conocidas del Universo.


El agujero negro consciente

En uno de los armarios del vestuario visitante, ése que tiene la puerta despintada y oxidada, de chapa rota, sin candado, y en cuyo interior se amontonan los viejos diarios, se esconde en una esquina, cubierto por éstos, un pequeño agujero negro.

      Es del tamaño de una mota de polvo, más pequeño acaso que la punta de una aguja, aunque su capacidad de atracción de masa es muy grande, incalculable. No se sabe cómo llegó allí y muy pocos —quizás ninguno— creen en su existencia. Hay rumores de que está allí, pero se le considera más bien una leyenda. Pero nadie abre la desvencijada puerta del armario, nadie lo limpia de la suciedad y quita los viejos periódicos que se acumulan, abandonados y amarillentos, en su interior.

      Si lo hicieran, descubrirían algo muy extraño: La tinta de estos diarios está desapareciendo, absorbida por el agujero negro, aunque el papel permanece. Y más extraño aún, como si una especie de conciencia o inteligencia lo guiara, está consumiendo primero la sección Deportes.




jueves, 4 de febrero de 2021

El día del temblor

 



Continuo con los cuentos del Estadio de Urbys.

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Historias de la Tribuna local

El día del temblor


(Tal como lo relató en el bar ´No tan sobrio´ el famoso comentarista deportivo Aristofanes Atreup)

Domingo, seis de la tarde. La gente se encuentra ya en el estadio. Las banderas flamean tranquilas en la tribuna local. Nadie está preparado para la noticia.

Era una tarde de principios de septiembre, con el clima suave de Urbys en ese mes. La gente concurría feliz y esperanzada al estadio. Luego de insólitos resultados positivos el equipo local sólo necesitaba un triunfo para ser el campeón de la Liga y lograr el esperado ascenso. Y no es fatuo decir insólito o inesperado, ya que el equipo de Urbys —al que se apodaba, por sus seguidores, poco dados a la efusividad en sus festejos, como "Los Desalentados"—, nunca había llegado tan alto. Este año, merced a la fortuna de contar en el equipo con una pareja de delanteros habilidosos y decididos, un buen arquero y un veloz lateral derecho, que había sabido explotar las ventajas de cierto sector de la cancha cuando jugaban de local, llegaban a esta estancia decisiva.

      La hinchada local había venido preparada para el festejo. Los ansiosos ocupantes de las gradas portaban banderas, bombos, petardos y bolsas de papelitos. Los jugadores ingresaron a la cancha y fueron recibidos por el ya tradicional murmullo que les había ganado el apodo. Y comenzó el partido, de juego fuerte y trabado, como corresponde a este tipo de encuentros.

      La hinchada —por primera vez llenas las gradas de las tribunas A y B— alentaba cada jugada, cada veloz ataque, cada atajada, mientras el murmullo crecía, adelantando el festejo. La gente abandonaba sus lugares, agolpándose contra el alambrado. Faltaban menos de cinco minutos para el final del partido y con el empate retornaba la desesperanza de otro campeonato sin ganar. La gente ahogaba en su garganta el grito del festejo final, presintiendo ya no llegaría.

      En ese momento el lateral derecho del equipo local tomó la pelota y comenzó un veloz contraataque por su banda, justo debajo de las tribunas A y B. Los seguidores se pusieron de pie, mientras una sensación indefinible invadía el estadio. La tribuna visitante enmudeció de repente. El mediocampista eludió a un rival y a otro, en un hábil movimiento, levantó la vista y ejecutó un centro perfecto hacia el puntero derecho, que elevándose muy por encima de los defensores en su salto, sobrehumanamente, conectó un preciso cabezazo que ingresó al arco rozando el ángulo superior izquierdo del arquero.

¡GOL!!! La tribuna estalla, con un salto simultáneo, con una emoción contenida por muchos años; saltan juntos, caen con fuerza, vuelven a saltar, gritan el nombre de su equipo en cien maneras, golpean con los pies, tiran las estruendosas bombas, festejando.

      Del otro lado de la ciudad, en el Observatorio, uno de los sensores próximos al Estadio registra el inicio de un temblor. La escala aumenta con rapidez, la vibración se hace constante y periódica. En el vacío Observatorio (todos sus ocupantes están en ese momento en el Estadio), se activan las alarmas sísmicas, transmitiendo el aviso a observatorios de ciudades distantes de todo el mundo. De inmediato suenan las correspondientes alarmas en los Departamentos de Policía y Bomberos, que acuden al foco del temblor, en las cercanías del Estadio. El ruido de sirenas casi no se escucha allí, donde la gente todavía está presa del festejo, todavía con la expectación del partido, que sigue en juego. La noticia de un temblor de causas desconocidas se filtra a un periodista, se transmite por la radio.

      Los comentaristas del partido escuchan la emisión; también la gente. La adrenalina feliz que inundaba a todos ahora pasa el pánico. La gente asustada salta e invade el campo de juego, sin saber que ellos mismos son la causa del misterioso temblor, registrado erróneamente. Escuchan las sirenas de la policía y los bomberos, que suenan en el inconsciente colectivo como la premonición de una catástrofe. Se rompen las rejas, se abandona el juego, cada persona busca la salida más cercana, o la que considera más rápida. Se producen golpes, aglomeración, gritos, algunos heridos, sin que haya que lamentar —afortunadamente— víctimas fatales.

      Varias horas después, todo queda aclarado. Los científicos dan sus explicaciones, la gente se calma. En el curso de la semana, la comisión deportiva de la Liga determinará que el partido se considere ´no cumplido´, por falta de garantías en el Estadio. Se fija un resultado oficial, que es, obviamente, de un empate 0 a 0.

Y así, el equipo de Urbys perdió el campeonato.




miércoles, 3 de febrero de 2021

Estadio de Urbys

 


Urbys fue un proyecto de la revista Axxon, quizás la más grande de las revistas electrónicas de ciencia ficción en castellano. recuerdo se llegó a repartir en disquetes de 3 1/2 en tiempos anteriores a la internet en Argentina. Tuve la suerte de tomar cursos con su fundador, el escritor Eduardo Carletti. Comentando estocon mi hija va un aporte a esta revista y al proyecto maravilloso de, en lugar de contar historias de una ciudad, crear una ciudad con historias.

Entre los edificios de Urbys, elegí el Estadio.

Les adjunto el link de la revista, el del cuento, y la copia exacta del mismo.

http://axxon.com.ar/

http://axxon.com.ar/c-ciudad-mabg38.htm

En los próximos días vendrán Historias de la tribuna local, y Leyendas del vestuario.



Estadio de Urbys

Localización:

Situación geográfica. Son dos bloques de manzanas, limitadas por la calle 38, y la calle Las Laderas (vía del ferrocarril Tren de la Llanura), y las calles Paseo de la Guardia y Calle BI.

Historia:

El Estadio de Urbys fue fundado por el ingeniero Carlos Lasarte hace más de cuarenta años en un terreno baldío cercano a la vía por donde pasa el Tren de la Llanura. El propio Lasarte nos cuenta su historia:

      "Nos juntábamos a jugar al salir del colegio con mis compañeros de curso, en el baldío al costado de la vía. Desconocíamos la causa por la que en uno de los costados del terreno el pasto crecía siempre de color amarillo, tanto en invierno como en verano. No se confundan al pensar que se trataba de pasto seco, sino que crecía naturalmente, pleno de vida, pero de este color, un amarillo brillante, fosforescente en la obscuridad. Marcado arbitrariamente por piedras y bolsos con libros, se convirtió en el lateral de nuestro campo de juego."

      Este comentario del ingeniero Lasarte nos intrigó y nos dirigimos a la Universidad con el fin de encontrar una explicación. Para ello concertamos una entrevista con el reconocido físico y geólogo Servio Anatnev, quien tuvo la amabilidad de atendernos en su despacho. Refiriéndose a investigaciones suyas al respecto, nos informó:

      "Solía jugar en ese terreno. La curiosidad me impulsó a investigar sobre algunas particularidades que considero únicas, que ya me habían sorprendido cuando jugaba allí en mi adolescencia. Puedo decir que el meteorito que llegó a Urbys en épocas pretéritas se disgregó en pequeños trozos, de características muy disímiles. Uno de éstos es la famosa Piedra del Tren. Varios otros quedaron más o menos enterrados en diversos puntos de la ciudad. Uno de los casos puede ser el Barrio de las Piedrecillas Azules..."

      Le recordamos al profesor el tema que nos llevó a su presencia y éste retornó al relato sobre su hipótesis (sostenida sólo teóricamente) del origen del extraño color amarillo del pasto del lugar, así como la fosforescencia:

      "Como les comentaba, un fragmento del meteorito cayó en este lugar, introduciéndose profundamente en la tierra blanda y combinándose con ella. Las principales propiedades del fragmento son el magnetismo y una leve radiactividad. Hay en él, probablemente, un pequeño trozo de plutonio-186, que se debe haber formado en la naturaleza por acción de una fuerza nuclear violenta. Está cubierto por un conjunto de minerales entre los que predomina la magnetita. Considero la posibilidad —aclara el profesor— de que el lanzamiento de este meteorito al espacio pudo deberse a la explosión de una nova, o un sol blanco, ocurrida hace millones de años, que desprendió grandes trozos de materia por nuestra zona de la espiral galáctica. Otra posibilidad es que se deba a la explosión de un planeta a causa de una guerra cósmica con armas atómicas.

      »La radiación a que fue sometido el fragmento y el magnetismo, sumados, crearon una polaridad de fuerzas magnético/nuclear débil, que por confrontación/oposición con las otras fuerzas propias del universo —la gravedad y la fuerza nuclear fuerte— produce influencia al terreno que le rodea.

      »Esta banda de pasto presenta una gravedad menor, de 5/7 respecto a la gravedad del resto de Urbys. Como no soy botánico ni biólogo, mis conocimientos no alcanzan a explicar la fosforescencia ni el particular color del pasto en esa zona, pero muy probablemente esté relacionado con la alteración del campo magnético, o quizás a la cierta radiación.".

      Hasta aquí lo comentado por el profesor Anatnev, de la Universidad de Urbys. Observamos hoy este terreno, que abarca no solamente uno de los laterales de la cancha sino también los cimientos de la tribuna local, y recordamos las palabras del ingeniero Lasarte:

      "Desde esa época en la que era un veloz puntero derecho, recuerdo con cariño ese baldío, en el que jugué los mejores partidos de fútbol de mi vida. Al recibirme deseé honrar el recuerdo de tantas horas felices y decidí construir esta obra para la ciudad de Urbys, que es fuente de alegrías e historias".

      El ingeniero omite contar por qué sus recuerdos son particularmente buenos y evita —sin ninguna maldad, así lo creemos— todo comentario sobre los extraños goles que se producen en esta cancha. No hizo comentario alguno sobre el comienzo poco prometedor de su equipo en la liga local. Y tampoco nos habló sobre las historias que se cuentan sobre la tribuna local —secciones A y B— y las curiosas leyendas del vestuario. Pero es lógico que así ocurra. Las anécdotas y leyendas se propagan más que la historia verdadera y ya son conocidas por todos entre la población de Urbys.






viernes, 18 de diciembre de 2020

Leyenda de Pillahuincó (Arroyo de las achiras, en Sierra de la Ventana)

 


Eran días de oro y de magia en las laderas del Cerro Pillahuincó, tribus enteras de pampas habitaban esa tierra en la que Soychu era señor de todo. El gran dios moraba en la tierra al este de la sierra, y se lo podía ver caminando por las llanuras, con su arco y sus flechas.

Los pampas eran felices: Vagaban nómades, de una tierra a otra. Los hombres cazaban venados, ñandúes y guanacos y las mujeres preparaban pan con langostas de tierra tostadas, y las frutas y semillas que molían y con las que preparaban bebidas fermentadas.

La tierra tenía plantas silvestres como el cedrón, la carqueja y la menta blanca que permitian crear a los chamanes bendecidos por el dios Soychu, preparados que curaban dolencias. Los arroyos corrían rumorosos y llenos de peces. La tribu esa temporada se asentó en el territorio ancestral pampa, entre sierras. Allí comían, bailaban hasta caer rendidos y dormían en paz en sus tolderías adonde se protegían de los pumas y gatos monteses. Eran los primeros tiempos de su mundo, y aún no conocían otros dioses.

Tampoco conocían al hombre blanco.

El tiempo pasó.

Había sido un día de fiesta de primavera en la tribu del cacique Curu-Nahuel (llamado Curunau, jaguar negro), que se había asentado entre el Arroyo Pillahuincó y del Río Sauce Grande. Pero ahora llegaban rumores inquietantes; extraños monstruos brillantes con cuatro patas y aliento de fuego estaban llegando, decían al retornar algunos de los cazadores que su habían aventurado algo más lejos. 

Los rumores terminaron con la fiesta, hubo miedo, hubo confusión. Consultaron a los chamanes y esperaron una respuesta del dios. La respuesta llegó con una noche oscura, de luna roja. Los chamanes no dudaron en interpretar que se trataba de criaturas enviadas por Wualichú, el maligno. Los indios se apostaron en la penumbra, ocultos en las tolderías listos con sus hondas y sus arcos. Cuando los monstruos aparecieron al otro lado del arroyo la luna brilló roja sobre el metal de sus armaduras y cascos. Un búho ululó en la noche. La primera flecha voló sobre las ahora lentas aguas, voló certera y rebotó sin daño. A la primera le siguieron otras, así como piedras lanzadas con habilidad y fuerza; hasta que el relámpago de un arma fue un trueno en el silencio de la noche que se pobló de gritos de aborígenes que salían como malón de las oscuras tolderías. El hombre blanco no tuvo piedad, ante el ataque brillaron las espadas y rugieron los fusiles. Los hombres de la tribu atacaron como una marea desencadenada protegiendo las orillas del río y de su campamento, pero nada pudieron hacer contra las feroces armas de fuego. La luna que teñía de rojo los ríos encontró ayuda en la sangre derramada. De la tribu no quedó nadie con vida. Cuando los españoles vieron salir el sol, por un milagro del dios de los indios, no encontraron cuerpos. Su vida y su poder se habían ido arrastrados en la corriente de los ríos y arroyos, y el dios ya nunca regresó. Pero como prueba de su última resistencia, los conquistadores encontraron en la propia orilla unas plantas acuáticas de flores doradas, rojas y a veces blancas que brotaban como racimos de entre unas hojas enormes y muy verdes. Soychu había transformado a los valientes, para que siguieran por siempre unidos a su tierra, para que su acto de valor no fuera olvidado.

Desde ese tiempo y cómo último recuerdo de la magia de esas tierras, todas las primaveras crecen las achiras salvajes, en las orillas del arroyo que justamente se llama Pillahuincó (achira en lengua aborigen)

Y dicen los ancianos que para que la magia regrese, es necesario que al cruzar el arroyo Pillahuincó el viajero deje un regalo o una oración, entre las achiras.




martes, 15 de septiembre de 2020

La puerta

 


Me desperté, con los ojos apenas entreabiertos encendí el velador y con asombro descubrí la Puerta.

Al lado de mi mano, en la pared de la cabecera de la cama, una puerta. Me levanté despacio sin sacar la vista de esa puerta blanca en la pared blanca, con marco negro igual que el resto de las puertas de mi casa, una puerta con su picaporte de bronce, cerrada. Una puerta que ayer no estaba allí.

Me vestí rápido, pensando. Ahí había una puerta. Perdón, ahí HAY una puerta, pero no, no estaba. Estoy seguro que antes no estaba. Pero es imposible, porque ahora está ahí.

Corrí un poco la mesa del velador para que no se golpeara y se rompiera al abrir la puerta, si la puerta hubiera estado allí yo nunca habría puesto la mesa de luz en ese lugar.  Creo que no. La puerta abre hacia adentro, eso está claro.

Rocé el picaporte, y lo solté de inmediato. Para ponerlo en contexto: La pared de la cabecera de la cama es la medianera del edificio, da a otra propiedad. Da a una clínica psiquiátrica abandonada, al fondo de la clínica, un descampado por el que se cuela humedad por la pared. Desde antes de mudarme está abandonado el lugar. 

Ahora que corrí la mesa de luz puedo ver bien la puerta. No tiene cerradura, asumo que la puedo abrir. Al alejarme para verla completa noto algo: por la hendija abajo de la puerta se ve luz. Acerco al mano, entra una corriente de aire, o sale, no lo sé. Me quedo un rato mirando, la luz se mantiene un tiempo, a veces desaparece y luego aparece de nuevo. Se ve que no hay nada apoyado en la puerta que impida la claridad, el ciclo no tiene que ver con el día y la noche, es como si algo se cruzara enfrente de la luz. Miro por mi ventana a mi patio: El sol está alto y no puedo saber si corresponde a la luz que se ve o no. Puede ser una luz artificial. 

Es imposible pero la Puerta está ahí. Me llenan las dudas: ¿en verdad es algo nuevo? Yo soy muy despistado pero no tanto. Busco entre las fotos a ver si se muestra en alguna, pero ¿Quién le saca una foto a la pared de la cabecera de la cama? Finalmente después de mucho buscar encuentro las fotos de cuando pinté el departamento. La pared blanca se ve completa, impoluta. Sin cabecera ni Puerta ni mesa de luz. Pero no pudieron construir una Puerta durante la noche, tengo el sueño muy liviano, me hubiera dado cuenta. 

Ahora hace varias horas que estoy mirando la puerta. No puedo ir a hacer mi trabajo ni quedarme tranquilo, con esa puerta ahí. No voy a poder dormir con esa puerta ahí. Anoche dormí con la Puerta en ese lugar, supongo, ahora que lo pienso. Me corre un escalofrío.

Camino por el dormitorio mientras pienso, me acerco, me alejo, miro el picaporte con las manchitas propias de algo con cierta antigüedad. El color de la puerta es igual a todas las otras. Me acerco con determinación, y golpeo la puerta. Un golpe suave, tres golpes rápidos, un golpe solitario.

Silencio. Miro la a puerta.

Silencio.

Escucho dos golpes.




lunes, 20 de julio de 2020

Ficha del personaje: La Dama Blanca




Hace mucho tiempo en un taller literario escribí siguiendo la guia de las caracteristicas, una Hoja de personaje, que fue lo primero que vi publicado en la web de Axxon, en el sitio de Máquinas y Monos. Este sitio desapareció, despues lo habia publicado en su sitio Marcelo Dos Santos (que tambien hizo un Taller con el maestro Carletti), pero la página tambien cayó y me permito republicarlo, para que no se pierda. Cómo crear una hoja de personaje para un cuento o una novela, con un ejemplo el que se conoció como Ficha de la Hechicera. Luego, para completar el trabajo escribí el cuento corto La Dama blanca de la Noche obscura. O, la Dama de la noche, tal como se iba a ir transformando el nombre.
A continuación, y despues de caso 20 años, ambos: Ficha y cuento.


Descripción de personajes:

Ficha del personaje:

La Dama

Se la conoce también como: La dama de la noche obscura.

1.- Aspecto físico

Sexo, edad: 
Femenino, representa a una mujer joven, entre los 25 y 30 años.
No se conoce su verdadera edad. Pese a eso, y aunque parece inmune al envejecimiento, no es inmortal.
Tamaño, color, peso, cabello, belleza: 
Tiene contextura delgada, aunque firme y muy bien formada. De porte fino y elegante, aparenta ser más alta, aunque no supera el metro con sesenta centímetros
Tuvo la piel muy blanca. Ahora tiene la piel tostada, con un color indefinido. Sus ojos son color verde esmeralda, y brillan con luz propia. Su mirada refleja sus emociones, pudiendo ser cálida y tranquila como un campo verde, así como también puede ser helada y cruel como el veneno.
Es liviana, al caminar se mueve con gracia felina.
Su cabello es color castaño rojizo, y largo aproximadamente hasta la base de su espalda. Se oculta en él en ocasiones.
Tiene los labios muy rojos, y una sonrisa sensual.
Su belleza es capaz de hechizar tanto como su voz. Aún sus más odiados enemigos sucumben en ocasiones a su encanto. Asombrosa e inhumanamente bella, no suele hacer ostentación de sí misma.
Vestimenta:
Viste una túnica color azul medianoche, de terciopelo. En climas fríos se la ha visto usar capucha y capa, y en ocasiones se ha ocultado con un velo. Por regla general, prefiere ocultar su belleza. Pese a esto, bajo la túnica pueden adivinarse finas botas de piel. En las circunstancias que desea ocultarse o pasar desapercibida usa ropa común como disfraz, de la época del año y tiempo en que se encuentre. Suele usar ropa ajustada de tonos oscuros cuando desea seducir.
Higiene:
Es fácilmente descubierta cuando se disfraza ya que su piel no se mancha, aún en ambientes de polvo y barro, permaneciendo sin mácula. Su túnica tampoco se mancha, dadas sus propiedades mágicas. Su pelo siempre despide un suave perfume.
Tics:
Acostumbra ocultar sus ojos en su cabello, agitándolo levemente hacia delante. Puede que su cabello tenga magia propia, ya que cuando hace este movimiento se puede descubrir siempre el brillo de su mirada asomando de él.
Su mirada en ocasiones se ve triste al recordar secretos de su pasado, perdiéndose en largas ensoñaciones.
No deja huellas al caminar.
Cicatrices, marcas, defectos físicos: 
No tiene ninguna marca o cicatriz de nacimiento ni posterior, si bien es posible dañarla con magia o cualquier arma. Lo segundo nunca ocurrió.
Si bien ve fácilmente en la oscuridad, es algo corta de vista.

2.- Historia

Lugar de origen:
Era hija de un noble en un reino desaparecido, al pie de las montañas. Esto definiría su naturaleza humana y explicaría el porte, gracia y majestad presentes en ella.
Familia, parientes, amigos:
No tiene familia. Abandonó el palacio siendo muy joven, tentada por la ambición de poder y belleza, junto a una maga de la que aprendió a manejar sus primeros hechizos.
No se conoce el paradero de la maga. Se sabe que está viva, y que se mantiene cerca de la hechicera, aunque esta no lo sepa.
Amigos no se le conocen. Tuvo un amante, un hechicero, al que aún ve en ocasiones. No es muy clara la relación entre ellos, podría fluctuar entre el amor y el odio.
No tiene enemigos declarados. Se lleva muy mal con poderosos hechiceros y magos, por rencillas pasadas.
Ambiente y educación familiar. Ambiente de amistades:
Fue criada en un palacio, con todos los gustos. Su educación es muy cuidada. Se desenvuelve con facilidad en círculos elevados, si bien frecuenta más a una clase media o pobre que a la aristocrática. Tiene gran conocimiento del pasado, historia y geografía de los lugares que frecuenta.
Posteriormente se debe aclarar que su ambiente de conocidos son magos y hechiceros., si bien se lleva mal con la mayoría de ellos, evidenciando un claro resentimiento. Ellos le responden como si no la reconocieran dentro de su grupo. Dada su habilidad con la magia, y su educación en ese campo, esto no parece acertado, y algunos han pagado las consecuencias.
Estudios:
Mágicos, en los cuales demostró poseer gran habilidad y desplegar un notorio e innato poder.
Profesión. Trabajo:
De profesión o decisión hechicera, se encuentra entre el bien y el mal, con una inclinación hacia este último. Su dominio de la hechicería es muy bueno, sobre todo durante la noche. Sus poderes se encuentran más cerca de la magia que de la brujería, si bien es capaz de preparar infusiones y filtros para lograr sus propósitos. Como ayuda, usa una delgada varita de plata.
Hechos claves de su vida:
Nació en el seno de una familia noble, en un reino ya olvidado recibiendo los mejores cuidados y educación. Huérfana de padre, el cual murió al poco tiempo de nacer ella, vivió rodeada de regalos y se le permitían los más mínimos caprichos. Durante la adolescencia tuvo un desengaño amoroso con un joven caballero. Se alejó de su casa tentada por una maga que visitó el reino y supo reconocer su innato poder. Se desconoce que ocurrió ni como fue su periodo de instrucción.
Se abre un periodo oscuro, del cual se sabe que fue al infierno, en donde adquirió ese tono tostado tan particular, y su deslumbrante belleza. Allí conoció a un hechicero, el cual la utilizó manteniéndola a su lado mediante mentiras, para escapar del infierno, una noche en que se obscurecieron todas las estrellas, y la luna se ocultó; siendo posteriormente seducida por este hechicero. La principal motivación del hechicero para hacerla suya fueron la extraordinaria belleza e inexperiencia de La Dama. Esta historia la conocieron solo tres personas, una de las cuales fue muerta de inmediato por la hechicera. La continuación del romance o la relación que mantiene el hechicero con La Dama no es clara y permanece en secreto. Aún se ven en ocasiones.
Luego intento calificar como hechicera en un conclave de magos. Un error por una distracción propia provocó un momento de peligro mortal para la hechicera. En ese momento reaccionó desatando todo su poder, con lo que un mago del conclave resultó muerto. Fue expulsada del grupo, pero no pudieron quitarle su magia.
Posteriormente sus apariciones más frecuentes fueron en noches de, en tabernas, plazas y bosques cercanos a los poblados y pequeñas villas.
Particularmente suele ir a una posada, en una noche en particular: la primer luna llena de invierno. Se dice en el pueblo en donde está la mencionada posada, que busca a alguien, como una antigua promesa. Lleva haciéndolo varios años, permaneciendo despierta toda la noche, mirando al fuego.
Su belleza ha provocado a lo largo de su vida graves peleas, su carácter egoísta las ha alimentado, y su poder ha creado  muchas envidias. Esto le ha deparado algunos enemigos.


3.- Psicología

Carácter: 
Su carácter tiene la melancolía como principal atributo.
Al conocerla da una sensación inofensiva y atractiva, casi angelical. En realidad, no tiene reparos en matar si la circunstancia lo exige, pero no su carácter es demasiado cambiante para considerarla maligna. Su soledad es otro rasgo destacado, solo tres personas supieron que estuvo alguna vez con alguien.
Tiene una fuerza de carácter notable cuado se enoja, lo cual no sucede con frecuencia. Es básicamente mortal cuando eso ocurre. No se le conocen miedos a algo determinado, aunque si momentos de debilidad provocados por recuerdos.
En situaciones que no exijan todo su poder puede mostrarse insegura.
Humor:
Su humor no suele ser benigno ni maligno, más bien indiferente. Si se la ve sonreír suele ser con tristeza. Sólo alguien vivo la vio llorar, esos momentos de debilidad no suelen dejar testigos. Se sabe que alguna vez rió, aunque lo haya olvidado aún ella misma.
Inteligencia:
De gran inteligencia, la aprovechó en gran medida para hacerse hábil en el manejo de la magia. No tiene la misma inteligencia para resolver situaciones cotidianas, aunque si tiene una gran facilidad de palabra, para ocultar lo que no desea que se sepa. Esto fue utilizado por La Dama, aumentando el misterio sobre sí misma, con las ventajas que esto le proporciona. Su forma de expresarse es clara y concisa.
Es torpe para todo trabajo manual no mágico.
Pese a su inteligencia, pudo ser fácilmente engañada por un hechicero, al estar enamorada. A veces se deja dominar por su corazón.
Motivaciones:
La ambición de ser admirada la llevó por el camino de la magia. Se supone que antes de su entrenamiento no era tan hermosa. Así también se sabe que antes de su viaje al infierno, era de piel muy clara y de cabello negro. Si ahora oculta su belleza, es para utilizarla como arma cuando lo desea.
El amor es otra de sus motivaciones, y es claramente egoísta, importándole más su conveniencia personal que el bienestar de quienes le rodean. Esto la acercó al camino del mal.
La soledad y la melancolía la llevan a repetir ciertos actos, y la obligan a peligrosas confidencias. Odia la debilidad que esto le provoca y se sobrepone a ella con violencia.
No busca la riqueza, aunque la halagan el poder y la admiración.
Gustos:
Le gusta la noche, un fuego cálido, el fresco viento entre los árboles en verano. Le gusta mucho dormir. Le gustan las historias de misterios. Desearía conocer el futuro.
Traumas:
La soledad que le quedó después de perder a su padre, y la falta de autoridad que vivió la llevaron a tener un carácter algo caprichoso y cambiante.
El dolor de perder las comodidades que tenía, producto de su propia decisión, la llevó a valorar más la magia, y a intentar salir adelante mediante sus propios esfuerzos. Es así que no suele aceptar ayuda de otros.
Por sobre todo, al fallar la prueba para convertirse en hechicera calificada, ha intentado obtener todo el poder posible por ella misma. También le ha quedado un odio y resentimiento con otros hechiceros y magos. Esto se ve incrementado por su aventura con el mencionado hechicero.
Su mayor trauma es un misterio, y tiene que ver cuando descubrió que el hechicero le estaba mintiendo. En ese momento si bien tenían un poder parejo el hechicero y La Dama, ella no intentó atacarlo. Se sabe que algo la detuvo.
Se cree que le tiene miedo a volver a amar.


Pablo Brión
21 de Mayo de 2001
Modificación el 12 de  Junio de 2001


Cuento: La Dama blanca de la noche obscura

La vislumbré al entrar por la puerta de la posada, al tiempo que el reloj marcaba con sus campanas las 12 de la noche. La vimos llegar entre el ruido del viento, precediendo a la tormenta, al brillo de las llamas de la chimenea. Todos la vimos entrar, todos la reconocimos.

Mil historias se contaban sobre ella, mil historias fantásticas, casi todas verdaderas. Su fama de hechicera la precedía. Cruzó el umbral segura, su piel con brillos rojizos a la luz de las llamas de la chimenea, su cabello oscuro como una sombra más en la penumbra reinante. Entró húmeda apenas por la llovizna nocturna, envuelta en su capa azul medianoche que no lograba ocultar su belleza.
Se hizo un profundo silencio a su paso.
La rodeaba una indefinible sensación de frío, de noche helada, de soledad y misterio. Tomó asiento en una mesa en un rincón del salón. Estaba ahora frente a mí, que, sentado en la sombra al otro extremo del salón, sólo podía observarla. Parecía demasiado joven para irradiar tanto poder.
No aparentaba ser peligrosa. Su cabello, largo hasta la mitad de su espalda, parecía moverse con voluntad propia mostrando u ocultando su bellos ojos y su peligrosa mirada. 
Sus ojos son lo primero que me atrae. Son un resplandor verde esmeralda que contrasta con su rostro apenas tostado, demasiado luminosos, tanto que parecieran brillar con luz propia. Podía verse su resplandor en la penumbra, fresco y helado, aún de espaldas a las llamas.

Nadie se atrevió a acercársele. Incluso el inmenso posadero escondía cuanto podía su enorme cuerpo detrás del mostrador, desviando la mirada en respetuoso temor.
Ella no esperó. Se levantó con un movimiento fácil, felino, sin reflejar sorpresa por la desatención. Con suave gracia caminó hacia la barra. Tomó con movimientos exactos y elegantes la copa y la botella, y regresó a su mesa. Aún caminando era como si flotara. 
Fue al pararse cuando miró a su alrededor, y me descubrió semioculto en una esquina, una sombra dentro de otra sombra. Espero a sentarse nuevamente para indicarme que me acercara. Su gesto no admitía replica. Crucé la habitación, fascinado por su belleza, mientras todas las miradas se fijaban en mi, entre la pena y la envidia. 

Ella no dejaba de mirarme, alzando apenas la vista. Sus ojos se hicieron brevemente cálidos al preguntar mi nombre, brillando entre sus largas pestañas; su pregunta era un susurro apagado de voz dulce y firme, un susurro profundo como el mar. Y en ese mágico momento supe la verdad; el secreto de profunda pena y soledad que escondía su mirada helada y sin alma, su destino de misterio y poder; y la oculta causa de su  triste sonrisa.
La Dama de la noche obscura descubrió su secreto viéndolo en mis ojos, oculto en mi mirada de temor y compasión. Estremeciéndose de odio, levantó su vara plateada, brillante como la luz de las  estrellas,  y dijo sólo tres palabras. 
Dejé de ser.

Fin