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martes, 23 de septiembre de 2025

Fragmentos de tiempo

 


Los domingos en San Telmo, entre los puestos de antigüedades y los bailarines de tango callejero, un dia apareció un hombre que vendía pedazos de espejos rotos, rajados. 

Julian había llegado una madrugada de marzo, instalando su puesto bajo los plátanos de la Plaza Dorrego. Los vecinos lo notaron inmediatamente: no por su aspecto —barba gris, ojos cansados, manos manchadas de pegamento—, sino porque sus espejos parecían reflejar cosas extrañas.

El primer indicio fue con doña Mercedes, la señora del puesto de empanadas.

—¿Cuánto por ese espejito? —preguntó, señalando uno triangular con una grieta en zigzag.

—No es para vos —dijo Julian, sin levantar la vista—. Te mostraría algo que no querés ver.

Mercedes insistió. Pagó los mil pesos y se llevó el espejo.

Al día siguiente volvió, pálida como papel.

—¿Qué me hiciste? —susurró—. Vi a mi hermana. La que murió hace diez años. Pero... estaba viva. Tenía arrugas que nunca tuvo. Me sonreía desde una mesa de Navidad que nunca llegamos a compartir, estaba mi nieto.

Julian asintió despacio.

—Algunos espejos muestran los caminos que el tiempo no tomó. Otros los que puede tomar.

La noticia se esparció poco a poco, entre susurros. Cada domingo, el puesto de Julian se llenaba de curiosos, escépticos y desesperados.

Una adolescente compró un espejo ovalado y vio su propia boda con un chico de su clase que ni siquiera sabía que existía. Una mujer de mediana edad se llevó uno rectangular y contempló preocupada cómo su hija de ocho años mostraba tener cuarenta y la culpaba por decisiones que aún no había tomado.

Pero la historia que cambió todo fue la de Lucía.

Era una chica de veinte años que estudiaba filosofía. Llegó al puesto un domingo lluvioso, cuando había menos gente.

—¿Realmente funcionan? —preguntó, tocando un espejo circular con por una fisura casi imperceptible que lo atravesaba como un río. 

—Depende de lo que estés buscando —respondió Julian—. Algunos buscan certeza. Otros, perdón.

—Yo busco... dirección. No sé qué hacer con mi vida.

Julian la estudió con cuidado. Luego sacó de una caja de madera un espejo entero, que parecía normal salvo una estrella de grietas en el centro.

—Este te va a doler —advirtió—. Pero también te va a servir.

Lucía lo compró sin dudar.

Esa noche, en su departamento de San Cristóbal se miró en el espejo roto. Primero vio su reflejo normal. Luego, la grieta comenzó a brillar con una luz azulada iluminando fragmentos uno tras otro.

Se vio a los treinta, convertida en una escritora famosa, pero sola y amargada. Se vio a los cuarenta como una madre feliz en Mendoza, rodeada de hijos que nunca conocería si seguía su plan actual. Se vio a los sesenta como una profesora querida, inspirando a estudiantes en aulas que aún no existían.

Pero lo que más la impactó fue verse a los ochenta años, en ese mismo departamento, rodeada de libros y fotos, sonriendo a una versión joven de sí misma que la miraba desde el espejo.

—Elegí lo que te haga feliz en cada momento —sintió que decía su yo anciana—. Los caminos se bifurcan, pero todos llevan a donde necesitás estar.

El espejo se apagó.

Al domingo siguiente, Lucía volvió al puesto. Quería agradecer a Julian, pero el lugar estaba vacío. En el suelo, solo quedaba un pequeño cartel pintado en metal que decía: "El tiempo no es una línea. Es un espejo roto. Cada fragmento refleja una posibilidad. La magia (el arte) está en elegir qué pedazo mirar."

Lucía levantó la placa. Debajo había una nota escrita a mono de forma apresurada:

"Los espejos del tiempo solo funcionan para quienes están listos para cambiar su presente. Mi trabajo aquí terminó. Los fragmentos que quedan en la ciudad encontrarán a quienes los necesiten. —J."

Desde entonces, cada tanto aparecen en San Telmo espejos rotos en lugares inesperados: en el marco de una ventana, entre servilletas de una mesa de café, entre libros viejos de una librería.

Los lugareños han aprendido a reconocerlos: brillan ligeramente al tocarlos, y si alguien se anoma a mirarse, puede ver no solo quién es, sino quién podría llegar a ser.

Con el tiempo se descubrieron reglas para usarlos, por ejemplo: solo podés usar uno de ellos, sólo una vez, por año.

Porque el futuro así como el vidrio, es frágil, y mirarlo demasiado seguido puede quebrarte.




lunes, 5 de mayo de 2025

Cambio de rostro

 


La Ciudad de Buenos Aires hervía con su caos habitual: bocinazos, empujones, trajes grises, caras largas, y la prisa como idioma compartido. Nadie se detenía a mirar nada. O casi nadie.

Él estaba ahí. De pie en la vereda de Avenida Corrientes, entre un local de empanadas veganas y una joyería con carteles de venta de oro. Cabello negro perfectamente peinado, hombros anchos bajo un traje que parecía hecho a medida, sonrisa que no necesitaba invitación. Su vestimenta, elegante pero casual, su porte decía: "confianza" con voz segura. Tenía a sus pies una valija grande —demasiado grande para maletín de trabajo— y un neceser de cuero negro en la mano. Muy masculino.

Una mujer de unos cincuenta años pasó apurada. Él le sonrió y le ofreció hacer una breve encuesta. Ella ni se molestó en mirarlo.

Pero a unos metros, Jime sí.

Veintidos años, cabello castaño descuidado, rostro común sin gracia particular, jeans demasiado grandes y zapatillas con más kilómetros que marca. Detuvo la marcha. Él ya la había notado. Cambió el tono:

—¿Tenés un minuto? —preguntó con una sonrisa radiante.

Jime asintió. Jime siempre decía que sí.

—¿Estás conforme con tu rostro?

Ella dudó un instante, tocándose la mejilla con inseguridad.

—Creo que no... podría ser mejor, ¿no?

—¿Y con tu figura?

—Definitivamente no —rió nerviosa, tironeando la tela de su remera suelta como queriendo esconderse—. Yo no me veo como las chicas de Instagram. Nada que ver.

—¿Te molestan tu voz o tu cabello?

—Son... normales. Aburridos.

—Bien. Ahora, describite con un número del uno al diez.

Jime pensó. Se sintió observada. Se notó, por primera vez, juzgada por él. No quería parecer arrogante… pero tampoco patética.

—¿Seis?.

Él frunció apenas el ceño. Su belleza se ensombreció.

—¿Por qué esa calificación?

Jime no supo qué decir. Un frío le recorrió la espalda. Él la miraba como si acabara de fallar una prueba que no sabía que estaba rindiendo.

Entonces se inclinó hacia ella, envuelto en su perfume a maderas y especias.

—Si pudieras cambiar tu rostro por otro, pero… al azar… y a cambio recibir un millón de dólares. ¿Lo harías?

Ella retrocedió un paso. Soltó una risa incómoda.

—No sé... mi mamá dice que la belleza está en el interior.

Él se encogió de hombros y volvió a mirar al frente. La ignoró. La encuesta había terminado. 

Jime caminó media cuadra. Pero algo ardía en su nuca. Dio vueltas al asunto. "Con un millón me hago mil cirugías ¿no?. Si sale mal, lo arreglo. ¿Qué tan mal podría salir?"

Volvió. El hombre no se había movido.

—¿La oferta sigue en pie?

Él la observó con una calma casi clínica.

—Segundas oportunidades no se dan en mi empresa. Aunque… —dejó el silencio hablar—. Podría ofrecerte una prueba. Sólo el cabello, random. Te doy mil dólares.

Jime dudó menos de cinco segundos.

—Dale.

Él abrió la valija. Sacó una máquina metálica, como una afeitadora futurista con luces verdes. Apuntó a su cabeza. El zumbido fue breve.

Jime se tocó el pelo. Se sentía... diferente.

Él sacó un pequeño espejo del bolsillo de su saco y se lo alcanzó.

Su pelo ahora era rubio, lacio, brillante, con un corte moderno que enmarcaba su rostro.

—Te queda muy lindo —dijo él con un guiño. El espejo devolvía la imagen de sí misma, similar, pero más definida. Más atractiva.

—Y ahora... —prosiguió— te ofrezco un cambio completo: cuerpo, rostro, voz. Como viste, necesitamos probar esta nueva tecnología, los resultados son inmediatos. Y el premio sigue en pie. Un millón. Solo necesito una foto del antes y el después.

Jime ya no dudó.

—Acepto.

Él asintió. Encendió la máquina. Un rayo suave la recorrió. Sintió que su cintura se estrechaba, que las curvas se definían como si años de rutinas y dietas la hubiesen moldeado. Su voz, al decir "¿ya está?", era más profunda y melodiosa. Tenía un leve acento que no era suyo.

Se vio en el espejo.

Tenía unos 35 años. Ojos felinos, piel bronceada, labios carnosos. No era simplemente linda. Era... despampanante.

El hombre la fotografió y envió la imagen desde su celular. Luego cerróel neceser y le entregó la otra  valija: la grande. Repleta de billetes.

—Buena suerte —dijo, y se fue caminando entre la multitud.

Jime quedó sola. Miró su reflejo en una vidriera. Su ropa ya no le quedaba bien. Se veía mayor. Pero hermosa. Nueva. Y rica.

Sonrió. Un un cambio perfecto. Los chicos ahora la mirarían. Podía operarse para verse más joven i quería. O no. ¿Qué importaba?

Se giró para irse.

Dos patrulleros chirriaron las gomas al frenar en la vereda.

—¡Sandra Avila "La Viuda" Felix! ¡Queda detenida por narcotráfico internacional! ¡Manos arriba!

Jime palideció.

—¡No, no! ¡Soy Jimena! ¡Un hombre me cambió, se los juro!

Pero los oficiales no escuchaban, avanzaron. Jime intentó escapar pero la redujeron rápidamente. El retrato del cartel de búsqueda de Interpol coincidía con la foto que le acababa de llegar a la comisaría. El mismo rostro. La figura inconfundible a pesar de la ropa. El tono de voz, tan reconocible por tantas grabaciones con su marido el Chapo Felix. La valija llena de dólares era la prueba final.

Mientras la esposaban, un hombre de traje impecable se alejaba a paso firme por una calle lateral, con una nueva valija aún más grande para sí mismo en la mano, y el neceser de cuero negro medio oculto en el saco.



martes, 18 de marzo de 2025

El inventor de leyendas

 


La máquina de escribir Olivetti resonaba en el pequeño departamento de San Telmo como el latido mecánico de un corazón artificial. Ricardo Menéndez golpeaba las teclas con la furia de quien sabe que cada palabra es un intento más de escapar del anonimato. El papel, amarillento y barato, recibía el impacto de sus dedos como una sentencia: otro relato que probablemente terminaría en el cajón de los rechazos.

La pila de manuscritos devueltos crecía en una esquina de su escritorio, cada uno con una nota cortés pero demoledora: "No se ajusta a nuestra línea editorial", "Gracias, pero no gracias", "Tal vez en otra ocasión". Buenos Aires, esa ciudad que había dado origen a tantos grandes escritores, parecía haberle cerrado todas las puertas.

Fue entonces cuando comenzó su obsesión. Todo empezó una tarde de otoño en la Biblioteca Nacional, mientras hojeaba viejos periódicos en busca de inspiración. Un artículo amarillento sobre un supuesto tesoro pirata en la costa argentina captó su atención. Pronto, Ricardo se encontró sumergido en un mundo de leyendas olvidadas: historias de fuentes de juventud eterna en la Patagonia, relatos de meteoritos con formas de vida alienígena en el Chaco, crónicas de espadas coloniales con poderes místicos.

Investigó cada historia con la meticulosidad de un arqueólogo y la pasión de un creyente. Viajó a pueblos remotos, entrevistó a ancianos que guardaban secretos en sus memorias agrietadas, se perdió en archivos polvorientos. Pero cada pista lo llevaba a un callejón sin salida, cada leyenda se desvanecía como niebla bajo el sol de la verdad.

La frustración se acumulaba en su interior como un veneno lento. Hasta que una noche, sentado en el Café Tortoni, mientras observaba el reflejo distorsionado de los transeúntes en los espejos centenarios, tuvo una epifanía: si no podía encontrar leyendas verdaderas, las crearía él mismo.

Comenzó sutilmente. Un grafiti enigmático en una pared de La Boca, una historia susurrada en un bar de Palermo sobre un hombre sin rostro que aparecía en la calle Defensa a la medianoche. Luego vinieron más: el taxista que sólo llevaba pasajeros al cementerio de la Chacarita, siempre por el mismo recorrido, siempre llegando al amanecer; el vagón fantasma de la línea A del subte, que aparecía entre estaciones con pasajeros de otra época.

Ricardo escribía sus leyendas en blogs anónimos, las compartía en foros oscuros de internet, las susurraba en bares a desconocidos que parecían dispuestos a escuchar. Usaba diferentes pseudónimos: El Cronista Nocturno, J.L. Borges Jr., El Testigo. Sus historias comenzaron a circular, primero como rumores, luego como leyendas urbanas que la gente compartía como secretos valiosos.

Viajó a otras ciudades, sembrando historias como un jardinero macabro: en Rosario, habló de un puerto donde los barcos llegaban con tripulaciones que habían muerto hacía décadas; en Córdoba, inventó la historia de una iglesia donde las estatuas cambiaban de posición cada vez que alguien rezaba; en Mendoza, creó la leyenda de un viñedo que producía vino que hacía ver el futuro.

Poco a poco, sus historias comenzaron a ser publicadas. Primero en pequeños blogs literarios, luego en revistas especializadas, finalmente en antologías de terror y misterio. La gente comenzó a buscar al misterioso autor que parecía conocer todos los secretos oscuros de Argentina.

Pero había algo que Ricardo no sabía. Entre todas las leyendas que había investigado al principio de su búsqueda, una era verdadera. En un viejo manuscrito azteca que había encontrado en el Museo Etnográfico, había leído sobre una maldición que caía sobre aquellos que se convertían en "tejedores de historias": estaban condenados a vivir eternamente, presenciando cómo sus propias creaciones cobraban vida.

Y así, Ricardo Menéndez se convirtió en su propia leyenda. Los años pasaban, pero él no envejecía. Veía cómo sus historias se transformaban en la nueva mitología de la ciudad: madres que advertían a sus hijos sobre el hombre sin rostro, taxistas que se persignaban al pasar frente al cementerio, pasajeros del subte que cambiaban de vagón si viajaban solos tarde en la noche.

Algunos dicen que lo han visto en el Café Tortoni, otros juran que frecuenta los bares de San Telmo. Siempre solo, siempre escribiendo. Y si prestas atención, podrías notar que su reflejo en los espejos antiguos es apenas una sombra, como si él mismo se estuviera convirtiendo en una de sus historias, ahora con su notebook, un hombre siempre joven, siempre creando nuevas historias. 

Si te sientas junto a él, tal vez te cuente una leyenda. Pero ten cuidado, ahora está maldito, y la leyenda que te cuente podría ser la tuya.



viernes, 10 de marzo de 2023

La verdadera caja de Pandora

 


La caja de Pandora, también conocida como la caja de todos los males, fue un regalo engañoso que Zeus envió a los hombres como respuesta a la acción de Prometeo, quien robó y entregó el fuego de los dioses a la humanidad.

Sin embargo, el regalo más peligroso para los hombres no fue una caja, sino una moneda. Sucedió cuando Morfeo estaba experimentando con su poder de los sueños, proyectando ideas hacia los hombres. Sin saberlo y sin intención, su poder se unió al de Azar, un dios menor que cada noche soñaba con una moneda girando y devolviendo aleatoriamente cara y ceca.

El poder de Morfeo se combinó con el de Azar y trajo la moneda desde el mundo de los sueños a la realidad. Azar la encontró en su bolsillo al despertar, sin saber cómo había llegado allí. La moneda tenía un trébol en una cara y una calavera en la otra. Azar sintió su poder al tocarla: era un tesoro siniestro y maravilloso. La guardó durante un tiempo, consciente de su poder tan particular. Cuando Azar decidió enseñarle una lección a un humano que pregonaba que la suerte no existía y que todas las acciones tenían una reacción, decidió seguir el ejemplo de Zeus y le entregó la moneda. De esta manera, Azar buscaba corregir la conducta del hombre y hacerle comprender la importancia del respeto hacia el dios más voluble del panteón.

Eran otros tiempos, en los cuales Azar aún no había desarrollado su amor por la humanidad ni utilizaba su poder para premiar a los buenos o modificar conductas negativas con pequeños detalles. Por ejemplo, una gota de aire acondicionado cae justo en el momento en que alguien está leyendo un mensaje amoroso en su celular, lo que lo lleva a detenerse y limpiar la pantalla en lugar de cruzar distraído la calle. Azar es un dios menor y no puede estar en todas partes, pero ahora intenta ayudar a la humanidad en su conjunto. Sin embargo, la moneda fue creada en épocas pasadas: incluso los dioses necesitan madurar y ser conscientes de su poder.

En un lejano día, Azar tomó aquella extraña moneda, producto de sus sueños e imbuida con parte de su poder, y pensó en la mejor manera de usarla. Cuando se presentó el desafío del humano, se la acercó como un regalo. La moneda apareció en su bolsillo mientras él estaba pensando, preocupado por una difícil decisión. Mientras paseaba con las manos en los bolsillos, reflexionando sobre el problema, sintió el duro tacto de la moneda contra sus nudillos. Abrió la mano, la giró lentamente entre sus dedos y, sacándola del bolsillo, la arrojó con una idea en mente. La moneda voló, giró y brilló en el aire bajo el último rayo de un atardecer que teñía el cielo de rojo, para finalmente caer cara en la palma de su mano. La persona tomó su decisión, una decisión maravillosa que le brindó una vida feliz llena de amor y riquezas. Nunca olvidó ese momento y, en medio de la duda, la moneda había sido su solución. Volvió a creer en parte en la suerte. El deseo de Azar se había cumplido. Sin embargo, no le dio una importancia especial a la moneda en sí. La moneda pasó a manos de otra persona, y luego a otra, y otra más. Pasó por diferentes tiempos y personas: cada vez que caía cara, la suerte sonreía al propietario durante un tiempo indeterminado —un día, una hora, algo tan impreciso como el propio Azar—. Todo salía bien: evitaba problemas, tomaba las mejores decisiones y experimentaba encuentros maravillosos e inesperados. Pero cuando caía ceca, la suerte se volvía adversa, y se desencadenaban las peores calamidades, se producían accidentes y las cosas funcionaban mal en torno al eventual propietario.

La suerte también se volvía adversa cuando la moneda no se utilizaba para tomar una decisión, cuando se la ignoraba. Durante mucho tiempo, estuvo guardada en un cajón de un ropero en una casa que parecía estar embrujada. Las tuberías se rompían de forma inesperada, las personas sufrían dolorosas torceduras al tropezar con los escalones, la electricidad causaba cortocircuitos en cables corroídos por la invasión de ratas y quemaba los aparatos enchufados. Nada parecía tener sentido hasta que, durante una mudanza, la moneda se perdió y fue a parar a manos de un programador de una dependencia estatal. Ese día, debido a un error, borró toda la tabla de personas de la base de datos principal del país (créanme, eso puede suceder). Esto se debía a que la moneda se adaptaba a la forma, imagen y valor de una moneda en curso en cada lugar y época. Es parte de su misterio y de su magia. Puede estar en cualquier lugar, en cualquier bolsillo. Incluso podría estar en el tuyo.

Y nadie sabe qué suerte le deparará al girar la próxima vez.


viernes, 14 de octubre de 2022

La ladrona del Sutbte A


En la línea A del subterráneo de Buenos Aires, aprovechando la confusión y el aglomeramiento que se produce en las combinaciones de líneas una mujer aprovecha a hurtar billeteras. Subrepticiamente mete sus largos dedos en los bolsillos de los hombres mientras todos se empujan para salir o entrar en la combinación de Plaza Miserere, sustrae velozmente los monederos de las carteras de las damas que se distraen al llegar a Diagonal Norte, abre en silencio las mochilas de los jóvenes cuando suben en tropel en Acoyte.

Apenas lo hace, rápidamente se acerca a la persona y le dice que 'encontró' su billetera, celular, monedero, y se los devuelve, entre palabras de agradecimiento de la víctima. Muchas veces recibe una recompensa por su generosa acción, y ella indefectiblemente baja en la estación siguiente, y le da este dinero a los mendigos que piden a la salida de los andenes, o a los que duermen en los bancos de la propia estación.

Algunos que la vieron en su hurto, la llaman ladrona.

Otros que ven como les da su recompensa —a veces abultada— a los mendigos, la llaman loca.

Sus vecinos que nunca se enteraron de estas acciones, la saludan por su nombre: Caridad.




lunes, 17 de enero de 2022

Compañeros de secundaria

 


Entró al Facebook. No lo usaba nunca. Por casualidad, en una propaganda que vio sobre un político lo sorprendió un nombre: Javier Alejandro Carpintero. Igual a uno de sus compañeros de la secundaria, aún recordaba que en la firma del guardapolvo le había escrito JAC, como una versión vernácula de un Jack anglosajón. A él no le parecía una buena idea, Jack siempre le recordaba al Destripador.

Pero recordar esto le hizo pensar en sus antiguos compañeros ¿En qué andarían casi 30 años más tarde? Tenía a uno entre sus 'amigos' de la aplicación, ya que había aparecido cuando ingresó su colegio secundario, pero no se hablaban. En todo caso, ingresó a su perfil y vio que estaba en contacto con varios compañeros, los fue seleccionado y enviando invitaciones de amistad. La mayoría lo ignoró y no contestó, pero a partir de los que contestaron fue conectando con otros. Algunos vivían donde siempre en el viejo barrio en que los había conocido, otros habían viajado a otras provincias, a otros países, a otros barrios. Uno incluso vivía bastante cerca, antiguo ganador de medallas de atletismo y ahora bancario, gordo y pelado según su actualizada foto de perfil. Bueno, él también peinaba canas, aunque se mantenía en línea... relativamente. Aún podía ir a jugar al futbol con los muchachos de la oficina, pero era para pasar el rato más que para hacer deporte.

Se escribió con algunos, incluso con aquellos con los que en realidad en su tiempo de estudiante no tenía demasiada relación. Pero de entre todos, su sorpresa fue encontrar en línea y que le respondiera la que era sin dudas ‘la chica linda’ de la clase, una belleza que en su época adolescente le cortaba la respiración cada vez que la veía. Una sonrisa perfecta enmarcada por unos profundos y brillantes ojos azules. Lo extraño es que no la había encontrado en los perfiles de sus compañeros, sino que él era quien había recibido de pronto la invitación de amistad. 

Escribiéndose con sus ex compañeros se enteró que cada tanto organizaban un encuentro, en general para primavera. Faltaba poco. Mientras tanto, siguió escribiéndose con Dani, que le contó que se había casado y que tenía tres hijos, pero que su marido se había alejado y ya no tenía a sus hijos con ella. Triste, intentó hablar del tema, pero ella no quería comentar mucho, la conversación moría al tocar ese punto. Decidió no darle importancia. De todas formas, ya se escribían todos los días, y ella contestaba siempre con alegría. Dani tenía algunas fotos antiguas en su perfil, y mientras que él subía selfies nuevas cada semana la foto más nueva de ella era de hacía un año y medio, en que se la veía bella como siempre, así como el destello de sus labios muy rojos en su piel pálida. Se lo comentó, y riendo le pidió subiera una foto actual, ella lo ignoró dándoles corazón a todas sus fotos de sus vacaciones y las selfies del paseo que había hecho la propia semana pasada. Enigmática, y entre iconos de sonrisas le preguntó sí se animaba a verla de nuevo. Él sugirió que le diera su número, y al verla dudar insinuó tomar un café en casa de él, ella indicó que podría ser. El mismo sábado que habían propuesto para el encuentro, ya una cita, resultó ser el día en que se juntaban sus ex-compañeros a cenar en un restaurante cercano. Él aseguró ir, ella no estaba segura pero prometió llegar a tiempo al café luego de la cena, en cualquier caso, si no podía asistir.

El sábado llegó algo tarde a la reunión, más interesado en su cita posterior. ¡Sus compañeros, después de tanto tiempo! Se paró en la puerta del restaurante, frente a la larga mesa y reconoció a la mayoría. Pero no la vio a Dani. Bueno, ya la vería después. Se acercó a la mesa y entre gritos de reconocimiento se fue presentando con todos. Terminó sentado al lado de la antigua compañera de banco de Dani, Maria, hoy una señora rubia y regordeta con poco de ese look sexy que mostraba cuando en algún día de la primavera iban a algún parque o una pileta. Sonriente como siempre, hablaron de su vida y respectivas familias.

En un momento, ya terminando la cena la atención recayó en él después de que contara unas vacaciones en Egipto, y aprovechó para preguntar sí alguien había visto a Dani últimamente. Se hizo un silencio pesado. La propia Maria le contó que lamentablemente Dani había fallecido hacía un año y medio, dejando desolados a su marido y a sus tres chicos.

Confuso y preocupado regresaba a su casa cuando el celular disparó una alerta de Facebook. Era Dani, que escribía: — Voy para allá.



martes, 27 de octubre de 2020

Otro día más

 



Ese hombre trabajó... ¿Quién escribirá su historia?

El Témpano - Adrián Abonizio 


Se despertó temprano a la mañana con el estridente sonido del despertador. Afuera aún era de noche. Se duchó, procurando no hacer ruido, los chicos aún dormían. Cuando salió su esposa estaba levantada, preparando la ropa para que llevaran al colegio. Se vistió y desayunó casi sin abrir los ojos, pese a que la ducha lo había despertado un poco. Les vecinos golpeaban en el techo, un camión hizo sonar la bocina. Las tostadas estaban un poquito quemadas, pero a él le salían peor. Se fué sin ver a los chicos levantados. El aire afuera era frío, la luz del amanecer resaltaba el gris de la ciudad de asfalto e invierno. Otro día de trabajo. Se perdió en la subterranea normalidad del subte, miles de personas iguales, extraños entre sí, alienados y molestos de estar apretados con caras de cansados aunque recién comenzara el dia. Luego, llegar al trabajo, la pausa para almorzar a las corridas, alguna conversación casual, sin importancia. La presión de terminar el día, el eterno regreso, con un día menos de vida , leyendo los titulares de las noticias que son sólo caos y desesperanza, con el faro lejano de un feriado largo en unos meses. 

Llegó a casa, abrió la puerta.

— Papá!, papi! —gritaron los chicos corriendo a abrazarlo.

...Mirá lo que hice en la escuela, se me cayó un diente, mirá este juego, empecé este libro que vos me dijiste, Irene se golpeó en el recreo, la maestra explicó algo de matemáticas que no entendí, me invitaron a jugar el intercolegial de fútbol...

Con la más chiquita a upa, dejó las cosas y les dijo — ¿ya merendaron?

— Noooooo! las dos voces hicieron un coro negativo y expectante.

— Les preparo una leche, tomo un café y me cuentan, ¿si?  

La mesa se cubrió de dibujos, tazas, cacao, cuadernos de tareas y un paquete de galletitas.

Alzó la vista para encontrar la sonrisa de su esposa, se acercó a abrazarla.

Y recuperó el día que había perdido, y lo hizo mágico.




Para leer escuchando El Témpano:

https://www.youtube.com/watch?v=l6pZSs42mdM&ab_channel=Marcesciacca




martes, 15 de septiembre de 2020

La puerta

 


Me desperté, con los ojos apenas entreabiertos encendí el velador y con asombro descubrí la Puerta.

Al lado de mi mano, en la pared de la cabecera de la cama, una puerta. Me levanté despacio sin sacar la vista de esa puerta blanca en la pared blanca, con marco negro igual que el resto de las puertas de mi casa, una puerta con su picaporte de bronce, cerrada. Una puerta que ayer no estaba allí.

Me vestí rápido, pensando. Ahí había una puerta. Perdón, ahí HAY una puerta, pero no, no estaba. Estoy seguro que antes no estaba. Pero es imposible, porque ahora está ahí.

Corrí un poco la mesa del velador para que no se golpeara y se rompiera al abrir la puerta, si la puerta hubiera estado allí yo nunca habría puesto la mesa de luz en ese lugar.  Creo que no. La puerta abre hacia adentro, eso está claro.

Rocé el picaporte, y lo solté de inmediato. Para ponerlo en contexto: La pared de la cabecera de la cama es la medianera del edificio, da a otra propiedad. Da a una clínica psiquiátrica abandonada, al fondo de la clínica, un descampado por el que se cuela humedad por la pared. Desde antes de mudarme está abandonado el lugar. 

Ahora que corrí la mesa de luz puedo ver bien la puerta. No tiene cerradura, asumo que la puedo abrir. Al alejarme para verla completa noto algo: por la hendija abajo de la puerta se ve luz. Acerco al mano, entra una corriente de aire, o sale, no lo sé. Me quedo un rato mirando, la luz se mantiene un tiempo, a veces desaparece y luego aparece de nuevo. Se ve que no hay nada apoyado en la puerta que impida la claridad, el ciclo no tiene que ver con el día y la noche, es como si algo se cruzara enfrente de la luz. Miro por mi ventana a mi patio: El sol está alto y no puedo saber si corresponde a la luz que se ve o no. Puede ser una luz artificial. 

Es imposible pero la Puerta está ahí. Me llenan las dudas: ¿en verdad es algo nuevo? Yo soy muy despistado pero no tanto. Busco entre las fotos a ver si se muestra en alguna, pero ¿Quién le saca una foto a la pared de la cabecera de la cama? Finalmente después de mucho buscar encuentro las fotos de cuando pinté el departamento. La pared blanca se ve completa, impoluta. Sin cabecera ni Puerta ni mesa de luz. Pero no pudieron construir una Puerta durante la noche, tengo el sueño muy liviano, me hubiera dado cuenta. 

Ahora hace varias horas que estoy mirando la puerta. No puedo ir a hacer mi trabajo ni quedarme tranquilo, con esa puerta ahí. No voy a poder dormir con esa puerta ahí. Anoche dormí con la Puerta en ese lugar, supongo, ahora que lo pienso. Me corre un escalofrío.

Camino por el dormitorio mientras pienso, me acerco, me alejo, miro el picaporte con las manchitas propias de algo con cierta antigüedad. El color de la puerta es igual a todas las otras. Me acerco con determinación, y golpeo la puerta. Un golpe suave, tres golpes rápidos, un golpe solitario.

Silencio. Miro la a puerta.

Silencio.

Escucho dos golpes.




miércoles, 22 de mayo de 2019

Amor y café



Se vieron de refilón una mañana, ella saliendo del ascensor, él entrando. 
Ella madura, muy elegante, un look de oficina muy sexy y formal perfecto para cualquier ocasión, que encantaba a todos. Él, hombre mayor, de buena estampa, con el bolso con los materiales para cargar la máquina expendedora de la oficina. Por un momento, en la puerta del ascensor compitieron los perfumes a café y a rosas. 
El siguió su viaje hacia el siguiente piso, en el séptimo había máquina expendedora de capuchinos. Ella antes de sentarse en su escritorio, se preparó en la máquina recién cargada una taza de café.

Al día siguiente una nota adornaba la tapa superior de la máquina expendedora del sexto piso, escrita con una exquisita caligrafía Shelley Allegro de 36 puntos del Word:
Estimado encargado de la máquina de café, después de la última revisión de la máquina varios somos los que coincidimos en que el café esta saliendo muy claro, sin gusto. ¿Habrá forma de lograr hacerlo más intenso?
Se lo pediría personalmente, pero lo hago en esta nota ya que llego algo tarde, y nunca lo encuentro.
Muchas gracias..!!!
Alexandra

Posterior al día del primer encuentro fui a prepararme un cortado, y encontré un nuevo mensaje —este sin firma—, también pegado en la parte de adelante y por encima de los botones de la máquina:

El señor de la máquina de café vino hoy temprano por la mañana y me pide que informe que él no tiene problema, pero que los cafés van a ser más cortitos porque para hacerlos más intensos tiene que disminuir la cantidad de agua, ya que el filtro tiene un tamaño fijo. Pero que sí les parece bien, no hay problema. 
Y aclaró: Pruebe si le gusta, a su servicio

Los que nos quedamos hasta tarde, y frecuentamos la máquina de café, encontramos la respuesta pegada donde siempre, esta vez con una tipografía más tradicional:
Estimado señor del café:
Muchas gracias por comprender y hacer realidad mi sugerencia. Ahora cuando cierro los ojos saboreo un café mucho más razonable y créame que no importa sí es un poquito más corto, el sabor lo amerita.
Gracias por su buena onda, usted es un copado..!!!
Atentos saludos, Alexandra

Al día siguiente ella llegó más temprano que de costumbre. Él dejó el sexto piso para el final. Alexandra fue a lavar la taza a la pequeña cocina, en donde él estaba lavando el filtro de la máquina. 
Nuevamente, el perfume de rosas y café se mezclaron, compitiendo entre ellos. 
Al parecer ganaron ambos.


Y el café sale corto, pero bueno.


miércoles, 26 de diciembre de 2018

Detective





Se escuchaba el ascensor subir luego del timbre, un posible cliente.
Miró la oficina: un archivero viejo de metal verde despintado enmarcaba la habitación por un lado, el escritorio de madera noble pero ya muy desgastado dominaba la escena. Su sillón de oficina giratorio tenía un almohadón de cuero nuevo sobre el tapizado gastado y roto por el uso, lo disimulaba bastante.
No había limpiado la ventana desde hacía semanas y la vieja persiana americana estaba tan levantada como era posible, algo torcida por la diferencia de ángulo de las roldanas, los rayos de sol dibujaban motas de polvo flotando que eran arrojadas sin piedad por un antiguo ventilador de pie. 
No estaba conforme con su lugar de trabajo, siempre decía que era necesario mejorarlo y nunca lo hacía,  ordenar los papeles que se agrupaban en desparejas pilas en el escritorio y sobre el archivero, cuan cordilleras de casos no resueltos. Limpiar los vidrios, barrer la moqueta, sacar la basura que mostraba en el cesto los restos del último pedido de sushi. poner una planta: siempre le habían gustado las orquídeas.
El golpe en la puerta, la invitación a entrar mientras se paraba en sus zapatos de tacón alto para conducir a la cliente a la única silla limpia. Tiene su mismo rouge, rojo intenso.
Se presenta, escueta, tradicional, mientras enciende el cigarrillo con boquilla de plata:
— Angela Pinkerton, detective privada. ¿En que puedo servirle?

miércoles, 1 de agosto de 2018

Miedo




Volvía del trabajo, la lluvia se había atenuado en una llovizna molesta que rellenaba baldosas flojas, Ricardo caminaba con la vista baja mirando las trampas de agua del piso y levantándola de pronto para evitar choques con los paraguas vecinos al suyo, cuando al alzar la vista lo vio: un chico flaco de profundos ojos negros que lo miraba sin pestañear.
Estaba apoyado en un cartel, bajo una obra en construcción en la esquina de Callao y Rivadavia. Lo siguió con la vista cuando pasaba, una mirada vacía en el chico de pantalón corto y remera sin mangas en esa tarde fría. Se sintió incómodo. En algún momento le hubiera dado pena un chico de 7 u 8 años tan mal vestido con ese frío, pero no se trataba de esa incomodidad. Tuvo miedo.
El cruce de Av. Rivadavia le absorbió la atención al momento quitándole la sensación de su cabeza, bajó al subte y se paró a mirar las revistas en el kiosko de la estación. Kiosko militante, o que sabía aprovechar los gustos de ls que iban a protestar al congreso, entre los diarios y revistas tenía publicaciones de grupos de izquierda y pines sobre el Che Guevara y la legalización del aborto, mezclado con revistas de psicología y de decoración de jardines para grandes mansiones; junto a obras de literatura universal en formato de pequeños volúmenes de bolsillo, excelentes para leer en el viaje.
Estaba viendo unas revistas de cómic usadas cuando lo vio parado en la parte más oscura del andén, pegado al kiosko, su mirada confundida con el propio túnel. Parado, oscuridad, mirándolo. No lo había visto pasar, sólo habría podido pasar por detrás suyo para llegar ahí.
El subterráneo llegó con su compañía de luz y gente abarrotada, el ruido y el calor de los vagones llenos al punto de casi no poder entrar en hora pico. Ricardo no dudó, e ingresó a presión al más cercano, entre empujones y quejas. Se asomó al entrar al vagón para verlo quieto, parado en el fondo del andén, una presencia gris y solitaria en el bullicio circundante.
No pudo verlo al arrancar el subte, distraído por una mujer que se quejaba y empujaba a todos mientras intentaba acomodarse ella y una cartera del tamaño de un bolso, en un espacio insuficiente e inexistente.
Bajó varias estaciones adelante, en el viaje cotidiano y conocido a su casa adonde vivía sólo, parado entre los vaivenes del transporte, paraguas chorreantes y sensación de cansancio. Las puertas se abrieron y subió despacio los escalones de las escaleras mecánicas apagadas como de costumbre en cada día de lluvia, aunque la llovizna había cesado.
Una cuadra más adelante lo vio parado al otro lado de la calle, una presencia triste frente al feliz negocio de empanadas que bailaban en un cartel de neón, mirándolo sin apartar la vista, quieto. No cambió de vereda evitando esa esquina y apuró sus pasos, con el corazón corriendo desbocado y su mente sólo preocupada por llegar a su casa,  en blanco a todo lo demás, con el paraguas aún cerrado sin notar la lluvia que volvía a caer y que comenzaba a chorrear de su cabello, ni el aroma al pan recién sacado del horno de su panadería preferida. Ignorando el peligro dos cuadras adelante cruzó la calle sin ver y recorrió los metros de la vereda hacia su casa en un constante mirar sobre su hombro. La llave de la puerta del edificio fue una duda y una frustración hasta lograr colocarla al derecho en la cerradura. Al fin.

Abrió la puerta de su casa y una mirada vacía lo recibió desde el sillón del comedor..


lunes, 14 de agosto de 2017

Kamakshi



Tomaba café sola, en la mesa de un bar. El detective la observaba: la despreocupada concentración con que abría los sobrecitos de azúcar, el lento movimiento circular de la cucharita en la taza, el sinuoso cruzarse de sus largas piernas en medias negras, la revista frente a ella que hacía minutos que miraba sin girar las páginas. El detective supo que había sido descubierto, se levantó y fue directamente hacia su mesa.

— Hola —lo recibió ella, levantando la vista apenas se aproximó— ¿juntaste valor?
— Me llamo Milton —dijo él—. Soy detective privado, estoy investigando un caso.
Se había apresurado al presentarse, esperando una reacción, pero ella sonreía sin miedo mirándolo a los ojos. Él trató de buscar alguna pista pero no encontraba nada en ella que pudiera destacar en forma alguna para lo que buscaba. Una falda negra, lisa, una blusa roja de lino con mangas muy cortas, el cabello trenzado en con un cordón encerado, una medalla con la imagen de un elefante, sin anillos.
— Interesante, ¿qué investiga? —contestó ella, con un tono coqueto viendo que él la recorría con la mirada.
— Pensé que investigaba una infidelidad, luego se transformó en una desaparición y  ahora creo que estoy investigando un asesinato.
— Si es un invento para captar mi atención, es el mejor que escucho en mucho tiempo, señor Milton.
— No es un juego. Estuve siguiendo a un hombre que se encontró con usted dos veces al menos en este bar porque la esposa me contrató para investigar una posible infidelidad. Vi que ayer se marchaban juntos pero el hombre no regresó a su casa.
— Si está acusándome o soy sospechosa  ¿por qué no va a la policía? para ser un investigador de revistas rosas, esto puede ser demasiado para usted — dijo ella con sarcasmo, sin levantar el tono de voz, mientras lo miraba a los ojos.
Milton no llegó a ofenderse: hacía mucho que había decidido que él no era un detective de acción, era 'un  fotógrafo con inclinación a meterse en vidas ajenas', como les decía a sus amigos. No le importaba la opinión de los demás, era redituable y no le interesaba arriesgarse con verdaderos criminales. Contestó tranquilo — Es posible que vaya. Pero por mi experiencia en general si un hombre engaña a la esposa, también engaña a la amante apenas tiene oportunidad, así que decidí seguirla para ver si usted sabía algo, él regresaba, o el verla me revelaba algo acerca de su paradero.
— ¿Y el verme le reveló algo? —preguntó ella mientras cruzaba nuevamente las piernas y se reclinaba en la silla en una pose más seductora, al tiempo que lograba tenerlo de frente.
Milton la miró a pesar suyo, la sonrisa pícara, los ojos chispeando entre burlona y sensual. Unos labios rojos entreabiertos muy atractivos, y las piernas que se movían sinuosamente en forma casi hipnótica. Lo estaba seduciendo adrede y él lo sabía. Ella tambien sabía que él lo sabía.
— No me reveló nada, de hecho, ni siquiera sé su nombre.
— Uma —contestó ella inmediatamente ofreciéndole la mano. Milton sintió el deseo de besarla apenas la extendió, en lugar de estrechársela. Se contuvo. Con esfuerzo
— Entonces... ¿en que lo puedo ayudar? No quiero que tenga una mala opinión de mí.
— Roberto Rodriguez. Lo encontró dos veces en este bar, durante esta semana, a esta misma hora. ¿Qué puede decirme?
— Mmmm...me parece que no puedo decirle mucho ¿cómo saber si tiene micrófonos? puede que no me interese contestar en estas circunstancias y si insiste en considerarme una sospechosa. De hecho: ¿sacó alguna foto en que se pueda pensar que yo aparezco?
Interesante, ahora ella era la que estaba sonsacándolo. Algo no estaba bien. Dijo:— No. No tengo micrófonos, y para ser sincero usted no aparece en ninguna de las fotos que tomé, no en forma clara, siempre parece haber un movimiento en el momento de sacar cada una. Raro, en todas usted sale borrosa, irreconocible. El primer día me acerqué bastante, sentado allí en la barra para averiguar el tipo de relación que ustedes tenían y no usé cámara. El dia siguiente me ubiqué algo mas lejos, esta vez armado de una buena cámara con zoom. Ahora me escucha relajada, quieta, pero cada vez que intenté tomarla junto a Rodriguez durante el segundo encuentro, usted se movía en el momento exacto y no lograba fotografiarla. Y se fueron muy rápido, tuve que seguirlos.
— ¿Sabe adonde vivo, entonces?
— En el edificio que está dos cuadras subiendo la callé, el que tiene un león de marmol en la puerta.
— Sabe de mí mucho más que yo de usted Miltón. Le propongo algo: no hable con la policía y muestreme una credencial, o una identificación, y le permito que me acompañe a mi departamento si quiere investigar. Pero no puedo sabér si no me está grabando, así que no le voy a decir nada.
Ella se inclinó hacia adelante y sus ojos eran una invitación a acompañarla. Se preguntó no por primera vez qué hacía esta mujer atractiva, sexy y en apariencia inalcanzable con Rodriguez, un oficinista cualquiera. Porque a él lo estaba seduciendo para evitarse un problema que aún no alcanzaba a determinar, pero ¿al otro? La curiosidad pudo más:— Le agradezco la confianza, le acompaño — dijo, mientras sacaba su identificación y una tarjeta de su agencia en la que era el dueño y único empleado. Ella la tomó — A ver ¡Qué letra más chica!: Investigaciones, seguimientos, infidelidad, recupero de registros telefónicos, recuperación de datos de pc, monitoreo celular, investigación de antecedentes, paraderos, adicciones, sectas, control parental, vigilancia de conducta, fraudes y estafas, pericias grafológicas, instalación de cámaras ocultas... Bien. Le permito que me acompañe, pero no hoy. Primero tengo que averiguar si esto es cierto, y estoy segura que si llamo ahora a este teléfono no me va a contestar nadie, ¿verdad?
Miltón sabía que era cierto, por supuesto. La agencia le permitía malvivir pero nunca ganar lo suficiente cómo para procurarse una secretaria. Pero ya estaba jugado y ella advertida, no podía dejar pasar el momento —Me temo entonces que voy a tener que recurrir a la policia — dijo suavemente, y minimizó adrede la frase:— voy a perder mi pago por resolver esto, pero si no le puedo acompañar ahora mismo lo voy a creer necesario.
Ella contestó de forma ansiosa, aunque no sonaba asustada:— No, no es necesario. Puedo avisar al portero que usted sube, sólo para sentirme segura. Vamos, terminemos con esto.
Dejando pago el café, del que quedaba medio pocillo ya frío, se levantó con un movimiento felino y con una mirada deslumbrante de costado lo conminó a seguirla. Le costaba interpretar sus palabras, esa ansiedad, esa falta de miedo, esa mirada. De pronto ella parecía más vulnerable, como si al haber podido imponerle sus condiciones se sintiera en alguna forma dominada. Verla salir delante de él del bar, el cuerpo cimbreante, el contoneo sensual con que lo rozó al pasar por la puerta que él sujetaba, el sol dejando translucir sus formas y su ropa al salir. No, dominada no era la palabra. Accesible quizás.  De pronto esa mujer imposible se tornaba mas cercana por tener él parte de su secreto. No sabía qué, pero tenía algo.
En las dos cuadras casi no hablaron. Él la observaba y ella observaba la calle y las parsonas con las que se cruzaban. Llegaron al edificio y ella se dirigió directo al ascensor, él no vió ningún encargado. El ascensor era pequeño, muy estrecho para dos personas y él era obeso. Estaban muy juntos, rozándose. Sentía el calor de su cuerpo a través de la delgada tela, ella no intentaba alejarse. Lo miró profundamente con sus ojos negros, mientras una sonrisa mínima se adivinaba en su expresión. El trayecto al séptimo piso fue demasiado corto, el ascensor se detuvo de pronto y ella en el movimiento  de frenado se recostó casualmente en él. El detective sintió su cuerpo hervir de deseo. Ella salió del ascensor y abrió la puerta de su departamento. Cerró detrás de él, con una vuelta de llave.
— Bueno Milton —la forma en que decía su nombre era insinuante— ¿qué es lo que buscás realmente? no esperarás que tenga un cadaver en el armario, ¿no?
Él se contuvo, era demasiado obvia la seducción, pero al mismo tiempo casi inevitable. Se sentó en una silla, poniéndo la mesa entre ella y él  — Ahora tengo unas preguntas.
— Te escucho
— Necesito saber todo lo que pasó con Rodriguez.
— Y yo necesito saber como puedo confiar en usted. Necesito conocerlo mejor
— Le propongo algo...
— ...escucho propuestas —interrumpió ella—, pero antes permitime que me ponga cómoda. ¿Te sirvo algo? ¿una bebida?
Ella se sacó los zapatos de taco, moviendo una silla y sentándose casi frente a él, rodilla con rodilla reduciendo a nada la distancia artificial que él había creado. Pero otro lado, la mesa estaba separada de cualquier cajón y la ropa de ella no permitía esconder  ningún arma. No era tan tonto como para confiarse.
— No gracias, no quiero nada más que respuestas. Le voy a hacer unas preguntas, y usted puede contestar las que considere pertinentes.
— ¿De verdad no deseas nada? — la mirada pícara era a la vez una invitación, una broma y un desafío. Estaba muy excitado pese a tratar de mantenerse formal, ella lo tuteaba desde que habían entrado al departamento y se le insinuaba de forma obvia. Le sonrió
— Por ahora unas preguntas, y unas respuestas.
— ¿Por ahora? y sí contesto ¿luego qué? —El tono de su voz era profundo y grave, lleno de promesas y deseo. Recorrió con un dedo su pecho, lentamente. Luego ella acercó su brazo apoyándolo sobre su hombro, mientras se recostaba voluptuosamente contra él. Milton sintió la caricia de sus piernas, el deseo invadiéndolo, los ojos de ella capturando su mirada. Él quedo fascinado por sus ojos oscuros, y se movió buscando sus labios con deseo, para encontrar una respuesta apasionada. Sintió el brazo de ella rodeándolo, estrechándolo contra su cuerpo, acariciando su nuca; él la abrazo firmemente y la mano de ella recorrió su mejilla acercándolo a su boca: dulce, sensual, incitante, irresistible. Sintió como le rozaba el cabello suelto de Uma.
Tardó en notar que le faltaba el aire, en sentir el cordón encerado en torno a su cuello, no alcanzó a gritar. Ella apretó usando el respaldo de la silla como un torniquete, asfixiándolo hasta la muerte.
Abrió el placard: necesitaría una bolsa más grande, este era más gordo que Rodriguez.


martes, 3 de mayo de 2016

El cuadro maldito




Hace algunos años, en los '50, o en los '60, se hizo común tener una lámina de un cuadro de un niño de ojos llorosos y mirada desesperanzada. Probablemente la hayas visto. Seguramente ahora la recuerdes. Muchas personas la recuerdan o recordarán justo en el momento de su muerte.

Bruno caminaba por las calles de Buenos Aires buscando inspiración. Recorría las rectas y estrechas calles del casco urbano casi sin ver, preocupado por sus cada vez más acuciantes deudas. No lograba vender sus cuadros, no había espacio para su arte. Había vendido todo y abandonado su Venecia natal en busca de la oportunidad del triunfo, escapando de la postguerra a la tierra de oportunidades que contaban, y se había dedicado de lleno a su obra pintando sin descanso en la húmeda buhardilla que había podido alquilar, pero sus reservas de dinero se esfumaban. Con entusiasmo había pintado paisajes y escenas de la vida en Buenos Aires, tan iguales y tan distintos a los de su propio país. Había invertido en una exposición de sus trabajos en el Círculo Italiano de Buenos Aires que resultó un fracaso, y perdió gran parte del dinero que tenía en el alquiler de instalaciones y promoción. 
Su novia Dina lo había dejado por un empresario griego que quería fabricar turrones con una receta casera griega en plena city porteña, y estuvo meses sin poder crear nada, solamente contemplando el último retrato que  había hecho de ella, una carbonilla. Al fin decidió difuminar su sonrisa con un papel, no podía ver sonrisas estando él tan triste.
Con esos pensamientos en la mente pasó caminando frente a  la Basílica de Nuestra Señora de la Merced, y decidió entrar. El silencio del claustro le proporcionaba la quietud del alma que había perdido. En la tenue semioscuridad de los vitrales de la ventana en forma de flor central, se dibujaban colores entre los bancos. Se sentó, y se puso a observar los dibujos de la luz cambiante en el atardecer, que reflejaban todavía los daños de un incendio, pese a que el nártex había sido recientemente restaurado. De pronto una hendija de luz atravezó el atrio, y levantado la vista descubrió la puerta lateral entreabierta. Se acercó, daba a un patio contiguo al convento, en el que una orden de monjas tenía un hogar para huérfanas. movido por un impulso se asomó y vió a las niñas jugando en el patio, felices habiendo encontrado un hogar, cada una con una sonrisa mientras jugaban en las últimas horas de la tarde. Sintió la mirada más que verla: aferrado a la reja, un niño vagabundo de ojos tristes miraba los juegos, pequeño, pero con una mirada antigua veía la felicidad a la que no podía acceder. los ojos se ahondaban en una tristeza infinita, mientras los nudillos se ponían blancos de sujetar las rejas. 
Bruno recibió la inspiración de pronto, corrió más que caminó a su atelier, y tomando un lienzo en blanco empezó a dibujar rápidamente, tratando de tomar la expresión de tristeza de esa mirada. Pinto hasta que no quedaba luz, encendió un farol y continúo dibujando atrayendo la oscuridad de la noche al cuadro, a la mirada, a la expresión que poco a poco se iba completando hasta que le pareció ver nuevamente al niño en el cuadro. Había empezado siendo una expresión de ternura, pero al rato de mirarlo notaba algo más, una furia contenida en sus propios trazos. No supo cuando había dibujado las lágrimas.
A la mañana siguiente el cuadro estaba terminado, pero no sentía cansancio o sueño. Salió a caminar pero esta vez sabiendo lo que buscaba, una idea surgiendo de su mente. Caminó buscando en las calles pequeños vagabundos, buscando esa expresión en sus caras que contaba una historia que él anhelaba contar, pintándola.
Hizo varios cuadros, casi treinta en una serie que hablaba de abandono y tristeza, pero ninguno como el primero. Fueron sin duda los lienzos más expresivos que había llegado a pintar jamás. Llamó a sus contactos y fue mostrando las pinturas a cada uno de las personas con cierta influencia que conocía hasta que uno le ofreció costear una nueva exposición. Se realizó al poco tiempo y se vendieron muchos de los cuadros, casi la colección completa, aunque no el primero. Todos los compradores lo pidieron, e incluso varios llegaron a ofrecer un muy buen precio, pero Bruno tenía otra idea. Al terminar la exposición lo llevó y lo donó a un orfanato para niños, contándole al director su historia. Ambos buscaron y encontraron al niño que había sido el modelo involuntario del cuadro, alojándolo en el propio orfanato. Nunca sonreía.
Bruno siguió pintando, pero nunca volvió a pintar sonrisas. Ni logró el éxito soñado, aunque su serie de Los niños llorones se hizo muy conocida.
Fue poco tiempo después durante una crisis económica, cuando el orfanato necesitaba fondos, que el director recordó lo comentado por el pintor sobre los valores que habían ofrecido por el cuadro y mandó realizar láminas del mismo para venderlas. Finalmente decidió vender el propio cuadro que colgaba solo, en una pared del comedor del orfanato, justo frente a la puerta de entrada. Los que llegaban veían esos ojos tristes y parecía que el cuadro  les transmitía parte de su dolor, porque todos quedaban afectados. Pero la necesidad era grande, era el momento que el niño de ojos llorosos se fuera del orfanato.
Habló con unos conocidos, y arregló la venta. 
Esa noche el orfanato se incendió. Las llamas iluminaron la noche porteña, subían altas devorando todo a su paso. No se salvó ningún huérfano, todos murieron quemados. Al cadáver medio quemado del director se lo encontró en su propia cama, medio cuerpo carbonizado y los ojos desorbitados por el terror, medio quemado porque su habitación era contigua al comedor, y en este una pared había resultado intacta, salvándose y protegiendo a parte del dormitorio del fuego. Era la pared del cuadro, que no había sufrido ningún daño.
No se salvaron los registros del hogar para niños, por lo que no se pudo saber que había pasado con el huérfano, pero su mirada se conservó en el cuadro. Muchos creen que su dolor y su alma también.
Dicen que el cuadro original fue pasando por varias casas, casualmente casas en las que vivían niños pequeños, casas cuyos ocupantes  sufrieron importantes accidentes y en la casi todos los casos incendios más o menos graves en las propias viviendas, siempre con muertes. Del fuego muchas veces sólo era posible recuperar el cuadro. Siempre era posible recuperar el cuadro. 

Cuentan que también ocurría con algunas láminas. O puede que esto sea mentira, pero fue así que muchas terminaron en viejos altillos, el cuadro abandonado, como un huérfano. 
Del cuadro original, no se sabe nada.

Dicen las historias que a Bruno Amadio aún se le ve vagar por las viejas calles de Buenos Aires que conservan empedrado, en el viejo casco colonial mascullando cosas para sí mismo, la mirada pérdida en sus ojos tristes y sin lágrimas. Los fantasmas no lloran.




Leyendas urbanas en Buenos Aires