Mostrando entradas con la etiqueta Imágen. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Imágen. Mostrar todas las entradas

lunes, 5 de mayo de 2025

Cambio de rostro

 


La Ciudad de Buenos Aires hervía con su caos habitual: bocinazos, empujones, trajes grises, caras largas, y la prisa como idioma compartido. Nadie se detenía a mirar nada. O casi nadie.

Él estaba ahí. De pie en la vereda de Avenida Corrientes, entre un local de empanadas veganas y una joyería con carteles de venta de oro. Cabello negro perfectamente peinado, hombros anchos bajo un traje que parecía hecho a medida, sonrisa que no necesitaba invitación. Su vestimenta, elegante pero casual, su porte decía: "confianza" con voz segura. Tenía a sus pies una valija grande —demasiado grande para maletín de trabajo— y un neceser de cuero negro en la mano. Muy masculino.

Una mujer de unos cincuenta años pasó apurada. Él le sonrió y le ofreció hacer una breve encuesta. Ella ni se molestó en mirarlo.

Pero a unos metros, Jime sí.

Veintidos años, cabello castaño descuidado, rostro común sin gracia particular, jeans demasiado grandes y zapatillas con más kilómetros que marca. Detuvo la marcha. Él ya la había notado. Cambió el tono:

—¿Tenés un minuto? —preguntó con una sonrisa radiante.

Jime asintió. Jime siempre decía que sí.

—¿Estás conforme con tu rostro?

Ella dudó un instante, tocándose la mejilla con inseguridad.

—Creo que no... podría ser mejor, ¿no?

—¿Y con tu figura?

—Definitivamente no —rió nerviosa, tironeando la tela de su remera suelta como queriendo esconderse—. Yo no me veo como las chicas de Instagram. Nada que ver.

—¿Te molestan tu voz o tu cabello?

—Son... normales. Aburridos.

—Bien. Ahora, describite con un número del uno al diez.

Jime pensó. Se sintió observada. Se notó, por primera vez, juzgada por él. No quería parecer arrogante… pero tampoco patética.

—¿Seis?.

Él frunció apenas el ceño. Su belleza se ensombreció.

—¿Por qué esa calificación?

Jime no supo qué decir. Un frío le recorrió la espalda. Él la miraba como si acabara de fallar una prueba que no sabía que estaba rindiendo.

Entonces se inclinó hacia ella, envuelto en su perfume a maderas y especias.

—Si pudieras cambiar tu rostro por otro, pero… al azar… y a cambio recibir un millón de dólares. ¿Lo harías?

Ella retrocedió un paso. Soltó una risa incómoda.

—No sé... mi mamá dice que la belleza está en el interior.

Él se encogió de hombros y volvió a mirar al frente. La ignoró. La encuesta había terminado. 

Jime caminó media cuadra. Pero algo ardía en su nuca. Dio vueltas al asunto. "Con un millón me hago mil cirugías ¿no?. Si sale mal, lo arreglo. ¿Qué tan mal podría salir?"

Volvió. El hombre no se había movido.

—¿La oferta sigue en pie?

Él la observó con una calma casi clínica.

—Segundas oportunidades no se dan en mi empresa. Aunque… —dejó el silencio hablar—. Podría ofrecerte una prueba. Sólo el cabello, random. Te doy mil dólares.

Jime dudó menos de cinco segundos.

—Dale.

Él abrió la valija. Sacó una máquina metálica, como una afeitadora futurista con luces verdes. Apuntó a su cabeza. El zumbido fue breve.

Jime se tocó el pelo. Se sentía... diferente.

Él sacó un pequeño espejo del bolsillo de su saco y se lo alcanzó.

Su pelo ahora era rubio, lacio, brillante, con un corte moderno que enmarcaba su rostro.

—Te queda muy lindo —dijo él con un guiño. El espejo devolvía la imagen de sí misma, similar, pero más definida. Más atractiva.

—Y ahora... —prosiguió— te ofrezco un cambio completo: cuerpo, rostro, voz. Como viste, necesitamos probar esta nueva tecnología, los resultados son inmediatos. Y el premio sigue en pie. Un millón. Solo necesito una foto del antes y el después.

Jime ya no dudó.

—Acepto.

Él asintió. Encendió la máquina. Un rayo suave la recorrió. Sintió que su cintura se estrechaba, que las curvas se definían como si años de rutinas y dietas la hubiesen moldeado. Su voz, al decir "¿ya está?", era más profunda y melodiosa. Tenía un leve acento que no era suyo.

Se vio en el espejo.

Tenía unos 35 años. Ojos felinos, piel bronceada, labios carnosos. No era simplemente linda. Era... despampanante.

El hombre la fotografió y envió la imagen desde su celular. Luego cerróel neceser y le entregó la otra  valija: la grande. Repleta de billetes.

—Buena suerte —dijo, y se fue caminando entre la multitud.

Jime quedó sola. Miró su reflejo en una vidriera. Su ropa ya no le quedaba bien. Se veía mayor. Pero hermosa. Nueva. Y rica.

Sonrió. Un un cambio perfecto. Los chicos ahora la mirarían. Podía operarse para verse más joven i quería. O no. ¿Qué importaba?

Se giró para irse.

Dos patrulleros chirriaron las gomas al frenar en la vereda.

—¡Sandra Avila "La Viuda" Felix! ¡Queda detenida por narcotráfico internacional! ¡Manos arriba!

Jime palideció.

—¡No, no! ¡Soy Jimena! ¡Un hombre me cambió, se los juro!

Pero los oficiales no escuchaban, avanzaron. Jime intentó escapar pero la redujeron rápidamente. El retrato del cartel de búsqueda de Interpol coincidía con la foto que le acababa de llegar a la comisaría. El mismo rostro. La figura inconfundible a pesar de la ropa. El tono de voz, tan reconocible por tantas grabaciones con su marido el Chapo Felix. La valija llena de dólares era la prueba final.

Mientras la esposaban, un hombre de traje impecable se alejaba a paso firme por una calle lateral, con una nueva valija aún más grande para sí mismo en la mano, y el neceser de cuero negro medio oculto en el saco.



jueves, 13 de febrero de 2025

Día de Interactuar con Insectos

 


Todos conocemos algunas características de los insectos. Por ejemplo: sabemos que las mariposas, en su etapa inicial, son orugas y luego pasan por una metamorfosis para convertirse en mariposas. También, gracias a multitud de memes, sabemos que la hembra de la mantis religiosa se come la cabeza del macho después de copular (aunque, para ser científicamente precisos, esto no sucede siempre). A nadie parece importarle que estos insectos, con su aspecto tan peligroso, puedan girar la cabeza 180 grados o que tengan un tercer ojo oculto en la frente. También sabemos que algunas cucarachas pueden volar, o que las arañas saltan. (Y aunque las arañas no sean insectos, sino arácnidos, continúo con la referencia para que el relato tenga coherencia). En fin, las arañas saltan, lo que las coloca en el grupo de los bichos más aterradores. Porque, admitámoslo, que un insecto —o arácnido, en este caso— te salte encima no es para nada agradable y desencadena miedos ancestrales en todos nosotros.

Esto sirve como prólogo para contar una situación que me ocurrió esta mañana. Estaba bañándome y, a través de las dos cortinas del baño, a trasluz, vi caminar una cucaracha. Sin entrar en disquisiciones sobre las diferencias del cerebro masculino y femenino, y después de haber consultado sobre esto, sé que una mujer habría aplastado al bicho sin mayor problema, utilizando las cortinas plásticas. Esto, claro, si no le hubiera dado miedo o asco. Yo, como buen macho de la especie lo único que hice fue darle un puñetazo a la cortina, con la imaginaria intención de destruír el insecto por el puro poder de un golpe (un bicho que es capaz de soportar una hecatombe nuclear), lo que provocó que el asqueroso artrópodo se asustara y comenzara a correr hacia arriba. En segundos, se equilibró sobre la barra de la ducha.

Lamentablemente para mí, y en contra de mi previsión de que la cucaracha bajaría hacia afuera, huyendo de la presencia humana y alejándose de la bañadera, y en contra de la creencia popular de que las cucarachas no saltan, esta saltó. Tal vez era ignorante de las limitaciones físicas de su especie, o simplemente no le importaba. No fue que voló como otras cucarachas; era una simple cucaracha grande y negra que, sin dudarlo y sin ningún miedo a la altura, se lanzó directamente hacia mí, desnudo en la bañera. Esto provocó un rápido movimiento hacia atrás (mío), un avance frenético (de ella), algún golpe, un rápido zapateo (más para esquivar que para atacar), un intento de escape (de ambos) y un estiramiento forzoso para alcanzar un aerosol con el cual rociarla.

Hoy fue un día en el que aprendí que, al igual que las arañas, las cucarachas también pueden saltar.


(La idea de Dia D, es robada directamente del blog https://hoyesdia.blogspot.com/, el cual sigo en esta misma página desde siempre)


jueves, 1 de julio de 2021

Microrrelatos: A ti que lees mi blog

 


A  ti hermosa, que lees mi blog en la noche desde tu cama, con la luz apagada y el celular en la mano. Sonríe. Nunca estás sola, si te das vuelta siempre puedes ver esa niña muerta mirándote justo detrás de ti 



viernes, 21 de agosto de 2020

Árbol verde claro

 

Hoy vi la imagen de un árbol dibujado en un cuento para niños, y me acordé del verde claro. Si, el color, el del lápiz verde claro que usaba siempre para los árboles por ahí porque no me gustaban los árboles oscuros, fantasmales y serios, sino que me gustaban verdes, brillantes, con copa con onditas y redondos por más que —para mi capacidad para el dibujo— hacer un simple pino ya era un acto frustrado desde antes de comenzar. Era intentar hacer una pintura realista con el chip de caricaturista puesto: unos palitos y unas curvas esquemáticas trataban de representar la realidad de un árbol que se hacía inmarcesible para mi habilidad a esa edad... o nunca, o siempre, como prefieran verlo. Pero con marrón oscuro y el verde claro, un verde manzana verde, un color de luz y brillo como no había otro en la caja de lápices. Porque el amarillo no se veía sobre el papel blanco y el sol era una sombra apenas en el cielo que obligaba darle bordes negros para que se notara acaso que ahí había algo. A veces al lado del árbol la casita con techo alpino, rojo; o acaso otra cosa, pero siempre tenía que estar el árbol, con su copa verde manzana claro. Capaz más adelante le llegué a dibujar ramas, capaz con el tiempo se acabó la luz y cambié el color, capaz dejé de usar lápices y me atrajeron las fibras hasta que dejé de dibujar y ese mundo mágico de colores quedó abandonado. Cómo un tiempo de una niñez que ya pasó. Pero olvidado, no.

¿Quién tiene lápices? Dibujemos...



martes, 29 de octubre de 2019

Feliz Halloween: Iglesia de San Bernardino alle Ossa




Iglesia de San Bernardino alle Ossa
Para festejar Halloween, este lugar lo visité en mi último viaje. La iglesia se encuentra medio escondida en una callejuela que hace esquina con la piazza Santo Stefano: si apenas al entrar a San Bernardino alle Ossa se tuerce a la derecha, se accede a una siniestra capilla diferente a todas debido a la macabra decoración hecha con huesos humanos.
Un poco de historia: En ese lugar se construyó en 1127 el Hospital de San Barnaba in Brolo destinado a la cura de leprosos y un cementerio. En 1210 se edificó un osario. Junto al osario en 1269 se construyó la primera iglesia de San Bernardino alle Ossa, conocida entonces como San Bernardino ai Morti. Después de varias demoliciones e incendios, y siendo cada vez más
famosa se restauró por última vez en 1695. En el techo, la obra de Sebastiano Ricci representa "El triunfo de las almas en un vuelo de ángeles", y a los pies de la imagen central se encuentran San Bernardino de Siena, Santa María, San Ambrosio de Milán, y San Sebastián.
Apenas entrar nos reciben calaveras dispuestas en cruz apiladas entre pilas de huesos que están apenas separados por rejillas negras para evitar que se caigan, pero no para evitar el contacto. Por eso están pulidas por cientos de manos que se arriesgan al contacto seductor de la Muerte.
En columnas, y rodeando el altar cientos de fémures y calaveras diseñan extraños dibujos o acaso símbolos ignorados de la hermandad de las Disciplinas, que fue quien creó esta extraña forma de culto a la muerte.
Se dice que los cráneos que enmarcan la puerta correspondieron a condenados a muerte. También que puede haber restos de los cristianos quemados por herejes en épocas de San Ambrosio.
Y cuenta la leyenda, que si se mira con cuidado acaso se pueda vislumbrar el cuerpo semimomificado de una chiquilla escondido cerca del altar que, según dicen quienes se acercaron atraídos por los extraños ruidos cierto 2 de noviembre —en la noche de los muertos— salió de su tumba y junto con otros esqueletos bailó frente a todos su danza macabra.









viernes, 7 de junio de 2019

Tiempos




Eran tiempos de luz, de renacimiento. 
Tiempos de magia y de conquista. Fue cuando la encontré, una sonrisa de estrellas, unos ojos profundamente obscuros, unos besos de fuego.
Y me arrastró con ella a su oscuridad.



martes, 4 de junio de 2019

Per aspera




Cerrás los ojos y no ves, la luz no está.
Y al abrirlos en vez de brillar se oculta, se apaga
Hay días de pérdida, de tristeza, de oscuridad. Momentos escasos de luz, de risa.
En el cielo nublado no se alcanza a ver las estrellas, no hay una guía.
El camino desaparece, no hay un destino, la ruta se hace gris y amarga.
Un faro que guíe mi destino, que la voluntad no falle.
El mar son nubes reflejadas que ocultan olas y brillo de estrellas, estelas cubiertas de espuma que esconden anhelos y esperanzas, la fuerza de avanzar se agota.
Las piedras en el camino son montañas, un abismo sin fondo ni salida, las ganas perecen entre lágrimas. Caemos de rodillas, en un desierto vacío de sonrisas.
Y nos ponemos de pie.
Miramos adelante, de frente a la nada.
Y volvemos a ponernos en marcha.


viernes, 24 de mayo de 2019

Bruma




Era un tiempo de disfrutar cada momento de libertad, sin saber que no tomar decisiones es la mayor libertad que se puede permitir alguna gente.
Fue durante el servicio militar en que estuve destacado en la Escuela Naval, situada en una isla perdida en medio del rio, lugar ignoto entre Berisso y La Plata que limitaba de orilla a orilla con los astilleros de Rio Santiago. Isla rodeada de agua, aburrimiento, oficiales y mosquitos.
Y de órdenes ladradas educadamente por perros de pocas pulgas.
Tengo la imagen de ese amanecer sin recordar sí era otoño, invierno o verano. Sé que era promediando el tiempo de servicio, así que digamos en pro del relato que era principios de primavera. El amanecer me sorprendió plenamente atento, agazapado en la cima de la colina que formaba la pared trasera del polígono de tiro.
Lugar práctico para apostarse al crepúsculo para evitar los sorpresivos y simulados  ataques a los puestos de vigilancia que la guardia de respuesta inmediata hacía una noche sí, y otra también, para detectar a los que nos quedábamos dormidos en el puesto. Caso que se castigaba sin contemplación ni extrema dureza, dando por hecho que a cualquiera le pasaba. El trabajo propio de la guardia de la noche. Sin malintención, sólo su trabajo, incluso yo mismo formé parte de la respuesta inmediata unos meses después.
Pero no esa noche, en que había dormido unas pocas horas tras el rancho de la cena  y me habían despertado carrera mar para el turno que me correspondía de 4 a 8 a.m. Turnos de 4 horas, dos veces al día, dos días por rotación, y nuevo cambio de horario. Si había suerte, con franco entre rotaciones.
Esa noche, o ya digamos prontos al amanecer dado que me demoré en llegar a este punto, estaba atento escuchando desde mi puesto los ruidos nocturnos y viendo como el propio cielo demasiado lleno de estrellas en ese lugar alejado de mayor civilización daba una claridad demasiado fría y dura para quedarse al descampado adonde pudieran verme; sobre todo habiendo gastado el recurso de ocultarme en un bosquecito cercano la semana anterior, por lo cual buscaba un punto de vigilancia desde el que no pudiera ser yo mismo fácilmente descubierto. ¿Infantil? ¡por supuesto!, eramos jóvenes de 19 años de los de antes, algunos demasiado hombres, otros demasiado niños; algunos de ilusiones rotas desde su nacimiento y  muchos sin noción todavía de la vida que se nos iba a venir encima llevándose los sueños que en ese momento parecían tan cercanos y reales.
Así que el amanecer me descubrió trepado a la cima de la colina artificial, en el punto más alto del lugar, el más ventajoso para ver en cualquier dirección, y el más sencillamente divisable. Aunque tirado cuerpo a tierra, con la capa impermeable separándome del rocío del piso, vestido de camuflado y con unos pastos y unas piedras aliados, la cosa cambiaba rápidamente a mi favor.
Pronto todas esas consideraciones iban a ser borrada de un plumazo —aunque nunca vi una pluma que borrara— y el escenario iba a cambiar oponiendo una nueva realidad.
Salía el sol, el frío de la noche se alejaba entre brumas que se formaron de pronto y sin aviso bajo mis ojos, un mar de nubes que se arrastraron aferrándose a las paredes del polígono, treparon la base de la montaña, sumergieron en segundos la caseta de guardia y escondieron el bosque en un manto blanco y gris previo al amanecer que cambiaba el negro noche por la sugerencia de colores que todavía no existían, un instante de creación y de preguntas.
De frente al Este, de cara adonde antes hubo un bosque y ahora no había nada. Nada más que bruma y esa sensación de ausencia que guiaba mis pensamientos a unos ojos en ese tiempo tan cercanos en sentimiento y lejanos en distancia.
Y el rayo de sol, el amanecer en su expresión más pura surgiendo en color antes que en luz, iluminando en los primeros albores rosas desde debajo de la bruma con un resplandor que deseaba convertirse en día; un color que crecía para convertirse en un incendio de rojos y oros a contraluz con las ramas negras del bosque apenas perfilado que salía a flote entre llamas y misterio cuán una flota hundida que como reflejo de lo que fue, se asoma en la superficie.
Esos momentos mágicos que quedan grabados en la memoria, en la retina y en el corazón, en que uno puede ver, entender y sentir en armonía de la mente y los sentimientos.
Un nuevo amanecer.




miércoles, 22 de mayo de 2019

Amor y café



Se vieron de refilón una mañana, ella saliendo del ascensor, él entrando. 
Ella madura, muy elegante, un look de oficina muy sexy y formal perfecto para cualquier ocasión, que encantaba a todos. Él, hombre mayor, de buena estampa, con el bolso con los materiales para cargar la máquina expendedora de la oficina. Por un momento, en la puerta del ascensor compitieron los perfumes a café y a rosas. 
El siguió su viaje hacia el siguiente piso, en el séptimo había máquina expendedora de capuchinos. Ella antes de sentarse en su escritorio, se preparó en la máquina recién cargada una taza de café.

Al día siguiente una nota adornaba la tapa superior de la máquina expendedora del sexto piso, escrita con una exquisita caligrafía Shelley Allegro de 36 puntos del Word:
Estimado encargado de la máquina de café, después de la última revisión de la máquina varios somos los que coincidimos en que el café esta saliendo muy claro, sin gusto. ¿Habrá forma de lograr hacerlo más intenso?
Se lo pediría personalmente, pero lo hago en esta nota ya que llego algo tarde, y nunca lo encuentro.
Muchas gracias..!!!
Alexandra

Posterior al día del primer encuentro fui a prepararme un cortado, y encontré un nuevo mensaje —este sin firma—, también pegado en la parte de adelante y por encima de los botones de la máquina:

El señor de la máquina de café vino hoy temprano por la mañana y me pide que informe que él no tiene problema, pero que los cafés van a ser más cortitos porque para hacerlos más intensos tiene que disminuir la cantidad de agua, ya que el filtro tiene un tamaño fijo. Pero que sí les parece bien, no hay problema. 
Y aclaró: Pruebe si le gusta, a su servicio

Los que nos quedamos hasta tarde, y frecuentamos la máquina de café, encontramos la respuesta pegada donde siempre, esta vez con una tipografía más tradicional:
Estimado señor del café:
Muchas gracias por comprender y hacer realidad mi sugerencia. Ahora cuando cierro los ojos saboreo un café mucho más razonable y créame que no importa sí es un poquito más corto, el sabor lo amerita.
Gracias por su buena onda, usted es un copado..!!!
Atentos saludos, Alexandra

Al día siguiente ella llegó más temprano que de costumbre. Él dejó el sexto piso para el final. Alexandra fue a lavar la taza a la pequeña cocina, en donde él estaba lavando el filtro de la máquina. 
Nuevamente, el perfume de rosas y café se mezclaron, compitiendo entre ellos. 
Al parecer ganaron ambos.


Y el café sale corto, pero bueno.


sábado, 6 de abril de 2019

La vio bajo la lluvia


La vio bajo la lluvia.

Sus ojos y su sonrisa la iluminaban cuando caminó hacia él, sonriendo. Los faros de un auto que pasaba dibujaron diminutas perlas de agua en sus pestañas arqueadas, su abrazo fue tibieza en la llovizna primaveral que se había convertido en lluvia torrencial, esa lluvia que los obligó a refugiarse en la confitería, ese momento en que volvieron a ser, una vez más, nosotros. Nuestros labios bajo la lluvia.



jueves, 7 de febrero de 2019

Dibujo


Pintura autor desconocido - by google



La cara fina, el trazo profundo de unos ojos luminosos. Lineas en arcos que se transforman en cabellos, en pinceladas de realidad y ficción. Manchas perennes en las mejilla, una vergüenza que se eterniza en el lienzo. Recuerdos que afloran en la curva pronunciada de unos labios sensuales, eternos y eternamente deseados. El milagro de una sonrisa apenas esbozada que nunca se olvida. El dibujo atrae y atrapa evocaciones de la memoria de algo que fue y será. Imperecedero, inmortal e indestructible para el tiempo. Un fugaz juego de luz y sombra se intuye en el color que revela el fuego y la oscuridad de lo que alguna vez pudo ser.








lunes, 3 de septiembre de 2018

Salta



Está en la estación de subterráneo, saltando en un pie, sin muletas ni nada en qué apoyarse. Tampoco tiene un yeso, sólo salta. Salta rápidamente  con una pierna doblada, casi hasta la línea del borde de la vía, regresa saltando a toda velocidad al banco del cual se levantó. La gente lo mira. Uno dice:
— Un loquito.
Otro miró el asiento del cual se había levantado con el anhelo de más de una hora de combinar viajes, una señora lo miró asustada; una nena lo observó extrañada; un hombre mayor lo vio, preocupándose por que se pudiera caer a la vía; otro más joven pensó lo mismo, pero su preocupación era que sí se caía, él tendría que tomar un colectivo o taxi, porque se iba a interrumpir la línea; otro lo miró con pena por su lesión en la pierna; un obrero pensó que debía haber sufrido un accidente en alguna construcción y tenía que salir a pedir porque no obtenía trabajo.
El hombre, ajeno a todo esto, volvió a saltar hasta el borde del andén; miró si venía el subte, y volvió saltando a sentarse.




viernes, 31 de agosto de 2018

miércoles, 1 de agosto de 2018

Miedo




Volvía del trabajo, la lluvia se había atenuado en una llovizna molesta que rellenaba baldosas flojas, Ricardo caminaba con la vista baja mirando las trampas de agua del piso y levantándola de pronto para evitar choques con los paraguas vecinos al suyo, cuando al alzar la vista lo vio: un chico flaco de profundos ojos negros que lo miraba sin pestañear.
Estaba apoyado en un cartel, bajo una obra en construcción en la esquina de Callao y Rivadavia. Lo siguió con la vista cuando pasaba, una mirada vacía en el chico de pantalón corto y remera sin mangas en esa tarde fría. Se sintió incómodo. En algún momento le hubiera dado pena un chico de 7 u 8 años tan mal vestido con ese frío, pero no se trataba de esa incomodidad. Tuvo miedo.
El cruce de Av. Rivadavia le absorbió la atención al momento quitándole la sensación de su cabeza, bajó al subte y se paró a mirar las revistas en el kiosko de la estación. Kiosko militante, o que sabía aprovechar los gustos de ls que iban a protestar al congreso, entre los diarios y revistas tenía publicaciones de grupos de izquierda y pines sobre el Che Guevara y la legalización del aborto, mezclado con revistas de psicología y de decoración de jardines para grandes mansiones; junto a obras de literatura universal en formato de pequeños volúmenes de bolsillo, excelentes para leer en el viaje.
Estaba viendo unas revistas de cómic usadas cuando lo vio parado en la parte más oscura del andén, pegado al kiosko, su mirada confundida con el propio túnel. Parado, oscuridad, mirándolo. No lo había visto pasar, sólo habría podido pasar por detrás suyo para llegar ahí.
El subterráneo llegó con su compañía de luz y gente abarrotada, el ruido y el calor de los vagones llenos al punto de casi no poder entrar en hora pico. Ricardo no dudó, e ingresó a presión al más cercano, entre empujones y quejas. Se asomó al entrar al vagón para verlo quieto, parado en el fondo del andén, una presencia gris y solitaria en el bullicio circundante.
No pudo verlo al arrancar el subte, distraído por una mujer que se quejaba y empujaba a todos mientras intentaba acomodarse ella y una cartera del tamaño de un bolso, en un espacio insuficiente e inexistente.
Bajó varias estaciones adelante, en el viaje cotidiano y conocido a su casa adonde vivía sólo, parado entre los vaivenes del transporte, paraguas chorreantes y sensación de cansancio. Las puertas se abrieron y subió despacio los escalones de las escaleras mecánicas apagadas como de costumbre en cada día de lluvia, aunque la llovizna había cesado.
Una cuadra más adelante lo vio parado al otro lado de la calle, una presencia triste frente al feliz negocio de empanadas que bailaban en un cartel de neón, mirándolo sin apartar la vista, quieto. No cambió de vereda evitando esa esquina y apuró sus pasos, con el corazón corriendo desbocado y su mente sólo preocupada por llegar a su casa,  en blanco a todo lo demás, con el paraguas aún cerrado sin notar la lluvia que volvía a caer y que comenzaba a chorrear de su cabello, ni el aroma al pan recién sacado del horno de su panadería preferida. Ignorando el peligro dos cuadras adelante cruzó la calle sin ver y recorrió los metros de la vereda hacia su casa en un constante mirar sobre su hombro. La llave de la puerta del edificio fue una duda y una frustración hasta lograr colocarla al derecho en la cerradura. Al fin.

Abrió la puerta de su casa y una mirada vacía lo recibió desde el sillón del comedor..


lunes, 19 de febrero de 2018

Presente desilucionado



No hay argumentos, no hay mentiras.
Un tiempo que fue feliz, un recuerdo.
Un presente desilusionado.




Cambio el viento


Cambió el viento, llegó el otoño.
En el cielo reluce el vibrante sol de febrero;
en mi alma, vive el estío.