lunes, 16 de junio de 2025
lunes, 5 de mayo de 2025
Cambio de rostro
La Ciudad de Buenos Aires hervía con su caos habitual: bocinazos, empujones, trajes grises, caras largas, y la prisa como idioma compartido. Nadie se detenía a mirar nada. O casi nadie.
Él estaba ahí. De pie en la vereda de Avenida Corrientes, entre un local de empanadas veganas y una joyería con carteles de venta de oro. Cabello negro perfectamente peinado, hombros anchos bajo un traje que parecía hecho a medida, sonrisa que no necesitaba invitación. Su vestimenta, elegante pero casual, su porte decía: "confianza" con voz segura. Tenía a sus pies una valija grande —demasiado grande para maletín de trabajo— y un neceser de cuero negro en la mano. Muy masculino.
Una mujer de unos cincuenta años pasó apurada. Él le sonrió y le ofreció hacer una breve encuesta. Ella ni se molestó en mirarlo.
Pero a unos metros, Jime sí.
Veintidos años, cabello castaño descuidado, rostro común sin gracia particular, jeans demasiado grandes y zapatillas con más kilómetros que marca. Detuvo la marcha. Él ya la había notado. Cambió el tono:
—¿Tenés un minuto? —preguntó con una sonrisa radiante.
Jime asintió. Jime siempre decía que sí.
—¿Estás conforme con tu rostro?
Ella dudó un instante, tocándose la mejilla con inseguridad.
—Creo que no... podría ser mejor, ¿no?
—¿Y con tu figura?
—Definitivamente no —rió nerviosa, tironeando la tela de su remera suelta como queriendo esconderse—. Yo no me veo como las chicas de Instagram. Nada que ver.
—¿Te molestan tu voz o tu cabello?
—Son... normales. Aburridos.
—Bien. Ahora, describite con un número del uno al diez.
Jime pensó. Se sintió observada. Se notó, por primera vez, juzgada por él. No quería parecer arrogante… pero tampoco patética.
—¿Seis?.
Él frunció apenas el ceño. Su belleza se ensombreció.
—¿Por qué esa calificación?
Jime no supo qué decir. Un frío le recorrió la espalda. Él la miraba como si acabara de fallar una prueba que no sabía que estaba rindiendo.
Entonces se inclinó hacia ella, envuelto en su perfume a maderas y especias.
—Si pudieras cambiar tu rostro por otro, pero… al azar… y a cambio recibir un millón de dólares. ¿Lo harías?
Ella retrocedió un paso. Soltó una risa incómoda.
—No sé... mi mamá dice que la belleza está en el interior.
Él se encogió de hombros y volvió a mirar al frente. La ignoró. La encuesta había terminado.
Jime caminó media cuadra. Pero algo ardía en su nuca. Dio vueltas al asunto. "Con un millón me hago mil cirugías ¿no?. Si sale mal, lo arreglo. ¿Qué tan mal podría salir?"
Volvió. El hombre no se había movido.
—¿La oferta sigue en pie?
Él la observó con una calma casi clínica.
—Segundas oportunidades no se dan en mi empresa. Aunque… —dejó el silencio hablar—. Podría ofrecerte una prueba. Sólo el cabello, random. Te doy mil dólares.
Jime dudó menos de cinco segundos.
—Dale.
Él abrió la valija. Sacó una máquina metálica, como una afeitadora futurista con luces verdes. Apuntó a su cabeza. El zumbido fue breve.
Jime se tocó el pelo. Se sentía... diferente.
Él sacó un pequeño espejo del bolsillo de su saco y se lo alcanzó.
Su pelo ahora era rubio, lacio, brillante, con un corte moderno que enmarcaba su rostro.
—Te queda muy lindo —dijo él con un guiño. El espejo devolvía la imagen de sí misma, similar, pero más definida. Más atractiva.
—Y ahora... —prosiguió— te ofrezco un cambio completo: cuerpo, rostro, voz. Como viste, necesitamos probar esta nueva tecnología, los resultados son inmediatos. Y el premio sigue en pie. Un millón. Solo necesito una foto del antes y el después.
Jime ya no dudó.
—Acepto.
Él asintió. Encendió la máquina. Un rayo suave la recorrió. Sintió que su cintura se estrechaba, que las curvas se definían como si años de rutinas y dietas la hubiesen moldeado. Su voz, al decir "¿ya está?", era más profunda y melodiosa. Tenía un leve acento que no era suyo.
Se vio en el espejo.
Tenía unos 35 años. Ojos felinos, piel bronceada, labios carnosos. No era simplemente linda. Era... despampanante.
El hombre la fotografió y envió la imagen desde su celular. Luego cerróel neceser y le entregó la otra valija: la grande. Repleta de billetes.
—Buena suerte —dijo, y se fue caminando entre la multitud.
Jime quedó sola. Miró su reflejo en una vidriera. Su ropa ya no le quedaba bien. Se veía mayor. Pero hermosa. Nueva. Y rica.
Sonrió. Un un cambio perfecto. Los chicos ahora la mirarían. Podía operarse para verse más joven i quería. O no. ¿Qué importaba?
Se giró para irse.
Dos patrulleros chirriaron las gomas al frenar en la vereda.
—¡Sandra Avila "La Viuda" Felix! ¡Queda detenida por narcotráfico internacional! ¡Manos arriba!
Jime palideció.
—¡No, no! ¡Soy Jimena! ¡Un hombre me cambió, se los juro!
Pero los oficiales no escuchaban, avanzaron. Jime intentó escapar pero la redujeron rápidamente. El retrato del cartel de búsqueda de Interpol coincidía con la foto que le acababa de llegar a la comisaría. El mismo rostro. La figura inconfundible a pesar de la ropa. El tono de voz, tan reconocible por tantas grabaciones con su marido el Chapo Felix. La valija llena de dólares era la prueba final.
Mientras la esposaban, un hombre de traje impecable se alejaba a paso firme por una calle lateral, con una nueva valija aún más grande para sí mismo en la mano, y el neceser de cuero negro medio oculto en el saco.
jueves, 13 de febrero de 2025
Día de Interactuar con Insectos
Todos conocemos algunas características de los insectos. Por ejemplo: sabemos que las mariposas, en su etapa inicial, son orugas y luego pasan por una metamorfosis para convertirse en mariposas. También, gracias a multitud de memes, sabemos que la hembra de la mantis religiosa se come la cabeza del macho después de copular (aunque, para ser científicamente precisos, esto no sucede siempre). A nadie parece importarle que estos insectos, con su aspecto tan peligroso, puedan girar la cabeza 180 grados o que tengan un tercer ojo oculto en la frente. También sabemos que algunas cucarachas pueden volar, o que las arañas saltan. (Y aunque las arañas no sean insectos, sino arácnidos, continúo con la referencia para que el relato tenga coherencia). En fin, las arañas saltan, lo que las coloca en el grupo de los bichos más aterradores. Porque, admitámoslo, que un insecto —o arácnido, en este caso— te salte encima no es para nada agradable y desencadena miedos ancestrales en todos nosotros.
Esto sirve como prólogo para contar una situación que me ocurrió esta mañana. Estaba bañándome y, a través de las dos cortinas del baño, a trasluz, vi caminar una cucaracha. Sin entrar en disquisiciones sobre las diferencias del cerebro masculino y femenino, y después de haber consultado sobre esto, sé que una mujer habría aplastado al bicho sin mayor problema, utilizando las cortinas plásticas. Esto, claro, si no le hubiera dado miedo o asco. Yo, como buen macho de la especie lo único que hice fue darle un puñetazo a la cortina, con la imaginaria intención de destruír el insecto por el puro poder de un golpe (un bicho que es capaz de soportar una hecatombe nuclear), lo que provocó que el asqueroso artrópodo se asustara y comenzara a correr hacia arriba. En segundos, se equilibró sobre la barra de la ducha.
Lamentablemente para mí, y en contra de mi previsión de que la cucaracha bajaría hacia afuera, huyendo de la presencia humana y alejándose de la bañadera, y en contra de la creencia popular de que las cucarachas no saltan, esta saltó. Tal vez era ignorante de las limitaciones físicas de su especie, o simplemente no le importaba. No fue que voló como otras cucarachas; era una simple cucaracha grande y negra que, sin dudarlo y sin ningún miedo a la altura, se lanzó directamente hacia mí, desnudo en la bañera. Esto provocó un rápido movimiento hacia atrás (mío), un avance frenético (de ella), algún golpe, un rápido zapateo (más para esquivar que para atacar), un intento de escape (de ambos) y un estiramiento forzoso para alcanzar un aerosol con el cual rociarla.
Hoy fue un día en el que aprendí que, al igual que las arañas, las cucarachas también pueden saltar.
(La idea de Dia D, es robada directamente del blog https://hoyesdia.blogspot.com/, el cual sigo en esta misma página desde siempre)
jueves, 1 de julio de 2021
Microrrelatos: A ti que lees mi blog
A ti hermosa, que lees mi blog en la noche desde tu cama, con la luz apagada y el celular en la mano. Sonríe. Nunca estás sola, si te das vuelta siempre puedes ver esa niña muerta mirándote justo detrás de ti
jueves, 27 de agosto de 2020
viernes, 21 de agosto de 2020
Árbol verde claro
Hoy vi la imagen de un árbol dibujado en un cuento para
niños, y me acordé del verde claro. Si, el color, el del lápiz verde claro que
usaba siempre para los árboles por ahí porque no me gustaban los árboles
oscuros, fantasmales y serios, sino que me gustaban verdes, brillantes, con
copa con onditas y redondos por más que —para mi capacidad para el dibujo—
hacer un simple pino ya era un acto frustrado desde antes de comenzar. Era
intentar hacer una pintura realista con el chip de caricaturista puesto: unos
palitos y unas curvas esquemáticas trataban de representar la realidad de un
árbol que se hacía inmarcesible para mi habilidad a esa edad... o nunca, o
siempre, como prefieran verlo. Pero con marrón oscuro y el verde claro, un
verde manzana verde, un color de luz y brillo como no había otro en la caja de
lápices. Porque el amarillo no se veía sobre el papel blanco y el sol era una
sombra apenas en el cielo que obligaba darle bordes negros para que se notara
acaso que ahí había algo. A veces al lado del árbol la casita con techo alpino,
rojo; o acaso otra cosa, pero siempre tenía que estar el árbol, con su copa
verde manzana claro. Capaz más adelante le llegué a dibujar ramas, capaz con el
tiempo se acabó la luz y cambié el color, capaz dejé de usar lápices y me atrajeron
las fibras hasta que dejé de dibujar y ese mundo mágico de colores quedó
abandonado. Cómo un tiempo de una niñez que ya pasó. Pero olvidado, no.
¿Quién tiene lápices? Dibujemos...
martes, 29 de octubre de 2019
Feliz Halloween: Iglesia de San Bernardino alle Ossa
viernes, 7 de junio de 2019
Tiempos
martes, 4 de junio de 2019
Per aspera
Cerrás los ojos y no ves, la luz no está.
Y al abrirlos en vez de brillar se oculta, se apaga
Hay días de pérdida, de tristeza, de oscuridad. Momentos escasos de luz, de risa.
En el cielo nublado no se alcanza a ver las estrellas, no hay una guía.
El camino desaparece, no hay un destino, la ruta se hace gris y amarga.
Un faro que guíe mi destino, que la voluntad no falle.
El mar son nubes reflejadas que ocultan olas y brillo de estrellas, estelas cubiertas de espuma que esconden anhelos y esperanzas, la fuerza de avanzar se agota.
Las piedras en el camino son montañas, un abismo sin fondo ni salida, las ganas perecen entre lágrimas. Caemos de rodillas, en un desierto vacío de sonrisas.
Y nos ponemos de pie.
Miramos adelante, de frente a la nada.
Y volvemos a ponernos en marcha.
viernes, 24 de mayo de 2019
Bruma
miércoles, 22 de mayo de 2019
Amor y café
Y el café sale corto, pero bueno.
sábado, 6 de abril de 2019
La vio bajo la lluvia
jueves, 7 de febrero de 2019
Dibujo
lunes, 14 de enero de 2019
lunes, 3 de septiembre de 2018
Salta
viernes, 31 de agosto de 2018
miércoles, 1 de agosto de 2018
Miedo
lunes, 19 de febrero de 2018
Presente desilucionado
No hay argumentos, no hay mentiras.
Un tiempo que fue feliz, un recuerdo.
Un presente desilusionado.
Cambio el viento
Cambió el viento, llegó el otoño.
En el cielo reluce el vibrante sol de febrero;
en mi alma, vive el estío.
























