martes, 3 de febrero de 2026

911

 


El teléfono sonó una sola vez.
—Policía, ¿qué ocurre?
—Mis papás están peleando —dijo una voz de nena—. Tengo miedo.
El oficial miró la pantalla: Lanús Oeste.
—Tranquila, ya sé dónde estás. Contame qué pasa.
—Estoy en la cocina... papá insulta, mamá grita. Se rompió algo de vidrio. Creo que se están lastimando.
El operador ya estaba llamando al móvil más cercano.
—Listo, ya va un patrullero. Quedate conmigo al teléfono. ¿Estás lastimada? ¿Por qué pelean?
Hubo un silencio largo. Demasiado largo.
—Creo que es por mi culpa.
—¿Cómo por tu culpa?
La voz se volvió un susurro.
—Se echan la culpa porque me morí.



domingo, 28 de diciembre de 2025

Aplicación de sueño

 


Mi reloj inteligente llegó justo a tiempo. Vivo sola y necesitaba saber si ronco por las noches, hoy lo configuré para grabar sonidos durante el sueño.

A la mañana siguiente reviso la grabación, hay un pico cerca de las 3 a.m. Se escucha mi respiración pausada, profunda. Luego el chirrido del armario al abrirse, pasos descalzos sobre la madera, la puerta de mi cuarto. Más pasos bajando la escalera, el tintineo de platos en la cocina, los pasos regresan. El armario se cierra de golpe.

No ronqué en toda la noche.


Para ver esta historia en video: 
Aplicación de sueño . YouTube



















viernes, 19 de diciembre de 2025

El Juego del Silencio

 


Dejaron de hablar. Todos, al mismo tiempo.
Era en octubre de 1987, un jardín de infantes en Marblehead, EE.UU., cercano a Salem, cuando una maestra reportó algo imposible: 19 niños entre 4 y 5 años dejaron de hablar durante exactamente 72 horas.
No lloraban. No gritaban. Solo se sentaban en círculo durante el recreo, moviendo los labios en silencio absoluto, como si estuvieran ensayando algo.
Las maestras intentaron separarlos, cuando los soltaban los niños volvían a formar el círculo.
Los pediatras no encontraron nada. Los médicos confirmaron que las cuerdas vocales estaban intactas.
Al tercer día, a las 3:33 p. m., todos hablaron al unísono:
"Ya aprendimos. Ahora le toca a alguien más."
A partir de ese momento, se comportaron como chicos normales, durante el día.
Pero al día siguiente, la directora del jardín no regresó a su casa. La encontraron tres días después en el sótano de la escuela, sentada en posición fetal, aún viva, con los ojos cerrados, obnubilada. Apuntaba a la pared, como si la mirara ciegamente.
No volvió a hablar nunca más. Nunca más abrió los ojos.
Y fue cuando revisaron las cámaras de seguridad, que vieron algo que hizo que cerraran el jardín de forma permanente:
La directora arrastraba a un niño al sótano mientras los niños hacían la siesta, se alcanzó a ver al niño puesto mirando la pared. Luego la cámara capta a los otros 18 niños entrando al sótano en fila india, tomados de la mano, a sus espaldas. El reloj marcaba las 3:33 p. m.
Formaron un círculo alrededor de ella, moviendo los labios en silencio.
Y la directora inmóvil... respondiendo con señas.
Las cámaras no alcanzaron a tomar nada más, las pesquisas encontraron cables quemados y un olor acre a electricidad.
Los archivos médicos revelan que los 19 niños de forma independiente desarrollaron el mismo tic nervioso años después: movían los labios sin sonido cada vez que veían su propio reflejo.
Como si estuvieran practicando algo.
Como si todavía estuvieran en el círculo.

sábado, 22 de noviembre de 2025

18:15

 


Primavera en Buenos Aires. El aire tibio se siente soplando entre los edificios de Congreso mientras subo al colectivo. Salí puntual y el colectivo llegó en seguida, son 18:05. El saco me pesa sobre los hombros, la camisa se siente algo transpirada y sin duda algo arrugada después de nueve horas frente a la computadora.

El colectivo va lleno. Me agarro del caño vertical junto a un asiento individual. Una chica joven ocupa el lugar, los ojos fijos en la pantalla del celular, el pelo castaño cayéndole sobre la cara.
Miro más adelante: cerca de la puerta del medio, hay otra mujer de pie. Vestido verde, informal, pero con cierta elegancia, algo fuera de época. Cabello oscuro, ojos verdes que parecen mirar sin mirar. Me llama la atención porque en el vaivén del colectivo no se sujeta a nada. Ella permanece inmóvil, como si el movimiento no la alcanzara. Acaso una bailarina.
La chica del asiento se lleva una mano a la cara. Sus hombros tiemblan apenas. Trata de esconderlo, pero las lágrimas corren silenciosas por sus mejillas.
—¿Estás bien? —le pregunto en voz baja.
Levanta la vista. Me mira con los ojos brillantes, enrojecidos, y entonces sonríe. Una sonrisa explosiva, luminosa.
—Sí —susurra—. Sí, estoy bien. ¡Muy bien! — sonríe radiante mientras se limpia las lágrimas con  la mano— Hace casi dos años que vengo peleando con una leucemia. Hoy me confirmaron que no hay rastros. Nada. Estoy curada.Acabo de recibir los resultados.
Le devuelvo la sonrisa. Algo lindo me sube por el pecho.
—¡Es genial! ¡Felicitaciones!
Ella asiente, los ojos perdidos en algún punto más allá de la ventanilla, como si recién ahora pudiera ver el futuro.
—Ahora sí puedo pensar en todo lo que venía posponiendo. No podía pensar en nada, no quería ni soñar en ponerme de conocera a alguien, ponerme de novia, casarme, viajar... —me mira de nuevo—. Siempre quise conocer Japón. Los cerezos en flor, ¿sabés? Cómo en los videos. Pero tenía miedo de hacer planes. Miedo de que no hubiera tiempo.
—Ahora sí, tenés todo el tiempo del mundo —le digo.
Ella mira hacia adelante, hacia la ventanilla.
—Es mi parada. Sonríe otra vez, iluminando el día.
Se levanta. Yo me deslizo para sentarme en el asiento todavía tibio. El colectivo avanza, ella camina hacia el centro buscando la puerta del medio.
Y entonces suena un bocinazo brutal. Un grito afuera. El frenazo.
El colectivo se detiene con violencia, una sacudida que nos lanza a todos hacia adelante. Un breve ruido sordo de metal. Un vidrio que estalla en algún lugar.
La chica estaba en el escalón central, a punto de bajar a la calle. El frenazo brutal la desequilibró y la lanzó de cabeza contra el mismo caño metálico del que yo me había sujetado minutos antes. El sonido del golpe en la cabeza es seco, definitivo. Su cuerpo se desploma. Un segundo de silencio absoluto antes de que empiecen los gritos. Ya no hay tiempo para los cerezos en flor.
No hubo otras víctimas, mas allá de algunos golpes. Llegó la policía, una ambulancia. Retuvieron a los pasajeros, todos conmocionados, mientras los médicos atendían los golpes y el susto, el colectivo fué vaciándose de a poco. Me quedo en la vereda hasta que se llevan el cuerpo cubierto con una lona amarilla. El chofer llora con las manos sobre el volante.
Camino hacia casa por Avenida Rivadavia, las piernas me tiemblan. La ciudad sigue como si nada. El tráfico, las luces de neón empezando a encenderse, la gente apurada. Una vida menos, olvidada de inmediato.
Un segundo. Un solo segundo para pasar de la muerte a la vida, de la vida a la muerte. Dos años peleando, y todo se derrumba en un frenazo. El novio soñado que nunca tendrá. El viaje que nunca hará. Todo un futuro trunco.
La chica de vestido verde sigue de pie junto a la puerta. No se movió durante el choque, aunque nadie le prestó atención. Sabe hacer que nadie le preste atención. Miró el cuerpo en la ambulancia con la misma expresión serena de quien observa una escena que ya conoce de memoria. Se quedó cerca, pero no mucho, aunque la siguió con su mirada fija, paciente. Triste.
Algunos la llaman Perséfone. La mayoría simplemente, Muerte.
Camina por Buenos Aires como quien cumple un turno en la oficina. Siempre puntual. Siempre presente. No le gusta su trabajo, al menos, no lo disfruta. Observando desde el rincón del colectivo, desde la esquina de la calle, desde una mesa de café.
Esperando. Porque para ella, todos tenemos una parada. 


lunes, 3 de noviembre de 2025

Decoraciones

 


El barrio despertó en la mañana después de Halloween.
Las calabazas estaban en los jardines, cansadas de sonreír toda la noche.
Con el paso del día, todos fueron saliendo a desmontar guirnaldas, luces y telarañas.
Solo en la casa del centro el gran árbol mantenía al vecino colgado, balanceándose suavemente.

miércoles, 15 de octubre de 2025

Rompecabezas

 


Damián era un niño callado, de esos que parecen vivir dentro de su propio mundo. Le fascinaban los rompecabezas: podía pasar horas encajando piezas diminutas con una concentración casi hipnótica. Sus padres lo miraban con ternura, aunque a veces se preocupaban. “Tiene que salir más, jugar con otros chicos”, decía su madre mientras le preparaba la merienda.

Habían comprado hacía poco una casa antigua, con un fondo enorme donde ella cultivaba rosales. El padre, después de hablar con un psicólogo, decidió regalarle un cachorro. “Para que lo saque a pasear, para que se conecte”, le dijo. Y funcionó: el pequeño Damián empezó a pasar más tiempo afuera, entre risas y ladridos. Cómplices perfectos. El perro, feliz, nunca se quedaba quieto y Damían reía.

Las tardes se llenaron de sol, de ladridos y gritos felices.

La madre disfrutaba verlo jugar desde la ventana. —Al fin— pensó, —está saliendo de su caparazón—

Una tarde, al volver del trabajo, el padre escuchó los ladridos entusiastas del cachorro. Sonaban distintos, agudos, excitados. Cruzó el pasillo, salió al patio y vio a su hijo agachado sobre la tierra, tan concentrado como siempre.

Frente a él, un rompecabezas de blancos huesos humanos se extendían sobre la tierra recién removida.

—Mirá, papá —dijo el niño sin levantar la vista— Ya casi termino. Solo me falta la cabeza.




Si querés ver el video de esta historia, pulsa aquí: 

YouTube_Rompecabezas


Reflejo Fracturado

 


La encontré en el Sector 7, en los restos de lo que antes fue el Museo de Historia Humana. Llevaba tres ciclos buscándola: la última imagen de mi hermano antes de que lo llevaran.

El cristal estaba agrietado, pero su rostro seguía ahí, perfectamente preservado en el marco de visualización cuántica. Estos dispositivos antiguos tenían la capacidad de capturar no solo la apariencia física, sino también fragmentos de la consciencia. Por eso la Corporación los prohibió después del Colapso.

Toqué la superficie fría. Las grietas no eran por el tiempo, sino por algo que había intentado salir... o entrar.

—No deberías estar aquí —susurró una voz detrás de mí.

Me giré. Una silueta se alejaba por el pasillo oscuro, dejando un rastro de pétalos marchitos. Pétalos rojos, como los que mi hermano solía cultivar en su laboratorio biogenético.

—¡Espera! —grité, pero ya había desaparecido.

Volví al retrato. Los ojos de mi hermano que me miraban no eran como yo recordaba. Noté algo terrible: sus labios se movían. Lentamente, formando palabras en silencio. Ambos habíamos aprendido a leer los labios, el antiguo codigo morse, lengua de señas, como todos los Disidentes.

"No me busques. No soy yo."

El cristal comenzó a brillar generando calor, eso no era bueno, los cristales no funcionaban de esa forma pero este estaba roto, fragmentado. Los símbolos en las paredes del museo —antiguos códigos de advertencia— parpadearon en secuencia. Entendí demasiado tarde lo que significaba este lugar: Era una prisión. Un laboratorio, no un museo como era antes.

Mi hermano no había sido seuestrado por la Corporación. Él había sido el primero en cruzar. El propio creador de esto. El primero en descubrir que los marcos cuánticos no solo capturaban la consciencia... sino que eran puertas.

Y ahora, al tocarlo, acababa de abrir la cerradura. Mi código genético, tan similar.

Las grietas del cristal comenzaron a extenderse por las paredes, el piso, la realidad misma. Detrás de mí, escuché pasos. Muchos pasos. Todos sonando como los míos.

Me levanté para escapar, pero mi reflejo en el cristal roto no se movió conmigo.

Sonreía.