Me preguntaron cómo contar historias. Bueno, las historias pueden estar en cualquier lado; a veces voy caminando y encuentro una historia, o más bien, una historia me encuentra. Un bar con un cartel raro en la puerta, una mujer con un reloj detenida en una escalera, dos jóvenes (una vestida con ropa de gym, otro con traje) de pie tomando mate en una esquina. Las historias están allí. Por eso también me gusta pasear: soy como una máquina de mirar, diría Charly. A veces encuentro algo que me da el inicio perfecto, a veces una idea del nudo, otras un gran final. O una idea que no sé dónde va a ubicarse en el texto. Uno puede iniciar con una imagen fuerte, comenzando la historia un poquito antes del final, y después retrotraer hasta encontrar el inicio, y avanzar ahora sí por la trama. A veces la historia es tan corta que no tiene nudo, y a veces es una sola frase, un final sin principio. Pero lo importante al pensarla es tener el final, porque ¿qué sería una historia sin final? Sin el final la historia no tiene sentido, se queda en una mera anécdota, o acaso nada.
Letras de Viaje
viernes, 23 de octubre de 2026
Acaso nada
lunes, 5 de octubre de 2026
En un café de Flores
Una foto mía. Una foto mía de hoy, de ahora, paseando por la plaza hace apenas unos minutos, convertida en azulejo en un mural que, por lo que se ve, tiene años. Soy yo, sin ninguna duda: la misma chomba, el mismo pantalón. Hasta reconozco uno de los puestos de la feria que aparece detrás.
Miro el café: parece cerrado. Me acerco a la puerta y se escuchan voces apagadas del otro lado. Golpeo.
Me abre una mesera alta, morocha, de vestido negro y labios pintados de rojo fuerte, con una sonrisa. Con la puerta abierta llega la música de jazz desde el interior: un ambiente relajado e íntimo, con luces tenues.
—¿La contraseña? —me pregunta.
Le explico la situación. Me mira sorprendida, sale a la vereda para verificar lo que le digo, mira el mural, me mira a mí, vuelve a mirar el mural: soy la viva imagen del azulejo. Después, con un gesto profesional se hace a un lado y me invita a pasar:
—La casa invita el café, para pasar el momento extraño.
La mesera me acompaña hasta una mesa pequeña, en una punta. Me siento a esperar el café, miro alrededor: El aroma a café, el sonido bajo: buen lugar. Las personas conversan en voz baja, de a dos, algunos en grupos. Ahora la pared del frente queda en penumbras. Sobre el mantel hay un papel doblado, lo abro: cuatro números escritos a mano, y arriba la palabra «Contraseña». Es mi fecha de nacimiento.
La mesera vuelve enseguida con un pocillo humeante.
—Disculpe el trámite —dice, con esa sonrisa irresistible—. El café es nuevo, una propuesta para grupos que se organizan antes. Algo... clandestino —agrega, como quien confiesa una travesura—. Antes esto era una casona antigua, y el mural ya estaba cuando los dueños compraron el lugar.
Se aleja sin mirar el papel que sostengo en la mano.
Del otro lado de la sala veo otro mural de azulejos, justo del otro lado del de la calle. Dejo el pocillo y me acerco. Al ir hacia la puerta, veo el nombre que desde dentro está escrito al derecho: Última Mesa. Un nombre adecuado para un café.
Miro las fotos: iguales, pero diferentes. Parecen las mismas personas, pero teniendo un accidente. El taxista chocado, el albañil cayendo de una viga. Busco mi foto entre las sombras, bajo las luces rojas.
Estoy crucificado en la pared de un bar. Este bar.
Miro alrededor. Todos están de pie ahora. Y vienen hacia mí.
domingo, 27 de septiembre de 2026
Atardecer de un hombre solo
miércoles, 23 de septiembre de 2026
Duelo sin nombre
Hoy conocí una característica del idioma español que no conocía.
Al que pierde a sus padres lo llamamos huérfano. Al que pierde a su pareja, viudo. Al que pierde a un hijo... nada. El idioma, la RAE, que tiene palabra para el que pierde el rumbo, la paciencia o las llaves entre otras cosas, un idioma tan completo y complejo como el español se queda mudo justo ahí. Hay palabras para todo lo que se pierde, menos para eso.
Y yo creo que está bien que se quede mudo. Una palabra buscaría nombrar un vacío inexplicable de dolor; y ese dolor no entra en ninguna palabra. Nombrar es medir, y eso no tiene medida.
Quizás el diccionario no lo nombra porque el orden del mundo dice que los hijos despiden a sus padres, no al revés; y el lenguaje se niega a aceptar lo que la vida a veces hace. Ese hueco no es un olvido, es una negativa feroz: esto no debería existir, y no pienso darle un nombre para que parezca normal.
Quien lo vive no necesita un sustantivo. Ya tiene un nombre propio, el único que importa: el de su hijo, que sigue diciendo en lágrimas todos los días.
domingo, 30 de agosto de 2026
Gnomos
sábado, 22 de agosto de 2026
Una camisa planchada un jueves
La ocasión llegó de forma inesperada, en pleno verano húmedo y agobiante de Buenos Aires, con una invitación que apareció por WhatsApp en el grupo de las doce personas que trabajaban en el piso: "Asado en mi estancia este domingo. Zona Escobar. Hay pileta y hay monte para los que quieran pasear. Bajan del tren en Ing. Maschwitz y los busco."
Nadie sabía que Franco tenía una estancia. Nadie preguntó por qué la invitación. Alguno comentó que capaz era su cumpleaños. Varios estaban de vacaciones, pero siete confirmaron, entre ellos obviamente, Julia.
El camino de tierra entraba entre árboles viejos, de esos que crecen torcidos porque el viento del río no les da tregua. La casa era baja, de tejas coloradas de adobe, con una galería larga mirando al monte y un asador de ladrillo ennegrecido por generaciones de fuego. Contra la pared de la galería había sillas de mimbre frente a una mesa para ver el atardecer y un rifle. Franco explicó mientras acomodaba la carne, que el campo había sido de un bisabuelo, cazador —de ahí el rifle—, que traía gente de la city a matar ciervos en los años treinta. Y era bueno tenerlo cerca para espantarlos.
— Mi bisabuelo siempre vivió aquí solo— comentó.
—Igual que mi padre, solo conmigo. Aprendí a vivir así.
Nadie preguntó sobre su madre, parecía invasivo a la intimidad de un tipo tan callado que hoy se abría como nunca a la conversación.
— ¿Y el monte es ese? —dijo Gerardo, llenando el vacío y señalando un bosque de talas.
— Podemos ir a caminar luego, quedan senderos que conozco adonde avistar ciervos— dijo. —Aunque yo los uso para correr.
Comieron y conversaron. Franco, pese a ser algo parco, resultó un excelente anfitrión. Hablaron de formas de vida, de la tranquilidad del campo, de hobbies. Nadie habló de la oficina. Después la pileta impuso un momento de diversión que no necesitaba palabras, aunque hubo algunas miradas de reconocimiento, gente que no se veía mas que en la oficina se redescubría diferente en una tarde de agua y risas. Julia lo vio salir del agua y pensó que nunca lo había visto sin la camisa planchada; tenía una cicatriz algo torcida en la espalda en un omóplato, de esas que no ocurren en un ascensor, y eso le resultó realmente atractivo
A las siete de la tarde ya quedaban pocos. Alguien se había ido en combi mas temprano por el partido de Boca. Otros, se iban en sus autos. Julia preguntó quién iba para el centro, si había lugar.
—Yo te llevo después —dijo Franco—. Cuando baje el sol. Así de paso te muestro el monte.
Ella dijo que sí. Al fin Franco tomaba la iniciativa.
Cuando se fueron todos, salieron a caminar. Franco pasó por la galería y levantó el rifle diciendo solamente: —Por si nos molesta algún animal, como quien agarra las llaves antes de salir. Con el arma cruzada al hombro se veía distinto. Seductor, en su papel de cazador.
El monte, ya de cerca, no era lo que parecía desde la galería. Los talas se cerraban sobre el sendero y el pasto crecía más alto que las rodillas. Franco hablaba de los ombúes, de un molle que su bisabuelo nunca dejó cortar, de un arroyo que en verano quedaba reducido a barro seco. Los insectos zumbaban con esa armonía monótona del atardecer bonaerense. El sol pegaba bajo entre los troncos y alargaba las sombras.
—¿Te gusta la caza? —preguntó Franco, cómo retomando un tema.
—Nunca cacé —dijo Julia, y se rió, porque esperaba otra pregunta.
—Pero ¿te gusta? —insistió él.
—Mucho —dijo, porque le pareció la respuesta que él quería.
Franco se detuvo detrás de ella. Sonreía como sonreía siempre en la oficina, sin mostrar los dientes.
—Genial —dijo—. Entonces, corre.
Julia le vio los ojos y entendió. Corrió.
Atrás, entre los talas, escuchó los pasos de Franco entrando al monte, tranquilos, sin apuro, al ritmo exacto de alguien que conoce cada raíz del camino de memoria, el rifle en sus manos.
jueves, 6 de agosto de 2026
El destino de la Gaviota
Cuento basado en el poema The Rime of the Ancyent Marinere del poeta inglés Samuel Taylor Coleridge
https://es.wikipedia.org/wiki/The_Rime_of_the_Ancient_Mariner
Rime of the Ancient Mariner - Iron Maiden






