martes, 3 de noviembre de 2026

Postdata

 


Julia llevaba tres semanas mirándole la nuca a Edgardo.
Se sentaba dos bancos atrás. Del lado de la ventana. Desde ahí tenía una vista perfecta del pelo castaño claro siempre despeinado y de la mano que se levantaba siempre antes que ninguna otra en Matemática. O en Historia. Siempre.
Era el nuevo, Edgardo Ferreira. Había llegado en marzo con una carpeta forrada de papel araña azul y ningún amigo. Los profesores lo "adoptaron" en una semana, todos se dieron cuenta que era un alumno estrella. Ante una discusión de un tema soltaban:— Ferreira ¿qué opiná? Y Edgardo opinaba. Bien. Siempre bien. Después se quedaba mirando el cuaderno como si hubiera hablado de más.
—Es un agrandado —dijo Camila en el recreo.
—No. Es tímido.
—Es lo mismo con mejor prensa.
Julia no lo creía. Notaba cuando se ruborizaba cuando lo felicitaban, que bajaba los ojos. Eso no era de agrandado.
Además Julia no lo creía, no lo  quería creer, porque Edgardo le gustaba; no es que fuera tan lindo, pero ella sentía que tampoco tenía mucho para ofrecer. Se miraba al espejo con más dudas que certezas: Pelo negro hasta la cintura que casi nunca se soltaba porque se le enredaba. Ojos oscuros, pero nada especiales. Una cara más larga de lo que hubiera querido y unos kilos de más que su mamá llamaba 'tu contextura'. Buena alumna, de las que sacan ocho. Leía novelas románticas en el colectivo y escribía en un cuaderno con tapa de gatitos cosas que nunca iba a mostrar.
Pero era perseverante.
Un día le pidió prestada una lapicera y se la devolvió con un gracias. Le preguntó la tarea de Historia aunque la tenía hecha. Él contestó con precisión sin levantar los ojos. Una vez se rozaron los dedos al pasar una hoja y él retiró la mano como si el papel quemara.
Ahí Julia entendió que iba a ser difícil. Y que le gustaba eso.

El martes llegó temprano, todavía no habían abierto las ventanas y el aula olía a lavandina y a tiza. Sobre su pupitre había un papel doblado en cuatro, escrito con letra prolija. Un poco inclinada:
Buen día Julia. Ayer te reíste en el patio y se escuchó hasta el fondo del aula. Que hoy te salga todo bien.
Lo leyó dos veces antes de guardarlo en el bolsillo del guardapolvo. Levantó la vista y Edgardo ya estaba en su banco, mirando por la ventana. Muy interesado en la ventana. Pero justo antes de que ella apartara los ojos le pareció ver que algo se le movía en la comisura de la boca, una sonrisa. O no. Julia decidió que sí.
Las notas siguieron, cada tanto.
Una apareció en el estuche entre las lapiceras, otra en el bolsillo del guardapolvo, otra dentro del libro de Literatura justo en la página que tocaba leer:
Hoy tenés el pelo atado y se te ve la cara entera. Te queda lindo.
Sacaste ocho en Química y te enojaste. Un ocho es un buen número. Aprendé a quererte también con los ochos.
Me gusta cómo subrayás con regla y biromes de colores en tu carpeta.
Julia las guardaba en una caja de zapatos debajo de la cama, las ordenaba por fecha. Camila cuando se lo contó 'en secreto' dijo que seguro era un bromista de otro curso, y Julia se apresuró a mostrarse de acuerdo. Pero cada mañana le miraba la nuca a Edgardo y se preguntaba cómo hacer para comprobarlo.
Probó dejar una nota en su propio pupitre: Gracias. ¿Quién sos? Al regresar del recreo ya no estaba, ni hubo respuesta. Sólo otra notita. Sin remitente.
Con los días y semanas los mensajes se hicieron más largos.
Ya no eran notas, eran hojas de carpeta escritas de los dos lados:
Contaban sueños. Anoche soñé que el colegio se inundaba y vos remabas en un pupitre. Yo te seguía nadando. No me cansaba.
Contaban deseos. Quiero ver el mar en invierno. Dicen que es mágico cuando nieva sobre el mar. Quiero estar ahí para verlo.
Contaban recuerdos. Mi abuela tenía un limonero en el patio. Cuando me caía y me raspaba una rodilla me daba un limón en vez de darme un beso, me hacía reír. Todavía no sé si creía que era un remedio o era chiste.
Todas terminaban igual, con una postdata breve al pie:
P.D.: Hoy el cielo está lindo.
P.D.: Comé algo en el recreo. Siempre te quedás leyendo y te olvidás.
P.D.: No te preocupes por Química.
Julia empezó a esperar la postdata más que la carta.
Pero con Edgardo no cambió nada: el seguía hablando poco, solo en clase y se quedaba solo en el recreo, seguía sin amigos, seguía mirando por la ventana. En Educación Física corría adelante de todos con esa facilidad de quien es atleta por naturaleza, sin cansarse nunca, sin transpirar, y ella cuando podía lo miraba desde la ventana. Una tarde se cruzaron en la puerta, él cedió el paso con educación:
—Pasá.
Fue la palabra más larga que le dijo en un mes. Julia la guardó igual que las cartas.

Un lunes Edgardo no vino. Ni el martes. Esos días no hubo notas o cartas, tampoco es que llegaban todos los días. En la mochila no había nada, Julia revisó el estuche de lapiceras, pero no; el libro de Literatura estaba tan vacío como los bolsillos del guardapolvo. Se dijo que esto lo confirmaba, quería creerlo, se alegró. Se dijo que él estaría enfermo y que cuando regresara volverían los mensajes.
El jueves el profesor de Matemática entró sin abrir el libro. Se quedó parado un rato mirándolos en silencio con las manos juntas.
—Chicos. Tengo que darles una noticia triste.
Edgardo y sus padres habían tenido un accidente en la ruta el domingo a la noche, no hubo sobrevivientes. Eso dijo el profesor: No hubo sobrevivientes. Dijo que la familia era de Córdoba y que no habría velatorio acá. Que quien quisiera podía pasar durante el recreo por la preceptoría que iban a encender una vela. Que  hicieran un minuto de silencio por la familia.
Nadie dijo nada. Antes del minuto se escuchó apenas que alguien arrastró una silla. Camila se dio vuelta y buscó a Julia con los ojos. Julia miraba el banco vacío abajo de la ventana.
En el recreo las charlas en el pasillo comentaban que en realidad nadie lo conocía. Que había llegado en marzo y sólo hablaba con los profesores. Que qué horror lo que había pasado. Pobre pibe.
Julia asentía a todo cuando pasaba caminando, después se encerró en el baño de la planta alta el resto del recreo y lloró cinco minutos por un chico con el que había cruzado apenas una frase. No entendía bien por qué sólo pensaba en una carpeta azul.
El banco de la ventana quedó vacío. Nadie quería sentarse ahí.

El lunes Julia abrió la mochila como de costumbre. 
Cuando sacó los libros que ni había mirado durante el fin de semana, vio que dentro de la mochila que había un papel doblado en cuatro. Letra prolija, un poco inclinada.
Hablaba de un viaje en tren para julio. De un árbol demasiado alto para trepar. De lo que iban a hacer cuando terminaran el colegio. Preguntaba cómo le había ido en Química. Y al final traía una postdata.
P.D.: Hoy el cielo está lindo.
Afuera llovía.




viernes, 23 de octubre de 2026

Acaso nada


Me preguntaron cómo contar historias. Bueno, las historias pueden estar en cualquier lado; a veces voy caminando y encuentro una historia, o más bien, una historia me encuentra. Un bar con un cartel raro en la puerta, una mujer con un reloj detenida en una escalera, dos jóvenes (una vestida con ropa de gym, otro con traje) de pie tomando mate en una esquina. Las historias están allí. Por eso también me gusta pasear: soy como una máquina de mirar, diría Charly. A veces encuentro algo que me da el inicio perfecto, a veces una idea del nudo, otras un gran final. O una idea que no sé dónde va a ubicarse en el texto. Uno puede iniciar con una imagen fuerte, comenzando la historia un poquito antes del final, y después retrotraer hasta encontrar el inicio, y avanzar ahora sí por la trama. A veces la historia es tan corta que no tiene nudo, y a veces es una sola frase, un final sin principio. Pero lo importante al pensarla es tener el final, porque ¿qué sería una historia sin final? Sin el final la historia no tiene sentido, se queda en una mera anécdota, o acaso nada.

Pero dejando ya estas «elucubraciones técnicas», voy a contar que el otro día, un miércoles, salí de la oficina al mediodía a buscar algo de comer.
Era un día de primavera, después de muchos días de lluvia, con las calles húmedas y el asfalto resbaladizo. Pero el sol había salido por fin, y había un brillo hermoso entre los nuevos brotes de las ramas de los árboles; se notaba por primera vez el calor de la primavera.
Caminé hasta la rotisería donde comprábamos siempre los sándwiches de jamón crudo, del otro lado de avenida Caseros. Baratos, simples, perfectos para no volver a la oficina con la somnolencia de luego del almuerzo.
Llegué a la esquina justo cuando el semáforo nos daba paso, pero quedaba poco tiempo para cruzar una avenida tan ancha. Había que esperar el ciclo completo: el rojo, y de nuevo el verde.
A unos pasos de mí, también esperando había un hombre andrajoso. Primero pensé que era sólo un joven desaseado pero al observarlo mejor, era un hombre viejo y se lo veía cansado, como mareado. Me llamó la atención que vestía un saco marrón algo sucio, pero luego vi que tenía un sombrero de papel en la cabeza de esos que usan los pintores. Barba larga no muy cuidada, pero bueno, es difícil que una barba larga se vea prolija. Se balanceaba sobre una pierna y después sobre la otra.
Supongo que eso lo distrajo. Vi el momento justo en que el semáforo pasó de rojo a verde, habilitando el cruce de los autos pero él avanzó un paso para cruzar.


Y así queda una historia sin final: en acaso nada.

lunes, 5 de octubre de 2026

En un café de Flores

 


Cerca de una plaza de Flores hay un café. Lo primero que me llama la atención es el nombre: las letras del frente están pintadas al revés, como las de una ambulancia, y solo podrían leerse con un espejo. Lo segundo es la pared de al lado, cubierta de fotos hechas azulejo. Son personas, todas con la cara muy visible, en distintas actividades. Queda muy bien. Veo a un taxista en su auto, a gente jugando en un parque, a un albañil. Y a mí.
Una foto mía. Una foto mía de hoy, de ahora, paseando por la plaza hace apenas unos minutos, convertida en azulejo en un mural que, por lo que se ve, tiene años. Soy yo, sin ninguna duda: la misma chomba, el mismo pantalón. Hasta reconozco uno de los puestos de la feria que aparece detrás.
Miro el café: parece cerrado. Me acerco a la puerta y se escuchan voces apagadas del otro lado. Golpeo.
Me abre una mesera alta, morocha, de vestido negro y labios pintados de rojo fuerte, con una sonrisa. Con la puerta abierta llega la música de jazz desde el interior: un ambiente relajado e íntimo, con luces tenues.
—¿La contraseña? —me pregunta.
Le explico la situación. Me mira sorprendida, sale a la vereda para verificar lo que le digo, mira el mural, me mira a mí, vuelve a mirar el mural: soy la viva imagen del azulejo. Después, con un gesto profesional se hace a un lado y me invita a pasar:
—La casa invita el café, para pasar el momento extraño.
La mesera me acompaña hasta una mesa pequeña, en una punta. Me siento a esperar el café, miro alrededor: El aroma a café, el sonido bajo: buen lugar. Las personas conversan en voz baja, de a dos, algunos en grupos. Ahora la pared del frente queda en penumbras. Sobre el mantel hay un papel doblado, lo abro: cuatro números escritos a mano, y arriba la palabra «Contraseña». Es mi fecha de nacimiento. 
La mesera vuelve enseguida con un pocillo humeante. 
—Disculpe el trámite —dice, con esa sonrisa irresistible—. El café es nuevo, una propuesta para grupos que se organizan antes. Algo... clandestino —agrega, como quien confiesa una travesura—. Antes esto era una casona antigua, y el mural ya estaba cuando los dueños compraron el lugar. 
Se aleja sin mirar el papel que sostengo en la mano.
Del otro lado de la sala veo otro mural de azulejos, justo del otro lado del de la calle. Dejo el pocillo y me acerco. Al ir hacia la puerta, veo el nombre que desde dentro está escrito al derecho: Última Mesa. Un nombre adecuado para un café.
Miro las fotos: iguales, pero diferentes. Parecen las mismas personas, pero teniendo un accidente. El taxista chocado, el albañil cayendo de una viga. Busco mi foto entre las sombras, bajo las luces rojas. 
Estoy crucificado en la pared de un bar. Este bar.
Miro alrededor. Todos están de pie ahora. Y vienen hacia mí.

domingo, 27 de septiembre de 2026

Atardecer de un hombre solo

 



Terraza. Es pasado el mediodía, con ese sol brillando que aplasta las sombras contra el piso.
El hombre mayor lleva puesta una camisa azul planchada con esmero, como si el planchado fuera algo todavía muy importante. Las manos sobre la mesa, viejas, quietas. No mira el celular. No mira nada, en realidad, parece tener la mirada perdida.
El camarero nuevo tiene el delantal aún con los pliegues de fábrica marcados, muy blancos, muy nuevo. Se acerca con la libreta abierta, profesional, correcto, eficiente.
—Señor, si no va a consumir, va a tener que dejar la mesa.
El hombre asiente. No habla, no protesta. Empieza a juntar las manos para apoyarse y levantarse, despacio, con ese cuidado de quienes tenemos las rodillas viejas y el cuerpo cansado
Entonces la puerta del bar se abre de golpe.
—Dejalo. La voz es una órden al camarero nuevo, que la mira sin entender.
Ella es un pequeño huracán de cuarenta años, el pelo rojo atado a las apuradas, los ojos verdes fijos en el chico nuevo. Llevo años viéndola en este café, acaso la dueña, pero no lo parece.
—Viene todos los jueves —trata de explicar.
El pibe mira la mesa, después al hombre, después a ella. No sabe que decir y ella no le da tiempo a preguntar.
Trae dos cafés. Los apoya en la mesa: uno frente al hombre, el otro frente a la silla vacía. El vapor sube derecho, en la tardecita sin viento.
—Con dos de azúcar —le dice al hombre, y no es una pregunta.
Él la mira por primera vez desde que llegó. Algo se le afloja en la cara, algo que no es sonrisa pero se le parece. Se vuelve a sentar despacio.
—Como siempre —dice él.
Ella le sonrie, se queda un segundo de más la mano todavía en su hombor, y después vuelve adentro sin decir nada más.
El hombre se sienta otra vez. Toma el café que es suyo. No toca el otro.
Nunca lo toca.
Espera a irse hasta que se enfría del todo, hasta que las sombras vuelven a alargarse sobre las baldosas y es hora de irse a casa a esperar el jueves que viene.



miércoles, 23 de septiembre de 2026

Duelo sin nombre

 


Hoy conocí una característica del idioma español que no conocía.

Al que pierde a sus padres lo llamamos huérfano. Al que pierde a su pareja, viudo. Al que pierde a un hijo... nada. El idioma, la RAE, que tiene palabra para el que pierde el rumbo, la paciencia o las llaves entre otras cosas, un idioma tan completo y complejo como el español se queda mudo justo ahí. Hay palabras para todo lo que se pierde, menos para eso.

Y yo creo que está bien que se quede mudo. Una palabra buscaría nombrar un vacío inexplicable de dolor; y ese dolor no entra en ninguna palabra. Nombrar es medir, y eso no tiene medida.

Quizás el diccionario no lo nombra porque el orden del mundo dice que los hijos despiden a sus padres, no al revés; y el lenguaje se niega a aceptar lo que la vida a veces hace. Ese hueco no es un olvido, es una negativa feroz: esto no debería existir, y no pienso darle un nombre para que parezca normal.

Quien lo vive no necesita un sustantivo. Ya tiene un nombre propio, el único que importa: el de su hijo, que sigue diciendo en lágrimas todos los días.

domingo, 30 de agosto de 2026

Gnomos

 


En mi casa, cuando se pierde algo —una cucharita de té, una media— decimos que se la llevaron los gnomos. Después aparece en otro lugar. O reaparece allí mismo, unos días más tarde.

No son gnomos, por supuesto. Pero tampoco distracción. Las cucharitas llegan algo torcidas. Alguna media llega acortada. El aire se enfría apenas, justo donde va a pasar.
Es un agujero negro diminuto que recorre la casa, absorbiendo objetos y torciendo un poco el espacio-tiempo a su paso.

Con el tiempo, nos dimos cuenta de lo que pasaba: fue cuando desapareció una de mis primas.
Igual seguimos diciendo que son los gnomos. Es más fácil de explicar en la mesa familiar.

sábado, 22 de agosto de 2026

Una camisa planchada un jueves

 


Franco Aldao trabajaba como contable, edificio de empresa estatal, piso nueve, y nadie sabía muy bien qué hacía. Había llegado como consultor junto a un gerente en un cambio de gobierno y se quedó en la oficina incluso después de que el gerente se fuera en otra elección. Julia lo cruzaba en el ascensor, en la cocina a la hora del almuerzo, en los pasillos, pero sebía muy poco de él, Franco no hablaba de más. Tenía un auto que no correspondía a su sueldo declarado y una camisa siempre planchada un jueves cualquiera. A Julia le gustaba, pero él no parecía comunicativo y ella no encontraba la forma de acercarse.
La ocasión llegó de forma inesperada, en pleno verano húmedo y agobiante de Buenos Aires, con una invitación que apareció por WhatsApp en el grupo de las doce personas que trabajaban en el piso: "Asado en mi estancia este domingo. Zona Escobar. Hay pileta y hay monte para los que quieran pasear. Bajan del tren en Ing. Maschwitz y los busco."
Nadie sabía que Franco tenía una estancia. Nadie preguntó por qué la invitación. Alguno comentó que capaz era su cumpleaños. Varios estaban de vacaciones, pero siete confirmaron, entre ellos obviamente, Julia.
El camino de tierra entraba entre árboles viejos, de esos que crecen torcidos porque el viento del río no les da tregua. La casa era baja, de tejas coloradas de adobe, con una galería larga mirando al monte y un asador de ladrillo ennegrecido por generaciones de fuego. Contra la pared de la galería había sillas de mimbre frente a una mesa para ver el atardecer y un rifle. Franco explicó mientras acomodaba la carne, que el campo había sido de un bisabuelo, cazador —de ahí el rifle—, que traía gente de la city a matar ciervos en los años treinta. Y era bueno tenerlo cerca para espantarlos.
— Mi bisabuelo siempre vivió aquí solo— comentó. 
—Igual que mi padre, solo conmigo. Aprendí a vivir así.
Nadie preguntó sobre su madre, parecía invasivo a la intimidad de un tipo tan callado que hoy se abría como nunca a la conversación.
— ¿Y el monte es ese? —dijo Gerardo, llenando el vacío y señalando un bosque de talas.
— Podemos ir a caminar luego, quedan senderos que conozco adonde avistar ciervos— dijo. —Aunque yo los uso para correr.
Comieron y conversaron. Franco, pese a ser algo parco, resultó un excelente anfitrión. Hablaron de formas de vida, de la tranquilidad del campo, de hobbies. Nadie habló de la oficina. Después la pileta impuso un momento de diversión que no necesitaba palabras, aunque hubo algunas miradas de reconocimiento, gente que no se veía mas que en la oficina se redescubría diferente en una tarde de agua y risas. Julia lo vio salir del agua y pensó que nunca lo había visto sin la camisa planchada; tenía una cicatriz algo torcida en la espalda en un omóplato, de esas que no ocurren en un ascensor, y eso le resultó realmente atractivo
A las siete de la tarde ya quedaban pocos. Alguien se había ido en combi mas temprano por el partido de Boca. Otros, se iban en sus autos. Julia preguntó quién iba para el centro, si había lugar.
—Yo te llevo después —dijo Franco—. Cuando baje el sol. Así de paso te muestro el monte.
Ella dijo que sí. Al fin Franco tomaba la iniciativa.
Cuando se fueron todos, salieron a caminar. Franco pasó por la galería y levantó el rifle diciendo solamente: —Por si nos molesta algún animal, como quien agarra las llaves antes de salir. Con el arma cruzada al hombro se veía distinto. Seductor, en su papel de cazador.
El monte, ya de cerca, no era lo que parecía desde la galería. Los talas se cerraban sobre el sendero y el pasto crecía más alto que las rodillas. Franco hablaba de los ombúes, de un molle que su bisabuelo nunca dejó cortar, de un arroyo que en verano quedaba reducido a barro seco. Los insectos zumbaban con esa armonía monótona del atardecer bonaerense. El sol pegaba bajo entre los troncos y alargaba las sombras.
—¿Te gusta la caza? —preguntó Franco, cómo retomando un tema.
—Nunca cacé —dijo Julia, y se rió, porque esperaba otra pregunta.
—Pero ¿te gusta? —insistió él.
—Mucho —dijo, porque le pareció la respuesta que él quería.
Franco se detuvo detrás de ella. Sonreía como sonreía siempre en la oficina, sin mostrar los dientes.
—Genial —dijo—. Entonces, corre.
Julia le vio los ojos y entendió. Corrió.
Atrás, entre los talas, escuchó los pasos de Franco entrando al monte, tranquilos, sin apuro, al ritmo exacto de alguien que conoce cada raíz del camino de memoria, el rifle en sus manos.