domingo, 7 de junio de 2026

Refracciones en Marfil y Oro

 



Cuidar a Martín y Emilia (Emi) Pereda se suponía que era un trabajo fácil de una noche para una niñera aprendiz: la tiranía de pedidos de los niños podía ser amortiguada con el control remoto, pochoclos hechos en casa pero con gusto a cine y la seguridad de lograr que los dos niños se durmieran con un cuento antes de la medianoche. Los niños no parecían especialmente problemáticos: Emi tenía ocho años y era un ángel que pintaba sobre la alfombra del living, rodeada de lápices de colores esparcidos como fragmentos de un arcoíris al que Martín, el hermano de doce años, se negaba a acercarse. Martín sí podía ser algo más complicado, o más bien era la típica pesadilla adolescente en su estado más puro: un solipsismo eléctrico manifestado en su obsesión por la pantalla del teléfono, donde cada uno de mis intentos de conversación era recibido con un gruñido, una respuesta monocorde, o un suspiro dramático de superioridad generacional.
Convine con la madre que los cuidaría esa noche, y acordamos el precio.
—Bueno chicos, los dejo con Nora.
La señora Pereda me dejó con los chicos que me miraban con ojos bien abiertos. Dos segundos. Al momento Emi fue a buscar los lápices y un dibujo para mostrarme, y Martín se refugió en su celular.
Después de un rato intenté puentear ese vacío con unos bocaditos, pero mi oferta fue desestimada con una sonrisa que no llegó a sus ojos oscuros, fijos en la pantalla mientras murmuraba un "No hay nada rico".
Después sugerí una "noche de película" con los consabidos pochoclos, pero Martín me sorprendió con una propuesta:
—Juguemos a las escondidas.
Soy inexperta pero tengo sentido común; la casa es enorme y perder uno de los chicos entre las habitaciones no era para nada un plan que me interesara.
—Hagamos un equipo de exploración mejor.
Los dos chicos se miraron.
—¿Cómo? —dijo Emi.
—Van a su habitación, se disfrazan de exploradores y vamos a recorrer la casa con una linterna.
Pensé que eso podía entretenerlos un ratito y poder llevarlos a ver una peli después. Me sorprendió Martín, que aceptó de inmediato y a los pocos minutos aparecía con una campera de jean de muchos bolsillos, pantalones cargo y borcegos. Y un pañuelo al cuello. Estilo explorador dandy.
Fuimos a buscar a Emi, que salía de su habitación con un sombrero, un saco grueso, botas de lluvia y alas de hada en la espalda. Bueno.
—¡Vamos! —dijo Martín sin dudar y se dirigió a uno de los pasillos; pasamos el comedor y una habitación de huéspedes. Yo no quería que fuéramos muy lejos, lo mejor era jugar cerca, pero me sorprendía que Martín no había dicho qué era lo que íbamos a buscar.
Había un escalofrío en el aire de la casa Pereda, un olor antiguo que no provenía de la noche de otoño afuera; de pronto no me pareció tan interesante recorrerla con las luces apagadas y una linterna. Llegamos a una biblioteca.
Se dirigió casi directamente al estudio de su padre. Probó la cerradura. Intenté detenerlo.
—Martín, creo que tu papá no querría que jugáramos allí.
No era necesario; estaba cerrado.
Martín se desilusionó de inmediato.
—¿Qué buscabas? —pregunté.
Pero no me lo dijo; regresó a la sala con los ojos nuevamente capturados por su celular.
No lograba una comunicación, pero era un puesto de una noche, tampoco era importante. Serví unos sanguchitos, le puse un rato la tele a Emi. No se escuchaban risas, sólo el silencio que Martín imponía, como si estuviera custodiando un secreto que se negaba a compartir.
Cuando llegó la hora de acostarse, la resistencia fue pasiva. Un "Claro que sí", arrastrado con indiferencia de Martín, mientras Emilia, que ya estaba cabeceando, sonrió; una inocencia que contrastaba con la indiferencia del hermano.
Una vez que las puertas se cerraron arriba en las habitaciones de los nenes, la casa se tranquilizó. Me quedé en la sala de entrada de la planta baja, con los ojos en la televisión pero los oídos calibrados para cualquier sonido en la escalera. Hubo suaves crujidos. Pero no como pisadas sino los viejos huesos de la casa Pereda quejándose bajo el aire acondicionado. Los padres llegaron tarde, felices y con los ojos agradecidos y un pago que el Sr. Pereda me entregó con una sonrisa cansada que fue un bálsamo para mi ansiedad silenciosa.
—¿Hubo algún problema?
—No, nada, comieron unos sandwiches y se fueron a dormir.
—Subo a verlos.
La señora Martha regresó de verlos:
—Tapados y dormidos. Muchas gracias, buenas noches.
Me fui a mi casa creyendo que el trabajo estaba bien hecho, sin sospechar que un desastre ya se había activado.
La mañana siguiente fue un click metálico de llamada en el teléfono. La voz del Sr. Pereda al otro lado estaba tensa, hirviendo a fuego lento en una ira controlada que se sentía extraña comparada con el agradecimiento de la noche anterior. Sin preámbulos, soltó la acusación:
—Martín me dijo que anoche vinieron amigos a casa. Y él estuvo encerrado en su cuarto todo el tiempo para no molestarlos.
Mi estómago se revolvió en un pánico frío.
—¿Amigos? ¡No, Sr. Pereda! Eso no es cierto.
Mi voz salió temblorosa, una defensa que se sentía vacía frente a la solidez de la aseveración de él. Parecía escucharme, o tal vez no quería.
—¿Y de dónde sacó Martín semejante historia?
El Sr. Pereda fue cortante cuando continuó:
—Usted trajo amigos. Martín estuvo encerrado.
Sentí que la injusticia me quemaba la cara en una mezcla de ira e incredulidad.
Cortó.
Las sirenas de policía y el timbre en mi puerta fueron lo siguiente que escuché.
Me llevaron a la casa; aún con una acusación no había pruebas, pero el poder de los Pereda movía influencias rápidamente.
Me recibieron con una mirada torva, amenazadora. El problema no hacía más que empezar:
—Usted y sus amigos robaron el Camafeo Pereda de mi estudio. Era una joya familiar, un perfil de matriarca tallado en marfil sobre una base de oro, algo que está en mi familia desde hace generaciones. Acabo de revisar después de cortar con usted, y el camafeo está desaparecido.
Tratando de encontrar un poco de calma entre tanta locura, recordé lo obvio.
—Sr. Pereda, ¿y las cámaras de seguridad? Yo sé que anoche la puerta del estudio estaba cerrada con llave, seguramente usted la abrió esta mañana.
Mi sugerencia fue un disparo de esperanza, la certeza de que la tecnología me salvaría. Hubo una pausa. ¿Tendrían cámaras?
Los policías lo miraron.
—Las revisaremos —dijo. Algo en su cara cambió, como uniendo piezas.
—Pero por ahora, por favor, no vuelva a contactar con nosotros. Llegado el caso la policía le informará.
El sonido de la puerta al cerrarse fue definitivo, un martillazo que selló mi despido y el fin de cualquier resolución amigable de ese malentendido brutal.
Me quedé en el silencio de la entrada, con las manos temblorosas, los policías pidiéndome disculpas y ofreciendo acercarme nuevamente a mi casa. Ya en el departamento me quedé repasando la noche una y otra vez. ¿Por qué mentiría Martín? ¿Qué estaba tramando? El mundo estaba al revés, yo estaba en medio de un juego extraño que no lograba entender. No lograba entender.
Martín estaba en su estudio cuando el Sr. Pereda se acercó. El Sr. Pereda no había revisado las cámaras; la mentira de Martín sobre la cuidadora y sus amigos había sido una herramienta efectiva para alejarlo del estudio en donde se encontraba cuando Martín le habló, para hacerlo correr al teléfono y ahora estaba encerrado realmente en la habitación que custodiaba los secretos de su padre.
Intentó entrar al estudio pero estaba cerrado por dentro.
Muy difícil forzar la puerta de roble macizo, con un sistema de seguridad moderno, pero él tenía otra llave colgada al cuello, como todos los primeros hijos varones de su dinastía. La advertencia. Recordaba lo que había dicho su padre cuando se la había dado a los trece años. No había llegado aún a tener esa charla con Martín.
Entró.
El camafeo estaba en el suelo. El perfil de la joya, tallado en marfil con precisión quirúrgica, brillaba sobre el oro. La reliquia seguía ahí, un ancla en su familia.
Entonces sí, sin tocarlo, miró la cámara del estudio.
Vio a Martín volver a entrar al estudio mientras él hablaba con la niñera.
Martín tomó el camafeo Pereda con reverencia. Sus dedos recorrieron el perfil de la matriarca, ese relieve suave y frío. Y entonces, los rasgos de Martín empezaron a aplanarse, su piel adolescente a endurecerse en una superficie aséptica, blanca y lisa. La quietud mineral de un relieve eterno. Martín Pereda, el adolescente que había inventado la mentira perfecta, se transformó en marfil sobre una base de oro, quedando grabado para siempre en la misma joya familiar que su propia invención había pretendido proteger. El camafeo Pereda ya no tenía un perfil de matriarca; ahora mostraba el rostro eterno de un niño que había mentido tanto que se había convertido en su propio castigo, tallado en la eternidad de un marfil que miraba sin parpadear, como se mira un teléfono móvil.



lunes, 9 de marzo de 2026

Espero que los nuevos vecinos no necesiten una aspiradora

 


Mi amigo se compró una nueva aspiradora para pisos automática, con control manual y automático y hasta cámara infrarroja en un sitio de ventas chino, muy, muy barata. Cuando me la mostró me dijo que el sistema le pasaba un plano de por donde iba, y un registro de esto al teléfono. Pero cuando instalé la app en mi teléfono para "jugar" un rato, la aspiradora respondía a los dos. A él y a mí. Noté que era por el protocolo de conexión: señal abierta. Sin contraseña. Sin encriptación. Podíamos pelearnos el control desde extremos distintos del departamento. Bromeamos con comprar dos y hacer batallas de robots. Nos comportamos como adolescentes durante una hora.
Pero en algún momento de esa tarde le conté mi problema, me tenía que mudar de departamento porque mi vecino de arriba era músico o creía serlo, y se pasaba tocando con su banda todos los fines de semana y a veces practicando durante la semana, era imposible vivir en el piso de abajo. Ruidos, música, gritos. Y a eso se sumaba su costumbre de levantarse en mitad de la noche y caminar descalzo, el impacto de los talones contra el piso de madera, ya ni con pastillas lograba dormir.
Esa tarde, cuando volví a casa y escuché el estruendo ya desde el pasillo — antes de abrir la puerta —, tuve la idea.
Encargué una aspiradora igual a la de mi amigo, esperé la compra y finalmente llegó. La configuré con cuidado: notificaciones activadas, cámara habilitada, señal abierta — como correspondía. Después la envolví en papel de regalo, escribí el nombre del vecino en un sobre y dejé el paquete en el correo del edificio sin que nadie lo notara.
Finalmente a la noche recibí una notificación: la aspiradora ya funcionaba. A través de la cámara vi su living en blanco y negro infrarrojo: muebles, alfombra, una guitarra eléctrica apoyada contra la pared. Él la había puesto en modo automático y la dejó limpiando. 
Esperé dos días.
La tercera noche me despertó como siempre: saltando de la cama, el golpe sordo de los talones contra la madera. Me senté en la cama. Encendí la pantalla. La aspiradora negra estaba quieta en un rincón de la habitación principal, todo estaba a oscuras pero la cámara infrarroja lo veía todo con esa frialdad que tienen las imágenes nocturnas: sin color, sin calor.
Lo vi salir de la cama.
Tomé el control y moví la aspiradora despacio, sin apuro, hasta posicionarla frente a la puerta del baño. Calculé el ángulo. Esperé.
Cuando salió, la deslicé con precisión justo bajo su pie.
El golpe fue seco. Escuché — o imaginé escuchar, a través del techo — el impacto contra algo duro. El lavatorio, quizás. O el borde del inodoro. Después el sonido de una caída que no tuvo rebote.
Silencio.
Encendí la cámara. La imagen tardó un segundo en estabilizarse.
La cámara de la aspiradora tomaba el cuerpo sin vida tirado en el baño. La aspiradora seguía funcionando, pese al pisotón. La guié de vuelta a su rincón en la habitación principal. Apagué la pantalla.
Se acabaron los ruidos, espero que los nuevos vecinos no necesiten una aspiradora.


Basado en la nota: https://www.infobae.com/tecno/2026/03/08/hackeo-7000-robots-aspiradoras-con-un-control-de-playstation-y-ahora-tiene-usd-30000-en-su-cuenta/










martes, 24 de febrero de 2026

Diario de una joven música

 


15 de septiembre
Mi profe de armonía dice que re menor es la nota más triste. Algo sobre frecuencias y no sé qué. Honestamente no le presté mucha atención porque estaba pensando en Julián.
Julián no entiende nada de música y también por eso me gusta. Ayer vino a verme practicar y se quedó parado junto al piano mientras yo 'estiraba los dedos' con Preludio en Do Mayor de Bach, y me dijo que cuando toco "se ve bonito". Así nomás. No como mis compañeros del conservatorio que analizan todo hasta arruinarlo.
Hoy cuando salí nos besamos detrás del auditorio, en una pausa. Hacía calor y entraba el sol por las ventanas. Me temblaban las manos después, cuando volví a tocar. Casi me equivoco en una parte super fácil de Mozart porque no podía dejar de sonreír como idiota.
Guardé el mensaje que me mandó Juli a la noche. Lo leí como diez veces.

20 de octubre
Peleámos ayer. Por algo estúpido —yo no le contesté rápido porque estaba practicando— y se enojó. Yo estaba en un ensayo importante y tenía el teléfono en silencio. Cuando salí tenía como siete mensajes de él y el último decía "ya veo que estoy sólo en esto".
Cuando nos vimos traté de explicarle que el conservatorio es exigente, que tengo el exámen de fin de año esta semana, que no es con él. Pero me cortó mal, con bronca: — Siempre es el piano, siempre. Yo también tengo cosas que hacer, ¿sabés? Salgo del taller muerto de cansado y me hago tiempo para estar con vos. Pero vos vivís en tu mundo de partituras y no te das cuenta de nada más"
Me dolió porque tiene un poco de razón y al mismo tiempo no la tiene. La música no es algo que hago para alejarme de él, ¡es parte de quién soy! Pero tampoco supe decírselo así. Solo le dije "no es justo..." y él se fue. Se fue antes de que terminara de hablar dejandome con la explicación en los labios, cerró la puerta fuerte y me quedé ahí parada como tonta.
Después me senté a tocar pero no pude concentrarme. Mis acordes en el piano sonaban como quejas desafinadas y me distraía viendo constantemente el WhatsApp a ver si me escribía.
No sé si le importa tanto lo nuestro como a mí. No sé si sabe lo que me importa estar con él. 

2 de noviembre
Está lloviendo horrible. Estoy en el conservatorio practicando el Réquiem de Mozart para el examen. Es medio pesado, re menor, esas cosas tristes que a veces nos hacen tocar. A mi me gustan los acordes de la Primavera, pero esto es lo que pusieron para el examen.
Julián me llamó hace rato. Sonaba raro, como preocupado. Dijo que venía para acá en la moto para hablar. Para 'hablar', eso siempre es malo, le dije que no venga, que estaba lloviendo mucho, pero él nunca escucha.
Ahora estoy esperando y tratando de practicar pero no puedo concentrarme. Cada vez que escucho un ruido pienso que es él llegando. Tarda.
[Más tarde]
No puedo escribir.
Me llamó la mamá de Julián. Hubo un accidente. Un auto de frente no lo vio en la lluvia.
Dijeron que fue rápido, no sé si eso se supone que me tiene que hacer sentir mejor. Si es así, no funciona. Ahora estoy en mi cuarto: escucho del otro lado de la puerta a mis papás hablando bajito, creo que no saben qué decirme.
Sigo viendo nuestros mensajes. El último dice "Ya salgo", me escribió. "Voy despacio, no pasa nada. Te amo". Hace cinco horas.
No sé qué hacer. Me duele todo, como si fuera físico, como si la que hubiera chocado fuera yo y algo se hubiera roto adentro mío y no sé cómo arreglarlo.
Mañana tengo el ensayo final antes del examen en el conservatorio, no puedo ir. No sé si puedo volver a tocar ese Réquiem nunca mas.
¿Tan importante era lo que me iba a decir? ¿Por qué no lo convencí de quedarse en su casa?
¿Por qué no me escuchó, por qué peleamos? Ya no me acuerdo, la última vez que nos viemos fue hace tres días y estábamos enojados y...
Mozart no pudo terminar el Réquiem. Ahora entiendo por qué. Hay cosas que no se pueden transcribir. Hay silencios que ninguna partitura puede contener.
Re menor.
La nota más triste.
El sonido de su nombre cuando nadie responde.



martes, 3 de febrero de 2026

911

 


El teléfono sonó una sola vez.
—Policía, ¿qué ocurre?
—Mis papás están peleando —dijo una voz de nena—. Tengo miedo.
El oficial miró la pantalla: Lanús Oeste.
—Tranquila, ya sé dónde estás. Contame qué pasa.
—Estoy en la cocina... papá insulta, mamá grita. Se rompió algo de vidrio. Creo que se están lastimando.
El operador ya estaba llamando al móvil más cercano.
—Listo, ya va un patrullero. Quedate conmigo al teléfono. ¿Estás lastimada? ¿Por qué pelean?
Hubo un silencio largo. Demasiado largo.
—Creo que es por mi culpa.
—¿Cómo por tu culpa?
La voz se volvió un susurro.
—Se echan la culpa porque me morí.



domingo, 28 de diciembre de 2025

Aplicación de sueño

 


Mi reloj inteligente llegó justo a tiempo. Vivo sola y necesitaba saber si ronco por las noches, hoy lo configuré para grabar sonidos durante el sueño.

A la mañana siguiente reviso la grabación, hay un pico cerca de las 3 a.m. Se escucha mi respiración pausada, profunda. Luego el chirrido del armario al abrirse, pasos descalzos sobre la madera, la puerta de mi cuarto. Más pasos bajando la escalera, el tintineo de platos en la cocina, los pasos regresan. El armario se cierra de golpe.

No ronqué en toda la noche.


Para ver esta historia en video: 
Aplicación de sueño . YouTube



















viernes, 19 de diciembre de 2025

El Juego del Silencio

 


Dejaron de hablar. Todos, al mismo tiempo.
Era en octubre de 1987, un jardín de infantes en Marblehead, EE.UU., cercano a Salem, cuando una maestra reportó algo imposible: 19 niños entre 4 y 5 años dejaron de hablar durante exactamente 72 horas.
No lloraban. No gritaban. Solo se sentaban en círculo durante el recreo, moviendo los labios en silencio absoluto, como si estuvieran ensayando algo.
Las maestras intentaron separarlos, cuando los soltaban los niños volvían a formar el círculo.
Los pediatras no encontraron nada. Los médicos confirmaron que las cuerdas vocales estaban intactas.
Al tercer día, a las 3:33 p. m., todos hablaron al unísono:
"Ya aprendimos. Ahora le toca a alguien más."
A partir de ese momento, se comportaron como chicos normales, durante el día.
Pero al día siguiente, la directora del jardín no regresó a su casa. La encontraron tres días después en el sótano de la escuela, sentada en posición fetal, aún viva, con los ojos cerrados, obnubilada. Apuntaba a la pared, como si la mirara ciegamente.
No volvió a hablar nunca más. Nunca más abrió los ojos.
Y fue cuando revisaron las cámaras de seguridad, que vieron algo que hizo que cerraran el jardín de forma permanente:
La directora arrastraba a un niño al sótano mientras los niños hacían la siesta, se alcanzó a ver al niño puesto mirando la pared. Luego la cámara capta a los otros 18 niños entrando al sótano en fila india, tomados de la mano, a sus espaldas. El reloj marcaba las 3:33 p. m.
Formaron un círculo alrededor de ella, moviendo los labios en silencio.
Y la directora inmóvil... respondiendo con señas.
Las cámaras no alcanzaron a tomar nada más, las pesquisas encontraron cables quemados y un olor acre a electricidad.
Los archivos médicos revelan que los 19 niños de forma independiente desarrollaron el mismo tic nervioso años después: movían los labios sin sonido cada vez que veían su propio reflejo.
Como si estuvieran practicando algo.
Como si todavía estuvieran en el círculo.

sábado, 22 de noviembre de 2025

18:15

 


Primavera en Buenos Aires. El aire tibio se siente soplando entre los edificios de Congreso mientras subo al colectivo. Salí puntual y el colectivo llegó en seguida, son 18:05. El saco me pesa sobre los hombros, la camisa se siente algo transpirada y sin duda algo arrugada después de nueve horas frente a la computadora.

El colectivo va lleno. Me agarro del caño vertical junto a un asiento individual. Una chica joven ocupa el lugar, los ojos fijos en la pantalla del celular, el pelo castaño cayéndole sobre la cara.
Miro más adelante: cerca de la puerta del medio, hay otra mujer de pie. Vestido verde, informal, pero con cierta elegancia, algo fuera de época. Cabello oscuro, ojos verdes que parecen mirar sin mirar. Me llama la atención porque en el vaivén del colectivo no se sujeta a nada. Ella permanece inmóvil, como si el movimiento no la alcanzara. Acaso una bailarina.
La chica del asiento se lleva una mano a la cara. Sus hombros tiemblan apenas. Trata de esconderlo, pero las lágrimas corren silenciosas por sus mejillas.
—¿Estás bien? —le pregunto en voz baja.
Levanta la vista. Me mira con los ojos brillantes, enrojecidos, y entonces sonríe. Una sonrisa explosiva, luminosa.
—Sí —susurra—. Sí, estoy bien. ¡Muy bien! — sonríe radiante mientras se limpia las lágrimas con  la mano— Hace casi dos años que vengo peleando con una leucemia. Hoy me confirmaron que no hay rastros. Nada. Estoy curada.Acabo de recibir los resultados.
Le devuelvo la sonrisa. Algo lindo me sube por el pecho.
—¡Es genial! ¡Felicitaciones!
Ella asiente, los ojos perdidos en algún punto más allá de la ventanilla, como si recién ahora pudiera ver el futuro.
—Ahora sí puedo pensar en todo lo que venía posponiendo. No podía pensar en nada, no quería ni soñar en ponerme de conocera a alguien, ponerme de novia, casarme, viajar... —me mira de nuevo—. Siempre quise conocer Japón. Los cerezos en flor, ¿sabés? Cómo en los videos. Pero tenía miedo de hacer planes. Miedo de que no hubiera tiempo.
—Ahora sí, tenés todo el tiempo del mundo —le digo.
Ella mira hacia adelante, hacia la ventanilla.
—Es mi parada. Sonríe otra vez, iluminando el día.
Se levanta. Yo me deslizo para sentarme en el asiento todavía tibio. El colectivo avanza, ella camina hacia el centro buscando la puerta del medio.
Y entonces suena un bocinazo brutal. Un grito afuera. El frenazo.
El colectivo se detiene con violencia, una sacudida que nos lanza a todos hacia adelante. Un breve ruido sordo de metal. Un vidrio que estalla en algún lugar.
La chica estaba en el escalón central, a punto de bajar a la calle. El frenazo brutal la desequilibró y la lanzó de cabeza contra el mismo caño metálico del que yo me había sujetado minutos antes. El sonido del golpe en la cabeza es seco, definitivo. Su cuerpo se desploma. Un segundo de silencio absoluto antes de que empiecen los gritos. Ya no hay tiempo para los cerezos en flor.
No hubo otras víctimas, mas allá de algunos golpes. Llegó la policía, una ambulancia. Retuvieron a los pasajeros, todos conmocionados, mientras los médicos atendían los golpes y el susto, el colectivo fué vaciándose de a poco. Me quedo en la vereda hasta que se llevan el cuerpo cubierto con una lona amarilla. El chofer llora con las manos sobre el volante.
Camino hacia casa por Avenida Rivadavia, las piernas me tiemblan. La ciudad sigue como si nada. El tráfico, las luces de neón empezando a encenderse, la gente apurada. Una vida menos, olvidada de inmediato.
Un segundo. Un solo segundo para pasar de la muerte a la vida, de la vida a la muerte. Dos años peleando, y todo se derrumba en un frenazo. El novio soñado que nunca tendrá. El viaje que nunca hará. Todo un futuro trunco.
La chica de vestido verde sigue de pie junto a la puerta. No se movió durante el choque, aunque nadie le prestó atención. Sabe hacer que nadie le preste atención. Miró el cuerpo en la ambulancia con la misma expresión serena de quien observa una escena que ya conoce de memoria. Se quedó cerca, pero no mucho, aunque la siguió con su mirada fija, paciente. Triste.
Algunos la llaman Perséfone. La mayoría simplemente, Muerte.
Camina por Buenos Aires como quien cumple un turno en la oficina. Siempre puntual. Siempre presente. No le gusta su trabajo, al menos, no lo disfruta. Observando desde el rincón del colectivo, desde la esquina de la calle, desde una mesa de café.
Esperando. Porque para ella, todos tenemos una parada.