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domingo, 30 de agosto de 2026

Gnomos

 


En mi casa, cuando se pierde algo —una cucharita de té, una media— decimos que se la llevaron los gnomos. Después aparece en otro lugar. O reaparece allí mismo, unos días más tarde.

No son gnomos, por supuesto. Pero tampoco distracción. Las cucharitas llegan algo torcidas. Alguna media llega acortada. El aire se enfría apenas, justo donde va a pasar.
Es un agujero negro diminuto que recorre la casa, absorbiendo objetos y torciendo un poco el espacio-tiempo a su paso.

Con el tiempo, nos dimos cuenta de lo que pasaba: fue cuando desapareció una de mis primas.
Igual seguimos diciendo que son los gnomos. Es más fácil de explicar en la mesa familiar.

sábado, 22 de agosto de 2026

Una camisa planchada un jueves

 


Franco Aldao trabajaba como contable, edificio de empresa estatal, piso nueve, y nadie sabía muy bien qué hacía. Había llegado como consultor junto a un gerente en un cambio de gobierno y se quedó en la oficina incluso después de que el gerente se fuera en otra elección. Julia lo cruzaba en el ascensor, en la cocina a la hora del almuerzo, en los pasillos, pero sebía muy poco de él, Franco no hablaba de más. Tenía un auto que no correspondía a su sueldo declarado y una camisa siempre planchada un jueves cualquiera. A Julia le gustaba, pero él no parecía comunicativo y ella no encontraba la forma de acercarse.
La ocasión llegó de forma inesperada, en pleno verano húmedo y agobiante de Buenos Aires, con una invitación que apareció por WhatsApp en el grupo de las doce personas que trabajaban en el piso: "Asado en mi estancia este domingo. Zona Escobar. Hay pileta y hay monte para los que quieran pasear. Bajan del tren en Ing. Maschwitz y los busco."
Nadie sabía que Franco tenía una estancia. Nadie preguntó por qué la invitación. Alguno comentó que capaz era su cumpleaños. Varios estaban de vacaciones, pero siete confirmaron, entre ellos obviamente, Julia.
El camino de tierra entraba entre árboles viejos, de esos que crecen torcidos porque el viento del río no les da tregua. La casa era baja, de tejas coloradas de adobe, con una galería larga mirando al monte y un asador de ladrillo ennegrecido por generaciones de fuego. Contra la pared de la galería había sillas de mimbre frente a una mesa para ver el atardecer y un rifle. Franco explicó mientras acomodaba la carne, que el campo había sido de un bisabuelo, cazador —de ahí el rifle—, que traía gente de la city a matar ciervos en los años treinta. Y era bueno tenerlo cerca para espantarlos.
— Mi bisabuelo siempre vivió aquí solo— comentó. 
—Igual que mi padre, solo conmigo. Aprendí a vivir así.
Nadie preguntó sobre su madre, parecía invasivo a la intimidad de un tipo tan callado que hoy se abría como nunca a la conversación.
— ¿Y el monte es ese? —dijo Gerardo, llenando el vacío y señalando un bosque de talas.
— Podemos ir a caminar luego, quedan senderos que conozco adonde avistar ciervos— dijo. —Aunque yo los uso para correr.
Comieron y conversaron. Franco, pese a ser algo parco, resultó un excelente anfitrión. Hablaron de formas de vida, de la tranquilidad del campo, de hobbies. Nadie habló de la oficina. Después la pileta impuso un momento de diversión que no necesitaba palabras, aunque hubo algunas miradas de reconocimiento, gente que no se veía mas que en la oficina se redescubría diferente en una tarde de agua y risas. Julia lo vio salir del agua y pensó que nunca lo había visto sin la camisa planchada; tenía una cicatriz algo torcida en la espalda en un omóplato, de esas que no ocurren en un ascensor, y eso le resultó realmente atractivo
A las siete de la tarde ya quedaban pocos. Alguien se había ido en combi mas temprano por el partido de Boca. Otros, se iban en sus autos. Julia preguntó quién iba para el centro, si había lugar.
—Yo te llevo después —dijo Franco—. Cuando baje el sol. Así de paso te muestro el monte.
Ella dijo que sí. Al fin Franco tomaba la iniciativa.
Cuando se fueron todos, salieron a caminar. Franco pasó por la galería y levantó el rifle diciendo solamente: —Por si nos molesta algún animal, como quien agarra las llaves antes de salir. Con el arma cruzada al hombro se veía distinto. Seductor, en su papel de cazador.
El monte, ya de cerca, no era lo que parecía desde la galería. Los talas se cerraban sobre el sendero y el pasto crecía más alto que las rodillas. Franco hablaba de los ombúes, de un molle que su bisabuelo nunca dejó cortar, de un arroyo que en verano quedaba reducido a barro seco. Los insectos zumbaban con esa armonía monótona del atardecer bonaerense. El sol pegaba bajo entre los troncos y alargaba las sombras.
—¿Te gusta la caza? —preguntó Franco, cómo retomando un tema.
—Nunca cacé —dijo Julia, y se rió, porque esperaba otra pregunta.
—Pero ¿te gusta? —insistió él.
—Mucho —dijo, porque le pareció la respuesta que él quería.
Franco se detuvo detrás de ella. Sonreía como sonreía siempre en la oficina, sin mostrar los dientes.
—Genial —dijo—. Entonces, corre.
Julia le vio los ojos y entendió. Corrió.
Atrás, entre los talas, escuchó los pasos de Franco entrando al monte, tranquilos, sin apuro, al ritmo exacto de alguien que conoce cada raíz del camino de memoria, el rifle en sus manos.



domingo, 7 de junio de 2026

Refracciones en marfil y oro

 



Cuidar a Martín y Emilia (Emi) Pereda se suponía que era un trabajo fácil de una noche para una niñera aprendiz: la tiranía de pedidos de los niños podía ser amortiguada con el control remoto, pochoclos hechos en casa pero con gusto a cine y la seguridad de lograr que los dos niños se durmieran con un cuento antes de la medianoche. Los niños no parecían especialmente problemáticos: Emi tenía ocho años y era un ángel que pintaba sobre la alfombra del living, rodeada de lápices de colores esparcidos como fragmentos de un arcoíris al que Martín, el hermano de doce años, se negaba a acercarse. Martín sí podía ser algo más complicado, o más bien era la típica pesadilla adolescente en su estado más puro: un solipsismo eléctrico manifestado en su obsesión por la pantalla del teléfono, donde cada uno de mis intentos de conversación era recibido con un gruñido, una respuesta monocorde, o un suspiro dramático de superioridad generacional.
Convine con la madre que los cuidaría esa noche, y acordamos el precio.
—Bueno chicos, los dejo con Nora.
La señora Pereda me dejó con los chicos que me miraban con ojos bien abiertos. Dos segundos. Al momento Emi fue a buscar los lápices y un dibujo para mostrarme, y Martín se refugió en su celular.
Después de un rato intenté puentear ese vacío con unos bocaditos, pero mi oferta fue desestimada con una sonrisa que no llegó a sus ojos oscuros, fijos en la pantalla mientras murmuraba un "No hay nada rico".
Después sugerí una "noche de película" con los consabidos pochoclos, pero Martín me sorprendió con una propuesta:
—Juguemos a las escondidas.
Soy inexperta pero tengo sentido común; la casa es enorme y perder uno de los chicos entre las habitaciones no era para nada un plan que me interesara.
—Hagamos un equipo de exploración mejor.
Los dos chicos se miraron.
—¿Cómo? —dijo Emi.
—Van a su habitación, se disfrazan de exploradores y vamos a recorrer la casa con una linterna.
Pensé que eso podía entretenerlos un ratito y poder llevarlos a ver una peli después. Me sorprendió Martín, que aceptó de inmediato y a los pocos minutos aparecía con una campera de jean de muchos bolsillos, pantalones cargo y borcegos. Y un pañuelo al cuello. Estilo explorador dandy.
Fuimos a buscar a Emi, que salía de su habitación con un sombrero, un saco grueso, botas de lluvia y alas de hada en la espalda. Bueno.
—¡Vamos! —dijo Martín sin dudar y se dirigió a uno de los pasillos; pasamos el comedor y una habitación de huéspedes. Yo no quería que fuéramos muy lejos, lo mejor era jugar cerca, pero me sorprendía que Martín no había dicho qué era lo que íbamos a buscar.
Había un escalofrío en el aire de la casa Pereda, un olor antiguo que no provenía de la noche de otoño afuera; de pronto no me pareció tan interesante recorrerla con las luces apagadas y una linterna. Llegamos a una biblioteca.
Se dirigió casi directamente al estudio de su padre. Probó la cerradura. Intenté detenerlo.
—Martín, creo que tu papá no querría que jugáramos allí.
No era necesario; estaba cerrado.
Martín se desilusionó de inmediato.
—¿Qué buscabas? —pregunté.
Pero no me lo dijo; regresó a la sala con los ojos nuevamente capturados por su celular.
No lograba una comunicación, pero era un puesto de una noche, tampoco era importante. Serví unos sanguchitos, le puse un rato la tele a Emi. No se escuchaban risas, sólo el silencio que Martín imponía, como si estuviera custodiando un secreto que se negaba a compartir.
Cuando llegó la hora de acostarse, la resistencia fue pasiva. Un "Claro que sí", arrastrado con indiferencia de Martín, mientras Emilia, que ya estaba cabeceando, sonrió; una inocencia que contrastaba con la indiferencia del hermano.
Una vez que las puertas se cerraron arriba en las habitaciones de los nenes, la casa se tranquilizó. Me quedé en la sala de entrada de la planta baja, con los ojos en la televisión pero los oídos calibrados para cualquier sonido en la escalera. Hubo suaves crujidos. Pero no como pisadas sino los viejos huesos de la casa Pereda quejándose bajo el aire acondicionado. Los padres llegaron tarde, felices y con los ojos agradecidos y un pago que el Sr. Pereda me entregó con una sonrisa cansada que fue un bálsamo para mi ansiedad silenciosa.
—¿Hubo algún problema?
—No, nada, comieron unos sandwiches y se fueron a dormir.
—Subo a verlos.
La señora Martha regresó de verlos:
—Tapados y dormidos. Muchas gracias, buenas noches.
Me fui a mi casa creyendo que el trabajo estaba bien hecho, sin sospechar que un desastre ya se había activado.
La mañana siguiente fue un click metálico de llamada en el teléfono. La voz del Sr. Pereda al otro lado estaba tensa, hirviendo a fuego lento en una ira controlada que se sentía extraña comparada con el agradecimiento de la noche anterior. Sin preámbulos, soltó la acusación:
—Martín me dijo que anoche vinieron amigos a casa. Y él estuvo encerrado en su cuarto todo el tiempo para no molestarlos.
Mi estómago se revolvió en un pánico frío.
—¿Amigos? ¡No, Sr. Pereda! Eso no es cierto.
Mi voz salió temblorosa, una defensa que se sentía vacía frente a la solidez de la aseveración de él. Parecía no escucharme, o tal vez no quería.
El Sr. Pereda fue cortante cuando continuó:
—¿Y de dónde sacó Martín semejante historia? — dijo— Usted trajo amigos. Martín estuvo encerrado en su habitación, me lo dijo.
Sentí que la injusticia me quemaba la cara en una mezcla de ira e incredulidad.
Cortó.
Las sirenas de policía y el timbre en mi puerta fueron lo siguiente que escuché.
Me llevaron a la casa; aún con una acusación no había pruebas, pero el poder de los Pereda movía influencias rápidamente.
Me recibieron con una mirada torva, amenazadora. El problema no hacía más que empezar:
—Usted y sus amigos estuvieron haciendo una fiesta anoche. Recíen me encontraba en mi estudio y vino mi hijo a contarmelo. Voy a iniciar una investigación para verificar que no haya habído un robo, ya que me dijo que usted estuvo husmeando en las habitaciones, incluso en mi estudio.
Tratando de encontrar un poco de calma entre tanta locura, recordé lo obvio.
—Sr. Pereda, ¿y las cámaras de seguridad? Yo sé que anoche la puerta del estudio estaba cerrada con llave, seguramente usted la abrió esta mañana.
Mi sugerencia fue un disparo al aire, sin la absoluta certeza de que la tecnología me podría salvar. Hubo una pausa. Una mirada de alarma de él. ¿Tendrían cámaras?, me pregunté. 
Los policías lo miraron.
—Las revisaremos —dijo. Algo en su cara cambió, como uniendo piezas.
—Pero por ahora, por favor, no vuelva a contactar con nosotros. Llegado el caso la policía le informará.
El sonido de la puerta al cerrarse fue definitivo, un golpe abrupto que selló mi despido y el fin de cualquier resolución amigable de ese malentendido brutal.
Me quedé en el silencio de la entrada, con las manos temblorosas, ausente de respuestas, los policías pidiéndome disculpas y ofreciendo acercarme nuevamente a mi casa. Ya en el departamento me quedé repasando la noche una y otra vez. ¿Por qué mentiría Martín? El mundo estaba al revés y yo estaba en medio de un juego extraño que no lograba entender. 
El Sr. Pereda no había necesitado revisar las cámaras; la mentira de  la cuidadora y sus amigos había sido una herramienta efectiva para alejarlo del estudio en donde se encontraba cuando Martín le habló, para hacerlo correr al teléfono y luego a la sala. Ahora Martín estaba encerrado realmente en la habitación que custodiaba los secretos de su padre.
Intentó entrar al estudio pero estaba cerrado por dentro.
Era muy difícil forzar la puerta de roble antiguo macizo, ya que pese a la antiguedad contaba con un sistema de seguridad moderno instalado pero él tenía otra llave colgada al cuello, como todos los primeros hijos varones de su dinastía. Recordaba lo que había dicho su padre cuando se la había dado a los trece años. La advertencia. No había llegado aún a tener esa charla con Martín.
Entró.
El camafeo estaba en el suelo. El perfil de la joya, tallado en marfil con precisión quirúrgica, brillaba sobre el oro. La reliquia seguía ahí, un ancla en su familia.
Entonces sí, sin tocarlo, miró el video de los últimos minutos de la cámara del estudio.
Vio a Martín entrar al estudio mientras él hablaba con la niñera. Lo vió tomar el camafeo Pereda con reverencia. Sus dedos recorrieron el perfil de la matriarca, ese relieve suave y frío. Y entonces, los rasgos de Martín empezaron a aplanarse, su piel adolescente a endurecerse en una superficie aséptica, blanca y lisa. La quietud mineral de un relieve eterno. Martín Pereda, el adolescente que había inventado la mentira perfecta se transformó en un marfil, quedando grabado para siempre en la misma joya familiar de base de oro. El camafeo Pereda ya no tenía un perfil de matriarca; ahora mostraba el rostro eterno de un niño que había mentido de tal forma que se había convertido en su propio castigo, tallado en la eternidad de un marfil que miraba sin parpadear, como se mira un teléfono móvil.



lunes, 9 de marzo de 2026

Espero que los nuevos vecinos no necesiten una aspiradora

 


Mi amigo se compró una nueva aspiradora para pisos automática, con control manual y automático y hasta cámara infrarroja en un sitio de ventas chino, muy, muy barata. Cuando me la mostró me dijo que el sistema le pasaba un plano de por donde iba, y un registro de esto al teléfono. Pero cuando instalé la app en mi teléfono para "jugar" un rato, la aspiradora respondía a los dos. A él y a mí. Noté que era por el protocolo de conexión: señal abierta. Sin contraseña. Sin encriptación. Podíamos pelearnos el control desde extremos distintos del departamento. Bromeamos con comprar dos y hacer batallas de robots. Nos comportamos como adolescentes durante una hora.
Pero en algún momento de esa tarde le conté mi problema, me tenía que mudar de departamento porque mi vecino de arriba era músico o creía serlo, y se pasaba tocando con su banda todos los fines de semana y a veces practicando durante la semana, era imposible vivir en el piso de abajo. Ruidos, música, gritos. Y a eso se sumaba su costumbre de levantarse en mitad de la noche y caminar descalzo, el impacto de los talones contra el piso de madera, ya ni con pastillas lograba dormir.
Esa tarde, cuando volví a casa y escuché el estruendo ya desde el pasillo — antes de abrir la puerta —, tuve la idea.
Encargué una aspiradora igual a la de mi amigo, esperé la compra y finalmente llegó. La configuré con cuidado: notificaciones activadas, cámara habilitada, señal abierta — como correspondía. Después la envolví en papel de regalo, escribí el nombre del vecino en un sobre y dejé el paquete en el correo del edificio sin que nadie lo notara.
Finalmente a la noche recibí una notificación: la aspiradora ya funcionaba. A través de la cámara vi su living en blanco y negro infrarrojo: muebles, alfombra, una guitarra eléctrica apoyada contra la pared. Él la había puesto en modo automático y la dejó limpiando. 
Esperé dos días.
La tercera noche me despertó como siempre: saltando de la cama, el golpe sordo de los talones contra la madera. Me senté en la cama. Encendí la pantalla. La aspiradora negra estaba quieta en un rincón de la habitación principal, todo estaba a oscuras pero la cámara infrarroja lo veía todo con esa frialdad que tienen las imágenes nocturnas: sin color, sin calor.
Lo vi salir de la cama.
Tomé el control y moví la aspiradora despacio, sin apuro, hasta posicionarla frente a la puerta del baño. Calculé el ángulo. Esperé.
Cuando salió, la deslicé con precisión justo bajo su pie.
El golpe fue seco. Escuché — o imaginé escuchar, a través del techo — el impacto contra algo duro. El lavatorio, quizás. O el borde del inodoro. Después el sonido de una caída que no tuvo rebote.
Silencio.
Encendí la cámara. La imagen tardó un segundo en estabilizarse.
La cámara de la aspiradora tomaba el cuerpo sin vida tirado en el baño. La aspiradora seguía funcionando, pese al pisotón. La guié de vuelta a su rincón en la habitación principal. Apagué la pantalla.
Se acabaron los ruidos, espero que los nuevos vecinos no necesiten una aspiradora.


Basado en la nota: https://www.infobae.com/tecno/2026/03/08/hackeo-7000-robots-aspiradoras-con-un-control-de-playstation-y-ahora-tiene-usd-30000-en-su-cuenta/










martes, 3 de febrero de 2026

911

 


El teléfono sonó una sola vez.
—Policía, ¿qué ocurre?
—Mis papás están peleando —dijo una voz de nena—. Tengo miedo.
El oficial miró la pantalla: Lanús Oeste.
—Tranquila, ya sé dónde estás. Contame qué pasa.
—Estoy en la cocina... papá insulta, mamá grita. Se rompió algo de vidrio. Creo que se están lastimando.
El operador ya estaba llamando al móvil más cercano.
—Listo, ya va un patrullero. Quedate conmigo al teléfono. ¿Estás lastimada? ¿Por qué pelean?
Hubo un silencio largo. Demasiado largo.
—Creo que es por mi culpa.
—¿Cómo por tu culpa?
La voz se volvió un susurro.
—Se echan la culpa porque me morí.



domingo, 28 de diciembre de 2025

Aplicación de sueño

 


Mi reloj inteligente llegó justo a tiempo. Vivo sola y necesitaba saber si ronco por las noches, hoy lo configuré para grabar sonidos durante el sueño.

A la mañana siguiente reviso la grabación, hay un pico cerca de las 3 a.m. Se escucha mi respiración pausada, profunda. Luego el chirrido del armario al abrirse, pasos descalzos sobre la madera, la puerta de mi cuarto. Más pasos bajando la escalera, el tintineo de platos en la cocina, los pasos regresan. El armario se cierra de golpe.

No ronqué en toda la noche.


Para ver esta historia en video: 
Aplicación de sueño . YouTube



















viernes, 19 de diciembre de 2025

El Juego del Silencio

 


Dejaron de hablar. Todos, al mismo tiempo.
Era en octubre de 1987, un jardín de infantes en Marblehead, EE.UU., cercano a Salem, cuando una maestra reportó algo imposible: 19 niños entre 4 y 5 años dejaron de hablar durante exactamente 72 horas.
No lloraban. No gritaban. Solo se sentaban en círculo durante el recreo, moviendo los labios en silencio absoluto, como si estuvieran ensayando algo.
Las maestras intentaron separarlos, cuando los soltaban los niños volvían a formar el círculo.
Los pediatras no encontraron nada. Los médicos confirmaron que las cuerdas vocales estaban intactas.
Al tercer día, a las 3:33 p. m., todos hablaron al unísono:
"Ya aprendimos. Ahora le toca a alguien más."
A partir de ese momento, se comportaron como chicos normales, durante el día.
Pero al día siguiente, la directora del jardín no regresó a su casa. La encontraron tres días después en el sótano de la escuela, sentada en posición fetal, aún viva, con los ojos cerrados, obnubilada. Apuntaba a la pared, como si la mirara ciegamente.
No volvió a hablar nunca más. Nunca más abrió los ojos.
Y fue cuando revisaron las cámaras de seguridad, que vieron algo que hizo que cerraran el jardín de forma permanente:
La directora arrastraba a un niño al sótano mientras los niños hacían la siesta, se alcanzó a ver al niño puesto mirando la pared. Luego la cámara capta a los otros 18 niños entrando al sótano en fila india, tomados de la mano, a sus espaldas. El reloj marcaba las 3:33 p. m.
Formaron un círculo alrededor de ella, moviendo los labios en silencio.
Y la directora inmóvil... respondiendo con señas.
Las cámaras no alcanzaron a tomar nada más, las pesquisas encontraron cables quemados y un olor acre a electricidad.
Los archivos médicos revelan que los 19 niños de forma independiente desarrollaron el mismo tic nervioso años después: movían los labios sin sonido cada vez que veían su propio reflejo.
Como si estuvieran practicando algo.
Como si todavía estuvieran en el círculo.

sábado, 22 de noviembre de 2025

18:15

 


Primavera en Buenos Aires. El aire tibio se siente soplando entre los edificios de Congreso mientras subo al colectivo. Salí puntual y el colectivo llegó en seguida, son 18:05. El saco me pesa sobre los hombros, la camisa se siente algo transpirada y sin duda algo arrugada después de nueve horas frente a la computadora.

El colectivo va lleno. Me agarro del caño vertical junto a un asiento individual. Una chica joven ocupa el lugar, los ojos fijos en la pantalla del celular, el pelo castaño cayéndole sobre la cara.
Miro más adelante: cerca de la puerta del medio, hay otra mujer de pie. Vestido verde, informal, pero con cierta elegancia, algo fuera de época. Cabello oscuro, ojos verdes que parecen mirar sin mirar. Me llama la atención porque en el vaivén del colectivo no se sujeta a nada. Ella permanece inmóvil, como si el movimiento no la alcanzara. Acaso una bailarina.
La chica del asiento se lleva una mano a la cara. Sus hombros tiemblan apenas. Trata de esconderlo, pero las lágrimas corren silenciosas por sus mejillas.
—¿Estás bien? —le pregunto en voz baja.
Levanta la vista. Me mira con los ojos brillantes, enrojecidos, y entonces sonríe. Una sonrisa explosiva, luminosa.
—Sí —susurra—. Sí, estoy bien. ¡Muy bien! — sonríe radiante mientras se limpia las lágrimas con  la mano— Hace casi dos años que vengo peleando con una leucemia. Hoy me confirmaron que no hay rastros. Nada. Estoy curada.Acabo de recibir los resultados.
Le devuelvo la sonrisa. Algo lindo me sube por el pecho.
—¡Es genial! ¡Felicitaciones!
Ella asiente, los ojos perdidos en algún punto más allá de la ventanilla, como si recién ahora pudiera ver el futuro.
—Ahora sí puedo pensar en todo lo que venía posponiendo. No podía pensar en nada, no quería ni soñar en ponerme de conocera a alguien, ponerme de novia, casarme, viajar... —me mira de nuevo—. Siempre quise conocer Japón. Los cerezos en flor, ¿sabés? Cómo en los videos. Pero tenía miedo de hacer planes. Miedo de que no hubiera tiempo.
—Ahora sí, tenés todo el tiempo del mundo —le digo.
Ella mira hacia adelante, hacia la ventanilla.
—Es mi parada. Sonríe otra vez, iluminando el día.
Se levanta. Yo me deslizo para sentarme en el asiento todavía tibio. El colectivo avanza, ella camina hacia el centro buscando la puerta del medio.
Y entonces suena un bocinazo brutal. Un grito afuera. El frenazo.
El colectivo se detiene con violencia, una sacudida que nos lanza a todos hacia adelante. Un breve ruido sordo de metal. Un vidrio que estalla en algún lugar.
La chica estaba en el escalón central, a punto de bajar a la calle. El frenazo brutal la desequilibró y la lanzó de cabeza contra el mismo caño metálico del que yo me había sujetado minutos antes. El sonido del golpe en la cabeza es seco, definitivo. Su cuerpo se desploma. Un segundo de silencio absoluto antes de que empiecen los gritos. Ya no hay tiempo para los cerezos en flor.
No hubo otras víctimas, mas allá de algunos golpes. Llegó la policía, una ambulancia. Retuvieron a los pasajeros, todos conmocionados, mientras los médicos atendían los golpes y el susto, el colectivo fué vaciándose de a poco. Me quedo en la vereda hasta que se llevan el cuerpo cubierto con una lona amarilla. El chofer llora con las manos sobre el volante.
Camino hacia casa por Avenida Rivadavia, las piernas me tiemblan. La ciudad sigue como si nada. El tráfico, las luces de neón empezando a encenderse, la gente apurada. Una vida menos, olvidada de inmediato.
Un segundo. Un solo segundo para pasar de la muerte a la vida, de la vida a la muerte. Dos años peleando, y todo se derrumba en un frenazo. El novio soñado que nunca tendrá. El viaje que nunca hará. Todo un futuro trunco.
La chica de vestido verde sigue de pie junto a la puerta. No se movió durante el choque, aunque nadie le prestó atención. Sabe hacer que nadie le preste atención. Miró el cuerpo en la ambulancia con la misma expresión serena de quien observa una escena que ya conoce de memoria. Se quedó cerca, pero no mucho, aunque la siguió con su mirada fija, paciente. Triste.
Algunos la llaman Perséfone. La mayoría simplemente, Muerte.
Camina por Buenos Aires como quien cumple un turno en la oficina. Siempre puntual. Siempre presente. No le gusta su trabajo, al menos, no lo disfruta. Observando desde el rincón del colectivo, desde la esquina de la calle, desde una mesa de café.
Esperando. Porque para ella, todos tenemos una parada. 


lunes, 3 de noviembre de 2025

Decoraciones

 


El barrio despertó en la mañana después de Halloween.
Las calabazas estaban en los jardines, cansadas de sonreír toda la noche.
Con el paso del día, todos fueron saliendo a desmontar guirnaldas, luces y telarañas.
Solo en la casa del centro el gran árbol mantenía al vecino colgado, balanceándose suavemente.

miércoles, 15 de octubre de 2025

Rompecabezas

 


Damián era un niño callado, de esos que parecen vivir dentro de su propio mundo. Le fascinaban los rompecabezas: podía pasar horas encajando piezas diminutas con una concentración casi hipnótica. Sus padres lo miraban con ternura, aunque a veces se preocupaban. “Tiene que salir más, jugar con otros chicos”, decía su madre mientras le preparaba la merienda.

Habían comprado hacía poco una casa antigua, con un fondo enorme donde ella cultivaba rosales. El padre, después de hablar con un psicólogo, decidió regalarle un cachorro. “Para que lo saque a pasear, para que se conecte”, le dijo. Y funcionó: el pequeño Damián empezó a pasar más tiempo afuera, entre risas y ladridos. Cómplices perfectos. El perro, feliz, nunca se quedaba quieto y Damían reía.

Las tardes se llenaron de sol, de ladridos y gritos felices.

La madre disfrutaba verlo jugar desde la ventana. —Al fin— pensó, —está saliendo de su caparazón—

Una tarde, al volver del trabajo, el padre escuchó los ladridos entusiastas del cachorro. Sonaban distintos, agudos, excitados. Cruzó el pasillo, salió al patio y vio a su hijo agachado sobre la tierra, tan concentrado como siempre.

Frente a él, un rompecabezas de blancos huesos humanos se extendían sobre la tierra recién removida.

—Mirá, papá —dijo el niño sin levantar la vista— Ya casi termino. Solo me falta la cabeza.




Si querés ver el video de esta historia, pulsa aquí: 

YouTube_Rompecabezas


Reflejo Fracturado

 


La encontré en el Sector 7, en los restos de lo que antes fue el Museo de Historia Humana. Llevaba tres ciclos buscándola: la última imagen de mi hermano antes de que lo llevaran.

El cristal estaba agrietado, pero su rostro seguía ahí, perfectamente preservado en el marco de visualización cuántica. Estos dispositivos antiguos tenían la capacidad de capturar no solo la apariencia física, sino también fragmentos de la consciencia. Por eso la Corporación los prohibió después del Colapso.

Toqué la superficie fría. Las grietas no eran por el tiempo, sino por algo que había intentado salir... o entrar.

—No deberías estar aquí —susurró una voz detrás de mí.

Me giré. Una silueta se alejaba por el pasillo oscuro, dejando un rastro de pétalos marchitos. Pétalos rojos, como los que mi hermano solía cultivar en su laboratorio biogenético.

—¡Espera! —grité, pero ya había desaparecido.

Volví al retrato. Los ojos de mi hermano que me miraban no eran como yo recordaba. Noté algo terrible: sus labios se movían. Lentamente, formando palabras en silencio. Ambos habíamos aprendido a leer los labios, el antiguo codigo morse, lengua de señas, como todos los Disidentes.

"No me busques. No soy yo."

El cristal comenzó a brillar generando calor, eso no era bueno, los cristales no funcionaban de esa forma pero este estaba roto, fragmentado. Los símbolos en las paredes del museo —antiguos códigos de advertencia— parpadearon en secuencia. Entendí demasiado tarde lo que significaba este lugar: Era una prisión. Un laboratorio, no un museo como era antes.

Mi hermano no había sido seuestrado por la Corporación. Él había sido el primero en cruzar. El propio creador de esto. El primero en descubrir que los marcos cuánticos no solo capturaban la consciencia... sino que eran puertas.

Y ahora, al tocarlo, acababa de abrir la cerradura. Mi código genético, tan similar.

Las grietas del cristal comenzaron a extenderse por las paredes, el piso, la realidad misma. Detrás de mí, escuché pasos. Muchos pasos. Todos sonando como los míos.

Me levanté para escapar, pero mi reflejo en el cristal roto no se movió conmigo.

Sonreía.



viernes, 19 de septiembre de 2025

Acompañante

 


Juan detuvo el camión en la estación de servicio. Dieciocho horas al volante, los párpados pesándole como plomo. Bajó a estirar las piernas, sintiendo cada músculo entumecido.

Al volver a subir, le comentó al playero por la ventanilla:

—Llevo horas manejando, hermano. Y me queda un largo trecho todavía.

El motor rugió al encenderse. El playero se acercó y gritó por sobre el ruido:

—¡Suerte jefe, al menos tiene a esa hermosa mujer en el asiento del acompañante que le ceba mates!

Juan sintió como si le hubieran echado agua helada por la espalda.

Él viajaba solo.

Sus manos se aferraron al volante. No se atrevió a mirar hacia el asiento de al lado. El sueño se le había esfumado por completo.

El camión se perdió en la oscuridad de la ruta, llevando a Juan... y a quien fuera que lo acompañaba en silencio.



(Gracias Juan por la idea para el cuento!)

martes, 16 de septiembre de 2025

El Cementerio de Puerto Lobos

 


Le habían hablado de un viejo cementerio abandonado a la orilla del mar en las inmediaciones de Puerto Lobos, y se fue hasta allí para escapar de sí mismo.

Hacía tres meses que no podía dormir. Las pesadillas lo perseguían cada vez que cerraba los ojos: Muchos dias se sentía perseguido, en otros perseguía él mismo a alguien. Un par de veces soñó una figura de mujer vestida de negro, con dos huecos donde deberían estar los ojos, que se acercaba a su cama susurrando su nombre. Siempre despertaba jadeando, empapado en sudor, con el eco de una voz fantasmal resonando en sus oídos. No dormia, se despertaba cada hora. Los médicos de Buenos Aires no encontraban explicación; los ansiolíticos no funcionaban. Solo el café y las aspirinas lo mantenían despierto, pero su cuerpo ya no resistía más el sueño.

Una amiga le había sugerido que se alejara de la ciudad, que buscara un lugar tranquilo donde descansar. "Andá a la Patagonia", le dijo, "el aire puro te va a hacer bien". Él sabía que no era el aire lo que necesitaba, sino respuestas. Y algo le decía que las encontraría en ese cementerio del que le había hablado un viejo pescador en el bar de Madryn, en el que había parado en el camino:

Había llegado a Puerto Madryn al atardecer, después de manejar todo el día sin parar. El cansancio le pesaba en los párpados, pero tenía miedo de dormir. Entró al primer bar que encontró abierto, un lugar sórdido con olor a fritanga y tabaco. Pidió un café doble y se sentó en un rincón, tratando de ignorar las miradas curiosas de los lugareños.

El pescador se acercó sin que él lo invitara. Era un hombre mayor, de barba gris y manos curtidas por el mar, con ojos que parecían haber visto demasiado. Se sentó frente a él sin ceremonia y le clavó una mirada penetrante.

—Vos no sos de acá —le dijo. No era una pregunta.

—No. Vengo de Buenos Aires.

—¿Y qué andás buscando tan lejos de casa?

Él dudó. No sabía qué, pero algo en la voz del viejo lo asustaba tanto como lo tranquilizaba, como si fuera alguien conocido. Le contó sobre las pesadillas, sobre la mujer de negro, sobre las noches sin dormir. El pescador lo escuchó en silencio, asintiendo de vez en cuando como si no fuera la primera vez que oía esa historia.

—Hay un lugar —le dijo finalmente el viejo—. Un cementerio viejo, abandonado, cerca de Puerto Lobos. Dicen que ahí la gente encuentra respuestas aunque no siempre son las que uno espera.

—¿Cómo llego?

El pescador le dibujó un mapa rudimentario en una servilleta, marcando el camino con trazos temblorosos. Mientras lo hacía, murmuró algo entre dientes, palabras que él no pudo entender completamente.

—Tené cuidado —le dijo al terminar—. La gente que regresa de allí ya no es la misma.

Se levantó para irse, pero antes de alejarse, dijo:

—Por cierto —le dijo con una sonrisa extraña—, espero que se terminen sus pesadillas.

Durmió esa noche allí mismo en el auto, unas pocas horas, entre pesadillas.

El viaje hasta Puerto Lobos fue una tortura de sueño, ruta 1 y ripio, sosteniéndose con café y cigarrillos. Cuando llegó al pueblo abandonado el silencio lo golpeó como una bofetada. No ladraba un solo perro. Las casas deshabitadas y derruidas lo miraban con ventanas vacías, como cuencas sin ojos. Era extraño: ni siquiera el viento patagónico aullaba como él sabía que ocurría en la zona en tardes de verano.

Caminó unos cientos de metros hacia el noreste, siguiendo las indicaciones del pescador. Entre la vegetación achaparrada y ya con el rugido del océano cerca, encontró lo que quedaba del cementerio. No tenía cercos ni señalización; solo tumbas aisladas, derruidas, con nombres borrados por la arena y el salitre. Algunas cruces de hierro se alzaban torcidas, como dedos artríticos señalando el cielo gris. Algunas tumbas estaban cercadas.

Pero algo estaba mal. Muy mal.

Varias de las tumbas estaban abiertas. De par en par, como bocas hambrientas. Se acercó a la primera con el corazón martilleándole el pecho: vacía. La segunda, igual. Una tras otra, cinco sepulturas parecían haber sido profanadas, sin rastro de los muertos que alguna vez albergaron. En el borde del camino de arena y cantos rodados algo brillante atrajo su atención: Un anillo de oro. Lo tomó.

En el centro del cementerio se alzaba una cruz mayor en la tumba que estaba cercada con hierros viejos y oxidados, con una vela negra encendida a sus pies. Imposible: ¿Quién había encendido esa vela? no había nadie en kilómetros a la redonda, él había tomado el la ruta provincial 1 para llegar al pueblo abandonado y no había visto a nadie. Además, estaba en un descampado, con un viento constante soplando. Se acercó para examinarla y entonces vio que bajo la cruz, dentro del cerco, estaba una lápida diferente a las demás: limpia pese a ser claramente la mas antigua, con una inscripción que el tiempo no había logrado borrar completamente.

"Aquí yace Dolores Mendoza - 1923-1946 - Que descanse en paz quien no tuvo paz en vida"

Un escalofrío le recorrió la espalda. Dolores. El mismo nombre que se susurraba en sus pesadillas. Pero eso era imposible, una coincidencia macabra. Se inclinó para leer de nuevo la inscripción cuando escuchó algo que le heló la sangre: el inconfundible llanto de una mujer.

Se irguió de golpe y miró alrededor. El llanto venía de todas partes y de ninguna, como si el mismo viento lo trajera desde el mar, pero entonces la vio a unos metros de distancia inclinada sobre una tumba abierta: Una figura de mujer vestida de negro, exactamente igual a la de sus pesadillas.

Quiso correr, pero sus piernas no le respondían. La figura levantó lentamente la cabeza y lo miró directamente. No tenía ojos, solo dos huecos negros que parecían absorber la luz del día. Abrió la boca y con una voz que sonaba como el susurro del viento entre las piedras, dijo:

—Te estaba esperando.

Él retrocedió, resbalando con las redondeadas piedras sueltas. La mujer se incorporó con movimientos imposiblemente fluidos y comenzó a caminar hacia él. A cada paso que daba, a su alrededor las tumbas abiertas se iban cerrando solas, como si la tierra misma las sellara.

—No podés escapar —siguió diciendo—. Esta es la tercera vez que me ves. Ya no hay vuelta atrás.

La tercera vez. Era cierto. La primera pesadilla había sido hace tres meses, la segunda la semana pasada, y ahora... esto no era un sueño. Nunca había sido un sueño.

—¿Qué querés de mí? —logró articular con voz quebrada.

La mujer sonrió, y su sonrisa era un tajo negro en su rostro de invierno.

—Vine a buscarte, mi amor. Vine a llevarte conmigo.

En ese momento él recordó y entendió. La lápida. El nombre. La fecha de muerte: 1946. Setenta y siete años esperando. Setenta y siete años buscándolo. Retrocedió hasta que sintió la cruz mayor contra su espalda. La vela seguía ardiendo, imposible e impasible.

—No te reconocés, ¿verdad? —La voz de Dolores ahora sonaba dulce, casi tierna—. Pero yo sí. Te he estado buscando desde que me mataste.

Las imágenes llegaron como un torrente: otra vida, otro tiempo. Buenos Aires, barrio de Retiro, 1946. Él tenía otro nombre entonces: Ramón, y ella era su novia. La había matado en un ataque de celos, la había estrangulado con sus propias manos. Después había huido hacia el sur, había cambiado de nombre, había tratado de empezar de nuevo. Pero había muerto solo y lleno de culpa en este mismo cementerio en 1952.

—Las almas en pena no descansan —susurró Dolores, ya muy cerca—. Y los asesinos tampoco. Hemos estado reencarnando una y otra vez, buscándonos. Esta vida, la anterior, la anterior a esa... siempre el mismo final. Tres veces. Las tres veces que me viste.

Él cayó de rodillas. Ahora recordaba todo: todas las vidas, todas las muertes, todas las veces que se habian encontrado. Un ciclo eterno de culpa y venganza.

—Esta vez es diferente —dijo Dolores, extendiendo una mano translúcida—. La tercera es la vencida dicen. Esta vez vamos a descansar juntos.

Él tomó su mano y sintió un frío espectral que lo atravesó hasta los huesos. Las tumbas se abrieron de nuevo, todas a la vez, y de ellas emergieron los otros: todas las versiones anteriores de sí mismo y de ella, todos los encuentros pasados, todas las muertes. Un ejército de espectros que los rodeó en silencio.

Cuando la policía encontró su cuerpo días después, estaba tirado junto a la cruz mayor, con una sonrisa extraña en los labios. El forense no pudo determinar la causa de muerte: simplemente había dejado de vivir.

Enterraron su cuerpo lejos, en el cementerio de Madryn —aunque su alma descansa donde cayó—, y aunque nadie va a visitarla los lugareños dicen que su tumba siempre amanece con una vela encendida. Y que si se presta atención en las noches de viento, se pueden escuchar dos voces que susurran palabras de perdón, finalmente en paz.

Pero nadie en las historias menciona al pescador del bar que le había indicado el cementerio. Si la policia hubiera investigado, hubieran descubierto que ese hombre tuvo por nombre Ramón.







domingo, 7 de septiembre de 2025

El último mensaje

 


Después de perder a su hijo al nacer, Laura y Andrés decidieron mudarse. La casa anterior era un lugar muerto, un recordatorio que dolía con sólo abrir los ojos. Eligieron una vivienda en un barrio tranquilo, con paredes recién pintadas y la falsa promesa de un nuevo comienzo.

La primera noche encendieron la vieja estufa del dormitorio. El calor se extendió despacio mientras se acostaban, cansados, sin ganas de hablar. Laura abrazó la almohada como si pudiera sostenerla; Andrés se quedó mirando el techo, sintiendo el vacio.

Entonces lo escucharon: un ruido leve, casi un suspiro de niño, de algo que caía abajo de la cama.

Andrés se inclinó con cuidado. Al meter la mano, sintió la aspereza del papel. Era una hoja pequeña, doblada varias veces, amarillenta en los bordes, como si llevara años ahí escondida. La abrió con las manos temblando.

La letra era infantil, desprolija, escrita a las apuradas: "Papá, mamá... revisen la llave. Pierde gas."

En ese instante, la llama de la estufa titiló, se encogió y se apagó. 

Laura tomó la nota. En la esquina, con la misma letra insegura, había una firma que nunca habían llegado a conocer: "Su hijo que los cuida. Mateo."

El olor a gas empezó a invadir la habitación. Dulce. Espeso. Como una canción de cuna envenenada.




jueves, 19 de junio de 2025

Día de descubrir un castillo siniestro

 


Ayer a última hora estaba leyendo sobre una leyenda de terror, aunque al continuar descubrí que era real, así que decidí investigar un poco y escribir sobre esto y hoy ya con las imágenes correspondientes los invito a conocer una historia, porque hoy es dia de... ¡descubrir un castillo siniestro!:

Hay lugares donde uno no debería caminar ni de día. No porque pase algo, sino porque pasó algo. Porque lo que pasó dejó una huella, una marca en el aire, en la tierra, en los huesos. Uno de esos lugares queda al norte de Bohemia —lo que hoy sería la República Checa— y tiene un nombre que parece inventado para una novela gótica: Houska.

El castillo de Houska no está donde debería estar. No protege nada, no defiende ninguna frontera ni ningún paso comercial, no corona una colina de forma estratégica ni le sirve a un rey para mirar desde lo alto una ciudad o un reino, sintiéndose importante. No. Está en el medio del bosque. En la nada misma. Como si alguien lo hubiera puesto ahí con la única intención de... tapar algo. 

Y, bueno, parece que eso es exactamente lo que hicieron.

Antes de que hubiese siquiera cimientos, ya el lugar tenía mala fama. No por leyendas de viejas, sino por hechos. Los pastores evitaban pastar por ahí. Los animales, decían, desaparecían. Había una grieta. Un agujero que grita. No una cueva ni un pozo: una grieta en la tierra, como si la corteza hubiese cedido y se abriera a otro mundo. Y de ahí salían cosas, no visibles, pero se oían: voces que no hablaban en lenguas humanas, el batir de alas grandes, pesadas, como de criaturas que no tenían por qué estar acá. Arrojaban piedras y no se oía el golpe en el fondo. Como si el mundo tuviera en ese lugar una herida que nunca terminó de cerrar.

Los lugareños le pusieron un nombre sin eufemismos: “el agujero del infierno”. Y todos sabían que, al caer el sol, había que evitar esa zona. Porque lo que estaba abajo... salía. A veces.

Allá por 1253, el rey Ottokar II de Bohemia decidió intervenir pero no como uno esperaría: No lo tapó con tierra, no lo selló con cemento y piedras. No. Mandó a levantar un castillo directamente encima. Y lo primero que construyó fue una capilla justo sobre el agujero. Como si la única forma de contener lo que sea que vivía ahí abajo fuera aplacarlo con rezos. Lo más curioso es cómo se construyó. Las defensas no apuntaban hacia afuera, sino hacia adentro. Construyó ventanas falsas, escaleras que no llevaban a ningún lado, puertas tapiadas, torres que terminaban abruptamente. Como si más que un castillo fuera una tapa, una protección... y una trampa.

Durante siglos hubo quienes vivieron ahí, vivieron para rezar. Monjes, ermitaños, tipos de fe inquebrantable... al menos al principio. Porque algunos se fueron quebrando. Otros desaparecieron... y hay documentos de esto. En uno de ellos del siglo XIV se cuenta un experimento. Un prisionero, condenado a muerte aceptó bajar al agujero a cambio de su libertad, bajó colgado de una cuerda. Duró menos de cinco minutos: Cuando lo izaron, había encanecido. Murió a los tres días, murmurando incoherencias sobre “los que esperan abajo”.

Pasaron los siglos. El castillo fue quedando como esas cosas que están ahí pero que nadie quiere tocar. Hasta que llegaron los nazis. Lo ocuparon en plena Segunda Guerra Mundial pero no por razones militares obviamente: vinieron buscando “energías especiales”. Nadie sabe exactamente qué hicieron ahí adentro, pero los lugareños hablaban de luces extrañas en el cielo y en las vantanas, en las oscuras noches, cuantan de símbolos tallados, de rituales. Cuando los aliados llegaron, el lugar estaba vacío pero intacto. Y lo que dejaron los alemanes... no lo comentaron. O no lo supieron explicar.

Pero vamos al presente (porque el castillo sigue ahí): Hoy Houska se puede visitar. Podés ir, sacar una entrada, hacer la recorrida guiada. Pero no todos se animan y lo hacen, y de los que lo hacen no siempre completan el recorrido: Algunos turistas se desmayan. Otros sienten frío en pleno verano. Hay quienes dicen haber oído pasos donde no había nadie. Y la capilla, claro, sigue ahí. Justo encima del agujero. Abierto.

Se han hecho excavaciones. Aparecieron huesos humanos extraños, deformados. Algunos trabajadores juraron haber visto sombras moverse por los pasillos aunque no hubiera luz que proyectarlas.

Podés pensar que todo esto es mito, superstición medieval con un toque de horror muy turístico. Pero hay preguntas que no tienen respuesta fácil. ¿Por qué un castillo sin función militar? ¿Por qué diseñar trampas interiores? ¿Por qué, después de ocho siglos, sigue habiendo gente que no se anima a pasar por ahí de noche? Ni hablar de quedarse a dormir.

Y una pregunta más importante aún: ¿qué sucedería si, después de tantos siglos de contención, alguien decidiera levantar esa tapa, si no estuviera la capilla, el castillo mismo?

En los bosques silenciosos del norte de Bohemia, el Castillo de Houska sigue montando guardia sobre su secreto enterrado. Y bajo sus cimientos, en la oscuridad que no conoce el tiempo, algo que no debería existir continúa esperando pacientemente el momento de su liberación.





sábado, 31 de mayo de 2025

El alma del Averno

 


La noche se extendía cristalina sobre la Estación Marambio, con un cielo que jamás se vería en el continente. Sobre la isla donde se encontraba la base, en el Mar de Weddell, las estrellas brillaban con una intensidad que parecía casi sobrenatural, mientras la luna hacía rielar las aguas oscuras del océano antártico. Era una de esas noches de verano austral donde el hielo marino había retrocedido lo suficiente como para permitir que el pequeño puerto de la base permaneciera libre de témpanos.

Juan Salvo se encontraba revisando los datos del día sobre los pinguinos, su actividad habitual y una de las razones por las que estaba en la base como biologo. Aunque era biólogo marino, le encantaban los pinguinos y desde chico deseaba ir a la antartida a estudiarlos. Paro ahora su colega de turno le gritó desde la ventana de la base:

—¡Juan! Vení a ver esto. Hay algo extraño en el mar.

Se acercó al cristal con unos prismaticos y lo que vio lo dejó sin aliento. A menos de un kilómetro del puerto, una sombra enorme oscurecía la superficie. No era un iceberg, o un derrame de aceite que fue lo primero que pensó; la forma era demasiado irregular, demasiado orgánica. Parecía pulsar levemente bajo la luz de la luna.

—¿Qué carajo es eso? —murmuró.

En ese momento entró Lorena, la teniente guardiamarina. Una de las pocas mujeres en la base austral, joven , decidida y con un futuro prometedor en las fuerzas armadas. Juan siempre se había sentido atraído hacia ella, pero nunca había encontrado el momento o el valor para decírselo. Lorena se sabía atractiva y llevaba su rango con una confianza que él admiraba en silencio.

—Los sensores detectaron una masa grande hace media hora —dijo, acercándose a la ventana—. ¿Alguna idea de qué puede ser?

Juan tomó nuevamente los prismáticos y estudió la forma en la distancia. Su corazón comenzó a acelerarse, y no por la presencia de Lorena, sino por lo que creía estar viendo.

—Tengo que acercarme —dijo—. Esto podría ser... increíble.

—¿Acercarte? ¿En plena noche? ¿Estás loco?

—Lore, si es lo que creo estamos ante un gran suceso científico. 

—Esperá Juan, nadie debería subir solo a un bote en la noche antártica. Te acompaño.

Él la miró con una mezcla de curiosidad y felicidad ante su preocupación. Después de un momento, asintió.

—Dale. Pero llevemos todo el equipo de seguridad, linternas, unas cuerdas y un traje de buzo.

—De ninguna manera voy a dejar que lleves un traje de buzo. Vamos. Le aviso al jefe de la base.

Veinte minutos después navegaban en el bote neumático, con chalecos salvavidas árticos, un reflector potente y el equipo de comunicaciones. Juan remaba con cuidado, sin encender el motor para no perturbar lo que fuera que estuvieran a punto de encontrar.

Conforme se acercaban, la verdadera magnitud de la criatura se hizo evidente. Una masa rojiza cubría una extensión considerable del mar, flotando prácticamente al nivel de la superficie. Tentáculos o brazos se extendían en todas direcciones como algo salido directamente del infierno, serpenteando en la corriente con una gracia espectral que parecía sacada de una pesadilla lovecraftiana.

Pero Juan, lejos de asustarse, gritó con júbilo:

—¡Si! ¡Es, lo que pensaba! ¡Lore, esto es un momento extraordinario! Es una Stygiomedusa gigantea... ¡una medusa fantasma gigante!

—¿Una qué?

—¡Es un descubrimiento increíble! —Juan no podía contener su emoción mientras seguía remando hacia la criatura—. Solo se han registrado poco más de cien avistamientos de esta especie desde 1899. Es prácticamente imposible encontrarlas, incluso con vehículos submarinos que exploran las mayores profundidades. Esta debe medir más de diez metros de longitud, quizás incluso más.

Lorena observaba la masa rojiza con una mezcla de fascinación y aprensión.

—¿Es peligrosa?

—No tiene tentáculos venenosos como otras medusas —explicó Juan, sacando su cámara submarina y comenzando a documentar el encuentro—. Esos brazos que ves son más como cintas, los usa para capturar presas. Meterse al agua sería mortal, pero por el frío, no por veneno. Es inofensiva.

Mientras hablaba, una historia que había escuchado años atrás en una conferencia de biología marina volvió a su mente. Un viejo investigador había mencionado una leyenda que circulaba entre algunos biólogos marinos: decían que en las profundidades existía un ser infernal al que incluso los calamares gigantes temían encontrarse. Un ser sin alma, rojo como la sangre pero sin sangre, con un cuerpo que flotaba como un fantasma. Los viejos pescadores agregaban un detalle curioso: hablaban de un pequeño pez blanco que nadaba alrededor de la criatura, a veces incluso entre sus propios tentáculos, como si fuera parte de la medusa misma. Según la leyenda, ese pez era el alma perdida de la criatura, y mientras estuviera cerca no había peligro, porque aún seguía siendo un ser de este mundo.

Juan había disfrutado como todos de esa historia en su momento. Ahora, contemplando la masa rojiza que se extendía ante ellos, no le parecía tan disparatada.

Encendió los reflectores y comenzó a filmar y fotografiar meticulosamente, mientras, para llenar el tiempo y dar conversación, le contaba la leyenda sobre el pez blanco a Lorena, que sonreía divertida. La iluminó con una linterna de mano: La medusa era aún más impresionante bajo la luz artificial, su campana translúcida, de más de un metro de diámetro, pulsaba suavemente, y sus cuatro brazos ondulaban como banderas espectrales en una brisa que no existía.

Fue entonces cuando la criatura comenzó a moverse.

Al principio fue apenas perceptible, un cambio sutil en la posición de los brazos. Pero luego, con una deliberación que heló la sangre de ambos jóvenes, la medusa gigante comenzó a desplazarse directamente, lentamente, hacia su pequeño bote.

El cambio en en ambos fue inmediato. La noche, que momentos antes había sido cristalina y hermosa, ahora se sentía opresiva. El frío antártico pareció intensificarse, calándoles hasta los huesos. La distancia hasta las luces acogedoras de la base, que hacía unos minutos parecía insignificante, ahora se antojaba inmensa e inalcanzable.

—Juan... —la voz de Lorena había perdido toda su confianza habitual.

La medusa los superaba por cuatro veces el tamaño de su bote. Sus brazos se extendían como tentáculos del mismísimo averno, y su campana rojiza brillaba con un resplandor siniestro bajo los reflectores. El agua alrededor de la criatura parecía más oscura, como si absorbiera la luz.

Juan intentó encender el motor. Tiró una vez, dos veces. Nada.

—¡Mierda! ¡No arranca!

—¿Qué hacemos? —Lorena había tomado el arpón de emergencia del bote, aunque ambos sabían que sería inútil contra algo de ese tamaño. Se suponía inofensivo. Pero no era lo que sentían en ese momento. El mar se tornaba fosforecente en su presencia, se movia de forma ominosa hacia ellos, y se veía inmenso en la soledad de la noche.

—La linterna LED, esa potente que trajimos —dijo Juan, tratando de mantener la voz firme—. Es un ser de los abismos, una luz tan intensa debería ahuyentarlo.

Lorena encendió el foco LED y lo dirigió directamente hacia la medusa. La luz era cegadora, casi azulada, convirtiendo la noche en un espectáculo surrealista de sombras danzantes y reflejos rojizos.

Juan comenzó a golpear el agua con el remo, creando ondas que se alejaban del bote en círculos concéntricos. No recordaba si las medusas escuchaban algún sonido. ¡Buen biólogo marino estaba hecho!

Bajo la intensa luz del LED, justo al lado de la masa rojiza que continuaba acercándose, algo brilló. Un destello plateado, pequeño pero inconfundible: un pez blanco que relucía cerca de la superficie, acercándose a la medusa.

Juan y Lorena observaron, hipnotizados, cómo el pequeño pez nadaba directamente hacia los brazos de la criatura gigante y desaparecía entre ellos.

La medusa se detuvo bruscamente.

Con un movimiento que contrastaba dramáticamente con su lentitud espectral anterior, la criatura agitó sus tentáculos con fuerza, el agua a su alrededor se convirtió en espuma. Luego, súbitamente comenzó a hundirse, alejándose hacia las profundidades de donde había emergido.

El silencio que siguió fue absoluto, roto solo por el sonido de las olas lamiendo el casco del bote.

—Parece que recuperó su alma —dijo Lorena, con la voz apenas audible.

Juan, que había estado conteniendo la respiración sin darse cuenta, exhaló profundamente.

—A mí me volvió el alma al cuerpo cuando se alejó.

Mientras revisaba las fotografías y videos que había logrado capturar antes del momento de terror, Juan no podía evitar sonreír. El material era extraordinario, científicamente invaluable. Sería una publicación que marcaría su carrera.

Tomó los remos y comenzó a dirigirse de vuelta hacia el muelle. Lorena lo observaba con una expresión diferente, una nueva admiración. Había mantenido la calma y la presencia de ánimo en un momento que parecía de peligro, y eso le revelaba un aspecto de él que no había visto antes.

El faro del muelle los recibía con su luz que alternaba entre blanco y rojo, como un ojo que guiñaba en la oscuridad. Las luces de la base brillaban cálidas a la distancia.

Juan miró a Lorena y notó esa nueva cercanía en sus ojos. El muelle estaba cerca. Quizás, pensó, esta noche terminaría aún mejor que una simple navegación bajo las estrellas antárticas.

Mientras, bajo el bote, oculta por la sombra del casco y protegida por la negrura de la noche, una masa de tentáculos rojizos se deslizaba silenciosamente, siguiéndolos, aproximándose con lentitud inexorable.


(Gracias Ana por la sugerencia y  por hablarme de la medusa)

Basado en :

https://www.infobae.com/america/ciencia-america/2025/05/29/el-enigma-de-la-medusa-fantasma-como-es-la-criatura-que-vive-en-las-profundidades-antarticas/

https://www.mbari.org/animal/giant-phantom-jelly/#:~:text=La%20campana%20de%20esta%20criatura,(33%20pies)%20de%20longitud.

jueves, 12 de septiembre de 2024

La piedra que traba la puerta

 


En la noche sin luna, tras un llamado mortal,

La anciana se fue, dejando un legado oscuro,

Una piedra en la cocina, secreto ancestral,

Atrae a la joven hacia un destino fatal.


El viento aullaba con furia a través de las desvencijadas ventanas de un departamento de un barrio bajo en las afueras de Londres. Elena terminaba de tomar un baño después de llegar de su aburrida oficina. El mensaje de whatsapp sonó con un tono agudo y breve: Su abuela. Un mensaje con una sola palabra: Ven.

Elena descendió del autobús con una maleta en la mano y el corazón pesado. La estación de Blackmoor, apenas más que un mojón en la ruta, se alzaba solitaria bajo el cielo plomizo. El conductor cerró las puertas con un siseo y el vehículo se alejó, dejándola sola en la penumbra del atardecer.

El pueblo se extendía ante ella como una mancha gris e indefinida. Casas victorianas, antaño elegantes, ahora se inclinaban unas sobre otras como ancianos cansados. Las calles empedradas y húmedas por la persistente llovizna, reflejaban la escasa luz de farolas oxidadas.

No deseaba ir a verla. Había intentado llamar de inmediato a su abuela, pero no respondió ni audios, ni llamados, ni mensajes. En cierta forma lo esperaba: después de la muerte de sus padres el año pasado había intentado acercarse a ella y la había visitado algunas veces, pero su carácter hostil y taciturno pronto había frustrado sus esfuerzos y su interés. Más de una vez al visitarla se había sorprendido pensando “vieja loca” sobre algunos de los comentarios de la anciana. Pero esperaba que estuviera bien, aunque las circunstancias no ayudaban a darle tranquilidad: después del llamado escueto que había recibido los mensajes posteriores habían quedado sin respuesta, sin ser leídos. Peor que eso, sus mensajes no habían llegado al teléfono de la abuela como si estuviera apagado o sin señal.

Elena ajustó el cuello de su abrigo y comenzó a caminar, sus pasos resonando en el silencio plomizo del pueblo. A medida que avanzaba notó que las pocas personas en la calle evitaban su mirada. Un anciano que barría la acera frente a una tienda de antigüedades detuvo su tarea al verla, sus ojos siguiéndola con una mezcla de curiosidad y recelo.

El aire mismo parecía cargado de secretos, denso con el peso de historias no contadas. Elena sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con el frío. Recordó las pocas veces que había visitado a su abuela en los últimos años, de cómo siempre había sentido una urgencia inexplicable por marcharse lo antes posible.

A medida que se acercaba a la colina donde se alzaba la casa de su abuela, las casas se espaciaban más, dando paso a jardines ahora más descuidados y cercas rotas. El viento parecía susurrar palabras en un idioma olvidado entre los árboles desnudos.

Finalmente, la casa de su abuela apareció ante ella. La estructura victoriana se recortaba contra el cielo cada vez más oscuro. Elena se detuvo un momento al pie de la colina, una sensación de aprensión creciendo en su pecho al ver que no había luz entre las ventanas entreabiertas. Con un suspiro, Elena comenzó a subir el sendero que llevaba a la entrada. Al llegar a la puerta, sacó la llave de su bolsillo. El metal estaba frío al tacto.

Elena insertó la llave en la cerradura siempre oxidada y, tras un chasquido, la llave giró. La puerta se abrió con un chirrido ominoso, como si la casa misma protestara por la intrusión.

El interior de la casa estaba sumido en una penumbra opresiva, que desapareció apenas pulsó el interruptor. La luz de tubos fluorescentes se extendió con una claridad perfecta y fría por la gran cocina antigua, en la que destacaba una pesada mesa de roble marcada por los años, y el pequeño televisor led en el que la anciana veía las noticias. Elena llamó a gritos a su abuela, sin respuesta, y comenzó la tarea de revisar las habitaciones de la casa, sin embargo, a medida que abría puertas un patrón inquietante emergió: todos los cuartos estaban vacíos. Difícil que, con ese clima y a esa hora, su abuela hubiera salido. Tomó su celular y habló con dos vecinos cercanos, aunque la casa estaba bastante alejada, pero pronto le confirmaron que no se encontraba con ellos. Al tiempo que los llamaba, miró a su alrededor con más cuidado y vio que faltaban los cuadros y las fotos sobre los muebles, como si alguien hubiera borrado meticulosamente toda evidencia de la vida de la anciana.

Frustrada y desconcertada, Elena se sentó en el suelo de la espaciosa cocina —algo que hacía desde niña cuando estaba alterada—, apoyando la espalda contra una puerta baja de la que nunca se había preocupado antes. La puerta de la leñera. Fue entonces cuando sintió algo duro presionando contra su columna. Al girarse, vio una piedra peculiar trabando la puerta sin picaporte.

Con curiosidad, Elena tomó la piedra en sus manos. La piedra, de un peso desconcertante, irradiaba un calor que desafiaba toda lógica. Su superficie pulida estaba cubierta de relieves extraños como glifos que parecían cambiar y retorcerse ante sus ojos. Con asombro y golpeándola con un anillo se percató que la piedra era en realidad de metal y comprendió que sostenía un aerolito, un fragmento de estrellas.

Elena se agachó a la altura de la puerta y con la piedra en su mano la abrió. Un hedor a humedad ascendió de unos viejos troncos, haciéndola retroceder. Moho, putrefacción. Esos troncos tenían muchos años humedeciéndose allí al costado, cubiertos por telarañas, pegados a una pared con humedad pintada de oscuro, más oscura porque obviamente no había luz en la pequeña habitación. Encendió la linterna de su celular y regresó a revisar. 

No había nada entre los troncos, mas allá de algunos insectos. Recordaba cuando de niña venía a ver a su abuela y jugaba con bichos de la humedad en el jardín. Eso la hizo recordar también como una vez en la cocina había descubierto esa pequeña puerta y había intentado abrirla. Su abuela la había reprendido y se había ido a jugar afuera, con los insectos… y así se completó el recuerdo.

Le llamó la atención que, así como la leña estaba sobre una pared descascarada, la pared del fondo de la pequeña leñera no tenía ninguna mancha de humedad, al contrario, estaba en perfecto estado. Observándola en silencio fue que escuchó un zumbido bajo que parecía resonar en sus huesos. Bajo la vista y al iluminar con cuidado descubrió una parte del piso que parecía diferente. Con el tacto encontró una rendija mínima, siguiéndola encontró una traba. Levantó la traba y así pudo levantar una disimulada escotilla en el suelo, de la que descendía una escalera estrecha. El corazón de Elena latía con fuerza en su pecho, mientras un sudor frío empapaba su frente. Cada fibra de su ser gritaba que huyera, que cerrara esa puerta y nunca volviera. Sin embargo, una curiosidad morbosa, casi sobrenatural, la empujaba hacia las profundidades de aquel abismo. Elena no dudó: Miró la carga del celular —suficiente 72%— y con la luz de la linterna del smarphone encendida en una mano y el aerolito como pesada arma en la otra, se adentró en la oscuridad.

Lo que encontró en ese sótano oculto desafió toda su comprensión. Antiguos tomos encuadernados en piel fina y suave cubrían las paredes. En el centro de la habitación, una mesa grande sostenía entre otras cosas una piedra negra —como la que tenía ahora en su mano—, manchada con sustancias que Elena prefirió no identificar. Y también sobre la mesa, un tomo enorme —la palabra grimorio pasó rauda por su mente— se revelaba abierto mostrando ilustraciones de entidades, de tamaño inconcebible, que parecían devorar galaxias enteras con fauces que eran a la vez vacíos y plenitudes. Y en los márgenes, símbolos y ecuaciones pulsaban con un conocimiento tan vasto y ajeno que amenazaba con desgarrar la fina tela de la realidad que Elena había conocido toda su vida.

La piedra de la mesa brilló de pronto, una luz oscura que se extendió como una llama de claridad negra en la habitación y que reverberó en la superficie bruñida de la piedra que tenía en su mano, iluminándola y llevándola a un nuevo nivel de conciencia. Elena comprendió con horror que su abuela había sido mucho más que una anciana solitaria. Había sido la guardiana de secretos cósmicos, la última línea de defensa contra horrores innombrables que acechaban más allá de las estrellas.

Regresó, con un nuevo conocimiento.

Mientras leía las páginas del grimorio Elena sintió que su mente se expandía dolorosamente, abriéndose a verdades que ningún ser humano debería conocer. Sus ojos recorrían las páginas con avidez enfermiza, incapaces de detenerse a pesar del dolor punzante que se extendía desde sus sienes. Un sabor metálico inundó su boca, su piel se erizó y un sudor frío empapó su espalda, pero Elena apenas lo notó mientras fragmentos de conocimiento cósmico se grababan a fuego en su consciencia, transformándola irrevocablemente. El zumbido en sus oídos se intensificó, y las paredes del sótano parecieron palpitar con vida propia.

Supo que su abuela había desaparecido, y que era venerada por entes que no lograba comprender, y era olvidada por el planeta en que la había albergado y al que una vez más había logrado defender con una victoria para ella misma pírrica.

En ese momento, Elena comprendió que había heredado mucho más que una casa vacía en recuerdos. Había heredado un legado de oscuridad, un deber ancestral de mantener a raya las fuerzas del caos. Y mientras en la pulida superficie del aerolito comenzaban a brillar oscuros símbolos con una luz enfermiza, supo que su vida nunca volvería a ser la misma.

Elena, con manos temblorosas, cerró el grimorio. El peso del conocimiento recién adquirido amenazaba con aplastar su cordura. Mientras subía las escaleras, cada paso la alejaba más de la inocente joven que había llegado a la antigua mansión. El aerolito en su mano palpitaba al ritmo de un corazón alien, un recordatorio constante de que ahora era parte de algo mucho más grande y terrible que ella misma. En las sombras de la casa creyó escuchar el eco de la risa cascada de su abuela dándole la bienvenida a una herencia de pesadilla eterna.

Porque en Blackmoor, los secretos nunca mueren. Solo esperan, pacientes, a que una nueva guardiana tome su lugar en la eterna vigilia contra lo innombrable.



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