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jueves, 24 de julio de 2025

Día de alegrarnos con una sonrisa ajena

 


Febrero. Noche calurosa. Vacaciones en Uruguay. El mar, ahí nomás, con esa calma que sólo tiene cuando las playas se vacían.

Salimos a caminar por la rambla de Piriápolis, en busca de algo muy simple: un café. Pero parece que el balneario ya se fue a dormir. No hay mucho ruido, no hay boliches y tampoco cafés a mano. Desde Punta Fría hasta el centro, lo que hay son restaurantes cerrando, mozos que sacan las cartas de las veredas, sillas que se apilan. Claramente, esto no es la Argentina.

La caminata se vuelve parte del plan. Recorremos una galería de artesanos, pasamos frente al antiguo Hotel Argentino, que siempre impone con su elegancia detenida en el tiempo. Entramos al casino, lo recorrimos despacio y buscamos el café, pero a las nueve de la noche ya está cerrado. Manejamos otros horarios.

Salimos otra vez a la Rambla de los Argentinos, y seguimos bordeando la bahía con el ritmo tranquilo de quien pasea en vacaciones. El aire salado, el murmullo del agua rompiendo suave, las luces iluminando sin encandilar.

Recién cerca de la Avenida General Artigas encontramos un cafecito abierto, debajo de un complejo de edificios frente al mar. Nada pretencioso, aunque muestra un par de cafés diferentes en la carta. Mesas de madera y metal, sillas no tan incómodas, una vista del mar cruzando la calle y la rambla que resulta suficiente. Nos sentamos, pedimos dos cafés y nos quedamos ahí, en ese silencio cómodo que da el amor cuando no hace falta decir mucho.

Y entonces, atrás nuestro, se sientan dos mujeres. Una joven, la otra mayor. No quisimos escuchar, de verdad que no. Pero la charla entre ellas subía y bajaba de volumen como una ola: entusiasta, viva, imparable.

Era la nieta. Y era la abuela. Y hoy se habían reencontrado, al parecer, despues de cierto tiempo. Demasiado para ambas.

La nieta contaba lo feliz que estaba de tenerla ahí, hablaba de la universidad, de la vida viviendo sola, de los momentos pasados sin verla. Le brillaba la voz. La abuela, con una calma serena, le respondía con risas bajitas, de esas que hacen brillar el alma. No sabíamos sus nombres, ni hacía falta. Sólo sabíamos que ese encuentro había sido muy esperado.

Nos enteramos —sin querer, o queriendo un poco— que la abuela vivía en otro departamento de Uruguay, y que esta visita era un pequeño milagro logístico. Y que en las vacaciones de invierno la nieta pensaba ir a verla. Y que se extrañaban mucho. Que no se veían tanto como quisieran, y que se estaban regalando esa noche como si el tiempo no fuera tirano, y nos llevara en alas de apuros y desencuentros.

Tambien nosotros conversamos, sintiendo y dejandonos contagiar de la alegría que escuchabamos a nuestras espaldas, las risas eran un contrapunto de felicidad que era una sola.

Terminamos el café con una sensación deliciosa en la garganta y una sonrisa en la boca. Pagamos, nos levantamos despacio y retomamos el camino de vuelta al hotel.

Las dejamos ahí, charlando todavía, felices, con una luz que no venía de las luces del local sino de ellas. Una alegría que se nos pegó sin permiso y que nos acompañó hasta el hotel, como si hubiéramos presenciado algo mágico.

Y sí. A veces, sin que lo busquemos, una sonrisa ajena puede alegrarnos el momento, y acompañarnos en un recuerdo para siempre.


martes, 8 de julio de 2025

Día de estallar cerebros

 


—Hoy me subí al subte y, apenas arranca, se sube un tipo a rapear.

—Ufff… ¿uno de esos que improvisa con lo que le dicen?

—¡Sí! Ya me puse tenso. Me molestan un montón.

—¿Y qué hiciste?

—Le clavé la mirada con todo mi desprecio, me acomodé los auriculares como

diciendo "ni se te ocurra". Pero no... se me acerca directo y me dice:

—“A ver, el señor de anteojos con cara de pocos amigos… ¡tíreme una palabra!”

—¡JAJA! ¿Y qué le dijiste?

—Lo miré fijo, sin sonreír... y le dije: “Desoxirribonucleico”.

—...

—Balbuceó un par de sílabas... y se bajó en la siguiente estación.

—¡Le dió un ACV con una palabra!

—Literalmente. Yo no rapeo... pero tengo munición científica.



lunes, 7 de julio de 2025

Ahora que estás

 


A veces me pasa que te miro y no puedo evitar pensar que estuviste ahí todo el tiempo. Incluso cuando no estabas.

No en presencia, quizás. Pero en esas cosas pequeñas que uno no se da cuenta hasta que se detiene: una palabra que repetís, una forma de mirar, una canción que aparece sin buscarla y me lleva derecho a vos.

No sé si fue el tiempo o la distancia. O tal vez fui yo. Pero algo cambió.

Y sin embargo, cuando volviste, todo tenía tu forma. Tu voz era la misma, pero traía algo nuevo. Como si el camino te hubiera pulido, como si hubieras vuelto siendo más vos.

Estás. Y ahora lo sé con una claridad que antes no tenía.

Porque sí, siempre me dejaste algo. No como esos amores que hacen mucho ruido. Lo tuyo fue distinto: Fuiste una palabra en común en mitad de una charla, risa que se me escapó sin saber por qué, una idea que encendiste sin darte cuenta. Dejaste en mi cosas que no sabés.

Te hiciste parte de mis días. En la forma en que miro el cielo, en lo que leo, en el gesto automático de pensar en preparar dos cafés aunque esté solo.

Sos también la que empujó cambios. Lo que me hizo querer estar mejor. Por vos, o por mí con vos.  

Porque no es que te fuiste. Es que hiciste tu viaje, y yo el mío. Y en algún punto, sin hacer ruido, sin promesas ni fuegos artificiales, volvimos a encontrarnos.

Sos ese lugar al que se vuelve sin preguntarse por qué. Esa presencia que no empuja, pero sostiene.

No hicimos todo juntos, pero sí hicimos algo que pocos logran: resistimos. Y regresamos. Volvimos...

Y ahora que estás, ya no pienso en lo que faltó. Pienso en lo que queda.

Y queda tanto.







martes, 8 de abril de 2025

Caída Libre

 


El amor, como una maceta lanzada desde un piso doce, a veces te cae encima sin previo aviso y te deja atontado, con moretones y preguntándote por qué demonios miraste hacia arriba justo en ese momento. Él sólo iba a comprar medialunas. Ella, regaba sus suculentas. Y el destino —o un golpe de viento, o la gravedad, o todos ellos— hicieron lo suyo.

—Cuando abrí los ojos, lo primero que vi fue su cara —iba a decir Matías, cuando le contara su experiencia a su amigo Sebas— O mejor dicho, vi su cara invertida, como si el cielo tuviera ojos verdes, pecas y un leve aroma a menta. —¡Ay, perdón! ¡Perdón! ¡No era mi intención matar a nadie hoy!—, me dijo, con las manos llenas de tierra y una maceta medio aplastada con una planta decapitada a sus pies. Traté de incorporarme, pero me di cuenta de que estaba recostado sobre tierra y sobre mi orgullo, el cual, al igual que mi cuerpo mareado, tenía una rajadura nueva por no poder todavía levantarme. Ella seguro se dio cuenta.

—Yo… —dijo Matías, sentándose ahora con cuidado y llevándose una mano temblorosa al hombro magullado— no estaba buscando hormigas… por si te preguntás por qué andaba con la cara pegada al piso. Estaba buscando medialunas… facturas… ¿algo así como una razón para vivir? No sé. Estoy confundido.

Marcia frunció los labios en una mueca culpable de 19 años, pero sus ojos brillaron con el comentario, con algo más parecido a la risa que al arrepentimiento. 

—Bueno, me alegro de que tu misión panadera haya fracasado solo parcialmente. Si la maceta te hubiese dado en la cabeza, estarías muerto. Por suerte, te dio en el hombro. No sé si agradecérselo a Newton o a la mala puntería de mis plantas.

Matías asintió con solemnidad, apenas, porque todavía le zumbaban los oídos. A sus veinte años, después de tantas mañanas idénticas yendo a la facultad, nunca imaginó que este martes terminaría en el suelo por culpa de una suculenta homicida. Sus compañeros de literatura no le creerían esta historia cuando la contara mañana.

—Entonces... ¿me salvó tu grito que me hizo mirar para arriba?

—Eso, tu notable reacción en menos de 3 segundos, y que tengo plantas con poco peso. Si te hubiese dado la maceta de loza que uso para los helechos, esto era velorio con criollitas.

Él soltó una carcajada, que derivó en una mueca de dolor.

—Ay… no me hagas reír todavía. Me duele hasta el... hombro.

Marcia se agachó para recoger los restos de la maceta, sacudió la tierra de su jean y dijo:

—Bueno… ya que no te maté, lo mínimo que puedo hacer es invitarte yo las facturas. Te las debo.

—¿Invitarme medialunas? —repitió Matías, con una sonrisa que asomaba entre los pelos despeinados y el moretón que empezaba a florecer como una acuarela en su hombro—. No sé… ¿no sería mejor que vayamos juntos a un café y discutamos las condiciones de mi recuperación? Medialunas, café con leche y conversación agradable, con potencial.

No supo por qué lo dijo, pero la sonrisa de ella le desconectaba parcialmente las neuronas de su habitual timidez. O seguía conmocionado.

Marcia lo miró con una ceja arqueada y los brazos cruzados, como si analizara un experimento complicado.

—¿Café con potencial? Hmm... interesante. Pero dejame aclarar algo: yo invito. Por protocolo. Porque es técnicamente una cita de emergencia médica.

—¿Y si quiero pagar yo?

—Entonces veremos, si hay otro café la cuenta será tuya. Si sobrevivís ahora a las medialunas.

Él sonrió con más entusiasmo que equilibrio, y mientras ella lo ayudaba a levantarse de la vereda, pensó que jamás una planta asesina había tenido un final tan prometedor.

La tarde se filtraba entre los edificios como una acuarela de ocres y naranjas. El bullicio de Avenida Rivadavia se extendía a su alrededor mientras caminaban, él rengueando con un dejo teatral, como si hubiera sobrevivido a una guerra botánica, y ella cargando la culpa y a su planta media enterrada en un maceta de plástico machucada con una sonrisa que se negaba a esconderse del todo. El aire otoñal traía ese perfume a ciudad y a hojas caídas, a café de esquina y a posibilidades nuevas.

—¿Te duele mucho? —preguntó Marcia mientras esperaban el semáforo en Acoyte. Sus dedos tamborileaban sobre el plástico de la maceta rescatada, como si intentara descifrar alguna ecuación invisible en el aire.

—Solo cuando respiro, camino o me acuerdo de que esa planta intentó asesinarme —respondió Matías, y agregó con dramatismo—. Lo normal.

—Por las dudas, si ahora en el bar ves una ensalada en la mesa, salí corriendo.

—Siempre lo hago. Odio las verduras. Es como si viviera en una especie de venganza vegetal. Me han atacado lechugas, zapallitos y una vez un brócoli me dio una charla motivacional. Horrible.

Marcia soltó una carcajada con una sonrisa que le sacó a Matías todo el dolor del hombro por unos segundos.

—Voy a confesar algo… soy vegetariana —dijo, mirando hacia el frente.

Él se detuvo en seco.

—¿En serio?

Ella giró solo la mirada hacia él, con una sonrisa ladeada.

—No. Amo el asado. Pero quería ver tu cara.

—Casi pido un Uber directo al infierno —dijo él—. Aunque creo que no tengo señal —dijo mirando su celular un segundo—... capaz que eso sea una señal. ¿Tenés idea del susto que me diste?

—Bueno, ahora estamos a mano. Vos me asustaste con tu amor por saltar a cabecear macetas, y yo con mi falsa militancia vegetariana.

Doblaron en una calle tranquila con cafés de autor a los costados, todos con ventanales que dejaban entrever estilo y modernidad. El contraste entre la bulliciosa avenida y este rincón más calmo de Caballito los envolvió como un abrazo inesperado.

—¿Te parece bien ese de allá? —preguntó ella, señalando un café con aspecto más tradicional y mesas y sillas de madera.

—Sí, pero sentémonos lejos de las plantas, por las dudas.

Una moza joven los ubicó en una mesita junto a una ventana. Él pidió un café con leche y dos medialunas, ella, un submarino y una porción de torta de chocolate. No parecían víctimas de un incidente doméstico, sino dos nuevos/viejos amigos que se reencontraban después de un tiempo sin verse.

—Estudio Física —dijo ella, rompiendo el hielo y removiendo el submarino con la cucharita—. Así que, técnicamente, podría calcular a qué velocidad cayó la maceta... por si tuviera que indemnizarte.

—Yo estudio Letras. Podría escribir una elegía sobre cómo una planta salvaje hizo una tentativa de asesinato, pero mejor no. Prefiero las comedias. Bueno, en realidad prefiero la literatura fantástica y los comics.

—¿Vivís por acá?

—En Flores. A unas cuadras. Vivo con un amigo que piensa que la casa es un boliche. Yo soy más... biblioteca y café.

—Suena a que necesitás refugios tranquilos. Como este. Con torta. Y sin plantas suicidas.

—¿Vos vivís sola?

—Sí. Con mis suculentas. No pensé que una de ellas iba a desarrollar instintos homicidas. Debo hablarles menos.

Hubo una pausa en la que ambos sonrieron al mismo tiempo. Y de pronto, sin aviso, algo se deslizó entre ellos: la certeza de que, por una extraña casualidad —mezcla de gravedad, macetas y medialunas—, algo interesante acababa de empezar.

Por la ventana, la luz de la tarde pintaba todo de un dorado suave y difuminado. Matías observó cómo esa misma luz hacía brillar las pecas en la nariz de Marcia, como pequeñas estrellas diurnas, mientras ella le contaba sobre sus teorías favoritas del universo con la misma pasión con la que demolía la torta de mousse de chocolate. Había algo hipnótico en la forma en que movía las manos al explicar conceptos de física cuántica que él apenas entendía, pero que sonaban fascinantes en su voz.

—Bueno, considerando que seguís vivo, que no hay fracturas expuestas, y que pudiste comer una medialuna sin desmayarte... te declaro oficialmente indemnizado —dijo Marcia, llevándose la taza de submarino a los labios con una sonrisa victoriosa.

Matías la miró por encima del borde de su café.

—Perfecto. Entonces, ya que no era tan grave, ahora soy yo quien estoy en deuda. Y como hombre de honor, me toca cumplimentar esta nueva paz entre especies humanas y vegetales. Te acompaño a casa, no se discute. Es una cuestión de equilibrio cósmico.

—¿Y si te atacan mis otras plantas?

—Tengo reflejos rápidos y conocimientos sobre Tolkien. Estoy preparado.

Salieron del café y caminaron por Rivadavia, con el cielo de abril poniéndose en tonos lavanda y naranja. El tránsito aún era ruidoso, pero entre ellos se había formado un pequeño silencio lleno de palabras sin decir. Esta vez fue Matías quien tomó la iniciativa.

—¿En serio me decías que preferís el libro a las pelis del Señor de los Anillos? —preguntó él, sin disimular el entusiasmo.

—Obvio. El libro tiene alma, magia… las pelis están bien, pero nunca entendieron del todo a Galadriel.

Matías se detuvo un instante, mirándola como si acabara de descubrir un libro encantado en una librería de viejo de avenida Corrientes.

—Yo dije eso una vez en una clase y casi me linchan. Te juro. Bueno, hay esperanza para la humanidad después de todo.

Ella se rió, y él aprovechó para mirarla mejor. Ojos menta que chispeaban con cada ocurrencia, un flequillo rebelde que le caía sobre la frente, piel blanca con pecas como constelaciones diminutas. No era alta, ni parecía muy fuerte, pero caminaba como si pudiera con el mundo entero… o al menos con unas cuantas macetas traicioneras.

—¿Qué mirás? —preguntó ella, frenándose y cruzando los brazos con picardía.

—Estoy analizando si tus ojos tienen más verde o más risa —respondió sin pensar Matías. Sus ojos se abrieron un poco cuando se dio cuenta de lo que acababa de decir.

—Hmm... poético. ¿Siempre sos así o es efecto del golpe?

—No descarto ninguna hipótesis.

Las luces de la calle comenzaban a encenderse cuando llegaron a la puerta del edificio, creando un halo suave alrededor de ellos. El balcón del tercer piso, lleno de plantas que parecían espiar la escena, les recordó cómo había empezado todo apenas unas horas antes. Ella buscó las llaves y él bajó solo un escalón, como si no quisiera irse del todo.

—Bueno, creo que podemos decir que nuestro encuentro fue... intenso —dijo Marcia

—Literalmente. Me caíste del cielo. Como una maceta.

Ella levantó los ojos con cara de "¡pero por favor!", pero la sonrisa no se le borraba.

—Te ganaste una segunda cita, por sobrevivir y no hacerme sentir demasiado culpable. Este sábado. Parque Chacabuco. Hay bancos con sombra, aire libre y, si traés mate, te cuento por qué Dune es mejor que Star Wars.

—¿Mate y polémica interestelar? Compro.

—Ah, y traé repelente. Las plantas del parque tienen insectos que no son tan simpáticos como yo.

—Estoy seguro —dijo él, sonriendo—. Llevo.

Ella subió un par de escalones, se giró y lo miró una vez más.

—Es la cita más rara que tuve. Fue... lindo.

—Gracias por invitarme medialunas. Fue... Es un gran comienzo. Y la verdad me gusta.

Y con un "nos vemos el sábado" en los labios y una sonrisa boba, Matías se alejó por la vereda como quien se siente el campeón mundial de cabecear macetas, mientras la luz del atardecer pintaba todo de naranja y la promesa de algo nuevo flotaba en el aire, tan real como la física y tan mágica como la literatura.



lunes, 29 de abril de 2024

El otoño está en el umbral de los colores


 

En el umbral de los colores, donde el susurro del viento acaricia las hojas doradas y carmesíes, donde el sol se filtra entre las ramas desnudas, Ana cumple años.

En una ciudad sumergida en otoño, las calles se visten con el manto cálido de las hojas caídas. Cada paso volviendo del colegio es un susurro sobre la alfombra crujiente que cubre las aceras, mientras los árboles, testigos silenciosos del paso del tiempo, se despojan de su vestidura verde para abrazar la melancolía del ocaso.
En medio de este escenario efímero, donde la luz del día se desvanece lentamente, la joven de cabellos del color del ámbar y ojos sonrientes de sueños y alegrías avanza con paso ligero y mirada ensoñadora, adentrándose en el laberinto suburbano de calles de casas bajas, planeando y esperando la llegada del fin de semana para poder festejar su cumpleaños.
Las luces en la calle se encienden una a una, como luciérnagas que danzan en la penumbra, y Ana se sumerge en la sinfonía de colores y aromas que perfuman el aire. El aroma a tierra mojada se entrelaza con el perfume de las últimas flores del año, creando una melodía de atardecer.
Llega a casa, al entrar la reciben gatitos y un conejo. Va a su cuarto, donde encuentra sus cosas, sus figuras, algún peluche.
Se sienta en un rincón, y se olvida la vida bulle a su alrededor. Afuera, la ciudad se sumerge en la quietud del crepúsculo, mientras dentro, en ese pequeño refugio, el tiempo parece detenerse en un instante de serenidad. Se pone a estudiar. Acumula llamadas en el celular, la llamo y no atiende, despues me va a contar que se quedó sin batería. Está en la suya, es la hora que todo se pausa, estudia tranquila. Ana comprende la belleza efímera del otoño en la ciudad, pero no de una forma triste, sino que en cada hoja que danza en el viento, en cada rayo de sol que destella entre las ramas semidesnudas, encuentra la promesa de un nuevo comienzo, la certeza de que, aunque los colores del otoño se desvanezcan, siempre habrá luz y belleza en el horizonte. Tiene 15 años. Y todo por delante.


Nota al pie: Gracias Pao por darme el título justo que necesitaba.

viernes, 29 de diciembre de 2023

La vida comienza tantas veces


Cada año hacemos promesas para un nuevo año, expresamos nuestros deseos mentalmente o a viva voz. Terminaba el año pasado, un año de aprendizaje, de recuperación, y expresé mi deseo sin saber bien cuál era, en una plegaria. 

El año pasado allá por noviembre, por diciembre; allá por España, allá por Italia, entre el sol de una playa de Barcelona y el invierno de un mercadito de Firenze, con el corazón confundido, recuperé el espíritu de la Navidad y la capacidad de rezar con fe cuando ya parecía perdida.

Y comencé este año con ese pedido, cuya respuesta me hizo comenzar una vez más a creer en una sonrisa y unos ojos brillantes. Comenzar con la esperanza de enamorarme de nuevo, de creer que la vida está hacia adelante y no es sólo recuerdos.

Cada día de este año fue una respuesta a esa plegaria confundida que decía, simplemente: "que sea lo mejor". Apostando todo a la fe, al destino, a la magia del universo. Llámenlo como quieran. Y a mi vida llegó la magia de una persona que me hace soñar y creer en mí y en nosotros cada día, todos los días.

La vida comenzó una vez más, cómo un romance perdido y reencontrado. 

Ya sé mi pedido para el año que viene: Qué sea lo mejor. Las cosas se acomodan. La vida comienza.

Tantas veces.




martes, 21 de junio de 2022

Un café

 


Necesito ir a tomar un café.

Pero no ir de copas, ni sólo sentir el sabor dulce y amargo de la bebida probablemente más popular del mundo. Necesito ir a tomar un café con todo lo que el café representa: El olor a café, el rumor de la charla de la cafetería, el ruido de las cucharitas, el caminar lento de una mesera, la risa de una chica en la mesa vecina, el mirar por la ventana con la taza en los labios.

No es solo escapar del frio del invierno que se empaña en el vidrio como pidiendo entrar: es sentir el calor que se desliza por la garganta mientras el perfume a tostado nos inunda la nariz y nos arranca de la realidad para llevarnos a una selva, a un mar, a un desierto, pero siempre al calor.

Tomar un café es el libro en una mano —izquierda, en mi caso—, mientras la diestra como si tuviera mente propia revuelve parsimoniosamente con la cucharita y reflexiona cosas que sólo los dedos y las cucharas comprenden.

Tomar un café es espera, es calidez, es compañía. Es el momento en que la mente toma unas vacaciones de los problemas cotidianos. Es el caminar al bar, no es lo mismo un café en casa, no llena el espacio.

Y también el tomar una café es la expectación, la espera, tomar un cafe es verte llegar, es ver tu sonrisa.

O acaso extrañarte, mientras los ojos leen, los dedos lentos reflexionan, y afuera el frío se refleja en el vidrio y en el corazón, que sólo puede seguir adelante... con un café.




martes, 10 de mayo de 2022

Material de los sueños

 


En un lugar inefable, un dios (Dios para sus fieles) habia terminado la creación. Esa, una, muchas.
Con su divino trazo, escribía con luces y sombras sobre ásperas superficies algunos cuentos, historias. Cada tanto uno le gustaba, lo corregía y aparecía en una de sus creaciones, como un evento en el mundo, como un animal o monstruo mítico e imposible. 
Pero muchos bocetos quedaban en nada, y los descartaba en luminoso polvo infinito.
Ese era el material de los sueños de quienes apaciblemente o no, dormían cada noche.





martes, 19 de octubre de 2021

Leyendas Urbanas


 

01.- Pisás una baldos floja: Hoy va a ser un mal día.

02.- Un pájaro canta cuando pasás bajo el árbol donde está: Un ángel te vigila.

03.- Te sorprende una lluvia sin paraguas: Habrá frío en tu alma.

04.- Un rayo de sol se escapa para alcanzarte en un dia nublado: Los amigos estarán cuando los necesites.

05.- Olvidas ponerle azúcar al café: Momentos de amargura se avecinan.

06.- Se rompió el saquito de té en el desayuno: Algo que se rompió no puede arreglarse.

07.- La leche hierve y se derrama: Recibirás un llamado muy esperado.

08.- Despertás un minuto antes de la alarma del despertador: Los pensamientos te perseguirán todo el día.

09.- Se quemó la lamparita: El mundo en tu corazón pierde color.

10.- El mar borra su nombre en la arena: Le extrañaré por siempre.



viernes, 5 de febrero de 2021

El agujero negro consciente


 

Continuo con los cuentos del Estadio de Urbys.

http://axxon.com.ar/

http://axxon.com.ar/c-ciudad-mabg38.htm


Leyendas del vestuario

Mientras los jugadores se cambian luego de un entrenamiento y llega el utilero con los mates, se suelen comentar historias sobre sucesos asombrosos, jugadas imposibles y extrañas apariciones que van más allá de la realidad de las leyes conocidas del Universo.


El agujero negro consciente

En uno de los armarios del vestuario visitante, ése que tiene la puerta despintada y oxidada, de chapa rota, sin candado, y en cuyo interior se amontonan los viejos diarios, se esconde en una esquina, cubierto por éstos, un pequeño agujero negro.

      Es del tamaño de una mota de polvo, más pequeño acaso que la punta de una aguja, aunque su capacidad de atracción de masa es muy grande, incalculable. No se sabe cómo llegó allí y muy pocos —quizás ninguno— creen en su existencia. Hay rumores de que está allí, pero se le considera más bien una leyenda. Pero nadie abre la desvencijada puerta del armario, nadie lo limpia de la suciedad y quita los viejos periódicos que se acumulan, abandonados y amarillentos, en su interior.

      Si lo hicieran, descubrirían algo muy extraño: La tinta de estos diarios está desapareciendo, absorbida por el agujero negro, aunque el papel permanece. Y más extraño aún, como si una especie de conciencia o inteligencia lo guiara, está consumiendo primero la sección Deportes.




jueves, 4 de febrero de 2021

El día del temblor

 



Continuo con los cuentos del Estadio de Urbys.

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Historias de la Tribuna local

El día del temblor


(Tal como lo relató en el bar ´No tan sobrio´ el famoso comentarista deportivo Aristofanes Atreup)

Domingo, seis de la tarde. La gente se encuentra ya en el estadio. Las banderas flamean tranquilas en la tribuna local. Nadie está preparado para la noticia.

Era una tarde de principios de septiembre, con el clima suave de Urbys en ese mes. La gente concurría feliz y esperanzada al estadio. Luego de insólitos resultados positivos el equipo local sólo necesitaba un triunfo para ser el campeón de la Liga y lograr el esperado ascenso. Y no es fatuo decir insólito o inesperado, ya que el equipo de Urbys —al que se apodaba, por sus seguidores, poco dados a la efusividad en sus festejos, como "Los Desalentados"—, nunca había llegado tan alto. Este año, merced a la fortuna de contar en el equipo con una pareja de delanteros habilidosos y decididos, un buen arquero y un veloz lateral derecho, que había sabido explotar las ventajas de cierto sector de la cancha cuando jugaban de local, llegaban a esta estancia decisiva.

      La hinchada local había venido preparada para el festejo. Los ansiosos ocupantes de las gradas portaban banderas, bombos, petardos y bolsas de papelitos. Los jugadores ingresaron a la cancha y fueron recibidos por el ya tradicional murmullo que les había ganado el apodo. Y comenzó el partido, de juego fuerte y trabado, como corresponde a este tipo de encuentros.

      La hinchada —por primera vez llenas las gradas de las tribunas A y B— alentaba cada jugada, cada veloz ataque, cada atajada, mientras el murmullo crecía, adelantando el festejo. La gente abandonaba sus lugares, agolpándose contra el alambrado. Faltaban menos de cinco minutos para el final del partido y con el empate retornaba la desesperanza de otro campeonato sin ganar. La gente ahogaba en su garganta el grito del festejo final, presintiendo ya no llegaría.

      En ese momento el lateral derecho del equipo local tomó la pelota y comenzó un veloz contraataque por su banda, justo debajo de las tribunas A y B. Los seguidores se pusieron de pie, mientras una sensación indefinible invadía el estadio. La tribuna visitante enmudeció de repente. El mediocampista eludió a un rival y a otro, en un hábil movimiento, levantó la vista y ejecutó un centro perfecto hacia el puntero derecho, que elevándose muy por encima de los defensores en su salto, sobrehumanamente, conectó un preciso cabezazo que ingresó al arco rozando el ángulo superior izquierdo del arquero.

¡GOL!!! La tribuna estalla, con un salto simultáneo, con una emoción contenida por muchos años; saltan juntos, caen con fuerza, vuelven a saltar, gritan el nombre de su equipo en cien maneras, golpean con los pies, tiran las estruendosas bombas, festejando.

      Del otro lado de la ciudad, en el Observatorio, uno de los sensores próximos al Estadio registra el inicio de un temblor. La escala aumenta con rapidez, la vibración se hace constante y periódica. En el vacío Observatorio (todos sus ocupantes están en ese momento en el Estadio), se activan las alarmas sísmicas, transmitiendo el aviso a observatorios de ciudades distantes de todo el mundo. De inmediato suenan las correspondientes alarmas en los Departamentos de Policía y Bomberos, que acuden al foco del temblor, en las cercanías del Estadio. El ruido de sirenas casi no se escucha allí, donde la gente todavía está presa del festejo, todavía con la expectación del partido, que sigue en juego. La noticia de un temblor de causas desconocidas se filtra a un periodista, se transmite por la radio.

      Los comentaristas del partido escuchan la emisión; también la gente. La adrenalina feliz que inundaba a todos ahora pasa el pánico. La gente asustada salta e invade el campo de juego, sin saber que ellos mismos son la causa del misterioso temblor, registrado erróneamente. Escuchan las sirenas de la policía y los bomberos, que suenan en el inconsciente colectivo como la premonición de una catástrofe. Se rompen las rejas, se abandona el juego, cada persona busca la salida más cercana, o la que considera más rápida. Se producen golpes, aglomeración, gritos, algunos heridos, sin que haya que lamentar —afortunadamente— víctimas fatales.

      Varias horas después, todo queda aclarado. Los científicos dan sus explicaciones, la gente se calma. En el curso de la semana, la comisión deportiva de la Liga determinará que el partido se considere ´no cumplido´, por falta de garantías en el Estadio. Se fija un resultado oficial, que es, obviamente, de un empate 0 a 0.

Y así, el equipo de Urbys perdió el campeonato.




miércoles, 3 de febrero de 2021

Estadio de Urbys

 


Urbys fue un proyecto de la revista Axxon, quizás la más grande de las revistas electrónicas de ciencia ficción en castellano. recuerdo se llegó a repartir en disquetes de 3 1/2 en tiempos anteriores a la internet en Argentina. Tuve la suerte de tomar cursos con su fundador, el escritor Eduardo Carletti. Comentando estocon mi hija va un aporte a esta revista y al proyecto maravilloso de, en lugar de contar historias de una ciudad, crear una ciudad con historias.

Entre los edificios de Urbys, elegí el Estadio.

Les adjunto el link de la revista, el del cuento, y la copia exacta del mismo.

http://axxon.com.ar/

http://axxon.com.ar/c-ciudad-mabg38.htm

En los próximos días vendrán Historias de la tribuna local, y Leyendas del vestuario.



Estadio de Urbys

Localización:

Situación geográfica. Son dos bloques de manzanas, limitadas por la calle 38, y la calle Las Laderas (vía del ferrocarril Tren de la Llanura), y las calles Paseo de la Guardia y Calle BI.

Historia:

El Estadio de Urbys fue fundado por el ingeniero Carlos Lasarte hace más de cuarenta años en un terreno baldío cercano a la vía por donde pasa el Tren de la Llanura. El propio Lasarte nos cuenta su historia:

      "Nos juntábamos a jugar al salir del colegio con mis compañeros de curso, en el baldío al costado de la vía. Desconocíamos la causa por la que en uno de los costados del terreno el pasto crecía siempre de color amarillo, tanto en invierno como en verano. No se confundan al pensar que se trataba de pasto seco, sino que crecía naturalmente, pleno de vida, pero de este color, un amarillo brillante, fosforescente en la obscuridad. Marcado arbitrariamente por piedras y bolsos con libros, se convirtió en el lateral de nuestro campo de juego."

      Este comentario del ingeniero Lasarte nos intrigó y nos dirigimos a la Universidad con el fin de encontrar una explicación. Para ello concertamos una entrevista con el reconocido físico y geólogo Servio Anatnev, quien tuvo la amabilidad de atendernos en su despacho. Refiriéndose a investigaciones suyas al respecto, nos informó:

      "Solía jugar en ese terreno. La curiosidad me impulsó a investigar sobre algunas particularidades que considero únicas, que ya me habían sorprendido cuando jugaba allí en mi adolescencia. Puedo decir que el meteorito que llegó a Urbys en épocas pretéritas se disgregó en pequeños trozos, de características muy disímiles. Uno de éstos es la famosa Piedra del Tren. Varios otros quedaron más o menos enterrados en diversos puntos de la ciudad. Uno de los casos puede ser el Barrio de las Piedrecillas Azules..."

      Le recordamos al profesor el tema que nos llevó a su presencia y éste retornó al relato sobre su hipótesis (sostenida sólo teóricamente) del origen del extraño color amarillo del pasto del lugar, así como la fosforescencia:

      "Como les comentaba, un fragmento del meteorito cayó en este lugar, introduciéndose profundamente en la tierra blanda y combinándose con ella. Las principales propiedades del fragmento son el magnetismo y una leve radiactividad. Hay en él, probablemente, un pequeño trozo de plutonio-186, que se debe haber formado en la naturaleza por acción de una fuerza nuclear violenta. Está cubierto por un conjunto de minerales entre los que predomina la magnetita. Considero la posibilidad —aclara el profesor— de que el lanzamiento de este meteorito al espacio pudo deberse a la explosión de una nova, o un sol blanco, ocurrida hace millones de años, que desprendió grandes trozos de materia por nuestra zona de la espiral galáctica. Otra posibilidad es que se deba a la explosión de un planeta a causa de una guerra cósmica con armas atómicas.

      »La radiación a que fue sometido el fragmento y el magnetismo, sumados, crearon una polaridad de fuerzas magnético/nuclear débil, que por confrontación/oposición con las otras fuerzas propias del universo —la gravedad y la fuerza nuclear fuerte— produce influencia al terreno que le rodea.

      »Esta banda de pasto presenta una gravedad menor, de 5/7 respecto a la gravedad del resto de Urbys. Como no soy botánico ni biólogo, mis conocimientos no alcanzan a explicar la fosforescencia ni el particular color del pasto en esa zona, pero muy probablemente esté relacionado con la alteración del campo magnético, o quizás a la cierta radiación.".

      Hasta aquí lo comentado por el profesor Anatnev, de la Universidad de Urbys. Observamos hoy este terreno, que abarca no solamente uno de los laterales de la cancha sino también los cimientos de la tribuna local, y recordamos las palabras del ingeniero Lasarte:

      "Desde esa época en la que era un veloz puntero derecho, recuerdo con cariño ese baldío, en el que jugué los mejores partidos de fútbol de mi vida. Al recibirme deseé honrar el recuerdo de tantas horas felices y decidí construir esta obra para la ciudad de Urbys, que es fuente de alegrías e historias".

      El ingeniero omite contar por qué sus recuerdos son particularmente buenos y evita —sin ninguna maldad, así lo creemos— todo comentario sobre los extraños goles que se producen en esta cancha. No hizo comentario alguno sobre el comienzo poco prometedor de su equipo en la liga local. Y tampoco nos habló sobre las historias que se cuentan sobre la tribuna local —secciones A y B— y las curiosas leyendas del vestuario. Pero es lógico que así ocurra. Las anécdotas y leyendas se propagan más que la historia verdadera y ya son conocidas por todos entre la población de Urbys.






viernes, 21 de agosto de 2020

Árbol verde claro

 

Hoy vi la imagen de un árbol dibujado en un cuento para niños, y me acordé del verde claro. Si, el color, el del lápiz verde claro que usaba siempre para los árboles por ahí porque no me gustaban los árboles oscuros, fantasmales y serios, sino que me gustaban verdes, brillantes, con copa con onditas y redondos por más que —para mi capacidad para el dibujo— hacer un simple pino ya era un acto frustrado desde antes de comenzar. Era intentar hacer una pintura realista con el chip de caricaturista puesto: unos palitos y unas curvas esquemáticas trataban de representar la realidad de un árbol que se hacía inmarcesible para mi habilidad a esa edad... o nunca, o siempre, como prefieran verlo. Pero con marrón oscuro y el verde claro, un verde manzana verde, un color de luz y brillo como no había otro en la caja de lápices. Porque el amarillo no se veía sobre el papel blanco y el sol era una sombra apenas en el cielo que obligaba darle bordes negros para que se notara acaso que ahí había algo. A veces al lado del árbol la casita con techo alpino, rojo; o acaso otra cosa, pero siempre tenía que estar el árbol, con su copa verde manzana claro. Capaz más adelante le llegué a dibujar ramas, capaz con el tiempo se acabó la luz y cambié el color, capaz dejé de usar lápices y me atrajeron las fibras hasta que dejé de dibujar y ese mundo mágico de colores quedó abandonado. Cómo un tiempo de una niñez que ya pasó. Pero olvidado, no.

¿Quién tiene lápices? Dibujemos...



miércoles, 24 de junio de 2020

El corcho en el aceite



Hace muy poco me enteré que mucha gente / alguna gente / gente que se cree cocineros / gente que se creen personas, al momento de freír, ponen un tapón de corcho en el aceite.
Como 'persona no cocinero' que soy, me encontré preguntándome por qué razón podría ocurrir esta situación tan insólita.

Las respuestas que pude recabar cuando investigué  fueron diversas:
— Colocando un corcho en el aceite evitamos que éste se queme.
— ¡Para que el aceite no haga espuma!
— Para evitar que el aceite salpique (también puede ser sal, o miga de pan).
Al parecer el corcho es algo así como una resistencia a las altas temperaturas del aceite.
Pero también encontré que para sacar el hollín de una sartén usada, nada mejor que frotarla con un corcho... Así que nada, mientras no se usa, limpia; y mientras se usa... nada, pero en aceite.

Al corcho se le presenta la disyuntiva filosófica que muchas veces tenemos todos nosotros en algunas conversaciones o con ciertas personas de nadar en dulce de leche o en aceite hirviendo, y elige. También en el famoso dicho 'de la sartén al fuego', el corcho elige la sartén. Por poco.

El corcho es un temerario psicópata.

martes, 29 de octubre de 2019

Feliz Halloween: Iglesia de San Bernardino alle Ossa




Iglesia de San Bernardino alle Ossa
Para festejar Halloween, este lugar lo visité en mi último viaje. La iglesia se encuentra medio escondida en una callejuela que hace esquina con la piazza Santo Stefano: si apenas al entrar a San Bernardino alle Ossa se tuerce a la derecha, se accede a una siniestra capilla diferente a todas debido a la macabra decoración hecha con huesos humanos.
Un poco de historia: En ese lugar se construyó en 1127 el Hospital de San Barnaba in Brolo destinado a la cura de leprosos y un cementerio. En 1210 se edificó un osario. Junto al osario en 1269 se construyó la primera iglesia de San Bernardino alle Ossa, conocida entonces como San Bernardino ai Morti. Después de varias demoliciones e incendios, y siendo cada vez más
famosa se restauró por última vez en 1695. En el techo, la obra de Sebastiano Ricci representa "El triunfo de las almas en un vuelo de ángeles", y a los pies de la imagen central se encuentran San Bernardino de Siena, Santa María, San Ambrosio de Milán, y San Sebastián.
Apenas entrar nos reciben calaveras dispuestas en cruz apiladas entre pilas de huesos que están apenas separados por rejillas negras para evitar que se caigan, pero no para evitar el contacto. Por eso están pulidas por cientos de manos que se arriesgan al contacto seductor de la Muerte.
En columnas, y rodeando el altar cientos de fémures y calaveras diseñan extraños dibujos o acaso símbolos ignorados de la hermandad de las Disciplinas, que fue quien creó esta extraña forma de culto a la muerte.
Se dice que los cráneos que enmarcan la puerta correspondieron a condenados a muerte. También que puede haber restos de los cristianos quemados por herejes en épocas de San Ambrosio.
Y cuenta la leyenda, que si se mira con cuidado acaso se pueda vislumbrar el cuerpo semimomificado de una chiquilla escondido cerca del altar que, según dicen quienes se acercaron atraídos por los extraños ruidos cierto 2 de noviembre —en la noche de los muertos— salió de su tumba y junto con otros esqueletos bailó frente a todos su danza macabra.









viernes, 13 de septiembre de 2019

Juegos de palabras, juegos de emociones



La amistad no necesita frecuencia. El amor sí. Pero la amistad, y sobre todo la amistad de hermanos, no. Puede prescindir de la frecuencia o de la frecuentación. En cambio el amor, no. El amor está lleno de ansiedades, de dudas. Un día de ausencia puede ser terrible.
Jorge Luis Borges


Coincido con la cita de Borges, en parte. Pero me parece que aún él, que entendía el castellano como pocos, no termina de explicar la diferencia. Y sin dudas no soy quien para mejorarlo, por lo tanto no me queda más que hacer un poco de historia, para encontrar un concepto más completo.

Aunque cada vez se estudian menos las llamadas 'lenguas muertas' como el latín y el griego en favor del más práctico inglés, estas lenguas fueron fuertes influencias en el nacimiento del idioma castellano  y a veces permiten explicar o expresar mejor algunas ideas para las que a veces... nos faltan las palabras.
Y qué mejor que intentar explicar las emociones para encontrarnos sin palabras, siendo que no se expresan con la mente.

Como introducción tardía, del griego antiguo derivan palabras como teatro o  comedia, apuntadas a la emociones; junto con palabras mas 'duras' orientadas a temas mas tangibles, aunque lo parezcan menos como biología, química o aritmética.

El griego antiguo como toda construcción del lenguaje,  se adaptó a sus costumbres, su religiosidad —hoy sería mitología—, y a su propio uso. Con tantos años, con tanto tiempo, logró generar conceptos con una especificidad que hoy se nos escapa.
Y por eso resulta aún mas sorprendente en el idioma Castellano que siendo tan romántico, haya perdido una forma de diferenciación griega tan particular y específica para las diferentes forma de amor. 
Hoy usamos la palabra Amor de forma indistinta, pero para los griegos en la antigüedad el amor se dividía en tres formas de sentir diferenciadas en su propia expresión, siendo estos Philos, Eros, y Agápe

Entendían por Philos el amor entre amigos, un amor de familia, de parentesco o de amigos que se hacen tan íntimos como parientes. Es un amor no sexual, un amor de prestar atención al otro, aceptar su personalidad, y admirar su intelecto. Es un amor de sociedad, que lleva a compartir todo naturalmente. Es el primer amor que se conoce.

El amor de pareja era Eros, un amor dulce y violento, un amor que explota y explora al otro. Un amor con cielo e infierno en el que hay un fuerte deseo físico, sexual, sensual. Un amor que seduce y atrapa, incandescente como la llama de una vela... e igual de finito. Un amor que arde violentamente y se apaga si no se renueva. Un amor con tanta luz que ciega. Es un amor que no dura si no se renueva. 

Pero la verdadera realización en el amor se llamaba Agápe, un amor que nutre. Es el amor desinteresado y altruista que no busca placer para sí mismo sino en el deleite de dar, de hacer feliz al otro. Agápe es atento con el otro, compasivo y amable. Es el amor que cuida, el que busca el bien del ser amado. Agápe es el amor más fuerte ya que no busca nada a cambio, se entrega completamente y sin miedos. Es un amor que de felicidad sin egoísmo, sin envidia, sin enojos, un amor que perdona. No necesita la presencia física para existir, es el amor en su estado puro.
Y sí, a veces lleva a idealizar. Tanto que para que este amor exista ni siquiera necesita ser correspondido, el sólo poder sentirlo da felicidad.

¡Qué maravilla sí dos personas se correspondieran en combinar las tres clases de amor!
Ese amor, sería eterno.




viernes, 7 de junio de 2019

Tiempos




Eran tiempos de luz, de renacimiento. 
Tiempos de magia y de conquista. Fue cuando la encontré, una sonrisa de estrellas, unos ojos profundamente obscuros, unos besos de fuego.
Y me arrastró con ella a su oscuridad.



viernes, 24 de mayo de 2019

Bruma




Era un tiempo de disfrutar cada momento de libertad, sin saber que no tomar decisiones es la mayor libertad que se puede permitir alguna gente.
Fue durante el servicio militar en que estuve destacado en la Escuela Naval, situada en una isla perdida en medio del rio, lugar ignoto entre Berisso y La Plata que limitaba de orilla a orilla con los astilleros de Rio Santiago. Isla rodeada de agua, aburrimiento, oficiales y mosquitos.
Y de órdenes ladradas educadamente por perros de pocas pulgas.
Tengo la imagen de ese amanecer sin recordar sí era otoño, invierno o verano. Sé que era promediando el tiempo de servicio, así que digamos en pro del relato que era principios de primavera. El amanecer me sorprendió plenamente atento, agazapado en la cima de la colina que formaba la pared trasera del polígono de tiro.
Lugar práctico para apostarse al crepúsculo para evitar los sorpresivos y simulados  ataques a los puestos de vigilancia que la guardia de respuesta inmediata hacía una noche sí, y otra también, para detectar a los que nos quedábamos dormidos en el puesto. Caso que se castigaba sin contemplación ni extrema dureza, dando por hecho que a cualquiera le pasaba. El trabajo propio de la guardia de la noche. Sin malintención, sólo su trabajo, incluso yo mismo formé parte de la respuesta inmediata unos meses después.
Pero no esa noche, en que había dormido unas pocas horas tras el rancho de la cena  y me habían despertado carrera mar para el turno que me correspondía de 4 a 8 a.m. Turnos de 4 horas, dos veces al día, dos días por rotación, y nuevo cambio de horario. Si había suerte, con franco entre rotaciones.
Esa noche, o ya digamos prontos al amanecer dado que me demoré en llegar a este punto, estaba atento escuchando desde mi puesto los ruidos nocturnos y viendo como el propio cielo demasiado lleno de estrellas en ese lugar alejado de mayor civilización daba una claridad demasiado fría y dura para quedarse al descampado adonde pudieran verme; sobre todo habiendo gastado el recurso de ocultarme en un bosquecito cercano la semana anterior, por lo cual buscaba un punto de vigilancia desde el que no pudiera ser yo mismo fácilmente descubierto. ¿Infantil? ¡por supuesto!, eramos jóvenes de 19 años de los de antes, algunos demasiado hombres, otros demasiado niños; algunos de ilusiones rotas desde su nacimiento y  muchos sin noción todavía de la vida que se nos iba a venir encima llevándose los sueños que en ese momento parecían tan cercanos y reales.
Así que el amanecer me descubrió trepado a la cima de la colina artificial, en el punto más alto del lugar, el más ventajoso para ver en cualquier dirección, y el más sencillamente divisable. Aunque tirado cuerpo a tierra, con la capa impermeable separándome del rocío del piso, vestido de camuflado y con unos pastos y unas piedras aliados, la cosa cambiaba rápidamente a mi favor.
Pronto todas esas consideraciones iban a ser borrada de un plumazo —aunque nunca vi una pluma que borrara— y el escenario iba a cambiar oponiendo una nueva realidad.
Salía el sol, el frío de la noche se alejaba entre brumas que se formaron de pronto y sin aviso bajo mis ojos, un mar de nubes que se arrastraron aferrándose a las paredes del polígono, treparon la base de la montaña, sumergieron en segundos la caseta de guardia y escondieron el bosque en un manto blanco y gris previo al amanecer que cambiaba el negro noche por la sugerencia de colores que todavía no existían, un instante de creación y de preguntas.
De frente al Este, de cara adonde antes hubo un bosque y ahora no había nada. Nada más que bruma y esa sensación de ausencia que guiaba mis pensamientos a unos ojos en ese tiempo tan cercanos en sentimiento y lejanos en distancia.
Y el rayo de sol, el amanecer en su expresión más pura surgiendo en color antes que en luz, iluminando en los primeros albores rosas desde debajo de la bruma con un resplandor que deseaba convertirse en día; un color que crecía para convertirse en un incendio de rojos y oros a contraluz con las ramas negras del bosque apenas perfilado que salía a flote entre llamas y misterio cuán una flota hundida que como reflejo de lo que fue, se asoma en la superficie.
Esos momentos mágicos que quedan grabados en la memoria, en la retina y en el corazón, en que uno puede ver, entender y sentir en armonía de la mente y los sentimientos.
Un nuevo amanecer.




martes, 29 de enero de 2019