Camina
por la calle, la vista perdida. La vereda es un mar de gente pero no la ve, ni
le importa. Camina vencido, un día tras otro por la misma vereda, todos los días
el mismo camino, baja del tren y camina.
Conoce
el recorrido como la palma de su mano, conoce cada árbol y cada baldosa floja
que esquivar los días de lluvia. Las personas caminan a su alrededor, apuradas,
hablando a teléfonos caros en lugar de hablar a otras personas, obligadas a
comunicarse constantemente, sin notar su presencia.
Llega a su trabajo, termina su turno en la oficina,
vuelve por la misma vereda, toma el tren, llega a su casa, enciende el
televisor, se prepara un té.
Todos
los días. Cada tanto algo –alguien – en el camino, en la calle, en el tren,
llama su atención, brilla una chispa en sus ojos, que apaga la indiferencia, la
soledad. Sale otro día a la calle, a la
mañana, a mendigar una mirada o un abrazo.
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