domingo, 7 de junio de 2026

Refracciones en Marfil y Oro

 



Cuidar a Martín y Emilia (Emi) Pereda se suponía que era un trabajo fácil de una noche para una niñera aprendiz: la tiranía de pedidos de los niños podía ser amortiguada con el control remoto, pochoclos hechos en casa pero con gusto a cine y la seguridad de lograr que los dos niños se durmieran con un cuento antes de la medianoche. Los niños no parecían especialmente problemáticos: Emi tenía ocho años y era un ángel que pintaba sobre la alfombra del living, rodeada de lápices de colores esparcidos como fragmentos de un arcoíris al que Martín, el hermano de doce años, se negaba a acercarse. Martín sí podía ser algo más complicado, o más bien era la típica pesadilla adolescente en su estado más puro: un solipsismo eléctrico manifestado en su obsesión por la pantalla del teléfono, donde cada uno de mis intentos de conversación era recibido con un gruñido, una respuesta monocorde, o un suspiro dramático de superioridad generacional.
Convine con la madre que los cuidaría esa noche, y acordamos el precio.
—Bueno chicos, los dejo con Nora.
La señora Pereda me dejó con los chicos que me miraban con ojos bien abiertos. Dos segundos. Al momento Emi fue a buscar los lápices y un dibujo para mostrarme, y Martín se refugió en su celular.
Después de un rato intenté puentear ese vacío con unos bocaditos, pero mi oferta fue desestimada con una sonrisa que no llegó a sus ojos oscuros, fijos en la pantalla mientras murmuraba un "No hay nada rico".
Después sugerí una "noche de película" con los consabidos pochoclos, pero Martín me sorprendió con una propuesta:
—Juguemos a las escondidas.
Soy inexperta pero tengo sentido común; la casa es enorme y perder uno de los chicos entre las habitaciones no era para nada un plan que me interesara.
—Hagamos un equipo de exploración mejor.
Los dos chicos se miraron.
—¿Cómo? —dijo Emi.
—Van a su habitación, se disfrazan de exploradores y vamos a recorrer la casa con una linterna.
Pensé que eso podía entretenerlos un ratito y poder llevarlos a ver una peli después. Me sorprendió Martín, que aceptó de inmediato y a los pocos minutos aparecía con una campera de jean de muchos bolsillos, pantalones cargo y borcegos. Y un pañuelo al cuello. Estilo explorador dandy.
Fuimos a buscar a Emi, que salía de su habitación con un sombrero, un saco grueso, botas de lluvia y alas de hada en la espalda. Bueno.
—¡Vamos! —dijo Martín sin dudar y se dirigió a uno de los pasillos; pasamos el comedor y una habitación de huéspedes. Yo no quería que fuéramos muy lejos, lo mejor era jugar cerca, pero me sorprendía que Martín no había dicho qué era lo que íbamos a buscar.
Había un escalofrío en el aire de la casa Pereda, un olor antiguo que no provenía de la noche de otoño afuera; de pronto no me pareció tan interesante recorrerla con las luces apagadas y una linterna. Llegamos a una biblioteca.
Se dirigió casi directamente al estudio de su padre. Probó la cerradura. Intenté detenerlo.
—Martín, creo que tu papá no querría que jugáramos allí.
No era necesario; estaba cerrado.
Martín se desilusionó de inmediato.
—¿Qué buscabas? —pregunté.
Pero no me lo dijo; regresó a la sala con los ojos nuevamente capturados por su celular.
No lograba una comunicación, pero era un puesto de una noche, tampoco era importante. Serví unos sanguchitos, le puse un rato la tele a Emi. No se escuchaban risas, sólo el silencio que Martín imponía, como si estuviera custodiando un secreto que se negaba a compartir.
Cuando llegó la hora de acostarse, la resistencia fue pasiva. Un "Claro que sí", arrastrado con indiferencia de Martín, mientras Emilia, que ya estaba cabeceando, sonrió; una inocencia que contrastaba con la indiferencia del hermano.
Una vez que las puertas se cerraron arriba en las habitaciones de los nenes, la casa se tranquilizó. Me quedé en la sala de entrada de la planta baja, con los ojos en la televisión pero los oídos calibrados para cualquier sonido en la escalera. Hubo suaves crujidos. Pero no como pisadas sino los viejos huesos de la casa Pereda quejándose bajo el aire acondicionado. Los padres llegaron tarde, felices y con los ojos agradecidos y un pago que el Sr. Pereda me entregó con una sonrisa cansada que fue un bálsamo para mi ansiedad silenciosa.
—¿Hubo algún problema?
—No, nada, comieron unos sandwiches y se fueron a dormir.
—Subo a verlos.
La señora Martha regresó de verlos:
—Tapados y dormidos. Muchas gracias, buenas noches.
Me fui a mi casa creyendo que el trabajo estaba bien hecho, sin sospechar que un desastre ya se había activado.
La mañana siguiente fue un click metálico de llamada en el teléfono. La voz del Sr. Pereda al otro lado estaba tensa, hirviendo a fuego lento en una ira controlada que se sentía extraña comparada con el agradecimiento de la noche anterior. Sin preámbulos, soltó la acusación:
—Martín me dijo que anoche vinieron amigos a casa. Y él estuvo encerrado en su cuarto todo el tiempo para no molestarlos.
Mi estómago se revolvió en un pánico frío.
—¿Amigos? ¡No, Sr. Pereda! Eso no es cierto.
Mi voz salió temblorosa, una defensa que se sentía vacía frente a la solidez de la aseveración de él. Parecía escucharme, o tal vez no quería.
—¿Y de dónde sacó Martín semejante historia?
El Sr. Pereda fue cortante cuando continuó:
—Usted trajo amigos. Martín estuvo encerrado.
Sentí que la injusticia me quemaba la cara en una mezcla de ira e incredulidad.
Cortó.
Las sirenas de policía y el timbre en mi puerta fueron lo siguiente que escuché.
Me llevaron a la casa; aún con una acusación no había pruebas, pero el poder de los Pereda movía influencias rápidamente.
Me recibieron con una mirada torva, amenazadora. El problema no hacía más que empezar:
—Usted y sus amigos robaron el Camafeo Pereda de mi estudio. Era una joya familiar, un perfil de matriarca tallado en marfil sobre una base de oro, algo que está en mi familia desde hace generaciones. Acabo de revisar después de cortar con usted, y el camafeo está desaparecido.
Tratando de encontrar un poco de calma entre tanta locura, recordé lo obvio.
—Sr. Pereda, ¿y las cámaras de seguridad? Yo sé que anoche la puerta del estudio estaba cerrada con llave, seguramente usted la abrió esta mañana.
Mi sugerencia fue un disparo de esperanza, la certeza de que la tecnología me salvaría. Hubo una pausa. ¿Tendrían cámaras?
Los policías lo miraron.
—Las revisaremos —dijo. Algo en su cara cambió, como uniendo piezas.
—Pero por ahora, por favor, no vuelva a contactar con nosotros. Llegado el caso la policía le informará.
El sonido de la puerta al cerrarse fue definitivo, un martillazo que selló mi despido y el fin de cualquier resolución amigable de ese malentendido brutal.
Me quedé en el silencio de la entrada, con las manos temblorosas, los policías pidiéndome disculpas y ofreciendo acercarme nuevamente a mi casa. Ya en el departamento me quedé repasando la noche una y otra vez. ¿Por qué mentiría Martín? ¿Qué estaba tramando? El mundo estaba al revés, yo estaba en medio de un juego extraño que no lograba entender. No lograba entender.
Martín estaba en su estudio cuando el Sr. Pereda se acercó. El Sr. Pereda no había revisado las cámaras; la mentira de Martín sobre la cuidadora y sus amigos había sido una herramienta efectiva para alejarlo del estudio en donde se encontraba cuando Martín le habló, para hacerlo correr al teléfono y ahora estaba encerrado realmente en la habitación que custodiaba los secretos de su padre.
Intentó entrar al estudio pero estaba cerrado por dentro.
Muy difícil forzar la puerta de roble macizo, con un sistema de seguridad moderno, pero él tenía otra llave colgada al cuello, como todos los primeros hijos varones de su dinastía. La advertencia. Recordaba lo que había dicho su padre cuando se la había dado a los trece años. No había llegado aún a tener esa charla con Martín.
Entró.
El camafeo estaba en el suelo. El perfil de la joya, tallado en marfil con precisión quirúrgica, brillaba sobre el oro. La reliquia seguía ahí, un ancla en su familia.
Entonces sí, sin tocarlo, miró la cámara del estudio.
Vio a Martín volver a entrar al estudio mientras él hablaba con la niñera.
Martín tomó el camafeo Pereda con reverencia. Sus dedos recorrieron el perfil de la matriarca, ese relieve suave y frío. Y entonces, los rasgos de Martín empezaron a aplanarse, su piel adolescente a endurecerse en una superficie aséptica, blanca y lisa. La quietud mineral de un relieve eterno. Martín Pereda, el adolescente que había inventado la mentira perfecta, se transformó en marfil sobre una base de oro, quedando grabado para siempre en la misma joya familiar que su propia invención había pretendido proteger. El camafeo Pereda ya no tenía un perfil de matriarca; ahora mostraba el rostro eterno de un niño que había mentido tanto que se había convertido en su propio castigo, tallado en la eternidad de un marfil que miraba sin parpadear, como se mira un teléfono móvil.