martes, 30 de junio de 2026

Música de ausencia

 


Ya era de noche y olía a lluvia reciente cuando Damián recién pudo salir de su trabajo y abrió la puerta del Uber que lo iba a llegar a casa. Eran las once y media, un fallo en los servidores que había provocado un caos que no pudieron dejar sin corregir. Se acomodó en el asiento del pasajero, con el saco arrugado y esa sensación de haber perdido otro día sin que nadie le pudiera decir exactamente por qué.
— Buenas, a Retiro —dijo sin mirar al conductor de la aplicación, que ya tenía su destino.
El auto arrancó. Las luces de avenida Corrientes pasaron por la ventanilla como antiguas diapositivas de una vida en technicolor.
Fue en esa linea de pensamiento cuando vio al conductor reflejado en el espejo retrovisor: era un hombre de unos cincuenta años, cara angosta, ojos que miraban la ruta con una concentración que parecía costarle vida. En el tablero, pegada con cinta, había una foto pequeña. Damián no alcanzó a distinguir quiénes eran las personas de la foto, pero entendió que eran importantes.
El hombre tenía el celular apoyado sobre el muslo. Lo miraba en los semáforos.
— ¿Esperás noticias? —preguntó Damián, sin pensarlo demasiado, movido por la mirada y un pensamiento inconsciente.
El conductor tardó un segundo en contestar.
— De Venezuela.
Damián no respondió enseguida. Hacía seis días del terremoto. Lo había visto en las noticias con esa distancia con que uno mira las catástrofes ajenas: mil setecientas personas, escombros donde había casas, familias buscando familias entre el polvo. Una nota de un perrito argentino que había ayudado en el rescate. Y después había cerrado la pantalla y había ido a prepararse un mate, para ver un partido del Mundial.
— ¿Tenés familia allá? — preguntó.
— Mi hermano. Y mi vieja, pero ella está en Maracay, más lejos del epicentro. Él estaba en San Felipe.
Estaba. Tiempo pasado. Damián sintió el peso de la conjugación en el estómago.
— ¿Pudiste hablar con él?
— No. — La respuesta monosilábica no fue cortante sino angustiada y triste. — Los primeros días no había señal. Después empezaron a aparecer listas, grupos de WhatsApp, redes de búsqueda. Yo me sumaba a todos. Cargaba formularios en el teléfono mientras estaba en el auto, en los semáforos, entre viaje y viaje. — Hizo una pausa.— Pero nada. 
Pasaron frente al antiguo edificio del Correo central, las ventanas en la noche estaban iluminadas. La luz era amarilla y triste.
— ¿Cómo se llama tu hermano? — no duda en el tiempo verbal, no se lo permite.
— Rodrigo.
— ¿Cuántos años tiene?
— Cuarenta y dos. Dos años menos que yo.
Damián miró la nuca del hombre. Tenía el pelo con algunas canas en las sienes, las manos firmes sobre el volante, pero algo en la postura, en esa leve inclinación de los hombros, lo hacía ver como alguien que lleva un peso que no se puede dejar en ningún lado.
— ¿Cuánto tiempo llevás acá? — preguntó Damián.
— Seis años. Vine con lo que pude cargar en una mochila y con la idea de que en dos o tres meses me acomodaba acá y mandaba a buscar a Rodrigo. —Soltó una risa breve, casi sin sonido.— Ya sé. Todos decimos lo mismo.
— ¿Y él no pudo venir con vos?
— Él tenía su vida. Un taller mecánico. Una novia. Decía que Venezuela iba a mejorar. — Calló un momento. — Yo le decía que sí, que tenía razón. Pero los dos sabíamos que era mentira.
Damián pensó en su hermano, que vivía en Rosario y con quien hablaba cada tres semanas, a veces más, a veces menos. Pensó en lo fácil que era dejar que el tiempo pasara cuando uno sabía que la otra persona estaba bien.
— ¿Y antes de manejar el Uber, a qué te dedicabas allá?
El conductor sonrió. Fue una sonrisa pequeña, como algo que se asoma y vuelve a esconderse.
— Era músico. Concertista de piano. Primero en una orquesta, después acá y allá, lo que salía. Casamientos, quinceaños, algún bar los fines de semana.— Hizo una pausa.— Después ya nadie tenía para pagar por distracciones, la plata no alcanzaba.
— ¿Y el piano?
— Quedó allá. Cuando vine, con lo que tenía compré uno viejo, para volver a trabajar con eso, pero no. Hace por lo menos dos años que no le abro la tapa.
Damián no dijo nada. Miró por la ventanilla. Buenos Aires seguía ahí afuera, febril, urgente, con su tráfico y su noche y su indiferencia de ciudad grande.
—¿Cómo te llamás? —preguntó.
—Carlos. Encantado.
—Yo soy Damián.
Carlos asintió levemente, como quien acepta que en ese auto, por esa noche, ya no son extraños.
Pero no había mucho más por decír.
Llegaron a destino. Damián pagó, dejó una propina que era el doble de la tarifa, y antes de bajar se quedó un segundo con la mano en la manija.
— Abrí la tapa del piano, Carlos. No abandones.
El otro lo miró por el espejo.
— ¿Para qué, si no sé si mi hermano está vivo?
Damián no tenía respuesta para eso, bajó en silencio.
Esa noche, Carlos llegó a su departamento de Flores. Calentó agua pero no tomó el té. Se quedó sentado en la mesa de la cocina mirando el teléfono celular con su pantalla encendida mientras cargaba, durante una hora larga.
Después se levantó y caminó hasta el cuarto del fondo.
El viejo piano vertical que había comprado de segunda mano y había subido con una logística ridícula por las escaleras del edificio tenía encima una caja de zapatos, una pila de ropa doblada, unos cables de un dispositivo que ya no existía.
Lo despejó todo, despacio. Levantó la tapa.
El marfil de las teclas blancas tenía esa pátina amarillenta que da el tiempo. El ébano de las negras seguía brillando, obstinado, como si no hubiera entendido que nadie lo tocaba. Carlos pasó los dedos por encima sin presionar, apenas rozando, y el contacto fue suave y eléctrico, como tocar algo vivo.
Acercó una silla, puso las manos en posición. Las teclas cedieron con su peso familiar. Probó un pedal, un sonido se mantuvo un momento en el aire.
No tocó nada en particular. Dejó que los dedos recordaran solos. Salieron notas sueltas primero, después frases cortas, después algo que no era una canción pero sí una melodía. Era él, tocando muy suave a las dos de la mañana, con su hermano desaparecido y la ciudad durmiendo afuera entre el frío y la lluvia que había regresado, y sus manos haciendo lo único que sabían hacer. Lloró sin darse cuenta, mientras tocaba.
Tres días después, en un grupo de búsqueda de desaparecidos en Yaracuy, alguien llamado Oswaldo Pereira dejó un mensaje con una lista de nombres de sobrevivientes alojados en un gimnasio de San Felipe.
El cuarto nombre era Rodrigo, sin apellido. Podía ser él. Había un teléfono para llamar, marcó el número de Oswaldo con manos que le temblaban. Oswaldo tardó segundos eternos en responder, al atender del otro lado, Carlos preguntó y escuchó, le pidieron datos: "Sí, puede ser él. Lo encontraron entre las ruinas de un taller mecánico, perdió casi todo. Pero está bien. Recuerdo que preguntó si podía irse para Argentina."
Carlos se quedó inmóvil en el asiento del auto, en doble fila en avenida Rivadavia, sin importarle nada las bocinas a su espalda.
Quedaron en encontrarse con Oswaldo en un bar en el centro para acercarlo al contacto del hospital. Se reconocieron con mirada de sobrevivientes aunque ellos no eran los del desastre: tomaron algo, conversaron, Oswaldo era productor musical. Le dijo que podía ponerse en contacto con el hospital allá y que le avisaba. Carlos dijo una sola cosa: "Dígale que lo estoy esperando."
Dos semanas más tarde, un sábado a la noche, Damián entró a un bar pequeño en Boedo. Lo había encontrado por casualidad, por una de esas cadenas de mensajes entre amigos en un grupo de futbol: alguien conocía a alguien que había ido a un lugar con música en vivo, de jazz, no muy caro, para salir en pareja sin gastar tanto.
Al fondo del salón había un piano. Y al piano estaba Carlos.
Tocaba con los ojos semicerrados, inclinado levemente hacia adelante, como quien escucha algo que viene de adentro. Las manos se movían con una soltura que no parecía de alguien que había parado dos años: un lick improvisado, inventado en el momento, vibrante y profundamente sincopada con los demás músicos, entrelazada a la vida.
Damián se quedó de pie junto a la barra, mientras los ubicaban en su mesa, escuchando.
Cuando terminó la canción, Carlos levantó la vista y lo vio, apenas un segundo. Después sonrió de una manera distinta a la del auto: más abierta, mucho más segura.
Hizo una seña al mozo.
El mozo llegó a la mesa en la que Damián se acababa de sentar con su pareja, llevando dos tragos.
— De parte del pianista, mi hermano —dijo.
Damián miró al mozo, encontrando el parecido de inmediato, y luego hacia el fondo del salón. Carlos ya tenía las manos sobre las teclas otra vez, listo para empezar.
Pero antes de que las primeras notas salieran, se volvió una última vez hacia Damián y asintió lentamente, como quien salda una deuda.







lunes, 29 de junio de 2026

La Selección Mundial de libros que hacen lectores

 


Si el Mundial puede tener una selección de los mejores jugadores, ¿por qué no armar una selección de los libros que despiertan el gusto por leer?

Así que hoy en mis 53 años llenos de lecturas, los resumo en una convocatoria de 26 libros que hacen que busques otro cuando cerrás la última página. La lista de Scaloni cambia cada Mundial. La mía cambia cada vez que termino un buen libro.

Así que sin más preámbulos, los dejo en manos del DT Jorge Luis Borges, para la conferencia de prensa:

— Buenas tardes.
Antes de anunciar la lista quiero aclarar que aquí no se juzga únicamente la calidad literaria, sería una tarea imposible, y probablemente inútil. Se juzga algo más raro: La capacidad de un libro para fabricar lectores.
Fueron convocados por haber hecho que miles de jóvenes descubrieran el placer de leer.
Hechas las aclaraciones de rigor, y dado que toda convocatoria exige —finalmente— una lista, paso a leer la nómina de convocados:

Arqueros (los libros que te salvan del aburrimiento)
Yo, robot - Isaac Asimov
Mundodisco - Terry Pratchett
Un mago de Terramar - Ursula K. Le Guin

Defensores (los clásicos aguerridos)
El corsario negro - Emilio Salgari
Viaje al centro de la tierra - Julio Verne
Cuentos de amor de locura y de muerte - Horacio Quiroga
Estudio en escarlata - Sir Arthur Conan Doyle
El señor de las moscas - William Golding
Drácula - Bram Stoker
Los tres mosqueteros - Alexandre Dumas
El principito - Antoine de Saint-Exupéry

Mediocampistas (los que unen géneros)
Percy Jackson y los dioses del Olimpo - Rick Riordan
La historia interminable - Michael Ende
Fahrenheit 451 - Ray Bradbury
Tropas del espacio - Robert A. Heinlein
El juego de Ender  - Orson Scott Card
Mafalda - Quino
Humo y espejos - Neil Gaiman
El señor de los anillos - J.R.R. Tolkien
Cuento de hadas - Stephen King

Delanteros (los que meten goles desde la primera página)
Harry Potter - J.K. Rowling
Crónicas de la Dragonlance - Margaret Weis y Tracy Hickman
Ready Player One - Ernest Cline
Reckoners - Brandon Sanderson
Relatos de lo inesperado - Roald Dahl
Artemis Fowl - Eoin Colfer

— Disculpe señor Borges...
— Dígame Jorge Luis. Dejemos las formalidades; el apellido siempre pone una distancia que no hace falta. Los títulos son menos importantes que los libros.
— Muchas gracias. Sorprende al poner en la lista a Mafalda entre los volantes creativos...
— Necesitábamos alguien capaz de hacer pensar al equipo en apenas cuatro viñetas.
—¿Por qué no está Área 18, de Fontanarrosa, siendo claramente el mejor libro de para los amantes del fútbol?
— Quedó fuera por muy poco, ningún director técnico disfruta dejar afuera a un gran jugador. Pero alguien debía ocupar el banco de los inolvidables.
—¿Por qué no convocó a la saga Nacidos de la bruma y entró Reckoners, ambos de Sanderson?
— Apostamos por una promesa más juvenil, más cercana a quienes recién empiezan a descubrir el placer de leer. Además... hubo razones médicas.
— ¿Se refiere a doping? 
— No pienso hacer declaraciones sobre la salud de los jugadores, menos no siendo convocados.
— Jorge Luis, ¿por qué fue usted elegido como DT, si usted nunca jugó un Mundial, nunca dirigió antes una selección? Disculpe la pregunta tan personal... 
— Pregunté lo mismo cuando me eligieron, mi estimado. Me dieron muchas razones, pero prefiero quedarme con una: sin haber ganado un Nobel, enseñé que un libro puede contener infinitos mundos.
— Otra pregunta, ¿por qué no entró La isla del tesoro de Robert Louis Stevenson?
— Porque el reglamento permite únicamente 26 libros. Si hubiera podido convocar 27, la conferencia habría terminado hace media hora. Hubo ausencias dolorosas, hubo libros que quedaron afuera por razones de edad, hubo autores convocados por trayectoria.
— Una última pregunta ¿Esta es una selección para ganar un Mundial?
— No. Los Mundiales se ganan con goles. La vida, a veces, se gana con libros.





(agradecimiento a Silvina que me dió la idea de hacer la lista)

domingo, 7 de junio de 2026

Refracciones en marfil y oro

 



Cuidar a Martín y Emilia (Emi) Pereda se suponía que era un trabajo fácil de una noche para una niñera aprendiz: la tiranía de pedidos de los niños podía ser amortiguada con el control remoto, pochoclos hechos en casa pero con gusto a cine y la seguridad de lograr que los dos niños se durmieran con un cuento antes de la medianoche. Los niños no parecían especialmente problemáticos: Emi tenía ocho años y era un ángel que pintaba sobre la alfombra del living, rodeada de lápices de colores esparcidos como fragmentos de un arcoíris al que Martín, el hermano de doce años, se negaba a acercarse. Martín sí podía ser algo más complicado, o más bien era la típica pesadilla adolescente en su estado más puro: un solipsismo eléctrico manifestado en su obsesión por la pantalla del teléfono, donde cada uno de mis intentos de conversación era recibido con un gruñido, una respuesta monocorde, o un suspiro dramático de superioridad generacional.
Convine con la madre que los cuidaría esa noche, y acordamos el precio.
—Bueno chicos, los dejo con Nora.
La señora Pereda me dejó con los chicos que me miraban con ojos bien abiertos. Dos segundos. Al momento Emi fue a buscar los lápices y un dibujo para mostrarme, y Martín se refugió en su celular.
Después de un rato intenté puentear ese vacío con unos bocaditos, pero mi oferta fue desestimada con una sonrisa que no llegó a sus ojos oscuros, fijos en la pantalla mientras murmuraba un "No hay nada rico".
Después sugerí una "noche de película" con los consabidos pochoclos, pero Martín me sorprendió con una propuesta:
—Juguemos a las escondidas.
Soy inexperta pero tengo sentido común; la casa es enorme y perder uno de los chicos entre las habitaciones no era para nada un plan que me interesara.
—Hagamos un equipo de exploración mejor.
Los dos chicos se miraron.
—¿Cómo? —dijo Emi.
—Van a su habitación, se disfrazan de exploradores y vamos a recorrer la casa con una linterna.
Pensé que eso podía entretenerlos un ratito y poder llevarlos a ver una peli después. Me sorprendió Martín, que aceptó de inmediato y a los pocos minutos aparecía con una campera de jean de muchos bolsillos, pantalones cargo y borcegos. Y un pañuelo al cuello. Estilo explorador dandy.
Fuimos a buscar a Emi, que salía de su habitación con un sombrero, un saco grueso, botas de lluvia y alas de hada en la espalda. Bueno.
—¡Vamos! —dijo Martín sin dudar y se dirigió a uno de los pasillos; pasamos el comedor y una habitación de huéspedes. Yo no quería que fuéramos muy lejos, lo mejor era jugar cerca, pero me sorprendía que Martín no había dicho qué era lo que íbamos a buscar.
Había un escalofrío en el aire de la casa Pereda, un olor antiguo que no provenía de la noche de otoño afuera; de pronto no me pareció tan interesante recorrerla con las luces apagadas y una linterna. Llegamos a una biblioteca.
Se dirigió casi directamente al estudio de su padre. Probó la cerradura. Intenté detenerlo.
—Martín, creo que tu papá no querría que jugáramos allí.
No era necesario; estaba cerrado.
Martín se desilusionó de inmediato.
—¿Qué buscabas? —pregunté.
Pero no me lo dijo; regresó a la sala con los ojos nuevamente capturados por su celular.
No lograba una comunicación, pero era un puesto de una noche, tampoco era importante. Serví unos sanguchitos, le puse un rato la tele a Emi. No se escuchaban risas, sólo el silencio que Martín imponía, como si estuviera custodiando un secreto que se negaba a compartir.
Cuando llegó la hora de acostarse, la resistencia fue pasiva. Un "Claro que sí", arrastrado con indiferencia de Martín, mientras Emilia, que ya estaba cabeceando, sonrió; una inocencia que contrastaba con la indiferencia del hermano.
Una vez que las puertas se cerraron arriba en las habitaciones de los nenes, la casa se tranquilizó. Me quedé en la sala de entrada de la planta baja, con los ojos en la televisión pero los oídos calibrados para cualquier sonido en la escalera. Hubo suaves crujidos. Pero no como pisadas sino los viejos huesos de la casa Pereda quejándose bajo el aire acondicionado. Los padres llegaron tarde, felices y con los ojos agradecidos y un pago que el Sr. Pereda me entregó con una sonrisa cansada que fue un bálsamo para mi ansiedad silenciosa.
—¿Hubo algún problema?
—No, nada, comieron unos sandwiches y se fueron a dormir.
—Subo a verlos.
La señora Martha regresó de verlos:
—Tapados y dormidos. Muchas gracias, buenas noches.
Me fui a mi casa creyendo que el trabajo estaba bien hecho, sin sospechar que un desastre ya se había activado.
La mañana siguiente fue un click metálico de llamada en el teléfono. La voz del Sr. Pereda al otro lado estaba tensa, hirviendo a fuego lento en una ira controlada que se sentía extraña comparada con el agradecimiento de la noche anterior. Sin preámbulos, soltó la acusación:
—Martín me dijo que anoche vinieron amigos a casa. Y él estuvo encerrado en su cuarto todo el tiempo para no molestarlos.
Mi estómago se revolvió en un pánico frío.
—¿Amigos? ¡No, Sr. Pereda! Eso no es cierto.
Mi voz salió temblorosa, una defensa que se sentía vacía frente a la solidez de la aseveración de él. Parecía no escucharme, o tal vez no quería.
El Sr. Pereda fue cortante cuando continuó:
—¿Y de dónde sacó Martín semejante historia? — dijo— Usted trajo amigos. Martín estuvo encerrado en su habitación, me lo dijo.
Sentí que la injusticia me quemaba la cara en una mezcla de ira e incredulidad.
Cortó.
Las sirenas de policía y el timbre en mi puerta fueron lo siguiente que escuché.
Me llevaron a la casa; aún con una acusación no había pruebas, pero el poder de los Pereda movía influencias rápidamente.
Me recibieron con una mirada torva, amenazadora. El problema no hacía más que empezar:
—Usted y sus amigos estuvieron haciendo una fiesta anoche. Recíen me encontraba en mi estudio y vino mi hijo a contarmelo. Voy a iniciar una investigación para verificar que no haya habído un robo, ya que me dijo que usted estuvo husmeando en las habitaciones, incluso en mi estudio.
Tratando de encontrar un poco de calma entre tanta locura, recordé lo obvio.
—Sr. Pereda, ¿y las cámaras de seguridad? Yo sé que anoche la puerta del estudio estaba cerrada con llave, seguramente usted la abrió esta mañana.
Mi sugerencia fue un disparo al aire, sin la absoluta certeza de que la tecnología me podría salvar. Hubo una pausa. Una mirada de alarma de él. ¿Tendrían cámaras?, me pregunté. 
Los policías lo miraron.
—Las revisaremos —dijo. Algo en su cara cambió, como uniendo piezas.
—Pero por ahora, por favor, no vuelva a contactar con nosotros. Llegado el caso la policía le informará.
El sonido de la puerta al cerrarse fue definitivo, un golpe abrupto que selló mi despido y el fin de cualquier resolución amigable de ese malentendido brutal.
Me quedé en el silencio de la entrada, con las manos temblorosas, ausente de respuestas, los policías pidiéndome disculpas y ofreciendo acercarme nuevamente a mi casa. Ya en el departamento me quedé repasando la noche una y otra vez. ¿Por qué mentiría Martín? El mundo estaba al revés y yo estaba en medio de un juego extraño que no lograba entender. 
El Sr. Pereda no había necesitado revisar las cámaras; la mentira de  la cuidadora y sus amigos había sido una herramienta efectiva para alejarlo del estudio en donde se encontraba cuando Martín le habló, para hacerlo correr al teléfono y luego a la sala. Ahora Martín estaba encerrado realmente en la habitación que custodiaba los secretos de su padre.
Intentó entrar al estudio pero estaba cerrado por dentro.
Era muy difícil forzar la puerta de roble antiguo macizo, ya que pese a la antiguedad contaba con un sistema de seguridad moderno instalado pero él tenía otra llave colgada al cuello, como todos los primeros hijos varones de su dinastía. Recordaba lo que había dicho su padre cuando se la había dado a los trece años. La advertencia. No había llegado aún a tener esa charla con Martín.
Entró.
El camafeo estaba en el suelo. El perfil de la joya, tallado en marfil con precisión quirúrgica, brillaba sobre el oro. La reliquia seguía ahí, un ancla en su familia.
Entonces sí, sin tocarlo, miró el video de los últimos minutos de la cámara del estudio.
Vio a Martín entrar al estudio mientras él hablaba con la niñera. Lo vió tomar el camafeo Pereda con reverencia. Sus dedos recorrieron el perfil de la matriarca, ese relieve suave y frío. Y entonces, los rasgos de Martín empezaron a aplanarse, su piel adolescente a endurecerse en una superficie aséptica, blanca y lisa. La quietud mineral de un relieve eterno. Martín Pereda, el adolescente que había inventado la mentira perfecta se transformó en un marfil, quedando grabado para siempre en la misma joya familiar de base de oro. El camafeo Pereda ya no tenía un perfil de matriarca; ahora mostraba el rostro eterno de un niño que había mentido de tal forma que se había convertido en su propio castigo, tallado en la eternidad de un marfil que miraba sin parpadear, como se mira un teléfono móvil.