Ya era de noche y olía a lluvia reciente cuando Damián recién pudo salir de su trabajo y abrió la puerta del Uber que lo iba a llegar a casa. Eran las once y media, un fallo en los servidores que había provocado un caos que no pudieron dejar sin corregir. Se acomodó en el asiento del pasajero, con el saco arrugado y esa sensación de haber perdido otro día sin que nadie le pudiera decir exactamente por qué.
— Buenas, a Retiro —dijo sin mirar al conductor de la aplicación, que ya tenía su destino.
El auto arrancó. Las luces de avenida Corrientes pasaron por la ventanilla como antiguas diapositivas de una vida en technicolor.
Fue en esa linea de pensamiento cuando vio al conductor reflejado en el espejo retrovisor: era un hombre de unos cincuenta años, cara angosta, ojos que miraban la ruta con una concentración que parecía costarle vida. En el tablero, pegada con cinta, había una foto pequeña. Damián no alcanzó a distinguir quiénes eran las personas de la foto, pero entendió que eran importantes.
El hombre tenía el celular apoyado sobre el muslo. Lo miraba en los semáforos.
— ¿Esperás noticias? —preguntó Damián, sin pensarlo demasiado, movido por la mirada y un pensamiento inconsciente.
El conductor tardó un segundo en contestar.
— De Venezuela.
Damián no respondió enseguida. Hacía seis días del terremoto. Lo había visto en las noticias con esa distancia con que uno mira las catástrofes ajenas: mil setecientas personas, escombros donde había casas, familias buscando familias entre el polvo. Una nota de un perrito argentino que había ayudado en el rescate. Y después había cerrado la pantalla y había ido a prepararse un mate, para ver un partido del Mundial.
— ¿Tenés familia allá? — preguntó.
— Mi hermano. Y mi vieja, pero ella está en Maracay, más lejos del epicentro. Él estaba en San Felipe.
Estaba. Tiempo pasado. Damián sintió el peso de la conjugación en el estómago.
— ¿Pudiste hablar con él?
— No. — La respuesta monosilábica no fue cortante sino angustiada y triste. — Los primeros días no había señal. Después empezaron a aparecer listas, grupos de WhatsApp, redes de búsqueda. Yo me sumaba a todos. Cargaba formularios en el teléfono mientras estaba en el auto, en los semáforos, entre viaje y viaje. — Hizo una pausa.— Pero nada.
Pasaron frente al antiguo edificio del Correo central, las ventanas en la noche estaban iluminadas. La luz era amarilla y triste.
— ¿Cómo se llama tu hermano? — no duda en el tiempo verbal, no se lo permite.
— Rodrigo.
— ¿Cuántos años tiene?
— Cuarenta y dos. Dos años menos que yo.
Damián miró la nuca del hombre. Tenía el pelo con algunas canas en las sienes, las manos firmes sobre el volante, pero algo en la postura, en esa leve inclinación de los hombros, lo hacía ver como alguien que lleva un peso que no se puede dejar en ningún lado.
— ¿Cuánto tiempo llevás acá? — preguntó Damián.
— Seis años. Vine con lo que pude cargar en una mochila y con la idea de que en dos o tres meses me acomodaba acá y mandaba a buscar a Rodrigo. —Soltó una risa breve, casi sin sonido.— Ya sé. Todos decimos lo mismo.
— ¿Y él no pudo venir con vos?
— Él tenía su vida. Un taller mecánico. Una novia. Decía que Venezuela iba a mejorar. — Calló un momento. — Yo le decía que sí, que tenía razón. Pero los dos sabíamos que era mentira.
Damián pensó en su hermano, que vivía en Rosario y con quien hablaba cada tres semanas, a veces más, a veces menos. Pensó en lo fácil que era dejar que el tiempo pasara cuando uno sabía que la otra persona estaba bien.
— ¿Y antes de manejar el Uber, a qué te dedicabas allá?
El conductor sonrió. Fue una sonrisa pequeña, como algo que se asoma y vuelve a esconderse.
— Era músico. Concertista de piano. Primero en una orquesta, después acá y allá, lo que salía. Casamientos, quinceaños, algún bar los fines de semana.— Hizo una pausa.— Después ya nadie tenía para pagar por distracciones, la plata no alcanzaba.
— ¿Y el piano?
— Quedó allá. Cuando vine, con lo que tenía compré uno viejo, para volver a trabajar con eso, pero no. Hace por lo menos dos años que no le abro la tapa.
Damián no dijo nada. Miró por la ventanilla. Buenos Aires seguía ahí afuera, febril, urgente, con su tráfico y su noche y su indiferencia de ciudad grande.
—¿Cómo te llamás? —preguntó.
—Carlos. Encantado.
—Yo soy Damián.
Carlos asintió levemente, como quien acepta que en ese auto, por esa noche, ya no son extraños.
Pero no había mucho más por decír.
Llegaron a destino. Damián pagó, dejó una propina que era el doble de la tarifa, y antes de bajar se quedó un segundo con la mano en la manija.
— Abrí la tapa del piano, Carlos. No abandones.
El otro lo miró por el espejo.
— ¿Para qué, si no sé si mi hermano está vivo?
Damián no tenía respuesta para eso, bajó en silencio.
Esa noche, Carlos llegó a su departamento de Flores. Calentó agua pero no tomó el té. Se quedó sentado en la mesa de la cocina mirando el teléfono celular con su pantalla encendida mientras cargaba, durante una hora larga.
Después se levantó y caminó hasta el cuarto del fondo.
El viejo piano vertical que había comprado de segunda mano y había subido con una logística ridícula por las escaleras del edificio tenía encima una caja de zapatos, una pila de ropa doblada, unos cables de un dispositivo que ya no existía.
Lo despejó todo, despacio. Levantó la tapa.
El marfil de las teclas blancas tenía esa pátina amarillenta que da el tiempo. El ébano de las negras seguía brillando, obstinado, como si no hubiera entendido que nadie lo tocaba. Carlos pasó los dedos por encima sin presionar, apenas rozando, y el contacto fue suave y eléctrico, como tocar algo vivo.
Acercó una silla, puso las manos en posición. Las teclas cedieron con su peso familiar. Probó un pedal, un sonido se mantuvo un momento en el aire.
No tocó nada en particular. Dejó que los dedos recordaran solos. Salieron notas sueltas primero, después frases cortas, después algo que no era una canción pero sí una melodía. Era él, tocando muy suave a las dos de la mañana, con su hermano desaparecido y la ciudad durmiendo afuera entre el frío y la lluvia que había regresado, y sus manos haciendo lo único que sabían hacer. Lloró sin darse cuenta, mientras tocaba.
Tres días después, en un grupo de búsqueda de desaparecidos en Yaracuy, alguien llamado Oswaldo Pereira dejó un mensaje con una lista de nombres de sobrevivientes alojados en un gimnasio de San Felipe.
El cuarto nombre era Rodrigo, sin apellido. Podía ser él. Había un teléfono para llamar, marcó el número de Oswaldo con manos que le temblaban. Oswaldo tardó segundos eternos en responder, al atender del otro lado, Carlos preguntó y escuchó, le pidieron datos: "Sí, puede ser él. Lo encontraron entre las ruinas de un taller mecánico, perdió casi todo. Pero está bien. Recuerdo que preguntó si podía irse para Argentina."
Carlos se quedó inmóvil en el asiento del auto, en doble fila en avenida Rivadavia, sin importarle nada las bocinas a su espalda.
Quedaron en encontrarse con Oswaldo en un bar en el centro para acercarlo al contacto del hospital. Se reconocieron con mirada de sobrevivientes aunque ellos no eran los del desastre: tomaron algo, conversaron, Oswaldo era productor musical. Le dijo que podía ponerse en contacto con el hospital allá y que le avisaba. Carlos dijo una sola cosa: "Dígale que lo estoy esperando."
Dos semanas más tarde, un sábado a la noche, Damián entró a un bar pequeño en Boedo. Lo había encontrado por casualidad, por una de esas cadenas de mensajes entre amigos en un grupo de futbol: alguien conocía a alguien que había ido a un lugar con música en vivo, de jazz, no muy caro, para salir en pareja sin gastar tanto.
Al fondo del salón había un piano. Y al piano estaba Carlos.
Tocaba con los ojos semicerrados, inclinado levemente hacia adelante, como quien escucha algo que viene de adentro. Las manos se movían con una soltura que no parecía de alguien que había parado dos años: un lick improvisado, inventado en el momento, vibrante y profundamente sincopada con los demás músicos, entrelazada a la vida.
Damián se quedó de pie junto a la barra, mientras los ubicaban en su mesa, escuchando.
Cuando terminó la canción, Carlos levantó la vista y lo vio, apenas un segundo. Después sonrió de una manera distinta a la del auto: más abierta, mucho más segura.
Hizo una seña al mozo.
El mozo llegó a la mesa en la que Damián se acababa de sentar con su pareja, llevando dos tragos.
— De parte del pianista, mi hermano —dijo.
Damián miró al mozo, encontrando el parecido de inmediato, y luego hacia el fondo del salón. Carlos ya tenía las manos sobre las teclas otra vez, listo para empezar.
Pero antes de que las primeras notas salieran, se volvió una última vez hacia Damián y asintió lentamente, como quien salda una deuda.


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