Cuento basado en el poema The Rime of the Ancyent Marinere del poeta inglés Samuel Taylor Coleridge
Buenos Aires, 1830. La pulpería del Zanjón no tenía nombre pintado en la puerta pero todos sabían adonde quedaba. Un rancho de barro y paja a media legua del pueblo, con un mostrador de ñandubay gastado por los codos de tres generaciones de gauchos y un candil que peleaba contra el viento pampero del conurbano de Buenos Aires, cerca del río.
Esa noche entró un hombre que no era de ahí.
Traía las botas partidas por la sal, no por el barro como el resto de los paisanos. La piel curtida como cuero de potro viejo, y los ojos de un color que no era ni gris ni azul, sino el color que toma el cielo sobre el mar cuando amenaza tormenta. El peón mulato que cantaba una vidalita en un rincón se quedó callado cuando lo miró a los ojos, el silencio se tornó espeso.
Pidió ginebra. La dejó en la mesa, contemplando el pequeño vaso.
—¿Viene de lejos, amigo? —preguntó el pulpero, más por llenar el silencio que por curiosidad.
—Vengo de donde nadie vuelve —dijo el hombre—.
—Cuente—. Se escuchó de fondo, una voz en la oscuridad
Afuera, el viento rozaba la paja del techo.
—Había una mujer en Maldonado —empezó el viejo— a la que le decían la Gaviota. No por linda, aunque lo era. Le decían así porque se pasaba las tardes en la punta del muelle, mirando mar afuera, esperando el barco que traía a su hombre.
Quería y era querida por un marinero. Severo Calderón, se llamaba. Un hombre de manos fuertes y paciencia corta, enrolado en un barco negro que no llevaba bandera porque no la necesitaba: era barco de malandras y contrabandistas, de esos que cargan más deudas con la Justicia que con la Aduana.
Pero nunca le contaba nada.
Cada vez que Severo volvía de la mar, la encontraba a la Gaviota más callada, mas triste. Y cada vez que se iba, dejaba atrás una desconfianza que crecía como los yuyos entre los adoquines. Los otros marineros, capaces de robarle el oro a un muerto, notaban que Severo ya no era el mismo. Y como en un barco son todos 'familia' decidieron ver qué averiguaban.
La última noche, antes de zarpar, alguien —nunca se supo quién— le dijo que la había visto con otro hombre en la costanera.
Severo no preguntó. No averiguó nada. Los celos no preguntan, acusan.
La fue a buscar y la encontró en el muelle, mirando el mar como siempre. La llevó con el a la casa y donde antes había manos que la abrazaban, esa noche hubo manos que lastimaron.
Cuando amaneció, la Gaviota no miraba más el mar. Nunca más. En tanto Severo ya estaba a bordo, con las manos limpias de sangre y el alma sucia de silencio.
Un paisano en el mostrador se persignó despacio. El pulpero llenó otra copa sin que nadie la pidiera.
—El barco se llamaba El Cormorán —siguió el viejo—. Capitaneado por un tal Ezequiel Roque, un hombre que no le rezaba a Dios porque decía que Dios no era capitán y él sí.
Zarparon esa madrugada con la culpa de Severo escondida en la bodega, junto a bienes y algo de oro robado de unos botes en Río Grande. Pero el mar, que todo lo sabe, no perdona lo que la tierra calla. No pasaron más de tres noches antes que los alcanzara la tormenta.
No era una tormenta común. Era una que venía de abajo, del fondo, un remolino como si el mismo mar hubiera decidido reclamar algo que le habían quitado. Las olas barrían la cubierta, el cielo no tenía una sola estrella. Y en medio de esa negrura, caminando sobre el agua sin mojarse las botas, apareció un hombre flaco vestido de levita, su cabeza oculta por un sombrero de ala ancha que el viento no movía.
—Buenas noches, capitán —dijo, mientras una ola lo depositaba a bordo, hablando con una voz profunda—. Vengo a cobrar.
Roque, que no le temía a nada porque nunca había tenido nada que perder, se paró en la proa con las piernas abiertas.
—¿Cobrar qué, si se puede saber?
—Una vida se debe cobrar con otra vida, o muchas, depende el caso. Uno de los suyos tomó una que no le pertenecía. La cuenta se paga con toda la tripulación.
—Me niego. Mi tripulación es mia, y en mi barco mando yo.
El capitán malandra de pronto proyectó una sombra mas larga que la de sí mismo. Su barco, sus reglas, y su tripulación eran sus compañeros. Podía ser un hijo de puta con otros, pero no con los suyos.
La Muerte —porque era la Muerte, señores, ya lo habrán adivinado— sonrió con una boca que no tenía rostro.
—Nadie se niega.
Y viendo los ojos firmes del contrabandista, ojos seguros y valientes, agregó: —Pero se puede negociar.
Sacó de la levita un mazo de naipes tan viejo que las figuras ya casi no se distinguían.
—Una partida. Tres manos. Usted contra mí. Si gana, me llevo lo que ya es mío: nada. Si pierde, me llevo la vida de la tripulación entera.
—¿Me ofrece nada por ganarle a la Muerte?
Una sonrisa se formó en el rostro ausente, un destello de admiración destelló en las cuencas vacías: —De acuerdo, si gana, además, se queda con esto.
Y con la otra mano mostró el contenido de la bodega, pero ahora había piedras preciosas y oro, que de golpe brillaba en cubierta aunque no había ni una luz prendida.
—El nuevo contenido de su bodega contra el pellejo de sus hombres, y el suyo. Y el Infierno asegurado para todos. Así de simple es apostar contra mí.
Nadie en la pulpería respiraba. Hasta el viento, afuera, pareció aflojar para escuchar mejor.
—Toda la tripulación subió a mirar —dijo el viejo, y por primera vez su voz bajó, como si contara algo que todavía le doliera—. Empapados, agarrados de las jarcias, con la tormenta partiendo el cielo en dos y en los mástiles brillando el fuego de San Telmo. Y en el medio, tranquilos como el ojo de un huracán, sobre una mesa el capitán y la Muerte se miraban cara a cara, con el mazo entre los dos.
Repartieron. Roque miró sus cartas y no movió un músculo de la cara, que para eso era tahur además de capitán de piratas. La Muerte tampoco. Jugaban con la misma frialdad, como si ninguno de los dos tuviera vida. Casi era cierto.
Fueron tres manos de truco. La primera la ganó la Muerte, que festejó con una risa seca que sonó peor que un trueno, con un real envido ganado y un truco perdido. La segunda la ganó Roque, con un truco no querido, y por un segundo la tripulación gritó de alegría, pero faltaba la última y un empate no servía de nada.
Para la tercera mano la lluvia le había ablandado los naipes y el viento se llevó dos por la borda. La Muerte, sin perder la sonrisa, dijo:
—No importa. Con lo que queda alcanza.
Repartió las últimas cartas. Y entonces —esto se lo juro por lo que más quieran— un rayo partió el palo mayor justo encima de la mesa, y por un instante todos quedaron ciegos.
Cuando la pudieron volver a ver, las cartas de Roque aún boca abajo estaban tapadas por algo que no debía estar ahí: una gaviota. Un ave de verdad, empapada, que había caído del cielo en medio del rayo y aleteaba sobre la mesa, parada sobre las cartas del capitán.
Severo, que no había dicho una palabra en todo el viaje, dio un paso al frente. Reconoció el presagio. Reconoció, Dios sabe cómo, algo familiar en esos ojos redondos y asustados.
—Yo soy al que anda buscando, Muerte. No lleve a todos por mi culpa.
Pero la apuesta estaba hecha y las cartas repartidas. Nada podía cambiar al Destino.
—Da vuelta las cartas —le dijo la Muerte a Roque, señalando el ave y reconociendo algo tan sobrenatural como sí misma—. Vamos a ver qué esconde.
Pero fue Severo el que se adelantó y la movió, con cuidado. Y bajo el ave, las cartas del capitán mostraban la mejor mano posible: As de espadas, 7 de espadas, 6 de espadas. Y era mano.
La pulpería entera soltó el aire que había estado guardando. Una media sonrisa de conocedores del juego.
—La Muerte no se enojó, la Muerte no se enoja nunca, dicen, porque ya sabe que siempre gana al final, tarde o temprano. Solo se sacó el sombrero, hizo una reverencia corta, y dijo:
—Está bien. Se quedan con la vida. Y con el oro.
Se dio vuelta para irse caminando sobre el agua como había venido. Pero antes de desaparecer entre los rayos, se paró y miró a Severo, solo a él, como si el resto de la tripulación no existiera.
—El infierno para la tripulación, lo perdí limpio. Pero el suyo, marinero, ese nunca estuvo en la mesa, y alguien pagó por esa mano. Las gaviotas no caen del cielo así nomás.
Y ahí el ave, sobre la mesa, dejó de aletear. Se quedó quieta. Muerta. Con los ojos abiertos, mirando a Severo. Unos ojos que miraron al infierno antes de verlo por última vez.
El viejo se quedó callado. Afuera hace rato que ya no llovía; los pájaros cantaban alegres como si no hubiera llovido nunca.
—¿Y usted cómo sabe todo esto, si se puede saber? —preguntó al fin el pulpero, con un susurro en la voz mientras retiraba el vaso, aún lleno.
El hombre lo miró a los ojos.
—Porque yo sostenía el ave, amigo. Yo la retiré de encima de las cartas.
Se levantó. Dejó sobre el mostrador una moneda vieja, de un oro que ya no se acuñaba, con el borde comido por el agua salada de siglos.
—Cada tanto bajo a tierra. Una noche, nomás, para contar el cuento antes de volver a subir al barco vacío que ahora es mi casa. Acaso si lo repito muchas veces esta deuda se pueda cobrar y me permita cambiar el destino de ella.
Caminó hacia la puerta. El candil de la puerta se apagó solo cuando su mano tocó el picaporte.
Cuando el pulpero corrió afuera con otra vela, la llanura estaba vacía.
Y en el interior de la pampa, se escuchó algo que podría haber sido el grito de una gaviota.
https://es.wikipedia.org/wiki/The_Rime_of_the_Ancient_Mariner
Rime of the Ancient Mariner - Iron Maiden
https://es.wikipedia.org/wiki/The_Rime_of_the_Ancient_Mariner
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