Cerca de una plaza de Flores hay un café. Lo primero que me llama la atención es el nombre: las letras del frente están pintadas al revés, como las de una ambulancia, y solo podrían leerse con un espejo. Lo segundo es la pared de al lado, cubierta de fotos hechas azulejo. Son personas, todas con la cara muy visible, en distintas actividades. Queda muy bien. Veo a un taxista en su auto, a gente jugando en un parque, a un albañil. Y a mí.
Una foto mía. Una foto mía de hoy, de ahora, paseando por la plaza hace apenas unos minutos, convertida en azulejo en un mural que, por lo que se ve, tiene años. Soy yo, sin ninguna duda: la misma chomba, el mismo pantalón. Hasta reconozco uno de los puestos de la feria que aparece detrás.
Miro el café: parece cerrado. Me acerco a la puerta y se escuchan voces apagadas del otro lado. Golpeo.
Me abre una mesera alta, morocha, de vestido negro y labios pintados de rojo fuerte, con una sonrisa. Con la puerta abierta llega la música de jazz desde el interior: un ambiente relajado e íntimo, con luces tenues.
—¿La contraseña? —me pregunta.
Le explico la situación. Me mira sorprendida, sale a la vereda para verificar lo que le digo, mira el mural, me mira a mí, vuelve a mirar el mural: soy la viva imagen del azulejo. Después, con un gesto profesional se hace a un lado y me invita a pasar:
—La casa invita el café, para pasar el momento extraño.
La mesera me acompaña hasta una mesa pequeña, en una punta. Me siento a esperar el café, miro alrededor: El aroma a café, el sonido bajo: buen lugar. Las personas conversan en voz baja, de a dos, algunos en grupos. Ahora la pared del frente queda en penumbras. Sobre el mantel hay un papel doblado, lo abro: cuatro números escritos a mano, y arriba la palabra «Contraseña». Es mi fecha de nacimiento.
La mesera vuelve enseguida con un pocillo humeante.
—Disculpe el trámite —dice, con esa sonrisa irresistible—. El café es nuevo, una propuesta para grupos que se organizan antes. Algo... clandestino —agrega, como quien confiesa una travesura—. Antes esto era una casona antigua, y el mural ya estaba cuando los dueños compraron el lugar.
Se aleja sin mirar el papel que sostengo en la mano.
Del otro lado de la sala veo otro mural de azulejos, justo del otro lado del de la calle. Dejo el pocillo y me acerco. Al ir hacia la puerta, veo el nombre que desde dentro está escrito al derecho: Última Mesa. Un nombre adecuado para un café.
Miro las fotos: iguales, pero diferentes. Parecen las mismas personas, pero teniendo un accidente. El taxista chocado, el albañil cayendo de una viga. Busco mi foto entre las sombras, bajo las luces rojas.
Estoy crucificado en la pared de un bar. Este bar.
Miro alrededor. Todos están de pie ahora. Y vienen hacia mí.
Una foto mía. Una foto mía de hoy, de ahora, paseando por la plaza hace apenas unos minutos, convertida en azulejo en un mural que, por lo que se ve, tiene años. Soy yo, sin ninguna duda: la misma chomba, el mismo pantalón. Hasta reconozco uno de los puestos de la feria que aparece detrás.
Miro el café: parece cerrado. Me acerco a la puerta y se escuchan voces apagadas del otro lado. Golpeo.
Me abre una mesera alta, morocha, de vestido negro y labios pintados de rojo fuerte, con una sonrisa. Con la puerta abierta llega la música de jazz desde el interior: un ambiente relajado e íntimo, con luces tenues.
—¿La contraseña? —me pregunta.
Le explico la situación. Me mira sorprendida, sale a la vereda para verificar lo que le digo, mira el mural, me mira a mí, vuelve a mirar el mural: soy la viva imagen del azulejo. Después, con un gesto profesional se hace a un lado y me invita a pasar:
—La casa invita el café, para pasar el momento extraño.
La mesera me acompaña hasta una mesa pequeña, en una punta. Me siento a esperar el café, miro alrededor: El aroma a café, el sonido bajo: buen lugar. Las personas conversan en voz baja, de a dos, algunos en grupos. Ahora la pared del frente queda en penumbras. Sobre el mantel hay un papel doblado, lo abro: cuatro números escritos a mano, y arriba la palabra «Contraseña». Es mi fecha de nacimiento.
La mesera vuelve enseguida con un pocillo humeante.
—Disculpe el trámite —dice, con esa sonrisa irresistible—. El café es nuevo, una propuesta para grupos que se organizan antes. Algo... clandestino —agrega, como quien confiesa una travesura—. Antes esto era una casona antigua, y el mural ya estaba cuando los dueños compraron el lugar.
Se aleja sin mirar el papel que sostengo en la mano.
Del otro lado de la sala veo otro mural de azulejos, justo del otro lado del de la calle. Dejo el pocillo y me acerco. Al ir hacia la puerta, veo el nombre que desde dentro está escrito al derecho: Última Mesa. Un nombre adecuado para un café.
Miro las fotos: iguales, pero diferentes. Parecen las mismas personas, pero teniendo un accidente. El taxista chocado, el albañil cayendo de una viga. Busco mi foto entre las sombras, bajo las luces rojas.
Estoy crucificado en la pared de un bar. Este bar.
Miro alrededor. Todos están de pie ahora. Y vienen hacia mí.
