domingo, 27 de septiembre de 2026

Atardecer de un hombre solo

 



Terraza. Es pasado el mediodía, con ese sol brillando que aplasta las sombras contra el piso.
El hombre mayor lleva puesta una camisa azul planchada con esmero, como si el planchado fuera algo todavía muy importante. Las manos sobre la mesa, viejas, quietas. No mira el celular. No mira nada, en realidad, parece tener la mirada perdida.
El camarero nuevo tiene el delantal aún con los pliegues de fábrica marcados, muy blancos, muy nuevo. Se acerca con la libreta abierta, profesional, correcto, eficiente.
—Señor, si no va a consumir, va a tener que dejar la mesa.
El hombre asiente. No habla, no protesta. Empieza a juntar las manos para apoyarse y levantarse, despacio, con ese cuidado de quienes tenemos las rodillas viejas y el cuerpo cansado
Entonces la puerta del bar se abre de golpe.
—Dejalo. La voz es una órden al camarero nuevo, que la mira sin entender.
Ella es un pequeño huracán de cuarenta años, el pelo rojo atado a las apuradas, los ojos verdes fijos en el chico nuevo. Llevo años viéndola en este café, acaso la dueña, pero no lo parece.
—Viene todos los jueves —trata de explicar.
El pibe mira la mesa, después al hombre, después a ella. No sabe que decir y ella no le da tiempo a preguntar.
Trae dos cafés. Los apoya en la mesa: uno frente al hombre, el otro frente a la silla vacía. El vapor sube derecho, en la tardecita sin viento.
—Con dos de azúcar —le dice al hombre, y no es una pregunta.
Él la mira por primera vez desde que llegó. Algo se le afloja en la cara, algo que no es sonrisa pero se le parece. Se vuelve a sentar despacio.
—Como siempre —dice él.
Ella le sonrie, se queda un segundo de más la mano todavía en su hombor, y después vuelve adentro sin decir nada más.
El hombre se sienta otra vez. Toma el café que es suyo. No toca el otro.
Nunca lo toca.
Espera a irse hasta que se enfría del todo, hasta que las sombras vuelven a alargarse sobre las baldosas y es hora de irse a casa a esperar el jueves que viene.



miércoles, 23 de septiembre de 2026

Duelo sin nombre

 


Hoy conocí una característica del idioma español que no conocía.

Al que pierde a sus padres lo llamamos huérfano. Al que pierde a su pareja, viudo. Al que pierde a un hijo... nada. El idioma, la RAE, que tiene palabra para el que pierde el rumbo, la paciencia o las llaves entre otras cosas, un idioma tan completo y complejo como el español se queda mudo justo ahí. Hay palabras para todo lo que se pierde, menos para eso.

Y yo creo que está bien que se quede mudo. Una palabra buscaría nombrar un vacío inexplicable de dolor; y ese dolor no entra en ninguna palabra. Nombrar es medir, y eso no tiene medida.

Quizás el diccionario no lo nombra porque el orden del mundo dice que los hijos despiden a sus padres, no al revés; y el lenguaje se niega a aceptar lo que la vida a veces hace. Ese hueco no es un olvido, es una negativa feroz: esto no debería existir, y no pienso darle un nombre para que parezca normal.

Quien lo vive no necesita un sustantivo. Ya tiene un nombre propio, el único que importa: el de su hijo, que sigue diciendo en lágrimas todos los días.