sábado, 22 de agosto de 2026

Una camisa planchada un jueves

 


Franco Aldao trabajaba como contable, edificio de empresa estatal, piso nueve, y nadie sabía muy bien qué hacía. Había llegado como consultor junto a un gerente en un cambio de gobierno y se quedó en la oficina incluso después de que el gerente se fuera en otra elección. Julia lo cruzaba en el ascensor, en la cocina a la hora del almuerzo, en los pasillos, pero sebía muy poco de él, Franco no hablaba de más. Tenía un auto que no correspondía a su sueldo declarado y una camisa siempre planchada un jueves cualquiera. A Julia le gustaba, pero él no parecía comunicativo y ella no encontraba la forma de acercarse.
La ocasión llegó de forma inesperada, en pleno verano húmedo y agobiante de Buenos Aires, con una invitación que apareció por WhatsApp en el grupo de las doce personas que trabajaban en el piso: "Asado en mi estancia este domingo. Zona Escobar. Hay pileta y hay monte para los que quieran pasear. Bajan del tren en Ing. Maschwitz y los busco."
Nadie sabía que Franco tenía una estancia. Nadie preguntó por qué la invitación. Alguno comentó que capaz era su cumpleaños. Varios estaban de vacaciones, pero siete confirmaron, entre ellos obviamente, Julia.
El camino de tierra entraba entre árboles viejos, de esos que crecen torcidos porque el viento del río no les da tregua. La casa era baja, de tejas coloradas de adobe, con una galería larga mirando al monte y un asador de ladrillo ennegrecido por generaciones de fuego. Contra la pared de la galería había sillas de mimbre frente a una mesa para ver el atardecer y un rifle. Franco explicó mientras acomodaba la carne, que el campo había sido de un bisabuelo, cazador —de ahí el rifle—, que traía gente de la city a matar ciervos en los años treinta. Y era bueno tenerlo cerca para espantarlos.
— Mi bisabuelo siempre vivió aquí solo— comentó. 
—Igual que mi padre, solo conmigo. Aprendí a vivir así.
Nadie preguntó sobre su madre, parecía invasivo a la intimidad de un tipo tan callado que hoy se abría como nunca a la conversación.
— ¿Y el monte es ese? —dijo Gerardo, llenando el vacío y señalando un bosque de talas.
— Podemos ir a caminar luego, quedan senderos que conozco adonde avistar ciervos— dijo. —Aunque yo los uso para correr.
Comieron y conversaron. Franco, pese a ser algo parco, resultó un excelente anfitrión. Hablaron de formas de vida, de la tranquilidad del campo, de hobbies. Nadie habló de la oficina. Después la pileta impuso un momento de diversión que no necesitaba palabras, aunque hubo algunas miradas de reconocimiento, gente que no se veía mas que en la oficina se redescubría diferente en una tarde de agua y risas. Julia lo vio salir del agua y pensó que nunca lo había visto sin la camisa planchada; tenía una cicatriz algo en la espalda en un omóplato, de esas que no ocurren en un ascensor, y eso le resultó realmente atractivo
A las siete de la tarde ya quedaban pocos. Alguien se había ido en combi mas temprano por el partido de la Boca. Otros, se iban en sus autos. Julia preguntó quién iba para el centro, si había lugar.
—Yo te llevo después —dijo Franco—. Cuando baje el sol. Así de paso te muestro el monte.
Ella dijo que sí. Al fin Franco tomaba la iniciativa.
Cuando se fueron todos, salieron a caminar. Franco pasó por la galería y levantó el rifle diciendo solamente: —Por si nos molesta algún animal, como quien agarra las llaves antes de salir. Con el arma cruzada al hombro se veía distinto. Seductor, en su papel de cazador.
El monte, ya de cerca, no era lo que parecía desde la galería. Los talas se cerraban sobre el sendero y el pasto crecía más alto que las rodillas. Franco hablaba de los ombúes, de un molle que su bisabuelo nunca dejó cortar, de un arroyo que en verano quedaba reducido a barro seco. Los insectos zumbaban con esa armonía monótona del atardecer bonaerense. El sol pegaba bajo entre los troncos y alargaba las sombras.
—¿Te gusta la caza? —preguntó Franco, cómo retomando un tema.
—Nunca cacé —dijo Julia, y se rió, porque esperaba otra pregunta.
—Pero ¿te gusta? —insistió él.
—Mucho —dijo, porque le pareció la respuesta que él quería.
Franco se detuvo detrás de ella. Sonreía como sonreía siempre en la oficina, sin mostrar los dientes.
—Genial —dijo—. Entonces, corre.
Julia le vio los ojos y entendió. Corrió.
Atrás, entre los talas, escuchó los pasos de Franco entrando al monte, tranquilos, sin apuro, al ritmo exacto de alguien que conoce cada raíz del camino de memoria, el rifle en sus manos.



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