jueves, 16 de noviembre de 2017

Luz en la noche



Descienden las estrellas sobre las calles mojadas de lluvia, un viento se lleva el pasado mientras tus ojos me muestran la felicidad.

  — del Cuaderno de Pablo

lunes, 13 de noviembre de 2017

Tributo al Romancero Gitano




En una noche en penumbras
se iluminó su mirada
sus ojos cuan luces de ébano
que preceden la mañana

Fueron sus ojos,  su boca
fue su piel aceitunada
que me llevaron a hablarle 
con palabras desmañadas

Bajo la luna creciente 
bailamos de madrugada
una magia lenta que
esa noche eternizara

Un presagio y un recuerdo
de un presente y un mañana
hoy ese dia es pasado
pero la magia está intacta.

El deseo, como luna
que en cada tarde asomaba,
que crecía cada noche,
que cada dia olvidaba

¡Cuantas veces de esperarte 
era que desesperaba!
El pelo largo ahora corto
la prisión más perfumada

Me hizo perder de deseo,
de amor el alma agotada.
De soñarla, yo despierto
y me encuentro con la nada


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Actualización a 18/05/2026
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¡Cuantas veces de esperarte 
era que desesperaba!
Por siempre su largo pelo 
la prisión más perfumada.

Me hizo perder de deseo,
de amor el alma agotada.
De soñarla, yo despierto
¡y me encuentro  su mirada!



Escucharlo en :






viernes, 10 de noviembre de 2017

Rapsodia de un viernes olvidado



El pensamiento llega, y trae el recuerdo
del perfume que es el movimiento de tu pelo
una mirada que acariciaba al irte,
los sentidos no alcanzan a describirte.
Una canción que nació al ver la luna
en un cielo que perdió mi alma
cuando te separaste de mí,
una huella que se desvanece en calma.
La esperanza que decidiste arrancar
como un poema  hecho con una flor de papel,
porque el amor no es esperar.
Partes ensambladas de una canción que fue de dos
que hoy el tiempo se encargó de perder
en olvido, en silencio, en adiós.

viernes, 3 de noviembre de 2017

Donde los ojos no ven




Los pongo en contexto: Este fin de semana pasado, subterráneo línea A, falta poco para el mediodía. Habitualmente lo tomo también durante la semana. Y cuando lo tomo en un fin de semana suelo estar acompañado por mi hija, hoy no es el caso.

Bajo las escaleras al andén, en la misma terminal de San Pedrito, que todos conocemos por Nazca, calles gemelas separadas al nacer en Av. Rivadavia. Llega una formación, gente que se baja, subo. Está casi vacío: en el extremo de asientos del vagón, una mujer ciega con su bastón, joven, arreglada, que no se bajó pese a ser el propio final del recorrido. Un flaco con unas bolsas, que el imaginario popular acompañaría con la expresión 'cartonero', se le acerca solicito y le avisa que que es la terminal:
— Hola, esta es la terminal de San Pedrito, te aviso por las dudas.
— Si, lo sé, gracias.
Una sonrisa luminosa, una expresión que acompaña la sonrisa, el flaco regresa al fondo del vagón, con la mejor recompensa por su preocupación.
Antes de sentarme, me acerco:
— Disculpá, escuché que no te bajabas en esta, ¿necesitás que te avise en alguna estación?
Me 'mira', con sus ojos vacíos, girando la cara hacia mí. Otra vez la sonrisa.
— No hace falta, lo que pasa es que yo canto en el tren. La mayoría de la gente me conoce ya, ¡un día voy a tener que bajar en algún lado y no me van a avisar! — se ríe, cómo haciéndote cómplice de su ceguera. Me quedo tranquilo, la saludo y me siento a mitad del vagón.
Pasan dos estaciones. Espero, veo que inclina la cabeza,  escucha el murmullo de gente que le avisa cuando tiene suficiente público. Pasada el andén de Carabobo se para, y con la misma sonrisa en la voz que en la cara se pone a cantar. Suave, mostrando que claramente no es cantante, pero modula perfectamente un himno religioso con mucho sentimiento. El vagón se silencia, la gente escucha y sonríe en reflejo a su sonrisa y a la calidez de su presencia. Terminada la canción pasa por los asientos, creo que todos contribuimos. Se pierde en la otra punta del vagón.
Pasan dos, tres estaciones. El vagón extrañamente sigue medio vacío, aunque ya hay bastante gente de pie. Pasa algún vendedor de algo. En el mismo lugar en que estaba la chica ciega se detiene un hombre también claramente invidente, con un bastón blanco. El aspecto conspira en su contra, desalineado y medio zaparrastroso, pide una moneda a los gritos, se rectifica y exige atención, no se le entiende claro en la voz áspera, ruda, enronquecida. Se queja que no le hacen caso, que están (estamos) todos con los celulares, y golpea violentamente el techo del vagón. La llamada de atención es efectiva e inmediata, prende un alerta en todos. Una alerta inconsciente. Alguna gente se aparta, todos se callan y lo miran, el ciego grita: 
— Todos forros, no les importa. Yo no me aguanto esta situación — y revolea el bastón, golpea el piso y una columna de caño de metal, con un ruido amenazante. La gente a su alrededor se levanta y pasa a la otra mitad del vagón, los que están atrás, mas cerca de la puerta,  se pegan al fondo mientras el ciego se adelanta por el pasillo moviendo el bastón con golpes que no buscan señalar un camino. Guardo el teléfono en el que iba leyendo, y espero en medio de los asientos ahora vacíos. Una inacción tensa, una cuerda a punto de soltarse con fuerza contenida, algo atávico se activa  y mi cuerpo aún sentado toma un posición de respuesta mientras mis ojos siguen las evoluciones del bastón que ya deja de ser símbolo de respeto y ayuda, para convertirse en un arma. Como si me viera, se detiene a unos pasos y retrocede, hacia el fondo del vagón, golpea los costados, grita, no es muy  comprensible, pero exige una colaboración, grita que no tiene trabajo. La gente se amontona al fondo y se pega a las puertas, que acaban de abrirse en Plaza Miserere, el hombre golpea el techo ahora cerca de la puerta. Eso parece que activa a un flaco que está cerca suyo. Toma impulso y le da un fuerte empujón por la puerta y lo saca del vagón mientras le grita —¡Andate, andate y no vuelvas! El ciego queda parado en el andén. Al momento que se rompe la tensión, queda claro que era la acción adecuada: ahora que puedo ver el fondo del vagón, veo un chico de unos 11 años muy asustado, escondido detrás de su padre que lo cubre protegiéndolo. Una chica de unos 17 está llorando con la frente  pegada a la puerta enfrentada a la que acaba de salir despedido el violento. Desde el andén grita, provoca, desafía a una pelea. Golpea los costados, mete el bastón por la puerta. Me adelanto junto con otros dos, un movimiento animal, de manada. No va a volver a entrar. El mismo flaco, le vuelve a gritar que se vaya. El bastón traza círculos y se estrella contra un vidrio, que resiste el impacto. El tren esta detenido, incluso un pasajero llama al 911, pero ninguna autoridad se acerca pese a que estamos a un par de metros escasos de los molinetes y está a la vista la cabina de expendio de pasajes, hoy carga de tarjeta. El ciego sigue gritando. Un vendedor se le acerca:
— Ya se fue amigo, no lo busqués más, se bajó y se fue — le miente tratando de calmarlo, mientras el otro invita a pelear al universo.

Finalmente se aleja en dirección a los molinetes, sin que nadie intervenga,  y sin que medie aviso se cierran las puerta y el subterráneo finalmente arranca. La gente vuelve a sus asientos. Veo al padre calmando a su hijo. La chica se limpia las lágrimas con la manga. 
Un mismo problema. Dos decisiones. Dos universos distintos.
Me deja pensando.

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Como postdata, y de manera totalmente inesperada, tres días más tarde me encuentro a la chica ciega tomando un café con leche con medialunas con una amiga en el mismo bar en el que paro todos los martes previo a clases. Conversa, le dice a la otra que no, que no necesita ayuda, paga su café contenta del rato compartido y sale, con cuidado, tanteando el camino con su bastón y con su sonrisa como arma contra el mundo cruel, iluminando la oscuridad.



viernes, 20 de octubre de 2017

La Vidente




El teniente inspector Lecca no lograba entender lo que veía. Una heladera destrozada contra el suelo ocultaba el cuerpo de una mujer probablemente joven, cuya sangre desdibujaba una enorme cruz azul trazada en el suelo.

Por suerte para él, testigos del accidente sobraban: Una mujer con carrito de almacén, el peluquero en la puerta a pocos pasos, un par de peones de un camión de mudanzas, una madre con su hijo pequeño. Les tomó declaración a todos.
— Recien pasaba por la otra vereda, de regreso del supermercado de la esquina, cuando por el rabillo del ojo alcance a ver un movimiento al tiempo que escuchaba una explosión. Miré y vi la heladera y luego al acercarme vi la mujer debajo, muerta. No la conozco, no vengo seguido a este supermercado.
— Buenas tardes oficial, yo conocía a la víctima: ella trabajaba en aquel negocio casi al lado de mi peluquería. Es adivina, vidente, y muy buena. Yo no fuí nunca, pero mi ex mujer la fue a visitar y así se enteró que yo la engañaba con la peluquera del turno tarde. Mi ex se quedó con la casa, yo logré seguir con la peluquería. Nada que criticarle a la adivina, era todo verdad. Nunca me enteré como lo supo ahora ya es tarde para preguntarle, mi ex tenía detalles que nadie hubiera podido saber. Además varios de quienes eran sus clientes se cortan el cabello conmigo y según dijeron sus profecías se cumplían siempre.
— Si, soy el dueño de la empresa de mudanzas. Mi peón y yo traíamos los muebles al edificio, el departamento está en un piso 12 y no hay forma de subir algunas cosas por la escalera, es muy estrecha. Tampoco por los ascensores que son muy chicos. Así que decidimos subir la heladera con una polea por la ventana. Armamos el cabrestante para subir la cama y una mesa de comedor, el lavarropa y un ropero de roble macizo, estábamos subiendo  la heladera... Si, a la mujer hacía rato que la habíamos visto en la vereda, miró un par de veces adonde estábamos trabajando y luego fue que se puso a dibujar. Pero no le prestamos atención, siempre que armamos una mudanza tan grande hay curiosos. La cuerda que usamos toda la mañana estaba firmemente trenzada con dos sogas pero al subir la heladera se rompió, primero una soga con un estallido, se balanceó e inmediatamente la otra soga no soportó el peso. En el movimiento la heladera se alejó de debajo de la ventana y se estrelló ahí adonde estaba la señora, cerca del cordón de la vereda.
— Pasábamos justo con mi nene, ese que ve ahí en el kiosko. Lo dejé ahí con la kiosquera que es una amiga para que se entretenga con los juguetes. Por suerte no vio nada, justo estaba mirando hacia la calle y al sentir el ruido lo cubrí instintivamente, y al darme cuenta de lo que había pasado lo metí rápido en el kiosko y salí a ver, fue entonces cuando usted me llamó. Sí, mi hijo se había acercado a doña Agatha, fue el último en hablar con ella, la conocía del barrio. La vio dibujando la cruz con tiza y se acercó. Ella siempre era muy amable, hablaron, y luego lo trajo de la mano adonde yo estaba hablando con la vecina y se volvió ahí adonde ocurrió el accidente. ¿Va a hablar con mi hijo? lo acompaño al kiosko.
— Volvíamos de la carnicería con mamá y  vi a Agatha dibujando. Le dije si jugábamos juntos y pregunté qué era lo que estaba dibujando. Me dijo una palabra rara, que no entendí, 'lestino' creo que era. Yo creí que era un tatetí porque dibujaba una X. Pero hoy no quiso jugar, me dio un beso y me dijo volviera con mi mamá, y que mirara con atención la calle que iba a ver pasar un camión de bomberos, y que en un ratito la kioskera me iba a regalar un caramelo ¡Es este! Y es muy rico.

El teniente inspector Lecca esperó al resto de los efectivos y al forense. Vio pasar raudo un camión de bomberos, con la sirena sonando. Tomó su informe, tachó la frase 'presunto accidente', y en su lugar escribió 'Suicidio'.

martes, 17 de octubre de 2017

Atardecer de estación



Tienes en tu pelo el perfume de una lluvia sobre los ladrillos de una calle abandonada.
 — La novia del viajante, Cacho Castaña

Los vi desde dentro del tren Roca, un atardecer. Él entró al tren conmigo, y se sentó en uno de los asientos del final del vagón, mirada seria en su cara aindiada. Ella llegó unos segundos luego de que se cerraran las puertas, y se quedó mirándolo por la ventanilla. Le golpeó el vidrio, leve, una caricia con sonido apagado, sin violencia. Él ya la había visto, pero no abrió la ventanilla que era de las pocas que estaban cerradas en la formación, esa tarde en que la primavera traía perfumes de sueños y esperanzas. Ella no habló, pero sus labios modularon un 'te quiero', mientras apoyaba la mano en el cristal del vagón que comenzaba a moverse. Lentamente él levantó la mano y la apoyó, desde su lado del vidrio, cubriendo la manito de la joven —casi niña— embarazada. 
El tren partió.

miércoles, 4 de octubre de 2017

Manzana



Pobre Blancanieves nuestro príncipe
prefiere a la madrastra, a la mala del cuento.
Él será la manzana
donde duerme el veneno.
Amores imposibles, Ismael Serrano


Ella llegó a su vida con el primer aire de verano, traída por el recuerdo de  amores de cuento de hadas.
Se presentó con una sonrisa y un comentario sobre princesas, con una mirada enfrente al Paseo la Plaza adonde daban una obra y varias actrices disfrazadas hacían promoción en la vereda. 
Vivieron un tiempo en el bosque, rodeados con la gente amable que allí vivía. El príncipe se refugió en una historia que pudiera hacer realidad un imposible. Ella creyó esa historia con los sueños de un futuro distinto a los pasados presentes que había vivido teñidos de tinieblas y tristeza.
Pero el mundo los alcanzó, con una llamada de teléfono, con la tentación de un pasado que no pasaba nunca.

Tenía una voz de princesa de Disney, pero no alcanzó para el príncipe que tenía el veneno de la voz y el deseo de la Reina mala en el alma.