jueves, 24 de julio de 2025

Día de alegrarnos con una sonrisa ajena

 


Febrero. Noche calurosa. Vacaciones en Uruguay. El mar, ahí nomás, con esa calma que sólo tiene cuando las playas se vacían.

Salimos a caminar por la rambla de Piriápolis, en busca de algo muy simple: un café. Pero parece que el balneario ya se fue a dormir. No hay mucho ruido, no hay boliches y tampoco cafés a mano. Desde Punta Fría hasta el centro, lo que hay son restaurantes cerrando, mozos que sacan las cartas de las veredas, sillas que se apilan. Claramente, esto no es la Argentina.

La caminata se vuelve parte del plan. Recorremos una galería de artesanos, pasamos frente al antiguo Hotel Argentino, que siempre impone con su elegancia detenida en el tiempo. Entramos al casino, lo recorrimos despacio y buscamos el café, pero a las nueve de la noche ya está cerrado. Manejamos otros horarios.

Salimos otra vez a la Rambla de los Argentinos, y seguimos bordeando la bahía con el ritmo tranquilo de quien pasea en vacaciones. El aire salado, el murmullo del agua rompiendo suave, las luces iluminando sin encandilar.

Recién cerca de la Avenida General Artigas encontramos un cafecito abierto, debajo de un complejo de edificios frente al mar. Nada pretencioso, aunque muestra un par de cafés diferentes en la carta. Mesas de madera y metal, sillas no tan incómodas, una vista del mar cruzando la calle y la rambla que resulta suficiente. Nos sentamos, pedimos dos cafés y nos quedamos ahí, en ese silencio cómodo que da el amor cuando no hace falta decir mucho.

Y entonces, atrás nuestro, se sientan dos mujeres. Una joven, la otra mayor. No quisimos escuchar, de verdad que no. Pero la charla entre ellas subía y bajaba de volumen como una ola: entusiasta, viva, imparable.

Era la nieta. Y era la abuela. Y hoy se habían reencontrado, al parecer, despues de cierto tiempo. Demasiado para ambas.

La nieta contaba lo feliz que estaba de tenerla ahí, hablaba de la universidad, de la vida viviendo sola, de los momentos pasados sin verla. Le brillaba la voz. La abuela, con una calma serena, le respondía con risas bajitas, de esas que hacen brillar el alma. No sabíamos sus nombres, ni hacía falta. Sólo sabíamos que ese encuentro había sido muy esperado.

Nos enteramos —sin querer, o queriendo un poco— que la abuela vivía en otro departamento de Uruguay, y que esta visita era un pequeño milagro logístico. Y que en las vacaciones de invierno la nieta pensaba ir a verla. Y que se extrañaban mucho. Que no se veían tanto como quisieran, y que se estaban regalando esa noche como si el tiempo no fuera tirano, y nos llevara en alas de apuros y desencuentros.

Tambien nosotros conversamos, sintiendo y dejandonos contagiar de la alegría que escuchabamos a nuestras espaldas, las risas eran un contrapunto de felicidad que era una sola.

Terminamos el café con una sensación deliciosa en la garganta y una sonrisa en la boca. Pagamos, nos levantamos despacio y retomamos el camino de vuelta al hotel.

Las dejamos ahí, charlando todavía, felices, con una luz que no venía de las luces del local sino de ellas. Una alegría que se nos pegó sin permiso y que nos acompañó hasta el hotel, como si hubiéramos presenciado algo mágico.

Y sí. A veces, sin que lo busquemos, una sonrisa ajena puede alegrarnos el momento, y acompañarnos en un recuerdo para siempre.


lunes, 14 de julio de 2025

Ventanas que son puertas

 


Era el año 2012 en Buenos Aires, cuando los pesos todavía significaban algo y las ventanas de los restaurantes de Puerto Madero eran como pantallas de televisión para los que caminaban por la vereda frente al rio.
Cada noche, después de las ocho, cuando las luces amarillas se encendían detrás de los cristales empañados, el pibe aparecía. Siempre el mismo horario, siempre el mismo ritual. Se plantaba frente al Puerto Cristal —ese restaurante donde los ejecutivos celebraban sus ascensos con vinos que costaban más que un alquiler— y se quedaba ahí, quieto como un semáforo.
No mendigaba. Eso lo habría hecho vulgar, previsible. Simplemente miraba. Miraba como quien ve una película que nunca va a poder ver: los mozos de corbata deslizándose entre las mesas, los platos que llegaban humeantes, las copas que se alzaban en brindis que él imaginaba como grandes logros: Tener una nueva casa, tener un sandwich, estudiar.
La mochila Jansport azul —regalo de algún familiar en épocas mejores— se le escurría del hombro derecho. Llevaba libros de la escuela, se notaba que trataba de seguir estudiando. Pero lel llamaba la atención lo que veía como el propio paraíso, desde la ventana del restaurante. Mientras miraba, el estómago le hacía ruidos que se mezclaban con el murmullo del viento sobre el rio.
Una noche de verano en ese febrero, el cocinero salió a tomar un poco de aire escapando de una cocina que era sucursal del propio infierno. No era el chef —ese señor importante que aparecía en las revistas—, sino Raúl, el que trabajaba en la parrilla desde las cinco de la tarde hasta que el último cliente se fuera con su taxi.
Raúl tenía cuarenta y pico, manos dañadas por años de aceite hirviendo, y esa mirada que tienen los que vivieron mucho. Cosas buenas y malas. Había llegado de Tucumán en el '85, cuando Buenos Aires todavía prometía cosas.
—¿Tenés hambre, pibe?
La pregunta se colgó en el aire como el humo del cigarrillo que fumaba a un costado de la puerta. El chico levantó la vista. Tenía ojos grandes, mas grandes en su cara flaca, y por un segundo Raúl se vio a sí mismo treinta años atrás, parado en otra vereda, aún con sueños por cumplir. El chico estaba mudo, y lo miraba.
—¿Querés aprender a cocinar?
El pibe no dijo que sí. Tampoco dijo que no. Pero sonrió y siguió a Raúl hasta la cocina, donde el vapor de las ollas creaba una niebla que parecían las nubes de un cielo apenas vislumbrado.
Le dio un delantal gastado, de esos que ya no son blancos de tantas manchas, pero chiquito, ajustado para él. Quien sabe de donde los sacó y para qué lo tenían. Luego Raúl se puso nuevamente su propio delantal, que se había sacado para ir a fumar a la puerta. Un delantal que había conocido miles de salpicaduras, que había sido testigo de cenas perfectas y desastres culinarios.
Raúl por supuesto no le pagaba. Le enseñaba. Una diferencia mas que interesante. Y de lo que cocinaban juntos, siempre una parte era para él, para cenar. Y otra para llevar.
Día tras día, el pibe —que se llamaba Emiliano pero todos le decían Emi— aprendió que la cebolla se pica despacio, que el huevo se bate con paciencia, la cocina requiere dedicación y mucha atención y bastante amor.
En la cocina del restaurante, entre el vapor y el aceite, Emiliano se fue convirtiendo en otra persona. Aprendió a ser útil, aprendió a trabajar, a creer. Pronto lo contrataron como 'pinche de cocina', apenas tuvo edad suficiente. Para ese momento, ya era un cocinero en todo derecho.
Pasaron los años. Buenos Aires cambió de moneda, de presidente, de esperanzas. Pero Puerto Cristal siguió pegado al rio, y Emiliano también siguió ahí. Fue mozo, atendió en la caja, hizo limpieza, estaba adonde hacía falta una vez que terminó la escuela. Pero siempre lo que más le gustaba era trabajar en la cocina
Hoy, en 2025, tiene veinticuatro años y es el chef principal. Sus manos son firmes cuando corta finito, sus ojos ya no se agrandan cuando ve comida, ni lloran al picar cebollas. Pero todos los jueves, sin falta, prepara un plato especial.
"Degustación de la ventana", dice el menú. Es un guiso simple, con los ingredientes que más comía de chico: papas, cebolla, un poco de carne cuando había suerte.
Y cada vez que alguien lo elige, Emiliano sonríe de esa manera que tienen los que saben reconocer a otro que tambien la pasó mal.
—Ese plato tiene algo que ningún otro lleva —le dice a quien quiera escuchar—: hambre de cambiar la vida.
Porque en Buenos Aires, en cualquier año, las ventanas todavía pueden ser puertas a un sueño de progresar.








martes, 8 de julio de 2025

Día de estallar cerebros

 


—Hoy me subí al subte y, apenas arranca, se sube un tipo a rapear.

—Ufff… ¿uno de esos que improvisa con lo que le dicen?

—¡Sí! Ya me puse tenso. Me molestan un montón.

—¿Y qué hiciste?

—Le clavé la mirada con todo mi desprecio, me acomodé los auriculares como

diciendo "ni se te ocurra". Pero no... se me acerca directo y me dice:

—“A ver, el señor de anteojos con cara de pocos amigos… ¡tíreme una palabra!”

—¡JAJA! ¿Y qué le dijiste?

—Lo miré fijo, sin sonreír... y le dije: “Desoxirribonucleico”.

—...

—Balbuceó un par de sílabas... y se bajó en la siguiente estación.

—¡Le dió un ACV con una palabra!

—Literalmente. Yo no rapeo... pero tengo munición científica.



lunes, 7 de julio de 2025

Ahora que estás

 


A veces me pasa que te miro y no puedo evitar pensar que estuviste ahí todo el tiempo. Incluso cuando no estabas.

No en presencia, quizás. Pero en esas cosas pequeñas que uno no se da cuenta hasta que se detiene: una palabra que repetís, una forma de mirar, una canción que aparece sin buscarla y me lleva derecho a vos.

No sé si fue el tiempo o la distancia. O tal vez fui yo. Pero algo cambió.

Y sin embargo, cuando volviste, todo tenía tu forma. Tu voz era la misma, pero traía algo nuevo. Como si el camino te hubiera pulido, como si hubieras vuelto siendo más vos.

Estás. Y ahora lo sé con una claridad que antes no tenía.

Porque sí, siempre me dejaste algo. No como esos amores que hacen mucho ruido. Lo tuyo fue distinto: Fuiste una palabra en común en mitad de una charla, risa que se me escapó sin saber por qué, una idea que encendiste sin darte cuenta. Dejaste en mi cosas que no sabés.

Te hiciste parte de mis días. En la forma en que miro el cielo, en lo que leo, en el gesto automático de pensar en preparar dos cafés aunque esté solo.

Sos también la que empujó cambios. Lo que me hizo querer estar mejor. Por vos, o por mí con vos.  

Porque no es que te fuiste. Es que hiciste tu viaje, y yo el mío. Y en algún punto, sin hacer ruido, sin promesas ni fuegos artificiales, volvimos a encontrarnos.

Sos ese lugar al que se vuelve sin preguntarse por qué. Esa presencia que no empuja, pero sostiene.

No hicimos todo juntos, pero sí hicimos algo que pocos logran: resistimos. Y regresamos. Volvimos...

Y ahora que estás, ya no pienso en lo que faltó. Pienso en lo que queda.

Y queda tanto.







jueves, 19 de junio de 2025

Día de descubrir un castillo siniestro

 


Ayer a última hora estaba leyendo sobre una leyenda de terror, aunque al continuar descubrí que era real, así que decidí investigar un poco y escribir sobre esto y hoy ya con las imágenes correspondientes los invito a conocer una historia, porque hoy es dia de... ¡descubrir un castillo siniestro!:

Hay lugares donde uno no debería caminar ni de día. No porque pase algo, sino porque pasó algo. Porque lo que pasó dejó una huella, una marca en el aire, en la tierra, en los huesos. Uno de esos lugares queda al norte de Bohemia —lo que hoy sería la República Checa— y tiene un nombre que parece inventado para una novela gótica: Houska.

El castillo de Houska no está donde debería estar. No protege nada, no defiende ninguna frontera ni ningún paso comercial, no corona una colina de forma estratégica ni le sirve a un rey para mirar desde lo alto una ciudad o un reino, sintiéndose importante. No. Está en el medio del bosque. En la nada misma. Como si alguien lo hubiera puesto ahí con la única intención de... tapar algo. 

Y, bueno, parece que eso es exactamente lo que hicieron.

Antes de que hubiese siquiera cimientos, ya el lugar tenía mala fama. No por leyendas de viejas, sino por hechos. Los pastores evitaban pastar por ahí. Los animales, decían, desaparecían. Había una grieta. Un agujero que grita. No una cueva ni un pozo: una grieta en la tierra, como si la corteza hubiese cedido y se abriera a otro mundo. Y de ahí salían cosas, no visibles, pero se oían: voces que no hablaban en lenguas humanas, el batir de alas grandes, pesadas, como de criaturas que no tenían por qué estar acá. Arrojaban piedras y no se oía el golpe en el fondo. Como si el mundo tuviera en ese lugar una herida que nunca terminó de cerrar.

Los lugareños le pusieron un nombre sin eufemismos: “el agujero del infierno”. Y todos sabían que, al caer el sol, había que evitar esa zona. Porque lo que estaba abajo... salía. A veces.

Allá por 1253, el rey Ottokar II de Bohemia decidió intervenir pero no como uno esperaría: No lo tapó con tierra, no lo selló con cemento y piedras. No. Mandó a levantar un castillo directamente encima. Y lo primero que construyó fue una capilla justo sobre el agujero. Como si la única forma de contener lo que sea que vivía ahí abajo fuera aplacarlo con rezos. Lo más curioso es cómo se construyó. Las defensas no apuntaban hacia afuera, sino hacia adentro. Construyó ventanas falsas, escaleras que no llevaban a ningún lado, puertas tapiadas, torres que terminaban abruptamente. Como si más que un castillo fuera una tapa, una protección... y una trampa.

Durante siglos hubo quienes vivieron ahí, vivieron para rezar. Monjes, ermitaños, tipos de fe inquebrantable... al menos al principio. Porque algunos se fueron quebrando. Otros desaparecieron... y hay documentos de esto. En uno de ellos del siglo XIV se cuenta un experimento. Un prisionero, condenado a muerte aceptó bajar al agujero a cambio de su libertad, bajó colgado de una cuerda. Duró menos de cinco minutos: Cuando lo izaron, había encanecido. Murió a los tres días, murmurando incoherencias sobre “los que esperan abajo”.

Pasaron los siglos. El castillo fue quedando como esas cosas que están ahí pero que nadie quiere tocar. Hasta que llegaron los nazis. Lo ocuparon en plena Segunda Guerra Mundial pero no por razones militares obviamente: vinieron buscando “energías especiales”. Nadie sabe exactamente qué hicieron ahí adentro, pero los lugareños hablaban de luces extrañas en el cielo y en las vantanas, en las oscuras noches, cuantan de símbolos tallados, de rituales. Cuando los aliados llegaron, el lugar estaba vacío pero intacto. Y lo que dejaron los alemanes... no lo comentaron. O no lo supieron explicar.

Pero vamos al presente (porque el castillo sigue ahí): Hoy Houska se puede visitar. Podés ir, sacar una entrada, hacer la recorrida guiada. Pero no todos se animan y lo hacen, y de los que lo hacen no siempre completan el recorrido: Algunos turistas se desmayan. Otros sienten frío en pleno verano. Hay quienes dicen haber oído pasos donde no había nadie. Y la capilla, claro, sigue ahí. Justo encima del agujero. Abierto.

Se han hecho excavaciones. Aparecieron huesos humanos extraños, deformados. Algunos trabajadores juraron haber visto sombras moverse por los pasillos aunque no hubiera luz que proyectarlas.

Podés pensar que todo esto es mito, superstición medieval con un toque de horror muy turístico. Pero hay preguntas que no tienen respuesta fácil. ¿Por qué un castillo sin función militar? ¿Por qué diseñar trampas interiores? ¿Por qué, después de ocho siglos, sigue habiendo gente que no se anima a pasar por ahí de noche? Ni hablar de quedarse a dormir.

Y una pregunta más importante aún: ¿qué sucedería si, después de tantos siglos de contención, alguien decidiera levantar esa tapa, si no estuviera la capilla, el castillo mismo?

En los bosques silenciosos del norte de Bohemia, el Castillo de Houska sigue montando guardia sobre su secreto enterrado. Y bajo sus cimientos, en la oscuridad que no conoce el tiempo, algo que no debería existir continúa esperando pacientemente el momento de su liberación.





sábado, 31 de mayo de 2025

El alma del Averno

 


La noche se extendía cristalina sobre la Estación Marambio, con un cielo que jamás se vería en el continente. Sobre la isla donde se encontraba la base, en el Mar de Weddell, las estrellas brillaban con una intensidad que parecía casi sobrenatural, mientras la luna hacía rielar las aguas oscuras del océano antártico. Era una de esas noches de verano austral donde el hielo marino había retrocedido lo suficiente como para permitir que el pequeño puerto de la base permaneciera libre de témpanos.

Juan Salvo se encontraba revisando los datos del día sobre los pinguinos, su actividad habitual y una de las razones por las que estaba en la base como biologo. Aunque era biólogo marino, le encantaban los pinguinos y desde chico deseaba ir a la antartida a estudiarlos. Paro ahora su colega de turno le gritó desde la ventana de la base:

—¡Juan! Vení a ver esto. Hay algo extraño en el mar.

Se acercó al cristal con unos prismaticos y lo que vio lo dejó sin aliento. A menos de un kilómetro del puerto, una sombra enorme oscurecía la superficie. No era un iceberg, o un derrame de aceite que fue lo primero que pensó; la forma era demasiado irregular, demasiado orgánica. Parecía pulsar levemente bajo la luz de la luna.

—¿Qué carajo es eso? —murmuró.

En ese momento entró Lorena, la teniente guardiamarina. Una de las pocas mujeres en la base austral, joven , decidida y con un futuro prometedor en las fuerzas armadas. Juan siempre se había sentido atraído hacia ella, pero nunca había encontrado el momento o el valor para decírselo. Lorena se sabía atractiva y llevaba su rango con una confianza que él admiraba en silencio.

—Los sensores detectaron una masa grande hace media hora —dijo, acercándose a la ventana—. ¿Alguna idea de qué puede ser?

Juan tomó nuevamente los prismáticos y estudió la forma en la distancia. Su corazón comenzó a acelerarse, y no por la presencia de Lorena, sino por lo que creía estar viendo.

—Tengo que acercarme —dijo—. Esto podría ser... increíble.

—¿Acercarte? ¿En plena noche? ¿Estás loco?

—Lore, si es lo que creo estamos ante un gran suceso científico. 

—Esperá Juan, nadie debería subir solo a un bote en la noche antártica. Te acompaño.

Él la miró con una mezcla de curiosidad y felicidad ante su preocupación. Después de un momento, asintió.

—Dale. Pero llevemos todo el equipo de seguridad, linternas, unas cuerdas y un traje de buzo.

—De ninguna manera voy a dejar que lleves un traje de buzo. Vamos. Le aviso al jefe de la base.

Veinte minutos después navegaban en el bote neumático, con chalecos salvavidas árticos, un reflector potente y el equipo de comunicaciones. Juan remaba con cuidado, sin encender el motor para no perturbar lo que fuera que estuvieran a punto de encontrar.

Conforme se acercaban, la verdadera magnitud de la criatura se hizo evidente. Una masa rojiza cubría una extensión considerable del mar, flotando prácticamente al nivel de la superficie. Tentáculos o brazos se extendían en todas direcciones como algo salido directamente del infierno, serpenteando en la corriente con una gracia espectral que parecía sacada de una pesadilla lovecraftiana.

Pero Juan, lejos de asustarse, gritó con júbilo:

—¡Si! ¡Es, lo que pensaba! ¡Lore, esto es un momento extraordinario! Es una Stygiomedusa gigantea... ¡una medusa fantasma gigante!

—¿Una qué?

—¡Es un descubrimiento increíble! —Juan no podía contener su emoción mientras seguía remando hacia la criatura—. Solo se han registrado poco más de cien avistamientos de esta especie desde 1899. Es prácticamente imposible encontrarlas, incluso con vehículos submarinos que exploran las mayores profundidades. Esta debe medir más de diez metros de longitud, quizás incluso más.

Lorena observaba la masa rojiza con una mezcla de fascinación y aprensión.

—¿Es peligrosa?

—No tiene tentáculos venenosos como otras medusas —explicó Juan, sacando su cámara submarina y comenzando a documentar el encuentro—. Esos brazos que ves son más como cintas, los usa para capturar presas. Meterse al agua sería mortal, pero por el frío, no por veneno. Es inofensiva.

Mientras hablaba, una historia que había escuchado años atrás en una conferencia de biología marina volvió a su mente. Un viejo investigador había mencionado una leyenda que circulaba entre algunos biólogos marinos: decían que en las profundidades existía un ser infernal al que incluso los calamares gigantes temían encontrarse. Un ser sin alma, rojo como la sangre pero sin sangre, con un cuerpo que flotaba como un fantasma. Los viejos pescadores agregaban un detalle curioso: hablaban de un pequeño pez blanco que nadaba alrededor de la criatura, a veces incluso entre sus propios tentáculos, como si fuera parte de la medusa misma. Según la leyenda, ese pez era el alma perdida de la criatura, y mientras estuviera cerca no había peligro, porque aún seguía siendo un ser de este mundo.

Juan había disfrutado como todos de esa historia en su momento. Ahora, contemplando la masa rojiza que se extendía ante ellos, no le parecía tan disparatada.

Encendió los reflectores y comenzó a filmar y fotografiar meticulosamente, mientras, para llenar el tiempo y dar conversación, le contaba la leyenda sobre el pez blanco a Lorena, que sonreía divertida. La iluminó con una linterna de mano: La medusa era aún más impresionante bajo la luz artificial, su campana translúcida, de más de un metro de diámetro, pulsaba suavemente, y sus cuatro brazos ondulaban como banderas espectrales en una brisa que no existía.

Fue entonces cuando la criatura comenzó a moverse.

Al principio fue apenas perceptible, un cambio sutil en la posición de los brazos. Pero luego, con una deliberación que heló la sangre de ambos jóvenes, la medusa gigante comenzó a desplazarse directamente, lentamente, hacia su pequeño bote.

El cambio en en ambos fue inmediato. La noche, que momentos antes había sido cristalina y hermosa, ahora se sentía opresiva. El frío antártico pareció intensificarse, calándoles hasta los huesos. La distancia hasta las luces acogedoras de la base, que hacía unos minutos parecía insignificante, ahora se antojaba inmensa e inalcanzable.

—Juan... —la voz de Lorena había perdido toda su confianza habitual.

La medusa los superaba por cuatro veces el tamaño de su bote. Sus brazos se extendían como tentáculos del mismísimo averno, y su campana rojiza brillaba con un resplandor siniestro bajo los reflectores. El agua alrededor de la criatura parecía más oscura, como si absorbiera la luz.

Juan intentó encender el motor. Tiró una vez, dos veces. Nada.

—¡Mierda! ¡No arranca!

—¿Qué hacemos? —Lorena había tomado el arpón de emergencia del bote, aunque ambos sabían que sería inútil contra algo de ese tamaño. Se suponía inofensivo. Pero no era lo que sentían en ese momento. El mar se tornaba fosforecente en su presencia, se movia de forma ominosa hacia ellos, y se veía inmenso en la soledad de la noche.

—La linterna LED, esa potente que trajimos —dijo Juan, tratando de mantener la voz firme—. Es un ser de los abismos, una luz tan intensa debería ahuyentarlo.

Lorena encendió el foco LED y lo dirigió directamente hacia la medusa. La luz era cegadora, casi azulada, convirtiendo la noche en un espectáculo surrealista de sombras danzantes y reflejos rojizos.

Juan comenzó a golpear el agua con el remo, creando ondas que se alejaban del bote en círculos concéntricos. No recordaba si las medusas escuchaban algún sonido. ¡Buen biólogo marino estaba hecho!

Bajo la intensa luz del LED, justo al lado de la masa rojiza que continuaba acercándose, algo brilló. Un destello plateado, pequeño pero inconfundible: un pez blanco que relucía cerca de la superficie, acercándose a la medusa.

Juan y Lorena observaron, hipnotizados, cómo el pequeño pez nadaba directamente hacia los brazos de la criatura gigante y desaparecía entre ellos.

La medusa se detuvo bruscamente.

Con un movimiento que contrastaba dramáticamente con su lentitud espectral anterior, la criatura agitó sus tentáculos con fuerza, el agua a su alrededor se convirtió en espuma. Luego, súbitamente comenzó a hundirse, alejándose hacia las profundidades de donde había emergido.

El silencio que siguió fue absoluto, roto solo por el sonido de las olas lamiendo el casco del bote.

—Parece que recuperó su alma —dijo Lorena, con la voz apenas audible.

Juan, que había estado conteniendo la respiración sin darse cuenta, exhaló profundamente.

—A mí me volvió el alma al cuerpo cuando se alejó.

Mientras revisaba las fotografías y videos que había logrado capturar antes del momento de terror, Juan no podía evitar sonreír. El material era extraordinario, científicamente invaluable. Sería una publicación que marcaría su carrera.

Tomó los remos y comenzó a dirigirse de vuelta hacia el muelle. Lorena lo observaba con una expresión diferente, una nueva admiración. Había mantenido la calma y la presencia de ánimo en un momento que parecía de peligro, y eso le revelaba un aspecto de él que no había visto antes.

El faro del muelle los recibía con su luz que alternaba entre blanco y rojo, como un ojo que guiñaba en la oscuridad. Las luces de la base brillaban cálidas a la distancia.

Juan miró a Lorena y notó esa nueva cercanía en sus ojos. El muelle estaba cerca. Quizás, pensó, esta noche terminaría aún mejor que una simple navegación bajo las estrellas antárticas.

Mientras, bajo el bote, oculta por la sombra del casco y protegida por la negrura de la noche, una masa de tentáculos rojizos se deslizaba silenciosamente, siguiéndolos, aproximándose con lentitud inexorable.


(Gracias Ana por la sugerencia y  por hablarme de la medusa)

Basado en :

https://www.infobae.com/america/ciencia-america/2025/05/29/el-enigma-de-la-medusa-fantasma-como-es-la-criatura-que-vive-en-las-profundidades-antarticas/

https://www.mbari.org/animal/giant-phantom-jelly/#:~:text=La%20campana%20de%20esta%20criatura,(33%20pies)%20de%20longitud.