Julia llevaba tres semanas mirándole la nuca a Edgardo.
Se sentaba dos bancos atrás. Del lado de la ventana. Desde ahí tenía una vista perfecta del pelo castaño claro siempre despeinado y de la mano que se levantaba siempre antes que ninguna otra en Matemática. O en Historia. Siempre.
Era el nuevo, Edgardo Ferreira. Había llegado en marzo con una carpeta forrada de papel araña azul y ningún amigo. Los profesores lo "adoptaron" en una semana, todos se dieron cuenta que era un alumno estrella. Ante una discusión de un tema soltaban:— Ferreira ¿qué opiná? Y Edgardo opinaba. Bien. Siempre bien. Después se quedaba mirando el cuaderno como si hubiera hablado de más.
—Es un agrandado —dijo Camila en el recreo.
—No. Es tímido.
—Es lo mismo con mejor prensa.
Julia no lo creía. Notaba cuando se ruborizaba cuando lo felicitaban, que bajaba los ojos. Eso no era de agrandado.
Además Julia no lo creía, no lo quería creer, porque Edgardo le gustaba; no es que fuera tan lindo, pero ella sentía que tampoco tenía mucho para ofrecer. Se miraba al espejo con más dudas que certezas: Pelo negro hasta la cintura que casi nunca se soltaba porque se le enredaba. Ojos oscuros, pero nada especiales. Una cara más larga de lo que hubiera querido y unos kilos de más que su mamá llamaba 'tu contextura'. Buena alumna, de las que sacan ocho. Leía novelas románticas en el colectivo y escribía en un cuaderno con tapa de gatitos cosas que nunca iba a mostrar.
Pero era perseverante.
Un día le pidió prestada una lapicera y se la devolvió con un gracias. Le preguntó la tarea de Historia aunque la tenía hecha. Él contestó con precisión sin levantar los ojos. Una vez se rozaron los dedos al pasar una hoja y él retiró la mano como si el papel quemara.
Ahí Julia entendió que iba a ser difícil. Y que le gustaba eso.
El martes llegó temprano, todavía no habían abierto las ventanas y el aula olía a lavandina y a tiza. Sobre su pupitre había un papel doblado en cuatro, escrito con letra prolija. Un poco inclinada:
Buen día Julia. Ayer te reíste en el patio y se escuchó hasta el fondo del aula. Que hoy te salga todo bien.
Lo leyó dos veces antes de guardarlo en el bolsillo del guardapolvo. Levantó la vista y Edgardo ya estaba en su banco, mirando por la ventana. Muy interesado en la ventana. Pero justo antes de que ella apartara los ojos le pareció ver que algo se le movía en la comisura de la boca, una sonrisa. O no. Julia decidió que sí.
Las notas siguieron, cada tanto.
Una apareció en el estuche entre las lapiceras, otra en el bolsillo del guardapolvo, otra dentro del libro de Literatura justo en la página que tocaba leer:
Hoy tenés el pelo atado y se te ve la cara entera. Te queda lindo.
Sacaste ocho en Química y te enojaste. Un ocho es un buen número. Aprendé a quererte también con los ochos.
Me gusta cómo subrayás con regla y biromes de colores en tu carpeta.
Julia las guardaba en una caja de zapatos debajo de la cama, las ordenaba por fecha. Camila cuando se lo contó 'en secreto' dijo que seguro era un bromista de otro curso, y Julia se apresuró a mostrarse de acuerdo. Pero cada mañana le miraba la nuca a Edgardo y se preguntaba cómo hacer para comprobarlo.
Probó dejar una nota en su propio pupitre: Gracias. ¿Quién sos? Al regresar del recreo ya no estaba, ni hubo respuesta. Sólo otra notita. Sin remitente.
Con los días y semanas los mensajes se hicieron más largos.
Ya no eran notas, eran hojas de carpeta escritas de los dos lados:
Contaban sueños. Anoche soñé que el colegio se inundaba y vos remabas en un pupitre. Yo te seguía nadando. No me cansaba.
Contaban deseos. Quiero ver el mar en invierno. Dicen que es mágico cuando nieva sobre el mar. Quiero estar ahí para verlo.
Contaban recuerdos. Mi abuela tenía un limonero en el patio. Cuando me caía y me raspaba una rodilla me daba un limón en vez de darme un beso, me hacía reír. Todavía no sé si creía que era un remedio o era chiste.
Todas terminaban igual, con una postdata breve al pie:
P.D.: Hoy el cielo está lindo.
P.D.: Comé algo en el recreo. Siempre te quedás leyendo y te olvidás.
P.D.: No te preocupes por Química.
Julia empezó a esperar la postdata más que la carta.
Pero con Edgardo no cambió nada: el seguía hablando poco, solo en clase y se quedaba solo en el recreo, seguía sin amigos, seguía mirando por la ventana. En Educación Física corría adelante de todos con esa facilidad de quien es atleta por naturaleza, sin cansarse nunca, sin transpirar, y ella cuando podía lo miraba desde la ventana. Una tarde se cruzaron en la puerta, él cedió el paso con educación:
—Pasá.
Fue la palabra más larga que le dijo en un mes. Julia la guardó igual que las cartas.
Un lunes Edgardo no vino. Ni el martes. Esos días no hubo notas o cartas, tampoco es que llegaban todos los días. En la mochila no había nada, Julia revisó el estuche de lapiceras, pero no; el libro de Literatura estaba tan vacío como los bolsillos del guardapolvo. Se dijo que esto lo confirmaba, quería creerlo, se alegró. Se dijo que él estaría enfermo y que cuando regresara volverían los mensajes.
El jueves el profesor de Matemática entró sin abrir el libro. Se quedó parado un rato mirándolos en silencio con las manos juntas.
—Chicos. Tengo que darles una noticia triste.
Edgardo y sus padres habían tenido un accidente en la ruta el domingo a la noche, no hubo sobrevivientes. Eso dijo el profesor: No hubo sobrevivientes. Dijo que la familia era de Córdoba y que no habría velatorio acá. Que quien quisiera podía pasar durante el recreo por la preceptoría que iban a encender una vela. Que hicieran un minuto de silencio por la familia.
Nadie dijo nada. Antes del minuto se escuchó apenas que alguien arrastró una silla. Camila se dio vuelta y buscó a Julia con los ojos. Julia miraba el banco vacío abajo de la ventana.
En el recreo las charlas en el pasillo comentaban que en realidad nadie lo conocía. Que había llegado en marzo y sólo hablaba con los profesores. Que qué horror lo que había pasado. Pobre pibe.
Julia asentía a todo cuando pasaba caminando, después se encerró en el baño de la planta alta el resto del recreo y lloró cinco minutos por un chico con el que había cruzado apenas una frase. No entendía bien por qué sólo pensaba en una carpeta azul.
El banco de la ventana quedó vacío. Nadie quería sentarse ahí.
El lunes Julia abrió la mochila como de costumbre.
Cuando sacó los libros que ni había mirado durante el fin de semana, vio que dentro de la mochila que había un papel doblado en cuatro. Letra prolija, un poco inclinada.
Hablaba de un viaje en tren para julio. De un árbol demasiado alto para trepar. De lo que iban a hacer cuando terminaran el colegio. Preguntaba cómo le había ido en Química. Y al final traía una postdata.
P.D.: Hoy el cielo está lindo.
Afuera llovía.
