Me preguntaron cómo contar historias. Bueno, las historias pueden estar en cualquier lado; a veces voy caminando y encuentro una historia, o más bien, una historia me encuentra. Un bar con un cartel raro en la puerta, una mujer con un reloj detenida en una escalera, dos jóvenes (una vestida con ropa de gym, otro con traje) de pie tomando mate en una esquina. Las historias están allí. Por eso también me gusta pasear: soy como una máquina de mirar, diría Charly. A veces encuentro algo que me da el inicio perfecto, a veces una idea del nudo, otras un gran final. O una idea que no sé dónde va a ubicarse en el texto. Uno puede iniciar con una imagen fuerte, comenzando la historia un poquito antes del final, y después retrotraer hasta encontrar el inicio, y avanzar ahora sí por la trama. A veces la historia es tan corta que no tiene nudo, y a veces es una sola frase, un final sin principio. Pero lo importante al pensarla es tener el final, porque ¿qué sería una historia sin final? Sin el final la historia no tiene sentido, se queda en una mera anécdota, o acaso nada.
viernes, 23 de octubre de 2026
Acaso nada
Pero dejando ya estas «elucubraciones técnicas», voy a contar que el otro día, un miércoles, salí de la oficina al mediodía a buscar algo de comer.
Era un día de primavera, después de muchos días de lluvia, con las calles húmedas y el asfalto resbaladizo. Pero el sol había salido por fin, y había un brillo hermoso entre los nuevos brotes de las ramas de los árboles; se notaba por primera vez el calor de la primavera.
Caminé hasta la rotisería donde comprábamos siempre los sándwiches de jamón crudo, del otro lado de avenida Caseros. Baratos, simples, perfectos para no volver a la oficina con la somnolencia de luego del almuerzo.
Llegué a la esquina justo cuando el semáforo nos daba paso, pero quedaba poco tiempo para cruzar una avenida tan ancha. Había que esperar el ciclo completo: el rojo, y de nuevo el verde.
A unos pasos de mí, también esperando había un hombre andrajoso. Primero pensé que era sólo un joven desaseado pero al observarlo mejor, era un hombre viejo y se lo veía cansado, como mareado. Me llamó la atención que vestía un saco marrón algo sucio, pero luego vi que tenía un sombrero de papel en la cabeza de esos que usan los pintores. Barba larga no muy cuidada, pero bueno, es difícil que una barba larga se vea prolija. Se balanceaba sobre una pierna y después sobre la otra.
Supongo que eso lo distrajo. Vi el momento justo en que el semáforo pasó de rojo a verde, habilitando el cruce de los autos pero él avanzó un paso para cruzar.
Y así queda una historia sin final: en acaso nada.
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