viernes, 15 de septiembre de 2017

Día del niño: Ekatón



Hoy escribo un recuerdo.
Hacia mucho, mucho tiempo, en una galaxia cercana, un chico de 7 años (yo) leía la revista Anteojito. Muy fana de la lectura desde muy chico era mi revista preferida y mi abuelo Florencio la tenía encargada al kioskero amigo, por lo que cada jueves llegaba puntualmente un número nuevo. Y no duraban nada, los leía antes del fin de semana: las aventuras de Hijitus, de Pio Pio (que había llegado a la revista desde Billiken, y no me gustaba), Calculín, los chistes de Pelopincho y Cachirula, las referencias al Libro gordo de Petete, y  las notas más 'escolares'. Lo disfrutaba muchísimo.
Pueden imaginarme aún hoy en ese chico. Más grande mi papá me iba a comprar Condorito, y luego iba a descubrir las Locuras de Isidoro,  pero siempre la preferida y que primero leía fue Anteojito.
Y una de las cosas que más me gustaba además de los juegos y adivinanzas era la aventura de página central, generalmente eran aventuras de Anteojíto y Antifaz, pero a veces se 'colaban' otras historias como las que presento en el link: Ekatón, el pueblo perdido del espacio.
(¡Gracias, enormes gracias a OMAR-CITUS por este sitio!)

Momento triste cuando ya adulto en 2001 me enteré que por la crisis económica Anteojito no se iba a publicar más.
Pero volvamos al recuerdo lindo:
La aventura de Ekatón se presentó en capítulos durante varias revistas, y cada revista/capítulo venía acompañada de un personaje de la historia. Súmenle puntos a este momento como el preludio inicial a mi actual deleite por los cómics, los muñequitos coleccionables de los que tuvieron buena parte de la culpa los chocolatines Jack, trayendo las colecciones de personajes de Anteojito —otra vez— y de Titanes en el ring; y mi fascinación manifiesta con la ciencia ficción sumándolo a que había visto ya para ese entonces Star Wars.
Pero sigo apartándome de lo que pretendo contar, como buen viejo divagando por las ramas de la historia.
Llamémoslo contexto, para no hacerme sentir tan mal.

Verano de 1980, llevaba ya varios capítulos de la historia, y surge la posibilidad de ir de vacaciones a Córdoba, a un hotel gremial de ATE (Asociación de Trabajadores del Estado), de la cual mi abuelo Florencio Varela era dirigente. Recuerdo subir al taxi de mi papá con miles de cosas en el baúl, incluso las que llevábamos al camping todos los años a San Clemente, aunque esta vez no a  un camping. De hecho, mirando las fechas, puede que hayan sido mis primeras vacaciones en las que no fui a San Clemente del Tuyú. Salíamos del mar y gracias a la magia sindical nos íbamos a las Sierras.
Agreguemos al contexto que íbamos solos, que yo era muy muy tímido y muy de ciudad, y mi capacidad de hacer amistades con los chicos del lugar era absolutamente nula.
Por lo tanto del paseo por Córdoba si bien era un éxito, no recuerdo demasiado. Tengo imágenes de acercarme a algún arroyo, el juntar alguna rama para apoyarme al trepar. No mucho más que eso. Mi papá con los perennes jeans cortados, como siempre que usó alguna suerte de pantalón corto en esa época, sin contar la malla de baño. Recuerdo el hotel como un bloque grande de cemento, una estructura bien de los 70, cuadrada y peronista. Un pasillo entre edificios o habitaciones, cubierto. Un olor a pasto cortado y a humedad en el aire. El enfrentamiento cara a cara con un mamboretá (tata dios o mantis religiosa como lo iba a conocer mas tarde), que me miró fijo desde el medio de un sombrío pasillo, y levantó las pinzas para convencerme que de ninguna manera iba a pasar por ahí: Tenía razón él, por supuesto. La sala enorme y llena de mesas para cenar o para el desayuno, los recuerdos se hacen confusos, y con muchas mesas seguramente porque era la primera vez que iba a un hotel, antes vacacionábamos en carpa o bungalow.
Pero lo que me quedó grabado en alguna neurona perdida, fue que a los pocos días de haber llegado, hablamos con mi abuelo. Yo, medio aburrido puede que por un día de lluvia, le pregunté si había llegado la revista y si traía el muñequito. Me contestó que si, que estaba en casa. No recuerdo bien la conversación, si pregunté por el color del muñeco o cual era, pero sin duda mi abuelo comprendió mis ganas de tener la revista.
Y dos días más tarde cuando bajábamos a desayunar, al entregar la llave en recepción nos informaron que había un paquete para el 'Sr. Pablo Brión', y me lo dieron: Eran dos (¡las DOS!) revistas que habían salido en el tiempo que habíamos estado de vacaciones, y que recibí con una sonrisa que podía iluminar cualquier mal clima y descascarar el verdín de las paredes.
Me acuerdo cierta expresión de sorpresa en la cara de mi papá, mamá después señalando que luego llamábamos al abuelo para darle las gracias, y yo leyendo las aventuras esa misma tarde y salir al húmedo pasillo para enfrentar con Quelonios a cualquier mamboretá que se me cruzara. Ninguno se atrevió, menos mal.

Y un viernes antes del día del niño, por casualidad un compañero de trabajo, conversando sobre que tan buenas mascotas eran las tortugas, me hace recordar desde cuanto tiempo yo conozco la palabra Quelonio, y por qué. Las neuronas hacen sinapsis y busco la referencia en la red, internet tiene sorpresas y ahí estaba este artículo esperándome, para que el día del niño después de darle el regalo a mi hija, pudiera releer la historia de un pueblo tan perdido en el espacio como perdido es el tiempo de la niñez. O encontrado, en este caso.





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