lunes, 4 de diciembre de 2017

Te contaré un cuento, y las pesadillas se irán



Tres de la mañana, madrugada de un sábado después de un viernes largo. Me despierto  —casi— al escuchar un sollozo. Unos segundos después termino de abrir los ojos, con el sonido de pisadas débiles que se acercan a mi cama.
La veo parada frente a la cama, los ojos llorosos y dormidos, el pelo sufriendo una revolución de rulos de seis años.
— ¿Una pesadilla?
— Si, ¿me puedo acostar en tu cama?
Recuerdo un comentario que me hicieron, y busco en medio de mi estado adormilado una respuesta. Y obvio la pregunta.
— ¿Era un monstruo?  — Si.
Saco un libro de mi mesa de luz. Una libreta. Un lapiz. A veces necesito anotar las ideas antes de que se me escapen en el duermevela.
— Sentate, ¿te animás a dibujar al monstruo?
La cara pasa de dormida a atenta, interesada e intrigada — Sí.
— Tomá, dibujalo.
Lo escribe en medio de la hoja. Con trazos esquemáticos, pero con cuidado. No es muy distinto a los monstruos simpáticos de Moster Inc. — Ahora cuando termines vamos a hacer que el monstruo no vuelva.
La imaginación  se le despertó. Veo que el sueño quedó atrás. Empieza a dibujar algo al lado del monstruo y le pregunto qué es — Una reja, para encerrarlo.
Le pido que no dibuje la reja, la tacha, y también algo más que no sé qué es. Ahora viene la parte complicada de preguntas:
— ¿Cómo se llama? — Después de un rato de pensar se le ocurre un nombre: — Santi.
— Veo que tiene un montón de dientes, ¿no tiene pestañas? — Y de pronto el monstro no se ve tan mal.
— El monstruo, ¿se puede esconder en la oscuridad? ¿sabe trepar? ¿se hace de gelatina para pasar entre los barrotes?
Las preguntas la mantienen atenta, dice que sí a todo. Tomo el papel y empiezo a dibujar — Menos mal que no sabe nadar, ¿no?
Me mira apenas mientras asiente, sin perder de vista el dibujo. El monstruo no sabe nadar.
Termino de dibujar, los dos sentados al borde de la cama, pasan unos minutos de las 3:15 del sábado. Ahora se lo ve al monstruo en una isla, rodeado de olas. En la isla una palmera con cocos. Un sol enorme llena el cielo sin nubes.
— Listo, ahora el monstruo está en una isla: no puede salir, porque no sabe nadar. Tiene comida en la palmera, y no se puede esconder porque está al sol siempre. No servía encerrarlo porque puede pasar entre los barrotes, pero así está bien.
Veo que se empieza a dibujar una sonrisa, el monstruo está atrapado. Tomo el papel de nuevo y sobre la arena dibujo un caracolito.
— Y un amiguito para que no se sienta solo, seguro que a él también le daba miedo la oscuridad y necesitaba que lo acompañen.
Toma la hoja, y veo que dibuja. Una cucaracha. Mi cara de sorpresa lo dice todo — Es por sí caminando sin querer aplasta al caracol, las cucarachas resisten.
No puedo menos que estar de acuerdo con esa lógica.
— Y ahora — digo, guardando el dibujo entre las páginas del libro— queda acompañado de los demás personajes de estas historias, puede pasar de historia en historia si los personajes lo llaman, pero no salir del libro.
La sonrisa es enorme.
— ¿Solucionado el problema del monstruo de las pesadillas? Este monstruo ya no molesta más. Si hace falta, si aparece otro, me avisas y lo dibujamos. ¿Vas a dormir a tu camita?
— Sí.
Un abrazo de papá y una sonrisa llena de rulos, para dormir sin pesadillas.

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